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El conspiracionismo como autocrítica (y qué puede aportar la filosofía)

Llevamos meses escribiendo sobre el conspiracionismo, y quizás no nos hemos querido dar cuenta de que el principal problema que este fenómeno nos está señalando es la crisis de credibilidad que sufre la ciencia. Es cierto que las teorías conspiranoicas han existido siempre, y han generado, entre otras cosas, guerras, genocidios y el asesinato de unas 60.000 personas en toda Europa acusadas de brujería. En general, estas persecuciones tenían un cariz xenófobo y político, pero en la actualidad el blanco de casi todas las conspiraciones es la ciencia, y contra ella se lanzan todo tipo de ataques, acusaciones y realidades paralelas. El paradigma científico es la nueva brujería.

Si no estuviéramos tan ocupados ridiculizando a quienes no piensan como nosotros, esto es algo que debería hacernos reflexionar seriamente. ¿En qué momento la ciencia se volvió tan obtusa, engreída, lejana, compleja, impenetrable o dañina como para generar desconfianza por parte de la población?

Los filósofos parecen estar muy tranquilos debatiendo los criterios de demarcación de la ciencia, asumiendo que si establecemos qué es ciencia y qué no, todo está bajo control. Sin embargo, creo que ese no es, ni mucho menos, el verdadero problema.

Tomemos, por ejemplo, el verificacionismo, uno de los bastiones del empirismo más básico; o su contrapartida, el falsacionismo popperiano. Un hecho es científico si puede comprobarse la verdad o falsedad de su enunciado mediante la observación de las evidencias. Así, si yo planteo la hipótesis de que la Tierra es plana, existen métodos para comprobarlo, y una vez llevadas a cabo todas las acciones y mediciones necesarias, concluiré que la Tierra no es plana, sino redonda; pero la hipótesis inicial, aunque errónea, forma parte de una posibilidad científica. ¿Cuál es el problema? Que de acuerdo con las “mediciones” de los terraplanistas, la Tierra es en realidad plana. Lo que está ocurriendo aquí es que carecen de los conocimientos adecuados para realizar las observaciones pertinentes, no consideran válidas las mediciones y los experimentos ya realizados y, en última instancia, están rechazando toda la tradición científica anterior. Pero su alternativa pretende ser científica (aunque en realidad es mero intuicionismo). Es decir, ellos, simplemente, observan mejor.

En otros casos, la ciencia oficial no se considera un método válido de conocimiento, ya que sirve a intereses ocultos. Yo estoy dispuesta a conceder que esto es verdad incluso algunas veces, pero me pregunto cuál es el método alternativo de relación con el mundo que nos ofrecen. Si no podemos navegar la realidad mediante la ciencia, porque esta es mentira, ¿qué herramienta podemos usar? La respuesta es, como mucho, un vídeo de YouTube en el que un “científico” alternativo aporta “pruebas”, “artículos” censurados y “estudios o experimentos de laboratorio” según los cuales, por ejemplo, el COVID no existe. ¿Qué ocurre en este caso? Que la práctica argumentativa y social de la ciencia, mediante la cual la comunidad científica actúa como validadora y garante de los resultados obtenidos por un investigador, se descarta como criterio de veracidad. Un enunciado, experimento, práctica o resultado son científicos si pueden comprobarse, repetirse y ser examinados por otros colegas; y si estos obtienen el mismo resultado o conclusión. Evidentemente, que el Covid no existe no ha podido ser validado dentro de la comunidad científica, porque los datos aportados son erróneos, los experimentos sesgados y los artículos falsos. Nada de esto importa: el criterio de institucionalización de la práctica científica también se desestima, debido a que detrás de ella solo se esconde un gigantesco entramado de intereses personales de dominación del mundo y aniquilación de la raza humana.

Los filósofos de la ciencia suelen distinguir bastante claramente entre discursos pseudocientíficos y anticientíficos. Lo cierto es que en este último año las teorías conspiranoicas han mutado hacia híbridos de ambas categorías; ya no se trata de que la ciencia no se considere una herramienta válida (y se prefiera, por ejemplo, a Dios como método explicativo, lo que sería anticiencia), sino que estas personas consideran que la verdadera ciencia está siendo acallada y marginada por el poder de las élites para que el mundo no sepa la verdad; por lo tanto, existe una ciencia verdadera (para nosotros pseudociencia) que no se quiere divulgar. Esto es tan gracioso como inquietante, porque lo que nos demuestra es que los criterios de demarcación epistemológica de la ciencia son absolutamente irrelevantes para ciertas personas, y las discusiones académicas en torno a qué es y qué no es ciencia no sirven en absoluto para atajar el problema. Muchas personas ya no tienen miedo de vivir al margen de la ciencia institucional. De hecho, lo prefieren, ya que les da un propósito en la vida y les otorga un sentido de heroísmo del que carecen en su vida cotidiana.

Hay dos cuestiones, en mi opinión, que son causantes directos de este problema. En primer lugar, el discurso de ridiculización de las teorías conspiranoicas no suele prestar atención a hechos psicológicos verificables y que siguen ahora mismo en estudio (más candentes que nunca). Se están trazando perfiles psicológicos de los defensores de las “verdades alternativas” en los que surgen elementos interesantes como la soledad y la necesidad de atención. Quizás muchas personas no necesitan pruebas científicas contrastables, sino cariño y escucha. Son importantes también los sesgos cognitivos y la acusada tendencia humana a encontrar patrones simples en los acontecimientos complejos. La psicología (una ciencia) puede aportar muchas claves e, incluso, predecir con cierta fiabilidad las probabilidades de un ser humano de adherirse a estas teorías conspiranoicas. Y lo que se puede predecir es susceptible de prevenirse. A este respecto, la doctora Karen Douglas, de la Universidad de Kent, está desarrollando una interesante labor investigadora en el campo de las teorías conspiranoicas, pero no es la única.

En segundo lugar, creo que es momento de que la comunidad científica se detenga un momento a reflexionar sobre la inmensa brecha que lleva abriéndose entre la práctica científica y la sociedad desde mediados del siglo XX (o antes), y sobre lo que entiende por divulgación, una palabra que no deja de estar en boca de todos y que no siempre se practica de manera adecuada. La brecha a la que me refiero no reside en la diferencia de conocimientos efectivos de la población general en campos que, como la física o la astronomía, han experimentado avances espectaculares y rápidos en los últimos años. No sería posible que todos adquiriésemos la máxima comprensión sobre los últimos descubrimientos científicos. Pero quizás la comunidad científica ha olvidado transmitir una contextualización histórica y social de su práctica, tal vez porque los mismos científicos la desconocen. En su enseñanza, la ciencia olvida explicarse a sí misma; presentar sus propósitos, sus aplicaciones y sus limitaciones; olvida también las luchas sociales que le dieron forma. Explicar los aspectos filosóficos de la ciencia y formar a los científicos en ellos ayudaría a divulgarla mejor pero, sobre todo, a abrirla y exponerla a la sociedad honestamente. Es sumamente importante explicar los límites de la ciencia para, por un lado, comprender su fascinante complejidad y, por otro, desarmar los posibles ataques que pueda sufrir por parte de ciertas ramas del conspiracionismo.

En las escuelas, los niños y los jóvenes deberían acercarse a la ciencia a partir de una reflexión sobre su razón de ser y su singularidad como sistema de conocimiento, de manera que en el futuro puedan ser mejores científicos1 (quienes escojan ese camino) o, al menos, personas dotadas de capacidad racional y crítica para debatir y argumentar.

Creo que sería importante explicar, en primer lugar, que la ciencia no es suficiente para entender la realidad. Que explica mecanismos (cómo), nunca causas últimas (por qué). Que la creencia en Dios no es incompatible con una ciencia que ni siquiera lo considera y que no ofrece un sentido global a los fenómenos observables ni a nuestro lugar en el mundo. Que, por ello, el arte y la religión son absolutamente necesarios, así como el tiempo y la capacidad para reconocer no solo el funcionamiento de los hechos físicos, sino la belleza que contienen.

Igualmente, es primordial mostrar los numerosos problemas que existen en torno a la fiabilidad del método científico, especialmente el famoso problema de la inducción2, y explicar que en ningún caso la ciencia es tenida, desde el punto de vista histórico y filosófico, como verdad absoluta, sino como el método que actualmente (y desde hace unos 200 años) se considera más ajustado, preciso y contrastable (en ningún caso infalible) para conocer la realidad. Que la evidencia observacional está muy lejos de ser objetiva, y que está limitada por nuestra experiencia, nuestras habilidades, nuestras emociones y una infinidad de variables. Que este problema es conocido y debatido desde hace muchísimo tiempo.

Sería interesante también divulgar algunas características del método científico, bastante fáciles de entender por cualquiera de nosotros. Por ejemplo, que los modelos explicativos en ciencia no constituyen necesariamente una descripción de la realidad. De igual modo que Copérnico propuso que la Tierra giraba alrededor del Sol no porque hubiese comprobado que así era, sino porque le iba mejor para explicar ciertos fenómenos y, además, le parecía más estético; y del mismo modo que el anterior modelo geocéntrico de Ptolomeo funcionó de maravilla y sirvió durante mucho tiempo para predecir perfectamente eclipses y la posición de los astros, así hoy en día existen modelos científicos que funcionan muy bien sin que sepamos si la realidad tiene ese aspecto o si tiene aspecto alguno (la hélice del ADN es un ejemplo paradigmático). Son sistemas explicativos, nada más. Muchos de ellos fueron desechados a lo largo de la historia, otros se consolidaron (como el modelo heliocéntrico).

Lejos de constituir fallos o desmerecimientos del método científico, creo que todos estos aspectos lo enriquecen y lo hacen más interesante. Tal vez en el largo camino del desarrollo científico humano se nos ha olvidado explicar qué es la realidad la ciencia y, por ello, ha acabado ganándose enemigos. Pero lo más importante es que se ha ido disociando de las humanidades, sin las cuales ni se entiende, ni se asimila correctamente.

Notas al pie

[1] Véase a este respecto el artículo de R. Shraim

[2] ¿Cuántas veces debe repetirse una observación para que pueda generalizarse predictivamente que determinado hecho sucederá siempre así? ¿Qué base racional podemos aportar para el método inductivo?

Bibliografía

Acevedo-Díaz, J. A., García-Carmona, A., Aragón-Méndez, M. del M., & Oliva-Martínez, J. M. (2017). “Modelos científicos: significado y papel en la práctica científica”. Revista Científica, 30(3), 155-166.

Chalmer, A. F. (2010). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Madrid: Siglo XXI.

Goldacre, B. (2008). Mala ciencia. Barcelona: Paidós.

Popper, Karl (1980). La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos.

Shraim, R. (2021). “How philosophy is making me a better scientist”. Nature.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Laura Zorrilla (autora invitada):
Licenciada en Filología Románica y estudiante de Filosofía (UNED). Ha sido editora y correctora de textos durante muchos años. Trabaja para el Instituto Cervantes en la ciudad de Mánchester (Reino Unido).

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por autores invitados

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