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Reside en la noción de libertad imperante la errada -y perniciosa- costumbre de considerarla cercana a una suerte de albedrío disparatado y descomunal. Ser consciente de ello activa las alarmas o, al menos, algunas de ellas. La libertad tiende a ser una puerta de bisagras que, renqueantes, nos acercan a la irreparable ruptura. Es arriesgado afirmar que nos hemos cansado de escuchar discursos en aras de la libertad durante los últimos y largos meses, porque sólo unos pocos estamos agotados. Han sido -y serán- días teñidos por el desamparo y el miedo, el temor que sigue a las malas interpretaciones. El mundo ha corrido -loco- tras la estela de una libertad fingida, buscando la imposición de la careta que oculta la sangre en la mirada. La sangre. Todos cargamos ese líquido algo pastoso que es el peso de la conciencia. La rutina a la española ha tornado perentoria la reflexión sobre lo que es y no es libertad, pero también el modo correcto de calificar las conductas que, tras el grito de guerra -el vocerío de los pedigüeños-, han propinado una dolorosa patada que sepulta al otro en algunas de las fosas comunes en las que, sin saberlo y entre moscas hambrientas, habitamos. Libertad es sinónimo de responsabilidad.

El concepto de libertad ha sido casi irremediablemente definido como la potestad suficiente para intercambiar unas cuantas monedas sudadas por un café, refresco o cerveza al aire libre, sin ataduras referentes al bien común. Pero no es libertad, se trata del mero cumplimiento de un deseo que se había visto temporalmente suspendido de acuerdo a la preservación de la salud. Según Richard Rorty, no deberíamos hablar de deseos malvados, “sólo existen deseos que subordinar a otros en pro de la equidad” (Rorty, 2009, p. 26). Para el individuo o la sociedad egoísta, sin embargo, hablar de equidad es hacerlo en una lengua probablemente extraterrestre. Las voces populares cantan sus propias canciones, respaldadas por un folclore maligno y olvidando que la realidad es otra cosa. Las olas políticas de la actualidad -las que arrasan, claro está- han confeccionado -¿aguja e hilo o pistola y balas?- sus propios estandartes con el entramado de la libertad mal concebida. ¡Qué engendro, qué cosa la libertad! Sin la intervención activa y controlada del deber, no hay libertad que valga.

Escribir responsabilidad en la misma línea que ocupa la palabra libertad, obliga a rebuscar en el pensamiento de Hans Jonas. El pensamiento del filósofo se cristaliza a la perfección en su obra El principio de responsabilidad. Conviene recordar su concepto de paz, cuyo fundamento o pilar básico es la responsabilidad. Sus trabajos le condujeron a ser galardonado por la Unión Bursátil de Editoriales Alemanas, que le concedió el Premio de la Paz. En su discurso, desgranó Jonas la idea de libertad desde una perspectiva, en cierto modo, sartriana, pues está relacionada con la acción responsable. Ser libre es sinónimo de ser responsable. La libertad conlleva deberes. Los actos civilizatorios del ser humano son producto de una fuerza, señala Jonas, “demasiado ambiciosa” (Jonas, 2001, p. 123); una fuerza que también trabaja por y para el interés individual -y profundamente egoísta- si extrapolamos la cuestión a la cotidianidad humana. Lo vivido o vivenciado a causa de la pandemia no es un hecho aislado ni nuevo, es una muestra más de la -a veces- pérfida naturaleza humana.

El enfoque de Hans Jonas es de lo más interesante si somos capaces de extraerlo del marco en el que se contextualizaron sus ideas, en un momento en el que el debate -que continúa- acerca de la energía nuclear, la bioética y la ingeniería genética estaba en pleno auge. Hace un llamamiento a la acción responsable para evitar consecuencias como el envenenamiento del planeta o en esos experimentos que precisan de una deliberación ética antes de dar luz verde. Debemos ir más allá y entender que la acción responsable debe comenzar en el individuo y aplicarse en la totalidad de la existencia. “Con nosotros comienzan las fisuras, nosotros abrimos las brechas, a través de las cuales nuestro veneno se vierte sobre el globo, convirtiendo la totalidad de la naturaleza en la cloaca de los seres humanos” (Jonas, 2001, p. 123). Abre el ser humano heridas en la piel ajena y las rellena de sal e imposiciones tan ácidas que se digieren con dificultad. La hendidura ahoga las libertades en un agua impura, sucia. La cloaca es el individuo en sí -la sociedad- y no la naturaleza reconvertida.

Poco nos ha importado el otro cuando hemos tenido que pensar en nuestras vacaciones de verano. ¿Merecidas? No sé si el individuo merece descanso cuando ha sometido a sus iguales a unos vaivenes terribles. No hemos aprendido nada, hemos clamado al cielo soluciones erróneas. No hemos sido responsables en las urnas, ni lo seremos nunca si seguimos creyendo que la piedra filosofal se halla en la política, en vez de en la acción responsable, en la aportación al bien común que podemos hacer cada uno de nosotros. Urge reabrir debates acerca de lo que la ética es y cuál es su misión y cometido en las sociedades contemporáneas. Cierro los ojos y veo a los muertos, ésos que se apilaron en lo improvisado, en salas que hacían las veces del paso de la vida a la muerte. Me asomo a la ventana y el baile del mundo me hiela la sangre.

Publicado originalmente el 08 de junio de 2021 en Lichtung und Abgrund.

Bibliografía

Jonas, H. (2004). El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Herder, Barcelona.

Jonas, H. (2001). Más cerca del perverso fin y otros ensayos. Catarata, Madrid.

Rorty, R. (2009). Una ética para laicos. Katz, Madrid.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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