De la práctica filosófica a la filosofía para niños. Parte 2 de 3

El mundo al que se enfrentan nuestros hijos es cada vez más rápido y complejo. En las próximas décadas se esperan cambios sociales, políticos y económicos que van a tener un impacto decisivo en todos los aspectos de nuestra vida. La actual alarma sanitaria es el ejemplo más palpable de una larga lista de desafíos que comprende desde el calentamiento global y el aumento de la contaminación hasta la persistencia del desempleo, la migración o la desigualdad en todas sus formas. Desafíos que exigen sujetos reflexivos, críticos y responsables, conscientes de los problemas de la sociedad de su tiempo y capaces de participar en la toma de decisiones bajo criterios éticos. En definitiva, desafíos que exigen la formación de buenos ciudadanos, y para ello nada mejor que la filosofía.

Tanto por los temas que plantea como por el modo en que lo hace, la filosofía resulta extremadamente efectiva para activar o potenciar un conjunto de valores, actitudes y maneras de pensar tales como el respecto, la responsabilidad social, el razonamiento lógico, la creatividad, o el análisis crítico de la realidad.

Si además atendemos a los últimos estudios en el campo de la neurociencia que demuestran que es en la primera infancia (0-6 años) cuando se forja la personalidad y se asientan las bases fundamentales del desarrollo cognitivo, lingüístico y socioafectivo, entonces parece evidente que hay que llevar la filosofía al aula desde los primeros años de escolarización.

El proyecto educativo de Filosofía para Niños (FpN) elaborado inicialmente por Mathew Lipman y Ann Sharp se revela como el más adecuado para esta tarea, ya que apuesta por un aprendizaje significativo en el que, siguiendo la ruta trazada por Paulo Freire, el estudiante sea partícipe y artífice de su propia vida. Uno de sus aspectos más novedosos reside en transformar el aula en una comunidad de investigación, tal y como apunta el pragmatismo norteamericano de Charles Peirce y John Dewey. En realidad, no se trata más que de aplicar el diálogo socrático, pero enriquecido por las corrientes más avanzadas en psicología y sociología de la educación.

Existen, sin embargo, algunas resistencias por parte de la comunidad educativa, derivadas principalmente de posturas abiertamente contrarias a cualquier renovación en el planteamiento docente, pero también de ciertas cautelas o inseguridades a la hora de llevarla la filosofía al aula de infantil y primaria. Por un lado, el profesorado de primaria e infantil ofrecen cierta resistencia a hacer filosofía en el aula con sus estudiantes, bien porque manejan una imagen de la filosofía poco útil o excesivamente compleja, bien porque se sienten inseguros o incapaces de abordar temáticas o problemáticas para los que no están formados. Por otro lado, muchos profesores de secundaria y bachillerato, sólidamente formados en filosofía y acostumbrados al modelo clásico de clase magistral, libro de texto y asimilación de contenidos, ven la propuesta como una degradación de la propia disciplina.

Se suele decir que hay dos tradiciones en filosofía: la platónica, que dice que “la filosofía debe ser abordada por el adolescente tan pronto como sale de la niñez; y la tradición epicúrea, en la que nunca se es ni demasiado joven para empezar a filosofar ni demasiado viejo para dejar de hacerlo”. El proyecto educativo de FpN no solo se alinea con el epicureísmo, sino que rompe de manera tajante y para siempre esa falsa dicotomía entre filosofía e infancia, que nace con Platón y atraviesa la pedagogía cristiana de San Agustín hasta llegar al racionalismo cartesiano.

San Agustín, por ejemplo, interpretaba la infancia como un estado primitivo, mientras que Descartes veía a los niños y jóvenes como seres privados de razón. Los estudios del psicólogo suizo Jean Piaget parecen apoyar estas ideas al sostener que los niños desarrollan su capacidad de pensar por etapas y que el pensamiento lógico y abstracto -propio de la filosofía- se someterá inevitablemente a las limitaciones propias de cada etapa. ¿Qué sentido tiene entonces enseñar filosofía a personas que aún no han llegado -y quizá nunca lleguen- al estado de la operación formal?

Una respuesta a la tradición piagetiana la podemos encontrar en la propuesta de la escuela rusa -representada principalmente por Vygotsky y Luria- y posteriormente reelaborada por Bruner. Sostienen que el niño posee una serie de habilidades y capacidades lingüísticas que están a la base de su progreso cognitivo e influyen en el desarrollo de sus estructuras y esquemas mentales, condicionando su capacidad de razonar y de pensar reflexivamente. El lenguaje no es ni más ni menos que el agente del desarrollo cognitivo. De ahí que se centren en el papel que el entorno social puede desempeñar en dicho desarrollo. Después de todo, el pensamiento es imposible si el pensador no pertenece a una comunidad de hablantes, y hay un cierto tipo de pensamiento que solo acontece bajo un cierto tipo de lenguaje. Sus aportaciones con respecto al origen social del pensamiento permiten apoyar y desarrollar un método basado en la lectura, el diálogo y el perfeccionamiento del lenguaje: la lectura genera la reflexión, la reflexión genera el diálogo, y el diálogo mejora nuestras habilidades de pensamiento. 

Pensemos, por ejemplo, en todo lo que hacemos durante el transcurso de un diálogo: formulamos hipótesis, damos razones, identificamos supuestos, sacamos inferencias, buscamos alternativas, anticipamos consecuencias, ponemos ejemplos, prestamos atención a las definiciones y significados, escuchamos, consideramos diferentes opciones en las que antes no habíamos pensado, traducimos el significado de los gestos y, en general, realizamos una enorme cantidad de actos mentales que vamos interiorizando y mejorando constantemente para construir, organizar y expresar nuestras ideas de manera que sean entendidas adecuadamente por el otro. Es decir, mejoramos la capacidad de pensar y de articular ese pensamiento a medida que mejoramos nuestro lenguaje, y viceversa. Pensamiento y lenguaje son dos caras de una misma moneda.

Las habilidades de pensamiento son, desde esta perspectiva, hábitos que se adquieren mediante la práctica y el ejercicio constante, de manera análoga a como ocurre con las habilidades físicas -como la velocidad, la fuerza o la resistencia-. Cualquiera puede desarrollar dichas habilidades, con esfuerzo y ejercicio, por medio del aprendizaje.

En rigor, las diferencias existentes entre las personas mayores y las más jóvenes son fundamentalmente de grado más que de tipo. Los niños pequeños pueden razonar. El problema es que tienen muy poca información y experiencia. Es como contemplar una obra de arte. Mientras no conocemos su significado o la intención del artista puede parecernos algo confuso, y solo cuando descubrimos el contexto en el que fue creado le encontramos sentido. Lo mismo ocurre con las experiencias de la vida. El niño aprenderá a desarrollar sus habilidades de pensamiento cuando se conecten con su realidad próxima y no con el mundo adulto, que tiene poco o nulo significado para él. Por eso es importante partir de sus propias experiencias y elegir recursos y actividades que se planteen en un lenguaje próximo al suyo. Algo que tradicionalmente se ha hecho partiendo de un cuento, un mito o una fábula.

Imagen | Pexels

Artículo de:

Myriam García (presidenta asociación FILONENOS):
Doctora en Filosofía y Máster en Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología por la Universidad de Oviedo. Directora de «Pensar Juntos. Revista Iberoamericana de Filosofía para Niños».

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por Filonenos

El Centro de Filosofía para Niñas y Niños del Principado de Asturias (Asociación Filonenos) es una organización sin ánimo de lucro destinada a fomentar el pensamiento crítico y la educación ética. La Asociación tiene como finalidad impulsar el programa de Filosofía para Niños como una alternativa pedagógica que pueda ser implementada con éxito tanto por el público en general, especialmente las familias, como por los/as futuros/as docentes y profesionales de la enseñanza.

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