Hoy en día está muy de moda decir “bueno, es mi opinión, ¡respeta!”. A menudo utilizamos esa frase como excusa para evitar un diálogo que podría abrirnos la mente y alejarnos de la caverna de Platón que nos hemos autoconstruido. No discutimos las opiniones de los demás porque es “su opinión”, y “hay que respetarla”. No sabemos lo que de verdad significan las palabras “opinión” y “respetar”. Inconscientemente multiplicamos la verdad por el número de opiniones que hay en el planeta, como si de una masa moldeable de galleta se tratase. 

Primero, ¿qué es una opinión? Es un grado de adhesión a la verdad. Hay 4 tipos de grados de adhesión a la verdad: certeza, opinión, duda e ignorancia. Muchas veces solemos confundir certeza y opinión. La certeza es el máximo grado de adhesión y se diferencia de la opinión en que no está abierta al juicio de los demás. Yo tengo certeza de que existo y nadie puede demostrarme lo contrario. Por supuesto hay que tener sentido común; yo no puedo tener certeza de que la hierba es de color azul, pues esto no corresponde con la realidad (no tiene lo que llamamos verdad ontológica). Tampoco puedo tener certezas sobre cómo son las demás personas, pues cada persona es un mundo con 300 mundos interiores ocultos al resto. En general, no se pueden tener certezas verdaderas sobre cosas que involucran a otros seres humanos. 

Las certezas tampoco son afirmaciones cualesquiera que se proclaman a los cuatro vientos. No vale tener certeza de que la vacuna es una conspiración de las grandes farmacéuticas, ni de que el COVID no existe (teniendo en cuenta la poca evidencia de los que lo dicen). Sin embargo, sí que se puede tener certeza de que mi pilar fundamental es mi familia, o de que Dios existe, o de que en mi vida lo más importante es el amor. Todos tenemos certezas; seguro que si buscas en tu interior encuentras algún pilar que rige tu vida, un factor incuestionable. Por lo tanto, hablamos de certezas subjetivas que cada uno determina con su propia libertad interior y que no deberían ser opinables, pues forman parte del interior y esencia de la persona. Que no se me malinterprete, claro que hay que hablar y discutir sobre la existencia de Dios en sí, pero la certeza de una persona que ha decidido por sí misma que Dios sí existe (o lo contrario) forma parte de su vida interior. No todo es opinable, aunque a veces lo parezca. Por eso hablamos de certezas y no de opiniones. 

El siguiente grado de adhesión es la opinión, que lógicamente es menos fuerte que la certeza. De cualquier modo, también necesita de una reflexión previa. Yo no puedo opinar sin tener conocimiento sobre la realidad. De este modo, frases como “mi opinión es esta, pero no sé” no pueden ser consideradas opiniones. Aunque parezca una forma de humildad y modestia, no es más que una muestra de que la opinión no ha sido asimilada lo suficiente. Y esto es importante, pues lo que pensamos y lo que decimos es lo que somos, aunque esto no lo tengan en cuenta muchos políticos actuales. Además, vivir sin tener opiniones formadas, constantemente en la duda, sin saber quiénes somos y qué pensamos, significa ser manipulable. Y la manipulación, sobre todo en un tiempo donde corren las fake news, las mentiras emotivas y la demagogia a la velocidad del viento, no es conveniente. Ya sabemos por las circunstancias del mundo actual que la democracia no es inmortal, sino que se preserva. “La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes”, decía Churchill. Y se preserva gracias a ciudadanos críticos, informados, con certezas y con opiniones, con ganas de dialogar y lo más importante, de buena fe. 

Así, una opinión no es una afirmación a la ligera y sin pensamiento previo. Necesita tener motivos, evidencia y sobre todo una asimilación. Por definición, es un juicio o concepto que formamos sobre algo o alguien. No tiene por qué ser verdad, y por eso una opinión no se considera una forma de conocimiento. Puede ser una forma de llegar al conocimiento, pues muchas veces gracias a las opiniones de los demás y a las nuestras propias conseguimos una visión panorámica y enriquecida sobre la vida. Tampoco tiene por qué ser racional porque como seres emocionales que somos muchas veces formamos opiniones con base en experiencias vitales. Si yo opino que el colegio es malo, seguramente será por alguna experiencia personal negativa y no porque haya mirado las medias de los alumnos. Finalmente, una opinión no es permanente, puede variar dependiendo del conocimiento que vamos adquiriendo. Cambiar de opinión no es de hipócritas, sino que como decía Kant: “El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca”. Esto no justifica la falta de coherencia de los discursos políticos actuales, que cambian de opinión porque les conviene y no porque hayan adquirido más conocimiento. 

Volviendo a la cuestión de origen: ¿se deben respetar todas las opiniones?, ¿y qué es respetar una opinión? Respetar no significa estar de acuerdo ni apoyar. Tampoco significa tolerar a regañadientes. Según la mayoría de los diccionarios, el respeto es sinónimo de consideración y miramiento. Uno considera la opinión, la cuestiona, la compara con la suya, y llega a una conclusión sobre ella. Sobre todo, es importante subrayar que el respeto no excluye de ninguna forma el diálogo, sino que lo alienta. La frase de la que hablábamos al principio (“Es mi opinión, ¡respeta!) yerra al pensar que el respeto significa “me callo por respeto a tu opinión”. Al revés, cuando más se respeta es cuando se considera que la opinión del contrario merece ser reflexionada y considerada. Desgraciadamente no todo el mundo piensa lo mismo y se siente atacado cuando le cuestionan y le hacen pensar. El mundo sería un lugar mejor si hiciéramos caso a Kant y aceptáramos opiniones mejores que la nuestra, las asimiláramos y posteriormente las mejoráramos. 

Entonces, ¿se debe ofrecer este respeto a todas las opiniones? La respuesta, desde mi punto de vista, es que por regla general, sí (digo por regla general por si a alguno se le ocurre pensar en opiniones que conducen a hechos que atentan contra los derechos fundamentales). ¿Y por qué se debe ofrecer respeto? Principalmente porque es complicado separar opinión y persona. Somos lo que pensamos y opinamos. Por ello, si respetas a la persona, algo incuestionable para la sociedad democrática, respetas sus pensamientos y opiniones sin necesidad de compartirlos. E incluso si esa opinión no corresponde con la definición de opinión tratada (una opinión reflexionada y evidenciada), no se debe humillar a nadie pues recordemos que muchas veces las personas forman su opinión por circunstancias emocionales que les trae la vida. Sin embargo, tampoco debemos quedarnos de brazos cruzados dejando paso a un relativismo que acepta toda opinión como verdadera y válida. Recordemos que respetar no es sinónimo de aprobar o compartir, sino de considerar. Y una vez considerado, hay que explicar a los demás (con amabilidad y firmeza, pero sin superioridad alguna) por qué pensamos que están equivocados. Como Platón, hay que ser “de los que refutan con gusto a su interlocutor si yerra“. También podemos imitar a Sócrates, con su continuo cuestionamiento en el ágora. Pero en lugar de preguntar “¿qué es el amor?” o “¿qué es la justicia?” podemos preguntar ¿cómo llegas a esa conclusión?, ¿por qué piensas eso?, esperando a que como decía Kant, sean sabios y lleguen a la verdad.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Maite Tormo (ganadora de la XI Olimpiada Filosófica de Madrid, 2021):
Española (Madrid). Estudiante de Bachillerato en el Colegio Montealto. 16 años. Trilingüe (español, inglés y francés). Aficionada a la música, al debate y a la lectura. 

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