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En los estudios sobre mente animal se ha hablado mucho recientemente sobre la posibilidad de que los animales no humanos (o al menos algunos de ellos) posean pautas, valores o comportamientos morales. No se trata de determinar cuál debería ser nuestra actitud hacia las otras especies y desarrollar éticas aplicadas a la convivencia entre humanos y animales, sino de averiguar si los propios animales son sujetos éticos.

Se ha rasgado, de esta forma, una de las mayores fronteras tradicionalmente establecidas en la distinción entre el ser humano y los animales, tras siglos en los que se ha considerado exclusivamente humana la capacidad (o, si se quiere, la condena) de tener que elegir entre diferentes cursos de acción posibles. Como ya reflexionó José Ortega y Gasset, al ser humano se le ha dado la vida, pero no es una “vida hecha”1, y suya es la responsabilidad de determinar en cada momento y en cada contingencia qué es lo más adecuado o lo “más bueno”. Los animales, por el contrario, deben solo ejercer su instinto y carecen de capacidad de elección.

Parece que esto ya no va a seguir siendo así, al menos para algunos científicos y filósofos, que defienden, con distintos grados de convencimiento, la existencia de sistemas morales en algunas especies animales. Susana Monsó, investigadora española especializada en mente animal, ha establecido tres aspectos que ella considera cruciales para la existencia de capacidad moral en un individuo: capacidad de cuidado, normatividad y autonomía2. Los experimentos realizados con animales muestran datos interesantes en los tres campos. No creo que sea difícil reconocer la capacidad de cuidado demostrada por muchos animales que, en algunos casos, incluso la han extendido a individuos de otras especies, lo que demuestra que no se trata de un simple comportamiento instintivo de protección de la especie o de los genes, sino un acto derivado del reconocimiento del sufrimiento ajeno y el deseo de paliarlo. En el ejemplo que Monsó expone acerca de los comportamientos empáticos en ratas, que llevan realizándose desde la década de los cincuenta del siglo XX, algunos científicos han argumentado que el hecho de que las ratas liberen a compañeras que están atrapadas en una situación de estrés (por ejemplo, una pequeña jaula en la que constantemente cae agua) no quiere decir que lo hagan por motivaciones altruistas, sino tal vez solo para “sociabilizar” (algo aparentemente muy necesario para esta especie e inscrito fuertemente en sus genes) y tener un compañero con quien compartir la aburrida vida de laboratorio. La respuesta de Monsó no deja de parecerme más que razonable:

The fact that their motivations aren’t always straightforward and may be mixed with selfish inclinations does not undermine the hypothesis that rats can be caring. Rats, like humans, may be moral without being saints3.

“El hecho de que sus motivaciones no siempre sean sencillas y puedan estar mezcladas con inclinaciones egoístas no socava la hipótesis de que las ratas pueden ser cariñosas. Las ratas, como los humanos, pueden ser morales sin ser santos”

Respecto a la normatividad, resulta relativamente fácil demostrar la existencia de normas sociales en algunos grupos animales. Algo más problemático, sin embargo, es establecer si esas normas pueden recibir la consideración de éticas o morales, y no solo de meras expresiones instintivas de comportamientos que garantizan la supervivencia y la estabilidad como grupo. En este sentido, los expertos están divididos en sus valoraciones y todo parece quedar al arbitrio de las interpretaciones sobre los resultados de los hechos empíricos observados en los experimentos.

La autonomía es quizás el constructo clave en toda esta discusión. La existencia y el uso de la autonomía como requisito para una vida moral sienta sus bases en la ética kantiana y ha adquirido un valor imprescindible en la mayoría de los discursos metaéticos modernos. Pero la autonomía implica dos aspectos: por un lado, el autocontrol, la capacidad de decidir no hacer algo en determinado momento porque se dispone de una voluntad autónoma del instinto (esto ha sido más o menos demostrado en algunos experimentos con primates); y, por otro lado, la metacognición, la capacidad de exhibir conciencia de uno mismo y de sus procesos mentales. Yo soy alguien que está pensando y sé que estoy pensando. En última instancia, este es el argumento que más consistentemente se ha esgrimido para justificar la diferencia entre los humanos y otras especies animales, y el que se utiliza para establecer la definición de lo que es una persona.

Porque, al final, lo que nos estamos preguntando cuando planteamos la cuestión de si los animales tienen capacidad moral es si los animales son personas.

Mark Rowlands ha intentado contestar a esta pregunta4 y ha llegado a la conclusión de que la autoconciencia es un complejo proceso con diversos grados de desarrollo, el primero de los cuales consistiría en una autoconciencia prerreflexiva (pre-reflective awareness). Este estado prerreflexivo de la conciencia existe en los animales y consiste en una especie de conocimiento intrínseco de nuestro estar en el mundo. Por ejemplo, cuando vemos una silla o cualquier otro objeto con cualidades para sentarnos sobre él, lo identificamos como tal inmediatamente, porque conocemos nuestro tamaño y nuestras características físicas generales. No consideraríamos jamás la posibilidad de que una cabeza de alfiler nos sirviera de asiento. Igualmente ocurre con todo el mundo físico que nos rodea y nuestra relación con él; experimentamos el mundo siempre “como” algo/alguien (con unas características determinadas), y esto lo hacemos sin reflexionar sobre ello. En el complejo desarrollo que Rowlands hace de este concepto, llega a afirmar que solo este tipo de conciencia prerreflexiva puede constituir la esencia de ser persona, ya que implica una absoluta unidad de la mente (y aquí está desgranando la definición de persona de John Locke, que se compone de dos elementos fundamentales: la existencia de una vida mental y la unidad de dicha vida).

(…) debemos ahora considerar lo que se significa por persona. Y es, me parece, un ser pensante inteligente dotado de razón y de reflexión, y que puede considerarse a sí mismo como el mismo, como una misma cosa pensante en diferentes tiempos y lugares; lo que tan sólo hace en virtud de su tener conciencia, que es algo inseparable del pensamiento5.

En estos momentos, el debate está más abierto que nunca. Algunos investigadores reconocen la existencia de una conciencia prerreflexiva, otros no; unos dan por válidos los experimentos que demuestran comportamientos de autorreconocimiento frente al espejo de algunos animales, y otros no creen que arrojen datos definitivos; etc. Pero si volvemos a la pregunta original (¿tienen los animales capacidad moral?) y la articulamos en términos más filosóficos que biológicos, creo que podríamos empezar a salir del atolladero al que constantemente nos lleva la práctica científica empírica en este aspecto. En primer lugar, poseer capacidad ética es, fundamentalmente, tener una comprensión y un deseo del bien, de “lo bueno en sí”. Todo el rango de comportamientos de compasión, cuidado, pena, duelo, afecto, protección y juego que muchas especies animales son capaces de exhibir hablan claramente de una idea del bien que no es utilitarista o sobrevivencialista; el fin del cuidado del otro (que puede ser de otra especie, incluso la humana) no es un acto práctico ni funcional biológicamente, sino una expresión empática de deseo del bien, porque esto es bueno en sí y proporciona felicidad.

En segundo lugar, toda idea del bien se inscribe en el marco de la persecución de una vida buena, lo que constituye la dimensión moral del individuo. Esta vida es diferente para cada ser humano, y a veces los proyectos de vida buena chocan entre sí en las sociedades plurales. Si un animal tiene capacidad de realizar actos buenos en sí mismos, quizás deberíamos preguntarnos si eso no conlleva un proyecto de vida buena, una vida valiosa en la que no solo es necesario alimentarse y respirar, sino también vivir en un hábitat adecuado, tener compañía y cuidar de ella, evitar el sufrimiento (propio y de los compañeros), disfrutar de periodos de calma y descanso, tener la capacidad de aprender habilidades nuevas… y un largo etcétera que variará para cada especie y cada situación. Un proyecto de vida puede ser pequeño, básico, limitado… o amplio y complejo. La forma de ser persona también podría empezar a ser más flexible de lo que hasta ahora hemos estado dispuestos a aceptar (siempre que otros intereses no nos lo impidan). De este modo, se abre para algunos de nosotros la posibilidad de considerar que ciertas especies animales poseen un grado de moralidad, diferente al humano, con un desarrollo mucho más limitado, pero no por ello inexistente. Y quizás esto nos sirva para sentirnos un poco menos solos en este lugar que habitamos.

Notas al pie

[1] Ortega y Gasset J. (1935). Historia como sistema, en Obras completas. Madrid: Alianza, 1983, vol. VI, capítulo 1.

[2] Monsó S. y Andrews K. (de próxima aparición en 2021): “Animal Moral Psychologies”, en Doris, J. & Vargas, M. (eds.): The Oxford Handbook of Moral Psychology. New York: Oxford University Press. [https://philpapers.org/rec/ANDAMP-2]

[3] Íbidem, p. 17.

[4] Rowlands M. (2016). “Are animals persons?”, Animal Sentience, 10(1).

[5] Locke, J. Ensayo sobre el entendimiento humano. México: Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 318.

Bibliografía

Locke, J. Ensayo sobre el entendimiento humano. México: Fondo de Cultura Económica, 1982.

Monsó S., Benz-Schwarzburg J. y Bremhorst A. (2018). “Animal morality: What it means and why it matters”. The Journal of Ethics, 22(3), 283-317.

Monsó S. y Andrews K. (de próxima aparición en 2021): “Animal Moral Psychologies, en Doris, J. & Vargas, M. (eds.): The Oxford Handbook of Moral Psychology. New York: Oxford University Press. [https://philpapers.org/rec/ANDAMP-2]

Ortega y Gasset, J. (1935). Historia como sistema, en Obras completas. Madrid: Alianza, 1983, vol. VI.

Rowlands M. (2016). “Are animals persons?”, Animal Sentience, 10(1).

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Laura Zorrilla (autora invitada):
Licenciada en Filología Románica y estudiante de Filosofía (UNED). Ha sido editora y correctora de textos durante muchos años. Trabaja para el Instituto Cervantes en la ciudad de Mánchester (Reino Unido).

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por autores invitados

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