Aunque durante largo tiempo la imaginación mantuvo un papel marginal en el ámbito de la crítica política, a partir del siglo pasado adquirió una nueva centralidad como aliada de la protesta y como generadora de formas de vida alternativas. Hoy, parece más urgente que nunca volver a la imaginación políticamente, detenernos en la correspondencia que establece entre lo posible y lo real y rescatar su forma de “conjurar”1 el futuro que debemos pensar y podemos desear.

Sabemos que la imaginación es una poderosa herramienta que desarrolla nuestra capacidad creativa, pero generalmente solemos limitar su práctica a lo lúdico o lo artístico; en muy pocas ocasiones nos referimos a ella como potencia intelectiva. Históricamente, sin embargo, constituyó un elemento fundamental dentro del campo de la epistemología: se la caracterizaba como facultad capaz de hacer aparecer imágenes de objetos, sensaciones, o productos combinados de éstos, cuando ya no eran directamente percibidos por nuestros sentidos.

Recuperando esa concepción de la imaginación podemos entender su importancia para la crítica política: la imaginación re-presenta (vuelve a hacer presente), libremente, aquello que hemos perdido de vista sin atenerse a la ordenación espacio-temporal que exige la memoria ni al valor de verdad del pensamiento.

Probablemente, una de las formas más reconocibles en las que la imaginación se aplica políticamente, sea en la de las utopías. Las utopías son ficciones que muestran organizaciones sociales ideales y coherentes. Como modelos, conservan una gran potencialidad transformadora, ya que no sólo describen una forma de vida ideal, sino que, en cierto modo, la estimulan. De hecho, el propio término utopía podría involucrar dos sentidos diferentes: el de un no-lugar (un lugar que no está en ninguna parte, que no existe) y el de un lugar que trasciende hacia lo moral (el buen lugar)2.

Su impacto en la realidad puede ser cuestionable, pero como recoge Ruth Levitas (Levitas, 2012), la importancia del pensamiento utópico radica en que nos proporciona una vía heurística, tentativa, de cambio social a la vez que como ideal regulativo nos enfrenta a la lógica de la cotidianidad. Las utopías producen un extrañamiento del sentido común, de las circunstancias que damos por sentadas y sin discusión en el presente. En ese sentido, su aportación no se encuentra tanto en la descripción del funcionamiento de una sociedad autónoma, sino en el hecho mismo de poder figurarnos una ruptura de lo dado3.

Para Ernst Bloch, el pensamiento utópico no se enfrenta a lo real, sino que lo implica: lo real no es sólo lo que fue en el pasado o lo que existe en el presente lo real se proyecta, además, al futuro. En su obra el principio esperanza (Bloch, 2004), desafía el olvido filosófico al que se ha sometido al futuro desarrollando una ontología del proceso del ser (el ser como inacabado); un mapeo de lo que está por venir y que hunde sus raíces en el ahora: una lógica que pasa del “S es/no es P”, al “S no es aún P”. Su optimismo militante, o la esperanza utópica que promueve, no es el de una ilusión pacata o deseo impreciso, sino un acto que implica anticipación: es lo que pone en contacto lo quimérico con la vida concreta.  La docta spes o esperanza consciente es la “intención hacia una posibilidad que todavía no ha llegado a ser” (Bloch, 2004, p. 30)

Podemos pensar, entonces, como ha expuesto Kathi Weeks (Weeks, 2020) que la utopía crítica nos acerca el futuro como proyecto, como imagen que evita el cerramiento: nos desplaza no hacia un lugar sino a una posición de cuestionamiento del statu quo permanente4. Es por esto, que aunque ya no hay publicaciones sobre islas utópicas, si encontramos utopías fragmentarias, que enuncian, seducen y provocan la crítica en lugar de prescribir lo que debemos desear.

Lamentablemente, no todas las utopías pretenden una ruptura que de paso a un futuro habitable para todas, hemos comprobado a lo largo de la historia que las hay fantásticas y las hay fanáticas. Para no caer en este error, Santiago Alba (Alba Rico, 2017) nos advierte de que debemos distinguir la imaginación de la fantasía: la fantasía es un manierismo de la razón, su expansión sin amarres, separada de la realidad y de los cuerpos concretos sobre los que pasa sin detenerse  mientras que la imaginación se atiene a lo concreto, a los cuerpos que se encuentra, poniéndose en su lugar. La imaginación es compasiva: las utopías que necesitamos son el producto de esta compasión y también su catalizador. Ahora, más que nunca, es necesario imaginar este futuro que nos ha robado la distopía permanente del inmovilismo.

Notas al pie

[1] Así, Jacques Derrida habla de distintos sentidos de la conjuración del marxismo como conspiración, como evocación y como exorcismo (Derrida, 1994)

[2] Miguel Abensour nos habla de la posibilidad de que el sufijo de la palabra u-topía provenga tanto del  griego -eu (bueno) como -ou (no) antes del término topos (lugar) (Abensour, 2008)

[3] “The Utopian function is estrangement and defamiliarisation, rendering the taken-forgranted world problematic, and calling into question the actually existing state of affairs, not the imposition of a plan for the future. Again, what is most important about Utopia is less what is imagined tan the act of imagination itself, a process which disrupts the closure of the present “(Levitas, 2012, p. 39)

[4] “It would no longer be a matter of initiating a movement toward a new real, a new topia, so much as of being otherwise, of pursuing the questioning of the real itself and orienting oneself toward an otherwise than being” (Abensour, 2008, p. 418)

Bibliografía

Abensour, M. (2008). Persistent Utopia. Constellations, 15(3), 406–421.

Alba Rico, S. (2017). Ser o no ser (un cuerpo). Seix Barral.

Bloch, E. (2004). El principio de esperanza. Trotta.

Derrida, J. (1994). Specters of Marx. Routledge.

Levitas, R. (2012). For utopia: The (limits of the) utopian function in late capitalist society. The Philosophy of Utopia, June 2014, 25–43.

Weeks, K. (2020). El problema del trabajo. Feminismos, marxismo, políticas del trabajo e imaginarios más allá del trabajo. Traficantes de sueños.

Imagen | Wikimedia

Artículo de:

Leticia Prado (autora invitada):
Titulada en Filosofía y Sociología Cultural. Sus intereses son la Ética, la Política y los Movimientos Sociales.

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por autores invitados

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