La palabra amor es, quizá, una de tantas en la lengua española que goza, para bien o para mal, de una definición polisémica. Proviene del latín amor- amoris cuyo significado, según el Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, hace referencia al afecto por el cual se busca el bien verdadero o imaginado, y apetece gozarlo. Esta cualidad conceptual ha provocado con el paso del tiempo una extensión en su aplicación a prácticamente todo ser viviente. Se trata, entonces, de una manifestación que se desprende de un ser vivo, y se dirige a otro. En este caso, se puede entender, por tanto, como una manifestación de amor entre los distintos seres vivos, sin importar la especie. Por ejemplo, el amor a los animales o entre ellos y hacia la naturaleza.

Con ello, el ser humano aceptó la manifestación del amor en sentido amplio, manifestación que está basada en una relación ser humano – ser vivo. Dejando de lado el vínculo que le pertenece por naturaleza a él mismo, en cuanto único ser vivo que, de manera consciente y voluntaria, desea el bien a otro, y por ello, lo ama. Es por ello que, parafraseando a Zigmunt Bauman, la modernidad líquida ha decidido resignificar dicho concepto.

El amor, como la muerte, son protagonistas de historias que carecen de argumentos y desenlaces que dejan al desnudo lo superfluo de las tramas, tanto del pasado como del porvenir. Se piensa que solo se puede entrar al amor y a la muerte una única vez, como si se tratara del río de Heráclito. Pero, se olvida que ambos carecen de historia propia, pues son acontecimientos del tiempo humano que nada tienen que ver el uno con el otro. Resultan ser eventos independientes, aunque muchas veces se piense que se “muere de amor”.

Y entonces, el ser humano se da cuenta de que resulta más fácil aprender a amar a otro ser vivo que a otro ser de su propia especie. Absolutamente nadie, sabe ni aprende como evitar lo que la modernidad considera garras filosas al alcance de todo individuo. Simplemente, cuando llega el momento, cae sobre él, a pesar de desconocer cuándo sucederá. Es un evento que surge ad nihilo, en medio de la cotidianidad del ser humano.

Por ello, se afirma que, al ser un evento ajeno a la voluntad humana, el amor y estar enamorado, son susceptibles a repetirse, incluso, esa repetición recurrente favorece a la perfección de éstos. En este sentido, la repetición del amor se ha ampliado de gran manera; la sentencia “hasta que la muerte nos separe” ha caducado, y ha tomado su lugar la simplicidad de las experiencias definidas con este término. Muchas relaciones inmediatas, instantáneas y pasajeras tienen el adjetivo de amor. Sin embargo, no significa que cada vez más personas puedan amar, sino que los estándares de este son más bajos.

El ser humano posmoderno ha considerado el amor y su acto como experiencias que se pueden repetir constantemente y de manera, asombrosamente rápida. Se piensa que cada una de ellas representa una oportunidad para mejorar y, a la postre, disfrutar de mejor forma la siguiente experiencia amorosa. Sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad que ello, pues lo único que se logra es adquirir otro tipo de destreza.

Terminar rápidamente y volver a empezar desde el principio […] guiado por la compulsión a intentarlo otra vez, y obsesionado con la idea de impedir que cada intento sucesivo interfiera con los intentos futuros.

Bauman, Zygmun, Amor líquido, FCE, México, 2020, p. 20

Finalmente, esta repetición de dicho fenómeno no pasa por una falta de concretización en la experiencia del ser humano, sino por una mala interpretación de éste que lo imposibilita a mirar de forma correcta el acto de amar. ¿Qué significa entonces, amar?

Artículo de:

Emmanuel Legorreta Rangel (autor invitado):

Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Lumen Gentium y licenciado en Relaciones Internacionales por la FES. Cursa la maestría en Filosofía, cultura y religión en el mundo contemporáneo por la UCLG, y es profesor de asignatura en la FES Acatlán.

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Imagen | Pexels

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por autores invitados

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