Rousseau y la felicidad como mística: reflexiones al octavo paseo de las Ensoñaciones del paseante solitario

Dentro de las diversas parcelas modernas que componen a la filosofía, la ética, de suyo, representa una de las más complejas áreas de estudio. Una razón es la existencia de contraejemplos y paradojas para cada una de las posturas que se presentan dentro de ella. En el mismo tenor, con el fin de acotar la problemática y evitar perdernos en la travesía, pensemos en el concepto de “felicidad”. La citada palabra es, paralelamente a la ética en general, difícil, debido a que las diversas posturas filosóficas entienden de forma diferente su significado. Podemos relacionar dos áreas diferentes al mismo problema: por un lado, se encuentra la manera en la que practicamos la palabra “felicidad” (ética); por el otro, la manera en la que referimos y entendemos dicha palabra (filosofía del lenguaje).

El problema que aqueja a la situación es que de la definición se sigue el actuar,  por consiguiente, en el caso de que definamos erróneamente un concepto tan esencial e importante como lo es el de “felicidad”, actuaremos erróneamente, de manera equivalente a nuestra equivocación en el momento de definir, debido a que nuestro entendimiento canalizará dicha palabra a un objeto incorrecto.

Las afirmaciones anteriores resultan evidentes, y no se precisan argumentos más específicos si queremos demostrarlas, basta con poner los ojos sobre la vida cotidiana para observar ejemplos contundentes siempre que lo deseemos, aún más dentro de un mundo gobernado por una situación pandémica, en la cual el manejo sanitario es consecuencia del actuar de la ciudadanía en conjunto, y dicho actuar, a su vez, es consecuencia de la manera en la que se comprende la palabra “correcto” (una definición generalizada, según el contexto, vista desde un ámbito pragmático).

Centrémonos nuevamente en la palabra “felicidad”, que tantas molestias ha dado a la ética desde siempre. La mayoría de las veces, esta palabra rige la vida de los hombres, y según la comprendamos se realizará el desempeño ético de la ciudadanía. El comportamiento moral de un pueblo depende directamente de lo que se entienda por “felicidad”.  

Por las anteriores razones, el presente ensayo tiene como propósito proponer a la felicidad como una entrega mística (no definible universalmente), con base en las narraciones de Rousseau en el Octavo paseo de sus Ensoñaciones del paseante solitario.  Para lograrlo, en primer lugar, se argumentará a favor de la futilidad de las definiciones universales en un sentido práctico; en segundo lugar, se hablará acerca de la futilidad de la Razón1 en un sentido ético; en tercer lugar, se propondrán las conclusiones.

La futilidad de las definiciones universales
en un sentido práctico:
lo no comunicable

Poco hubiera sido de provecho para mí si tu verbo hubiese mandado de palabra y no hubiera ido adelante con la obra. Por eso hago yo también esto con palabras y con hechos […]

Agustín, Confesiones, X, IV, 6.

La gran mayoría de los teóricos (y una cantidad poco modesta de académicos) han propuesto como objetivo de la filosofía el definir universalmente. Nosotros tomaremos dicho objetivo como un error garrafal e irrepetible, el cual debe ser arrancado de raíz a las generaciones futuras. De seguir aferrándose al sueño de la definición universal, nuestros sucesores continuarán nuestros ambiciosos pasos, y fallarán así vez tras vez. El sueño de una definición universal no puede ser sino teórico, llevarlo a la práctica es causa de problemas éticos irresolubles para la posteridad: este es el error en el que ha caído constantemente el filósofo hasta ahora.

En este sentido, siguiendo a San Agustín2 en Sobre la Doctrina cristiana, el proceso de conocimiento puede dividirse en dos grandes vertientes: la primera es la parte lógica, gracias a la cual descartamos equivocaciones; la segunda es la retórica, que viene a nuestro auxilio si queremos comunicar nuestra interioridad. En el mismo tenor, dicho proceso se compone meramente de ejercicios teóricos, y en ese nivel deben permanecer.

Dicha estructura agustiniana compone un proceso comunicativo: con el empleo de la lógica se lee un signo, se analiza el signo, se comprende el signo; con la retórica, dicho signo es comunicado. Con base en la comunicación de un signo, podemos emprender nuestro actuar, pues todo conocimiento ético tiene como fin la práctica ética, la cual es, como la entiende Aristóteles, un hacer, ya que, sin libertad y acción, la ética no es posible.

Las definiciones universales han ocupado el ámbito teórico sin mayor dificultad. Sin embargo, cuando las definiciones creadas intentan llevarse a la práctica, por su vaguedad, causan un sinfín de conflictos éticos. De aquí surgen las preguntas: ¿por qué lo que yo entiendo como “bueno”, lo entiendes como “malo”?, ¿por qué lo que yo entiendo como “correcto”, lo entiendes como “incorrecto”? La respuesta a preguntas de corte similar a las dos anteriores son en extremo difícil, incluso podría decirse que carecen de sentido.

La conjunción de ambos problemas (dificultad de encontrar significados claros y dificultad de transmitir estos significados) nos lleva a lo que se conoce como “mística”: un objeto no puede ser referido por ninguna oración o proposición del lenguaje escrito, sin embargo, es cognoscible. Dicho objeto es indefinible, ya que, de intentar definirlo, se llega a un equívoco, un conflicto de confusión semántica. La consecuencia directa de la imposibilidad de una definición universal es no entender completamente el objeto a partir de proposiciones: la imposibilidad de comunicarlo3.

La definición universal puede funcionar en un sentido relativo, ya que es universal en cierto contexto (en un sentido pragmático) para un gran conjunto de sujetos pensantes que usen determinado lenguaje basándose en cierto territorio y bajo ciertas costumbres: el significado de la definición universal se determinaría por el uso.

 Ante afirmaciones tan arriesgadas, el lector podría argumentar que el mismo Rousseau se esfuerza por definir diversos conceptos en varios de sus escritos. La respuesta a tal argumento no es obvia: la intención del autor implica el método a usar. Sería imprudente afirmar que todos los textos de Rousseau tienen el mismo objetivo. Ante ello, es posible definir universalmente conceptos puramente teóricos e incluso hallar utilidad en tales definiciones, mientras no precisen ser llevados a la práctica.

No obstante, no se puede definir universalmente términos que atienden a fines prácticos, al menos consistentemente, pues son inefables. Si se da una equivocación en una definición universal que atiende fines teóricos (como la palabra “alma”), no existen tantos problemas en un aspecto real como ocurre en las equivocaciones de una definición universal que atiende fines prácticos (como las palabras “bueno” y “correcto”).              

Profundizando en dichas pretensiones, las Ensoñaciones del paseante solitario representan una conversación consigo mismo, una conversación de Rousseau con Rousseau, lo que es de fundamental importancia: el autor se habla a sí mismo por medio de representaciones, narraciones y ejemplos, no le interesa en absoluto el otro, pues su único interés se encuentra en su interioridad, en palabras del francés: “La adversidad fuerza el retorno a nosotros mismos” (1979:125).

En este sentido, el término “felicidad” no puede tener un contenido definible universalmente en un aspecto teórico, al menos no si se piensa realizar un ejercicio ético realmente serio, sino que desempeña el papel de una forma de actuar y padecer, sumamente íntima, privada, sin fines de ser comunicada para que otro la comprenda. Tales afirmaciones no niegan la posibilidad de teorizar sobre la ética y nociones inefables, no obstante, dichos ejercicios teóricos comúnmente encontrarán finales contradictorios y propuestas puramente idealistas, de las cuales sería imposible sacar provecho real y práctico en la conducta ética y política: la ética teórica equivale a una ética inútil.

La futilidad de la Razón
en un sentido ético:
la entrega

Una definición ayuda al entendimiento a comprender objetos, definir es limitar. Donde no existen límites es imposible comprender, sin embargo, surge la siguiente pregunta: ¿qué ocurre con lo inefable? Los contenidos inefables no son comprensibles en su totalidad por medio de abstracciones de ideas (construcciones conceptuales), sino más bien parcialmente y en determinados momentos a partir de las experiencias, todo según el contexto y el tipo de vivencia: siempre que se intente abarcar la totalidad de un contenido inefable, por medio del lenguaje directo4, se caerá, necesariamente, en una paradoja o en una confusión. Esto se ve reflejado y ejemplificado a lo largo de las Confesiones de San Agustín, influencia directa de Rousseau, quien escribió sus propias Confesiones con base en el Santo; también se encuentra de manera evidente en los dilemas, donde según nuestra definición de “correcto” y/o de “bien”, realizaremos nuestra elección.             

Las Ensoñaciones representan, en este sentido, una amplia gama de descripciones de lo inefable, específicamente de la felicidad. En el título podemos indagar dicho espectro: “ensoñación” es una palabra que refiere (no define) un fenómeno inefable en sí mismo. Dicho fenómeno puede tener una gran cantidad de referentes que recaen en una experiencia íntima. El sueño es propio de quien lo sueña, la sensación creada por la ensoñación no puede ser sentida por un agente externo a quien sueña. Rousseau, como se menciona en el apartado anterior, escribe para sí, tiene la intención de recabar memorias suyas, de reencontrar y atar cabos sueltos que puedan unirse parcialmente para poder encontrar la paz; las Ensoñaciones son casi una revelación. 

Como toda revelación, únicamente se es víctima: para evitar sufrir hay que aceptar el destino sin luchar (Rousseau, 126:1979). La anterior afirmación se realiza repetidas veces a lo largo del texto y el escrito comienza con la aceptación del destino, con la completa entrega irracional, paso primordial para que el autor hallará la tranquilidad del su ánimo. En el mismo tenor, la filosofía de Rousseau se afirma con frecuencia a manera de anti filosofía, una destrucción del raciocinio intelectual e ilustrado, claro ejemplo es el Discurso sobre las ciencias y las artes, en donde el francés define a la filosofía como la decadencia de la cultura: “si el cultivo de las ciencias es nocivo para las cualidades bélicas, lo es todavía más para las cualidades morales” (2014:29).

Aunado a ello, las artes representarían la corrupción de cada uno de los valores primordiales de las sociedades. La Ilustración es un virus que enferma a los pensadores y los infecta de hipocresía y falsedad. Las ciencias y las artes representan la corrupción, la decadencia de la cultura, de la ética y de la felicidad. En la filosofía de Rousseau, es claro un  grave desprecio a la Razón, entendida en un sentido Ilustrado.

Por su futilidad y por el entorpecimiento que trae a los hombres en el desarrollo correcto de su moral y su ética: la Razón no puede abarcar a la inefabilidad, mucho menos influir en el territorio práctico de la humanidad, es posible teorizar haciendo uso de ella, no obstante, resulta impensable intentar superar sus límites por medio de herramientas tan simples como las definiciones, en ese caso, no se hace más que balbucear. El desprecio de la Razón por parte de Rousseau no es más que la entrega a la experiencia ética, a una vivencia plenamente personal.

Cuando es imposible comprender un fenómeno, lo más prudente es rechazar el esfuerzo inútil de su comprensión. No hay que tratar de superarlo y luchar a contracorriente, se debe nadar conforme a las aguas que nos arrastran. Debe evitarse el someter sin razonar, por este motivo, el empleo de la Razón entorpece el actuar ético. No se puede definir a contenidos que van más allá de la misma, como la noción del “bien”. 

Conforme al tema, Rousseau rescata la individualidad con las nociones de “amor por mí mismo” y el “amor propio”. El “amor propio” representa el mayor estímulo y móvil de las almas orgullosas, pues suele evitar el sometimiento. El “amor por mí mismo” implica que yo sea bueno para mí (porque sé qué significa ser bueno, aunque no sé cómo definir el bien). Si soy bueno para mí, no necesito explicar al otro mi noción de ética, “vuelvo al orden de la naturaleza y me libero del yugo de la opinión” (1979: 129-130).  La anterior explicación puede recaer nuevamente en el problema de la definición, pues esta obliga a los hombres a comportarse de determinadas formas. Un hombre puede saber qué formas de actuar son buenas, sin embargo, la definición trae consigo equívocos que lo hacen caer en el error.

La felicidad como experiencia
no comunicable

De realizar una conjunción de los dos apartados anteriores, logramos obtener una noción general: la felicidad es una vivencia intransmisible. No es comunicable y no es abarcable por la pobre razón o el flaco intelecto. Hablando de felicidad, no existe una fórmula mágica que pueda resolver nuestros problemas morales, mucho menos que nos salve de la perturbación del ánimo. Para cada problema existe una solución diferente.

Evitemos inmiscuirnos en discusiones teóricas acerca de la naturaleza del bien y del mal. Evitemos atender a los significados de las palabras o de las normas de comportamiento. La felicidad es una palabra no definible universalmente por el hecho de que es de contenido místico. Este contenido se diversifica según la cantidad de humanos racionales que haya en el mundo: hay tantas definiciones de la palabra “felicidad” como seres racionales. El objeto al que nos referimos con la palabra “felicidad”, únicamente puede experimentarse, jamás debe intentar transmitirse por medio de métodos directos. Hay que evitar las definiciones, los preceptos o las máximas.           

La palabra “felicidad” puede entenderse vagamente según el contexto y la persona: para un carpintero, la felicidad puede ser construir una bella silla; para el zapatero, fabricar un zapato perfecto; para el médico, salvar al paciente de un estado terminal. Si tratamos de definir esta palabra, podría usarse el ya explotado recurso aristotélico: felicidad es que el sustrato alcance su fin según su naturaleza. Mejor aún que se evite la definición kantiana, imposible de comprender por medio de la razón, por las pasiones y la voluntad humana.

Conclusiones

A manera de recapitulación, las definiciones universales no pueden llevarse a la práctica ética, pues resultan inútiles y entorpecen el amplio desarrollo de la moralidad.  De la definición se sigue el actuar, la definición universal de la palabra “bien” puede traer errores sustanciales al comportamiento de una sociedad. La teorización de dichas palabras puede resultar perjudicial debido a que ocurren paradojas y dilemas.

En el caso de que se ejerza una teorización, lo recomendable es que se realice sobre palabras meramente teóricas. Es prudente que se eviten las nociones teóricas con fines prácticos, como la palabra “bueno”. Las anteriores afirmaciones son terreno de la mística. Rousseau escribe las Ensoñaciones como una conversación consigo mismo, es un ejercicio plenamente místico, ya que relata las experiencias sin la intención de definir palabras con fines prácticos, no obstante, reiteradas veces da preceptos éticos y morales, recomienda seguir normas de comportamiento. ¿Esto significa que Rousseau pretende enseñarnos el camino de la moralidad y la felicidad? No, lo que Rousseau hace es narrar sus experiencias, plenamente íntimas, y las narra para sí mismo, no para los otros.

En este sentido, la felicidad representa un proceso, una vivencia plenamente intransmisible, la cual es íntima y no puede repetirse por ningún otro; no se le puede definir, ya que haría que los otros se equivoquen; no se puede transmitir, porque no existen proposiciones que refieran las vivencias únicas que Rousseau pasó. Podría intentarse pasar por todo lo que el francés vivió, no obstante, los resultados no serían necesariamente iguales de ninguna forma.

La felicidad, para Rousseau, representa una entrega a la vida. Se puede llegar a ella dejando de seguir preceptos, entregándose al estado natural, a la experiencia, que impide a los hombres equivocarse. En el estado natural, el hombre es uno con la felicidad porque no intenta comprenderla, ya que el comprender un concepto siempre implica el definirlo. Comprender un contenido inefable es posible, sin embargo, la brecha entre yo y el otro nunca se acota. No puedo hacer entender a mis contemporáneos lo que yo he comprendido, ellos deben vivirlo.

La felicidad como entrega mística, según Rousseau, es intransmisible y no comunicable por medio de métodos directos. Es posible recurrir a otras formas de difusión, como lo es la metáfora, la narración y la explicación, todas ellas maneras indirectas de referencia. Sin embargo, no importa cuantos vanos intentos de expresión se empleen para dar a conocer la forma en la que puede llegarse a la felicidad, cada individuo, necesariamente, deberá encontrar su camino. La única condición necesaria es abandonar el estado civilizado del lenguaje, pretender abarcar contenidos inefables por medio del lenguaje directo, y más importante aún, evitar teorizar la ética, no dar definiciones universales a fines prácticos. 

Notas al pie

[1] Se utiliza letra cuando se hace referencia al concepto Ilustrado.

[2] Se sigue al Santo de Hipona constantemente en el presente trabajo debido a las fuertes influencias que tuvo sobre la obra de Rousseau.

[3] El conocimiento del contenido inefable es puramente empírico. 

[4] Se entiende por “lenguaje directo” a las definiciones y oraciones asertivas, las cuales están basadas en teorías de referencia directa. Para más información, consultar Valdés, L. (Comp. Y Trad.), (2005). La búsqueda del significado. Madrid: Tecnos.

Referencias

Agustín. (2014). “Consolaciones”, en San Agustín (Trad. Ángel Custodio Vega). Madrid: Gredos-RBA.

Agustín. (s.f.) Sobre la doctrina cristiana (Trad. Balbino Martínez Pérez). Consultado en https://www.augustinus.it/spagnolo/dottrina_cristiana/dottrina_cristiana_1.htm?fbcli

Rousseau, J.J. (2014a). “Discurso sobre las ciencias y las artes”, en Rousseau I (Trad. Salustiano Masó). Madrid: Gredos-RBA.

Rousseau, J.J. (1979). Ensoñaciones del paseante solitario (Trad. Mauro Armiño). Madrid: Alianza.

Valdés, L. (Comp. Y Trad.), (2005). “Teorías descriptivas de la referencia” y “Significado y verificación”, en La búsqueda del significado. Madrid: Tecnos.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Bryan Iván González Islas (autor invitado):
Mexicano. Pasante de Filosofía y estudiante de Derecho por la UNAM. Coordinador del Seminario de Investigación en Filosofía del Lenguaje y del Seminario de Investigación en Filosofía de la Ciencia. Miembro activo del Proyecto Delfos: Filosofía Aplicada.

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