De la práctica filosófica a la filosofía para niños. Parte 1 de 3

¿Reconocen esta situación? Al igual que el padre de Mafalda, una de las primeras dificultades con la que nos encontramos a la hora de entender qué es la filosofía es la multitud de concepciones y formas de definirla. Podríamos afirmar sin miedo a exagerar que hay tantas concepciones de la filosofía como sistemas filosóficos, e incluso tantas como filósofos han escrito sobre ella. De ahí que quizá sea más apropiado hablar de “filosofías” en plural.

Este artículo no pretende sintetizar las distintas concepciones que existen de la filosofía. Ni siquiera pretende hacer una defensa a ultranza de una sobre otras. Es más bien una invitación a conocer y practicar una forma de entender la filosofía que suele quedar oculta en los currículos oficiales, a pesar de que puede adquirir un papel importante en la educación, pues fomenta competencias necesarias para aprender a razonar, interpretar y explicar el mundo que nos rodea. Una filosofía entendida como práctica.

En la década de los años 80 se produjo en Europa lo que se conoce como el “giro práctico” de la filosofía, dando lugar a una “práctica filosófica” que incluye modalidades tan diversas como el asesoramiento filosófico, los cafés filosóficos, los talleres de filosofía o la filosofía para niños. A pesar de que aparecieron en momentos diferentes y con características muy diversas entre sí, todas ellas comparten una concepción similar. Frente a la imagen predominante de la filosofía como un saber teórico, erudito y elitista, reivindican el derecho a hacer filosofía de un modo diferente, menos académico y más cercano a la vida cotidiana. Ello implica salir de los contextos tradicionalmente asociados a la filosofía -principalmente las universidades- y devolver la filosofía a las masas, acudiendo a los cafés, parques y bibliotecas de la ciudad. El objetivo de esta divulgación masiva de la filosofía es dotar a las personas de las herramientas necesarias para afrontar desde los problemas más inmediatos de la vida cotidiana hasta los interrogantes más profundos del ser humano. Después de todo, la filosofía siempre ha estado comprometida con la tarea de comprender y ayudar a resolver los principales desafíos a los que se enfrenta la sociedad de su tiempo. Por eso decía Hegel que “la filosofía es hija de su tiempo”. Con más de 2500 años de experiencia a sus espaldas, nos brinda la batería de conceptos y argumentaciones que nos van a ayudar a pensar, producir ideas, deliberar y juzgar por nuestros propios medios.

Sócrates fue el primero en aplicar este tipo de enseñanza. Frente a la erística de los sofistas, basada en los largos discursos y la exégesis de textos antiguos -los primeros impiden discutir paso a paso las afirmaciones del orador, y los segundos no permiten preguntar a sus autores aclaraciones sobre lo que escribieron- su método es el diálogo, una reflexión conjunta que busca responder a las cuestiones planteadas por los interesados en torno a la justicia, la belleza, la verdad o el amor. Por eso se lanza a la calle, dialogando con el ciudadano de la polis en el espacio público del ágora. De hecho, todo el pensamiento de Sócrates debe ser interpretado como un servicio a la polis en beneficio de los atenienses. Un compromiso que mantendrá hasta sus últimas consecuencias, tal y como se narra en el Critón, a la espera de que se cumpla su sentencia de muerte.

Hay en la práctica filosófica un intento de recuperar la concepción que los antiguos greco-romanos tenían de la filosofía, tal y como nos la han transmitido historiadores de la talla de Pierre Hadot o William Guthrie, entre otros. Es el caso de los cínicos, estoicos o epicúreos. Así, por ejemplo, en la escuela de Epicuro, llamada el Jardín, se admitían a personas de toda clase y condición: hombres, ricos y pobres, pero también mujeres e incluso esclavos. En la misma línea, Séneca, el gran filósofo estoico del imperio romano nos recuerda que “la filosofía no rechaza ni elige a nadie; su luz brilla para todos”. No entendían la filosofía como un saber meramente teórico, sino como una práctica o una forma de vida encaminada a alcanzar la sabiduría. Una caja de herramientas para aprender a pensar, ser y vivir. Se separaron de las corrientes mayoritarias y tradicionales de la filosofía y se preocuparon por ayudar al ser humano a vivir. Más que un sistema, forjaron un modelo de conducta, mostrando con su vida que es posible aunar una posición intelectual radical y una actitud práctica comprometida, diferenciándose así como los verdaderos filósofos entre los mercaderes del saber.

A una conclusión similar llega Mathew Stewart en su ensayo El hereje y el cortesano. “Algunos filósofos simplemente «exponen» sus filosofías. Otros filósofos «viven» sus filosofías”. Mathew compara las vidas de Spinoza y Leibniz para ilustrar su definición del verdadero prototipo de filósofo. Presenta a Leibniz como un simple cortesano, alguien que se sirve de la filosofía como un medio para medrar en la corte prusiana y así acrecentar su honor, sus riquezas y su reputación. Cuando acaba sus disquisiciones, cuelga sus herramientas de trabajo, vuelve a su casa y se permite los bien merecidos placeres de la vida privada. Por contraposición, Spinoza vive para y por la filosofía. Tiene por inútil toda filosofía que no determine la manera como emplea sus días, y considera absurda cualquier parte de la vida que no incluya a la filosofía. Por eso nunca vuelve a casa, entendiendo por casa ese lugar donde uno se despreocupa o se desliga de sus concepciones filosóficas.

Quizá por eso mismo Deleuze eligió al filósofo holandés para el título de su obra Spinoza. Filosofía práctica, en la que se propone rastrear la definición de una filosofía que ya no se limita a la mera especulación teórica, sino que es acción. Una filosofía que deja de ser sustantivo para convertirse en verbo, una práctica e, incluso, un modo de vida: una cierta manera de pensar, de decir y de actuar, de relacionarnos con nosotros y con los otros que podríamos llamar, junto con Foucault, “la actitud crítica”.

Desde esta perspectiva, la función del filósofo es enseñar a pensar críticamente. Un ejercicio de cuestionamiento constante que pone a prueba nuestras creencias y nos lanza a la búsqueda de nuevos significados que permitan comprender una realidad cada más rápida y cambiante. No es una casualidad que estas propuestas surgieran en épocas de crisis. Quizá sea un buen momento para recuperarlas, ahora que parece que el mundo se desmorona.

Dentro de este movimiento de nuevas prácticas filosóficas se incluye el programa de Filosofía para Niños (FpN), una propuesta cuyo campo de aplicación inmediato es la educación y cuyo objetivo principal es demostrar que una disciplina supuestamente árida como la filosofía puede ser accesible a distintos niveles y resultar atractiva y útil para la vida.

Llevar la filosofía a las aulas de primaria e incluso de infantil puede que parezca un proyecto ambicioso, casi imposible, que genera muchas preguntas ¿Por qué los niños deberían aprender a filosofar? ¿Son buenos los niños haciendo filosofía? ¿Qué ejercicios o dinámicas podríamos llevar a cabo? Las siguientes entregas de esta publicación estarán dedicadas a defender la utilidad de formar a los niños en el ejercicio de filosofar, y mostrar su buena disposición para hacerlo.

Imagen | Universidad de Murcia

Artículo de:

Myriam García (presidenta asociación FILONENOS):
Doctora en Filosofía y Máster en Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología por la Universidad de Oviedo. Directora de «Pensar Juntos. Revista Iberoamericana de Filosofía para Niños».

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por Filonenos

El Centro de Filosofía para Niñas y Niños del Principado de Asturias (Asociación Filonenos) es una organización sin ánimo de lucro destinada a fomentar el pensamiento crítico y la educación ética. La Asociación tiene como finalidad impulsar el programa de Filosofía para Niños como una alternativa pedagógica que pueda ser implementada con éxito tanto por el público en general, especialmente las familias, como por los/as futuros/as docentes y profesionales de la enseñanza.

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