El concepto de felicidad –desentrañarlo– nos cae como una losa, del mismo modo que llega el [indeseado] veredicto tras un largo proceso judicial. No es fácil zafarse del peso de lo impuesto, pues las uñas se quiebran con una presteza asombrosa. Los días humanos existen plagados de miles de preguntas que, como insectos hambrientos, se apelotonan para formar una quimera: ¿qué es la felicidad? Nunca he obtenido una respuesta satisfactoria, siempre he hallado fragmentos de la losa. Pienso, entonces, en la náusea sartriana o la llaga de Umbral.

La felicidad –entiendo– no debería ser una imposición si se entiende en el sentido pactado, ya que no corresponde al mundo de las necesidades reales. Ser y no ser. El mundo creado por las redes sociales es, en cierto modo, un culpable más de esa tendencia que reviste los rostros. El rictus es de difícil etiqueta, pero ¿es felicidad?

No en pocas ocasiones me han formulado, expectantes, la intrigante pregunta. A veces creo que presentarse como filósofo, provoca en los interlocutores una suerte de morbo indecente y libidinoso. ¿Por qué debería yo saber qué es la felicidad? No obstante, no se apuran y preguntan esperando lo absoluto. Siempre respondo lo mismo -¿rebuscar en la herida, incordiar al otro?-: ‘yo no creo en la felicidad, lo que defiendo es otra cosa’. Amiga -quizás- de Arthur Schopenhauer, acudo a sus palabras: “una felicidad positiva y perfecta es imposible; […] sólo se puede esperar un estado comparativamente menos doloroso” (Schopenhauer, 2017, p. 26). Estamos, Arthur y yo, irremediablemente de acuerdo.

Siguiendo la línea del filósofo alemán, sin titubeos afirmo que la salud del cuero está estrechamente relacionada con la alegría del ánimo -el temperamento feliz, que leerán en El arte de ser feliz– y por consiguiente, esa felicidad que yo prefiero denominar comodidad: comodidad con uno mismo y con las circunstancias en que se halla inmerso, con las dimensiones de su finita existencia. Una buena salud es fundamental para mantener el temperamento dentro de los límites que asegurar esa comodidad. Poco puedo aconsejarles yo, desde mi vorágine existencial. No puedo recomendar más allá de la sabia lectura de El arte de ser feliz, pues Schopenhauer sabía lo que decía.

Cabe detenerse en este punto para reflexionar sobre el concepto de salud, algo a lo que me ha invitado el libro Filosofía de la medicina de Cristian Saborido, profesor del departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia en mi universidad (UNED). Saborido entiende la salud más allá de lo puramente físico, es decir, de la carne doliente, de la materia. Una buena salud también está determinada por la condición mental y si siguiéramos tirando del hilo, llegaríamos a encontrar el papel innegable de las culturas y usos sociales. Si visitan la página web de la Organización Mundial de la Salud, podrán leer que “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

¿Bienestar físico? Las redes sociales son capaces, a través de sus mecanismos de maquillaje y alta costura virtual, de emularlo; pero la vida en la calle, también. ¿Bienestar mental? Las enfermedades mentales continúan siendo un tabú. ¿Bienestar social? ¿Cuántas veces responden nuestras llamadas, nos sentimos realmente acompañados? Cifras astronómicas en los listados virtuales de amigos, pero sobrevivimos de la mano de una soledad impuesta y dolorosa.

El bienestar físico perseguido no es otro que el de pagar la cuota de un gimnasio o poder permitirse ropa que entre en la categoría de lo bonito, lo que es moda. Poco importan, entonces, los trastornos de ansiedad trascendiendo el reino lo de intangible y avanzando posiciones en el de lo físico: estómagos que expulsan llamas infernales e intestinos que se remueven. Ojeras e imperfecciones en la piel (¡gracias, Instagram, por los filtros que ahorran dinero en maquillaje!). Bocas llenas de llagas y vacías de palabras que expresen lo que sentimos. Columnas vertebrales retorcidas y trastornos del sueño.

El bienestar mental es tan utópico como ganar la lotería y vivir de las rentas hasta el día del juicio final. Y si es utópico, es porque su ausencia avergüenza a las mejores y peores familias. De las enfermedades mentales, no se habla. Un deprimido ostenta la misma categoría que aquellos pobres maltratados que eran etiquetados de oligofrénicos. Una crisis nerviosa intensa hace pensar, al que la presencia, que va a morir acuchillado por designio de unas voces de ultratumba. La depresión parece ir en contra de las buenas amistades y relaciones, del trabajo y el dinero. Si sufres de ansiedad, eres un histérico, pues puedes solucionarlo viajando a Tailandia. ¡Ya saben, dejarlo todo y cambiar de vida es tan sencillo como sustituir los calcetines sucios y olorosos por los nuevos!

Respecto al bienestar social, es mejor que no me pronuncie. Soy una acérrima defensora de la soledad que se escoge -de la productiva, claro-, pero me atormenta la soledad impuesta. Lejos del rol de víctima, el tabú de los que están solos cava tumbas tan profundas que no tienen fin.

Bibliografía

Schopenhauer, A. El arte de ser feliz. Herder, Barcelona, 2017.

Saborido, C. Filosofía de la medicina. Tecnos, Madrid, 2020.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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