Para mí el fin de año no significa nada. Tiene mucho de impostado ese ritual de exigida alegría por un año que nace. Se celebra el inicio, se entiende. Se cree en la ilusión de lo que termina; se decreta el final de algo que se percibía agotado y que ha de sacrificarse para dejar paso a la frescura de ese tiempo que promete. No hay nada que yo reconozca como una señal de cisura cronológica que me cause la sensación de que algo termina y que algo empieza sin solución de continuidad. ¿Dónde está el trauma? Porque todo nacimiento es traumático y tiene que haber un portal en el que se penetra, una frontera trascendida, un cambio atmosférico.

Cumple más con esos requisitos que verdaderamente dotan de entidad al final-comienzo de ciclo la transición de curso académico. Hay un cambio de estación, una notable mutación climática con todo un verano de por medio, en el que la vida quiere parecer liviana en su transcurso, al menos donde las estaciones meteorológicas se distinguen y pasan por registros templados. Hay, en fin, un proceso que llega a su desenlace, la culminación de un esfuerzo continuado y sometido a evaluación, y a su término, tras una especie de catarsis letárgica, la piedra de Sísifo vuelve a estar donde al principio, al pie de la montaña esperando que el ciclo del trabajo humano vuelva a dar comienzo, retornando a colocar cada cosa en su sitio.

La idea de ciclo es recurrente. Me atrevería a decir que se halla inserta en la trama cultural de muchas civilizaciones y tendrá su raíz en la noche de los tiempos. Una de las primeras versiones que han trascendido en la historia es la que fue tan importante para los antiguos egipcios, ese continuo turnarse del día y la noche. Y en los primeros filósofos, esos protofísicos de la Grecia jónica, está también la misma idea, solo que ajustada a la dialéctica de los opuestos. Recuérdese uno de los primeros fragmentos conservados de hace más de dos mil quinientos años. Es de Anaximandro de Mileto: «en aquello en que los seres tienen su origen, en eso mismo viene a parar su destrucción, según lo que es necesario; porque se hacen justicia y dan reparación unos a otros de su injusticia, en el orden del tiempo1». El cambio, el devenir, queda así domesticado dentro de los cuadriculados muros de la razón (el logos de Heráclito sumergido en las turbulentas aguas del río que nunca permanece idéntico a sí mismo). La realidad, intrínsecamente contingente, muta en una representación ideal que la convierte en dependiente de nuestras expectativas. Se doma –aunque ilusoriamente– la bestia de la incertidumbre; se contiene la existencial angustia ante el hecho cierto de lo imprevisible.

La circunferencia es la plasmación geométrica del ideal supremo del ciclo. La rueda es su materialización técnica. Algo imposible de producir por la naturaleza, una revolución humana a la altura del fuego que convierte al movimiento, quintaesencia del cambio, en un fenómeno controlable y al servicio de los deseos humanos. La traslación y el transporte de la materia dejaban de ser una gracia cósmica para convertirse en un efecto de la intención humana. La circunferencia tiene algo de espiritual al tiempo que es un nodo universal: religioso, conceptual, físico, tecnológico. El cuerpo geométrico del trascendente ciclo, la circunferencia, dominó la cosmovisión de nuestra civilización durante más de un milenio con el reconocimiento que Platón le otorgó al identificarla con la perfección de lo celeste, de lo inmutable, del ser que no padece la contaminación del no ser. El Almagesto del astrónomo del siglo II Claudio Ptolomio partía de ese axioma y durante siglos el universo fue todo él una esfera preñada de ciclos: circunferencia, ecuante, deferentes y epiciclos, todas geométricas idealizaciones mediante las cuales nos resistimos con uñas y dientes a abandonar aquella creencia con la que la realidad se nos tornaba amable.

Pero la realidad nunca es lo que se espera de ella, salvo dentro de los límites del iluso orbe que conformamos en el salón de los espejos de la razón. Al romper con la circunferencia el astrónomo alemán Johannes Kepler, buscando comprender la mente de Dios revolucionó la ciencia y dio un paso decisivo para que germinara la idea de progreso y la modernidad fuese ya un camino sin retorno. La elipse no dejaba de ser sino la plasmación de un ciclo físico excéntrico. El universo entero fue declarado la tierra prometida del progreso cuando Isaac Newton lo identificó con el mecanismo de un reloj, la máquina cuyas tripas las constituyen un entramado de ruedas. Platón no fue eliminado de nuestra cosmovisión con el imperio de la ciencia moderna. Su mundo axiológico quedaba inserto para siempre en nuestros modos de vida a través de la ubicuidad de las formas geométricas perfectas en cada engendro de la tecnología. Es a lo que llamamos progreso. La suprema victoria del idealismo ontológico.

Con la pandemia de la COVID-19 hemos añorado la normalidad desde el mismísimo momento de su declaración. Pero la normalidad no es en esencia sino la práctica inconsciente de los ciclos, de aquello que hacemos sin prensar porque es el ritual sagrado que da vueltas a lo mismo. No hemos querido comprender el mensaje ontológico de esta crisis sanitaria mundial: que la realidad no es cíclica, que es antítesis de la normalidad. Por eso queda excluida del mundo, cuando alguno de sus acontecimientos escapa al alcance de su círculo; porque el mundo es circular (quiero decir, ese constructo egocéntrico en torno al cual se compone nuestra jerarquía de sentido).

Pero esto es demasiado abstracto para quien vive el día a día, es decir, para quien no piensa, pues sólo cumple con la exigencia de los ciclos. No hay límite para quien es fiel cumplidor: dónde termina, dónde empieza el ciclo, no es un conflicto objetivo, sino más bien una convención. Quiere decirse que es política. En ninguna práctica se hace esta verdad evidente como en el consumir. En ella se devora a sí mismo el ciclo del deseo, que es la pulsión psíquica que embarga a todo el cuerpo y que, a falta de un objetivo trascendente con el que comprometerse y señalar el centro mismo de nuestro mundo (de nuestra circunferencia existencial), ofrece un sucedáneo de sentido. Consumir es el vaciamiento del yo en un nihilismo existencial que es absolutamente imperceptible, porque, paradójicamente, es permanente generador de excitación. Ansía la plenitud de la dicha, que se hace promesa sin límite, sin preciso comienzo ni fin, en el perpetuo consumir. Enclaustrados en este ciclo-círculo nos mantenemos a salvo de la conciencia de la nada. En el plano ético supone la anulación de la mera posibilidad de renuncia. Es, por ende, la ceguera a nuestra propia condición de cuerpos materiales, es decir, de entes con contorno, con límite, insertos en una realidad material sujeta al imperio de la entropía, que es el mandato de lo irreversible. O sea, lo contrario al ciclo.

El trauma es la dolorosa experiencia del límite. Supone la oportunidad que da la realidad al sujeto para descentrarse o -para lo que viene ser lo mismo- salir del ciclo. Por eso la filosofía, radicalmente, es una actividad traumática y facilitada por el trauma (esto es, la experiencia límite).

Notas al pie

[1] HEIDEGGER, MARTIN. (2016). EL DICHO DE ANAXIMANDRO. Byzantion nea hellás, (35), 313-357. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712016000100017

Imagen | Pixabay

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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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