En el siglo XX se inició una discusión en torno a un supuesto abismo entre la cultura científica y la cultura artística. La cultura científica se imagina como una cultura de especialistas, fundada en acumulación de conocimientos, mitificada de modo que exige una dedicación absoluta, apunta a la colecta y externalización en instrumentos complejos para la resolución de problemas específicos, angustias útiles y de dominio público. En contraste, la cultura artística aparece como cultura general, apunta a la internalización, la apropiación, el cultivo del yo, o parafraseando a Ortega y Gasset, la cultura artística es lo que un ser humano conserva en su poder una vez olvidado cuanto leyera (Ortega y Gasset, 2016). A partir de revolución industrial, todas las personas experimentamos los efectos de la estrecha relación entre cultura tecnológica y cultura artística; como la proliferación de ciudades impersonales, el predominio del estilo anónimo de la vida urbana, humo que mancilla la naturaleza, etc. además de una serie de procesos artificiales, ruidosos y groseros en las artes, sobre todo en la música, que estandariza la cultura según un modelo de clara tecnología automatizada y reproductibilidad alienada. Pensar que ambas culturas presentan diferencias abismales es hoy un problema anticuado: el verdadero reto es identificar los efectos de su matrimonio en el siglo actual. Para hacer un diagnóstico de la sensibilidad que domina hoy día es necesario recurrir a ejemplos encantadores y nadie mejor que el mexicano León Leiden, quien a sus 22 años encarna la manera en que opera la música hoy día.

En la Unión Soviética, durante la primera mitad de 1920, Lunacharsky reprochaba a los artistas la servidumbre del talento a manos de la mercantilización y la funcionalidad; sus quejas estaban justificadas, lo monótono de los productos creados bajo el yugo soviético saltaban a la vista de cualquier observador agudo, y sin embargo, ese reproche se puede bien aplicar a la música más popular de nuestros días, arte funcional se podría llamar. Productos que funcionan para lo que fueron hechos, que funcionan para entretener de la manera más simplona y efímera, que funcionan para satisfacer necesidades de baile fugaz y amores de una noche, pero que, a pesar de todo, siguen siendo arte, pues se necesita un alto grado de conocimiento en los instrumentos tecnológicos para lograr cualquier obra; es arte porque aún se necesita el mínimo grado de creatividad, pensamiento y conocimiento musical para componer la próxima canción viral; tales productos siguen siendo arte porque se necesita de un supremo conocimiento y dominio del mercado musical para que cualquier cosa se pueda vender, para que cualquier cosa funcione. A los músicos del 2021 no sólo se les pide ser músicos, al mismo tiempo, se les exige ser especialistas en marketing, conocer a su público, al mercado, y convertirse ellos mismos en productos, en mercancías que circulan como cualquier producto de importación. En Internet abundan escuelas de marketing digital, por todas partes se ofrecen cursos para aumentar el rendimiento de cualquier lanzamiento musical, existen gurús que con su ojo que todo lo ve, predicen las siguientes tendencias. A veces no se tiene que ser un genio para verlas venir; la mayoría son apropiaciones, por ejemplo, el trap, que nació a principios de los años 90’s gracias a un grupo de afroamericanos marginados, necesitó que un puñado de corporativos musicales vio potencial en la comercialización masiva en 2010 para convertir el sonido en hegemónico. El trap ha perdido su razón, su esencia, los ritmos y sintetizadores nacidos de concisas experiencias extremas ahora son llenados con temas sin trascendencia como una boca sabor manzana.

La apropiación no se da en el vacío, la atraviesa el valor de lo interesante. En el arte, y más aún en la música, el robo, el ultraje, la mira en la próxima tendencia existe porque se considera lo apropiado de alguna manera interesante. ¿Qué es interesante? En la mayoría de los casos, algo que no se había visto antes como bello -o bueno-, nos recuerda Sontag (Sontag, 2007). Entraña un tabú. Los enfermos, los perversos, son interesantes, como nos hace ver Nietzsche (Nietzche, 2012). Como criterio de valor, lo interesante patrocina una afición por los enfrentamientos, no la armonía; su antónimo es lo aburrido. Madonna se percató en los 90’s que el vogue era interesante, que los balls presentaban personas interesantes, divergentes, por lo tanto, comercializables en una sociedad que se aburre con rapidez. Como criterio de valor, lo interesante desdeña la atención puesta en las consecuencias de las acciones o del arte. En cuanto a la verdad: esa ni siquiera entra en la historia. Lo interesante es un concepto consumista, propenso a ampliar sus dominios: mientras mayor sea el número de cosas que se vuelvan interesantes, más grande será el mercado. Aburrido denota una ausencia, un vacío, que encierra en sí mismo un antídoto. Toda la música que aún no suena a gran escala se considera aburrida, es decir, poco interesante; sin embargo, Adorno se percató (Adorno, 2005) muy bien de que en una sociedad capitalista todo puede ser comercializado, un producto subversivo tarde o temprano se convertirá en la norma, todo puede ser interesante, hasta el emperador Moctezuma un día puede ser usado para un hit. 

Se podría decir que León Leiden sólo es un engranaje en una maquinaria mayor, más compleja, mucho más perversa; además, sus creaciones son funcionales, de tal modo que, qué más da. Sin embargo, su música, y todo lo que está detrás él, operan de un modo muy específico para entender la manera en que se desarrollan las artes en el siglo XXI. León Leiden resulta encantador para las mentes más inquietas, pues se necesita un sentido agudo para percatarse de todas las sutilezas del mercado musical que sus obras emanan. Pero, ¿qué se podría decir de León Leiden como individuo, como artista que habla a través de sus productos? No puede evadir su sensibilidad personal, por lo tanto, su responsabilidad como artista, que consiste en entregar productos que muestren sus exploraciones espirituales, sus inquietudes existenciales, problemas cotidianos, quejas históricas, extravíos de conciencia; todas estas características de la responsabilidad artística no están peleadas con un mundo de consumo. La historia musical brinda seductores ejemplos de artistas comprometidos con su tarea, que jamás murieron de hambre y tuvieron un alto grado de popularidad, tal como Residente o ILe en años recientes. León Leiden bien podría inscribirse dentro de esa lista, ha demostrado un alto grado de creatividad y maestría tecnológica.

Lamentablemente, el panorama actual hace que esa responsabilidad sea precaria y un sinfín de individuos con inquietudes artísticas sucumben a las groseras formas del mercado. De continuar así, llegará un día que una puesta de sol sea considerada como interesante.

Referencias

Adorno, T. (2005). Teoría estética. (Trad. Navarro, J.). Madrid: Akal.

Nietzsche, F. (2012). Más allá del bien y del mal. (Trad. Sánchez, A.). Madrid: Alianza.

Ortega y Gasset, J. (2016). La deshumanización del arte. Barcelona: Austral.

Sontag, S. (2007). Al mismo tiempo. (Trad. Major, A.). Barcelona: Random House Mandadori.

Artículo de:

Daniel Juliette (autor invitado):
Estudiante de filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ensayista interesado en temas de estética, arte y política.

Imagen | Pixabay

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