En el siguiente escrito ensayaré brevemente algunos pensamientos en torno a la pregunta por la naturaleza humana, para lo cual he decidido tomar como punto de partida la actividad de la imaginación. Irremediablemente, debo explicar qué tiene que ver una cosa con la otra. Es evidente que toda comprensión sobre la naturaleza humana, es decir, sobre aquellos rasgos constitutivos de lo propiamente humano, necesita diferenciar la vida humana de la vida animal. Identificar lo humano es encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo, en medio de los otros seres. Para ello, una vía de acceso posible se encuentra en nuestro peculiar desempeño de la imaginación y la relación con el mundo que ganamos mediante ella. La imaginación, pues, es una facultad que resalta y permite lo humano.

Debo decir, sin embargo, que no es el único acceso posible, pues rápidamente podríamos pensar en la razón o en el lenguaje como rasgos distintivos. Estas dos son opciones posibles, pero he elegido el tema de la imaginación por considerarlo un poco menos “complejo” que las otras opciones; además, ciertamente, el análisis de lo que es una imagen ayudará a la compresión de la razón y del lenguaje. Estos poderes intelectuales están intrínsecamente relacionados. Por otra parte, diré que me interesa desarrollar este tema imbuido por las ideas expuestas en el libro de Hans Jonas, El principio vida. Hacia una biología filosófica. En específico, su ensayo “Homo Pictor: la libertad de la imagen”. Jonas considera que la producción de imágenes le proporciona al hombre una situación existencial que es imposible que tengan los animales, y por la cual el hombre obtiene un privilegio existencial.

La libertad del ser humano está fincada en la libertad de la imagen. La naturaleza humana está relacionada con su poder imaginativo. Esta parece ser la idea que subyace en el escrito de Jonas. Así se puede ver ya en el título “Homo Pictor”. Como sabemos, “Homo sapiens” y “Homo faber” son términos que describen las etapas del hombre en donde desarrolló las facultades que lo definen; facultades como la razón y la técnica. Jonas parece unir a estas dos la imaginación, o el poder imaginativo. Y lo hace en vistas a un entendimiento certero de la differentia specifica del hombre y a su cualidad de libre en relación con los otros seres. Así, estamos ante una consideración ontológica que pretende aclararnos nuestro propio ser y nuestro lugar en el mundo. En lo que sigue, intentaré seguir las explicaciones de Jonas en relación con el problema de la imagen, para después esbozar algunos pensamientos sobre la libertad humana.

Las propiedades de la imagen

Quiero comenzar abordando la cuestión de qué es una imagen, o, mejor dicho, cuáles son las propiedades de una imagen. Jonas nos ofrece siete puntos a través de los cuales podemos comprender las características de una imagen. Intentaré realizar una síntesis de sus ideas, no analizando los siete puntos como tal, sino dirigiendo la atención a lo fundamental para el propósito planteado. En primer lugar, tenemos la propiedad de la similitud o semejanza1. Una imagen es siempre semejante a otra cosa, y en eso consiste su ser-imagen. La semejanza es algo que siempre resulta obvio, y la distinción entre las dos partes involucradas se da sin ningún esfuerzo aparente. Esto resultaría fácil de captar, a no ser porque hay más problemas escondidos. Al decir que una imagen se parece a otra cosa, estamos distinguiendo entre un “original” y un “semejante”. Y entonces debemos entender qué quiere decir aquí “original”, “parecido”, y qué relación existe entre ellos. Se establece, pues, el problema de la relación entre imagen y cosa.

De esta semejanza se deduce otra propiedad señalada por Jonas, esta es la propiedad de la incompletitud. Debido a que una imagen es siempre un parecido de otra cosa, es necesario que carezca de ciertos rasgos presentes en el original. Para que se trate propiamente de una imagen, debe existir cierto grado de incompletitud con relación al original, esto para que podamos considerarla como imagen y no como duplicado o imitación. En una imagen no tenemos todos los elementos de la cosa. La función de una imagen es representar, y, en cuanto representante, se queda sólo en la superficie. Sin embargo, debe quedarse con los elementos esenciales, para que la percepción de la semejanza sea todavía notable. Así, podríamos decir que una imagen representa solamente los elementos fundantes de una cosa. Para ilustrar estos dos primeros puntos, pondré un ejemplo.

Supongamos que dibujamos un árbol en el pizarrón. Tenemos ante nuestros ojos la imagen de un árbol, la cual apareció primero en nuestra mente. Esta imagen se parece y representa a un árbol real. Ahora bien, aunque la imagen-dibujo conserva los elementos constitutivos necesarios para saber lo que está representando, carece de otros elementos, por los cuales identificamos fácilmente que se trata de una imagen. A esta carencia Jonas le llama “carencia ontológica”. A la imagen del árbol no la puedo tocar ni sentir físicamente; puede ser que ni siquiera la pinte de colores, y aun así identifico que se trata del dibujo de un árbol. Estamos ante una diferencia ontológica de primer rango, es decir, nada más que la diferencia entre apariencia y existencia.

Regresando ahora a la carencia de color en el dibujo, resulta ser un detalle no menor. En efecto, este punto lleva a considerar otro rasgo que señala Jonas, el cual es que la imagen posee ciertos grados de libertad. Debido a que la imagen posee este tipo de carencia, y que le basta representar los elementos más característicos para tener éxito, resulta que la imagen contiene en sí misma grados de libertad con relación a la cosa que representa. Al momento de dibujar el árbol en el pizarrón, el color puede o no estar presente, puede ser un dibujo grande o pequeño, y aun así seguir representando al árbol. Los grados de libertad indican que la imagen puede tener muchos o pocos rasgos característicos de la cosa representada, y aun así cumplir su función como imagen. Existe cierto horizonte de libertad en una imagen. Y, ciertamente, en el caso del hombre esta libertad se manifiesta en el punto crucial de que el sentido que más cercano está a la naturaleza de la imagen es la vista. La imagen está dominada por un carácter esencialmente visual. 

Si la representación de una imagen está desenvuelta en una dimensión de libertad, en donde la omisión de muchas propiedades de la cosa que representa es posible, es justamente la vista la responsable de ello. Pues, ¿cuántos atributos, rasgos y diferencias no podemos captar de una sola mirada? La vista nos pone a disposición todas las características necesarias en las que se puede representar la imagen de una cosa. No por nada, a decir de Aristóteles, la vista es el sentido más completo, ya que nos hace descubrir las cosas y nos muestra muchas diferencias entre ellas2. Ahora bien, llegados a este punto vemos con claridad que en la imagen se presenta el inicio de la escisión entre apariencia y existencia. La diferencia entre imagen y objeto se puede plantear como la diferencia entre eidos y material. El eidos, el aspecto intelectual por el cual entiendo lo que cada cosa es, se separa del material, del objeto físico, y se me presenta como imagen.  Debido a que la imagen está ligada a mi conocimiento eidético de las cosas, posee la universalidad que tiene. Esta es la razón de que una imagen puede representar muchas cosas existentes: son todas ejemplares de un tipo o clase. Por último, debo hacer hincapié en que justamente esta separación entre eidos y material es lo que posibilita al hombre que pueda separar la característica eidética de las cosas y hacer uso de ellas.

El perceptor de imágenes

Ahora que he indagado en lo que es una imagen, me gustaría indagar en el perceptor de la imagen: el ser humano. Debo remarcar que esto va dirigido a esclarecer lo mejor posible el lugar que ocupa en el mundo. En este sentido, las propiedades de la imagen aprehendidas anteriormente introducen poderes esenciales como facultades humanas. Voy a esbozar algunas consideraciones de dichas capacidades e intentaré reflexionar sobre su significado.

En primer lugar, decíamos que una imagen siempre es un parecido con otra cosa. Y por tanto existe una facultad que lo percibe como parecido. La imaginación es la facultad mental mediante la cual producimos imágenes de las cosas que sentimos, y esto necesita de un cierto proceso de “abstracción”. “Abstracción” significa aquí la posibilidad de separar la imagen del objeto físico (captado sensiblemente). Esta separación, lo dijimos anteriormente, establece la diferencia más importante a este respecto, la diferencia entre eidos y material. La imagen no es la cosa, pero la representa en su esencialidad, en sus elementos constitutivos. Una vez que la cosa sentida se ha vuelto imagen, la poseemos de manera eidética. Y esta posesión establece una nueva relación con las cosas, una relación que manifiesta una distancia con ellas. La distancia es ahora intelectual. No hace falta, por ejemplo, tratar físicamente con un martillo para representarlo en mi mente. Estamos, pues, ante el control eidético del mundo.

El control eidético es uno de los fundamentos de la naturaleza humana, porque posibilita la libertad de producir y manipular imágenes. Una muestra de ello la tenemos, primero, en el recuerdo. Cuando recordamos, hacemos uso, a voluntad, de las imágenes grabadas en nuestra memoria. Tomamos pocas o muchas; les prestamos atención a todas o a algunas; las utilizamos para pensar en situaciones específicas. Sea lo que sea que hagamos con ellas, tenemos el poder de traerlas al presente como queramos. Para ello no importa recordar el momento en el que se produjo tal imagen, pues una vez que se ha convertido en tal se rompe el nexo con la causalidad física, y abandona el devenir. No tiene importancia la primera vez que vi perros, es decir, la situación sensible específica, sino que la imagen se ha guardado para siempre. Más aún, no necesito de esa situación específica para recordar cosas.

Por otra parte, la manipulación de imágenes conduce casi necesariamente a la creación de nuevas imágenes y, aún más importante, a la posibilidad de alterar las imágenes. Estamos aquí ante los usos creativos de nuestra imaginación. La posibilidad de alterar a voluntad ciertas características de una imagen, nos permite jugar con los límites de la realidad; ampliarlos, moldearlos o reinterpretarlos. Quizá este sea la evidencia más patente que tenemos en favor de la libertad, pues la creatividad humana parece no tener límites, o los límites parecen ser muy ambiguos. En todo caso, todo depende de la separación entre eidos y cosa, imagen y objeto. Sin ella no existiría ninguna otra libertad.

Por último, me gustaría señalar cómo, para Jonas, la libertad de la imaginación se traduce necesariamente en libertad de la técnica humana. Cómo el libre control de imágenes se traduce en el libre control de nuestra motilidad. El paso parece ser sencillo. El control libre de imágenes nos permite la producción de nuevas imágenes, pero también posibilita la reproducción física de dichas imágenes. Es decir, la imagen de una silla que reproduzco mentalmente, la ideación de una copia en mi mente con características específicas, me permite y me dirige hacia la realización de dicha copia, pero en el terreno de la realidad. Pero, y aquí está el punto que Jonas desea esclarecer, mis movimientos corporales no podrían ser guiados sin la imagen como finalidad y causa motora. La libertad eidética trasciende y pone en funcionamiento la libertad motora: la imaginación estimula la técnica. La técnica es manifestación de libertad humana porque se trata de algo no natural; se rompe el curso de lo natural. La técnica no sería posible sin la imaginación. De esta manera, a decir de Jonas, “el control eidético de la motilidad, con su libertad de ejecución externa, completa así el control eidético de la imaginación, con su libertad de ejecución interna3”. Vemos así que el Homo Pictor es una noción inseparable de la noción de homo faber; así como del homo sapiens, pues el control eidético es una de las condiciones de la racionalidad. En suma, estas tres nociones se manifiestan en lo propiamente humano.

Notas al pie

[1] Para todos los puntos tratados aquí, véase Jonas, Hans, El principio vida. Hacia una biología filosófica, Madrid: Trotta, 2017, pp. 219-226.

[2] Aristóteles, Metafísica, 980a 21.

[3] Jonas, Hans, Op. Cit., p. 234.

Bibliografía

Jonas, Hans, El principio vida. Hacia una biología filosófica, Madrid: Trotta, 2017.

Artículo de:

Saúl Sánchez (autor invitado):
Egresado de Filosofía por la Facultad de Estudios Superiores Acatlan (UNAM). Está interesado en el estudio de la Filosofía Clásica, sobre todo para saber si los planteamientos de la Filosofía Moderna son los más adecuados.

Imagen | Pexels

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