En mi infancia tuve mucha curiosidad por el cambio, la evolución, la metamorfosis de las cosas, aunque claramente no lo pensaba con esas palabras. Sin embargo a medida que crecía fui notando que la sociedad e incluso varios de los grandes filósofos han tendido a idealizar lo permanente y demonizar lo cambiante.

Este dualismo me parece sumamente interesante porque nos deja en claro lo obsesionados que estamos con nuestra propia finitud. Todo lo que vive tiene que morir y los seres humanos no somos una excepción. Es por ello que hemos creado tantos entes y conceptos alrededor de la idea de lo “eterno”, incluso como algo sinónimo de “perfección”.

Las Ideas de lo Eterno y lo Fluctuante
en la Historia de la Filosofía

Si nos detenemos a pensar, varias corrientes filosóficas han hablado sobre esta diferenciación. Entre estas están los presocráticos por ejemplo. Aunque lo más probable es que primero hayas pensado en Platón1 con su división entre el mundo inteligible (alma-mente-razón) y el mundo sensible (cuerpo-sentidos), donde claramente da una imagen idealizada del primero y una completamente peyorativa del segundo.

De hecho esta dualidad se extiende a lo largo de la historia, el mismo cristianismo2 (que podemos decir, en cierto modo, toma gran parte de la herencia platónica) se encargó de demonizar al cambio, al cuerpo humano y sus pasiones, e idealizar a lo eterno y constante de Dios y el paraíso.

Pero no solo se queda ahí, alrededor de la ciencia muchos pensadores, filósofos y científicos han despreciado a los sentidos y las contingencias precisamente por no ser “seguras” para la ciencia, por no ser cosas constantes de las que guiarnos y tomar como modelos. Un ejemplo claro de ello es la filosofía de Descartes3 y en general toda la corriente racionalista. Pero es que incluso en la corriente más escéptica como el empirismo de Hume4, el aceptar que solo conocemos las cosas mediante la experiencia fluctuante, es visto como una fracaso.

Mismo con Kant, con él se presenta al ser humano como un habitante de dos mundos: mundo fenoménico (sensible) y mundo noúmeno (inteligible). Tanto en su idealismo transcendental como en su filosofía moral o “metafísica de las costumbres”5, lo empírico, que va de la mano de lo contingente, es presentado como algo que debe ser evitado, y en cambio lo “a priori”, lo puro y siempre necesario, como el ideal a seguir y aspirar.

He de aclarar que estoy tomando un poco la perspectiva que Nietzsche presenta en su libro el Crepúsculo de los Ídolos6, en su apartado sobre “como el mundo verdadero acabó convirtiéndose en una fábula”, donde él más que hablar de lo permanente y lo cambiante, habla sobre la creación de un mundo ideal diferente y que se contradice con nuestro mundo real de experiencia.

Retomo ese punto de vista porque leyendo y reflexionando sobre esa obra nietzscheana durante mi clase de ética, es cuanto reflota en mi mente una serie de ideas y comienzo mi viaje por la reflexión sobre idealizar lo permanente y demonizar lo cambiante.

Reflexiones sobre lo Constante y lo Cambiante

Por un lado pensé en cómo nos aferramos a la idea de lo eterno. Deseamos desesperadamente que todo dure para siempre y sea de la misma forma, que se mantenga igual. Esa idea nos hace sentir seguros, cómodos, y nos mantiene en la ilusión de que es posible que exista una zona de confort permanente donde resguardarnos. Sin embargo, nada más contrario a la vida, en ella experimentamos el cambio todos los días.

Es irónico, porque resulta que de hecho solo podría haber una cosa realmente eterna: la constante transformación de las cosas. Nada resulta tan permanente como el cambio mismo. Rechazar lo contingente, es rechazar el mundo que vivenciamos en su hábitat natural y social, es rechazar nuestra existencia misma de nacer, crecer, elegir, vivir y morir.

Por otro lado, me siento “obligada” a reflexionar sobre la probabilidad de algo permanente. Es decir, sabemos entonces que el cambio es algo constante e inevitable, pero ¿habrá algo más que también pueda permanecer?

Entre las posibles respuestas se me ocurre: “el legado cultural y científico de la humanidad“, pero entonces pienso en la posibilidad de la extinción de la raza humana dentro de miles de millones de años. Pero si esto último no lo tomo en cuenta, creo realmente que los inventos, obras y teorías que han podido y pueden “traspasar los tiempos históricos” son signos de algo “permanente” en el mundo real. De todos modos no tengo nada conclusivo acerca de ello.

Más allá de lo que se puede pensar acerca de esas concepciones en cuanto a su definición o posibilidad, es interesante preguntarse sobre ese dualismo de idealizar lo permanente y demonizar lo cambiante. ¿Por qué idealizamos a lo eterno e inmutable? ¿Es solo por la tranquilidad que nos brinda? ¿Es por el deseo de alcanzar absolutos intelectualmente o por algo más que eso?

¿Y por qué demonizar al cambio? ¿Realmente es necesario hacerlo para poder alcanzar lo permanente y lo ejemplar? ¿Por qué nos genera tanto rechazó que las cosas se transformen, que la gente cambie de opinión, que las generaciones cambien de valores?

No sé si debamos o no renunciar a la idea lo permanente y absoluto, y no estoy en posición aún de dar tal sentencia. Sin embargo no creo que el cambio deba ser rechazado he evitado. No creo que sea algo a lo que debemos tenerle tanto miedo. La metamorfosis de las cosas, las hace ser lo que son en el presente, a valorarlas, a reconstruirlas, nos da la posibilidad de elegir hacerlas diferentes, de mejorarlas o no.

Es en la posibilidad de lo contingente que podemos ser libres de elegir cambiar para ser, pensar y hacer lo que queramos. Si lo tomara desde una perspectiva existencialista sartreana6 diría que de hecho no podemos escapar de esa libertad constante que tenemos de poder transformar(nos).

Así que si el cambio es inevitable y nuestra libertad es condición humana, hagámonos responsables de nuestras elecciones y aceptemos los cambios que no podemos controlar, que en el “caos también hay virtud7.

Bibliografía general

[1] Platón. (2005). República. Argentina: Losada.

[2] Nietzsche. (1997). Crepúsculo de los ídolos. Madrid: Alianza.

[3] Descartes. Meditaciones metafísicas, 1ª y 2ª, varias ediciones.

[4] Cabanchik. (2000). Introducciones a la filosofía. Barcelona: Gesiada.

[5] Kant. (1998). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Buenos Aires: EUDEBA.

[6] Nietzsche. (1997). Crepúsculo de los ídolos, “Cómo el ‘mundo verdadero’ acabó convirtiéndose
en una fábula”. Madrid: Alianza.

[7] Sartre. (2009).  El existencialismo es un humanismo Buenos Aires: Edhasa.

[8] Cerati. Canción “Déjà Vu”.

Artículo de:

Belén Romero (autora invitada):

Estudiante de Filosofía en la UBA y creadora de contenido de divulgación, arte y escritura en redes sociales.

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Imagen | Diseño de la autora con el repositorio de Canva

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por autores invitados

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