La lectura es una de las actividades más importantes, nos permite acceder a nuevos conocimientos y también es una perfecta aliada para nuestros momentos de ocio. Por lo mismo, resulta interesante pensar cómo nos afecta lo que leemos, ya sea por elección o por obligación (pensemos en las lecturas del colegio, universidad, etc.). Existen infinidad de textos y autores, miles de temáticas y diferentes estilos para abordarlas; y todo esto no queda en el aire, sino que provoca necesariamente un efecto en el lector.

Podríamos preguntarnos cuáles son estos efectos y la respuesta, probablemente, siempre terminaría relacionada con algún tipo de emoción. Alegría, tristeza, temor, enojo… Pero esto no es todo porque al ser conscientes de estas emociones, que surgen con la lectura, tendemos a reflexionar o por lo menos a intentar identificar qué fue lo que las provocó.

Leer con un propósito

Seguramente alguna vez han leído para escapar de la realidad, para imaginarse dentro de un mundo fantástico o para sentir, por un momento, que no existe nada imposible. Debo reconocer que disfruto esas lecturas, pero generalmente prefiero las que me incomodan, las que me muestran el mundo tal como es: maravilloso, pero también angustiante.

No es difícil reconocer que todos vivimos realidades diferentes y que existen personas cuyas vidas están marcadas por la pobreza y el desamparo. Pero, a veces, estamos tan saturados de malas noticias que lo naturalizamos; ver historia tras historia de abuso de poder, pobreza, discriminación… nos va acostumbrando al dolor y sufrimiento.

Gilles Lipovestsky (1944-), filósofo y sociólogo francés, sostiene que “nos acostumbramos sin desgarramiento a lo peor” y que es posible observar “una apatía frívola, a pesar de las realidades catastróficas ampliamente exhibidas y comentadas por los mass media” (2003: 52). Tal parece que los medios deciden mostrar con mayor regularidad aquellas noticias calificadas como negativas porque, como todos sabemos, las malas noticias venden más.

Pero si lo que más se muestra son imágenes negativas, ¿por qué no reaccionamos? Según Lipovetsky,

Aparece una forma inédita de apatía hecha de sensibilización epidérmica al mundo a la vez que de profunda indiferencia hacia él: paradoja que se explica parcialmente por la plétora de informaciones que nos abruman y la rapidez con la que los acontecimientos mass-mediatizados se suceden, impidiendo cualquier emoción duradera (2003: 52).

Siguiendo esta idea, el bombardeo de imágenes nos estaría impidiendo lo que sí logramos con la lectura:  reflexionar sobre el origen de las emociones provocadas.

¿Y cuál sería la utilidad de esta reflexión? La respuesta a esta pregunta cobra interés cuando nos centramos en textos que contienen una crítica social, vale aclarar que no necesariamente deben ser actuales ni tampoco referirse al lugar en el que vivimos. Propondré un ejemplo para que sea más sencillo comprender a qué me refiero.

Una estrellita en el Oriente

Una estrellita en el Oriente es un artículo escrito por Charles Dickens (1812-1870), bajo la temática ‘escenas cotidianas de la vida en Londres’ cuando trabajaba como periodista para el Morning Chronicle. Lo interesante en este texto, además de la evidente calidad literaria, es la crítica social que contiene.

En primer lugar, destacan las descripciones de los espacios, las cuales nos transportan a escenarios empobrecidos de forma tan inmediata que es imposible no sentirse sorprendido y conmovido al mismo tiempo.

Un mugriento laberinto de calles, callejones y callejuelas traseras de casas miserables alquiladas por habitaciones independientes; una maraña de suciedad, harapos y hambre. Un desierto de fango, habitado principalmente por una tribu de la que ha huido el trabajo y a la que sólo vuelve por rachas y muy escasamente (2014: 83).

No es necesario aclarar que la mayoría hemos sido testigos, en algún momento, de este tipo de situaciones, pero al leerlo se vuelve más cercano. Pareciera que por medio de las palabras es más sencillo reconocer este tipo de realidades.

Pero esto no es todo, cuando avanzamos con la lectura de este relato-ensayo nos encontramos con familias cuyos miembros han sido desplazados de sus empleos y que recorren las calles con la esperanza de revertir ese presente doloroso. Incluso se arriesgan a ser contratados por fábricas que carecen de normas de seguridad.

Pero ella volvería para que la admitiesen. ¿Qué podía hacer? Mejor era que le saliesen una úlcera y le acometiese la parálisis ganando, mientras había posibilidad, ocho peniques al día que ver a sus hijos pasar hambre (2014: 87).

Cuando se desmiente
lo que pregonan algunos políticos

Por supuesto, no podía faltar la crítica a la clase política y a sus tan conocidas promesas de mejorar la calidad de vida de las personas que decidan votarlos. Dickens describe unas paredes con carteles electorales que han sido parcialmente destruidos por los elementos. Esto, podríamos relacionarlo con la famosa frase “las palabras se las lleva el viento”.

Las promesas de partidos políticos que nunca son cumplidas, las palabras de esperanza y supuesto compromiso con los desprotegidos… Todo esto, lamentablemente, resulta muy conocido.

Había pegado en las paredes carteles electorales, que el viento y la lluvia habían convertido en jirones  convenientes. Había llegado incluso a dar el resumen de las elecciones, escrito con tiza sobre los postigos de una casa en ruinas. Conjuraba a los libres e independientes hambrientos a que votasen por Zutano y por Mengano(…) (2014: 84)

Por último, quiero resaltar un fragmento en el que Dickens relata el funcionamiento de un hospital para niños. Una institución pequeña construida por un matrimonio con el único objetivo de ayudar a los que menos tienen. Ellos no obtienen ningún tipo de beneficio económico solo la satisfacción, la cual es más que suficiente, de saber que están brindando contención y ayuda real a otros.

Este tipo de situación, o similares, afortunadamente se dan en la actualidad. Hay varios ejemplos de personas que dedican sus vidas a mejorar las de otros. Lo cual nos indica que es posible realizar un cambio en la sociedad, solo se requiere determinación.

Lectura reflexiva

Al inicio de este artículo mencioné que la lectura nos permite reflexionar sobre diversas cuestiones. El relato de Dickens es un claro ejemplo de cómo una simple historia puede hacer más que entretenernos. Y por eso, a veces no importa tanto qué leemos sino qué es lo que obtenemos de la lectura.

Vivimos en constante movimiento, todo avanza a un ritmo cada vez más acelerado y suele ser difícil detenerse a observar. Las imágenes nos invaden, pero no las vemos; los anuncios de catástrofes se vuelven algo tan común que pierden importancia; la pobreza se muestra como elección de vida; la solución a cualquier problema se ofrece en forma de producto…

Leer requiere tiempo y atención. Es una actividad que no debe ser despreciada ni relegada. La lectura nos ofrece ese momento de reflexión tan necesario, por lo cual debemos comenzar a fomentarla. Difícilmente un libro cambiará al mundo, pero si puede cambiar a las personas que lo habitan.

Bibliografía

Dickens, C. (2014). Una estrellita en el Oriente. En C. Dickens, Paseos Nocturnos (págs. 83-101). Buenos Aires: Taurus.

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío. España: Anagrama.

Artículo de:

Carolina Arraigada Juarez (autora invitada):
Estudiante de Letras (UNRN – Argentina). Ayudante de biblioteca. Coordinadora del club de lectura de la Asociación Biblioteca Sarmiento (Bariloche).

Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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