La rareza es eso que es expulsado constantemente. Lo expulsamos de los demás y de nosotrxs mismxs. Pero como todo lo que se rechaza vuelve, aquí estamos para defenderla. Porque varixs nos asumimos rarxs, ya sea por decisión propia, por las meras circunstancias en las que nos tocó vivir, o por cualquier otra singularidad irreductible que haya atravesado nuestro campo sintiente.

Alguna vez nos hicieron saber que no encajábamos. Las formas en la que lo expresaron fueron diversas, a cada quién nos tocó una diferente: desde la hostilidad verbal, pasando por la violencia física, hasta las más frías de las indiferencias y las exclusiones. Gracias a ese gesto, tal vez trágico en su momento, se nos abrió una puerta inaudita. Aquellxs, lxs que querían ser verdugxs y fieles lacayos del sentido común, nos la abrieron y esa puerta llevaba al reconocimiento de nuestra singularidad. No se enteraron nunca del favor que nos hicieron; tristemente para ellxs, es posible que sigan en ese estado de desconocimiento. Si es así, lo lamento, debe ser una carga pesada la de asumirse normal. Sabemos que no se trata de mostrar resentimiento ni de “devolver el golpe” sino de recordar que una posición se construye de a dos por lo menos. Si eso es así, les debemos un saludo. Es posible que no sea un saludo libre de tensiones; la crueldad es difícil de olvidar y si seguimos un poco animales, detrás de esta piel y esta nunca perfecta racionalidad humana, sabemos que los animales tampoco olvidan. Pero pretender llevarnos el premio “de arriba” sin sufrimiento ni lamentos, sería aspirar a la concreción de una especie de utopía indolora. El sufrimiento también trae oportunidades de nuevos comienzos y tuvimos esa oportunidad. No todxs pueden decir lo mismo, ya que algunxs no vivieron para contar su experiencia. Nos hicieron saber que no éramos parte del cánon de normalidad y nos regalaron un abanico de posibilidades. El resto queda a cuenta de nosotrxs, y de los múltiples vínculos que podamos establecer con los diferentes mundos de las diferentes sensibilidades con las cuales nos crucemos en el infinito relacionarse de nuestra finita existencia. Propongo que seamos los simulacros de los que hablaba Deleuze, esos que perturban a la idea, módelo perfectísimo y a sus secuaces, las copias: “lo que está condenado en el simulacro es el estado de diferencias libres, oceánicas, de distribuciones nómades, de anarquías coronadas, toda esa malignidad que pone en duda tanto la noción de modelo como la de copia1“.

Aceptar nuestra rareza es asumir un compromiso político, uno de transformación incesante. Uno que se basa en la afirmación absoluta de nuestros propios valores. Aquí no tiene que existir una relación de “bandos” donde hay buenos y malos. Esa división solo puede llevarnos a la posición siempre tan molesta de las “almas bellas” que consideran que el mundo está equivocado y que son víctimas eternas del mal ajeno. Invito a creer en que todxs podemos acceder a nuestra propia rareza. No hay ser humano en la tierra que pueda naturalizar todo lo que le rodea; es posible vivir al menos una pizca de ese “algo” que permanece resistiendo a la norma. No somos ni los primeros ni los últimos en hablar sobre la adaptación que significa vivir en sociedad ni somos un nosotros, pero somos, en colectivo, algo mucho más importante.

Notas al pie

[1] Deleuze, Diferencia y Repetición, p.393, 2017

Imagen | Cortesía de Ramiro Pelosi

Artículo de:

Sacha Molinero Dávila (autor invitado):
Argentino. Estudiante de Filosofía y amante de la misma en todas sus manifestaciones.

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por autores invitados

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