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Uno de los grandes temas de la filosofía es la lucha por definir lo que somos. ¿Qué define “lo humano”? ¿Nuestra racionalidad, nuestra voluntad de poder, nuestro libre albedrío, nuestras emociones? Sea lo que sea, adquirimos cierta naturaleza que nos expulsó del paraíso.

Creo que podemos afirmar que la más extendida y básica de las definiciones de ser humano es la que dio Aristóteles: el animal racional. Aunque, en realidad, para entenderlo realmente hay que volver a su origen griego: el animal con logos.

He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre.

Gen., 3, 22

Logos es más que mera razón. Traducido también como lenguaje o palabra, el logos es realmente la capacidad de simbolizar, de percibir sentido en las cosas, en el mundo y de, a través de esa simbolización -una de cuyas formas sería la palabra- compartirla con otros y crear juntos.

Pero, curiosamente, parece que aquello que nos define es también lo que nos da miedo. El conocimiento parece maldito. El primer pecado del ser humano fue comer del “Árbol de la ciencia del bien y del mal”. No se trata, pues, como quiso interpretar Agustín de Hipona, del pecado del sexo; se trata del árbol del conocimiento. ¿Por qué tenemos miedo a saber?

El miedo al conocimiento

A esta narración se suman otros mitos que expresan el miedo del hombre a la adquisición de conocimiento, a acceder al sentido del mundo: el terreno de los dioses. Así encontramos que quisimos alcanzar el cielo y fuimos condenados a no entendernos por constuir la Torre de Babel; Prometeo nos dio el fuego (principio de tecnología y símbolo de la luz del conocimiento) y Zeus nos envió la caja de Pandora … ¿Por qué tememos tanto el castigo divino? ¿Es solo una manifestación colectiva del complejo de Peter Pan, huyendo de la responsabilidad que supone independizarse de poderes superiores, asumir el bien y el mal? (“si tengo un libro que piense por mí…”, denuncia Kant en ¿Qué es Ilustración?) Pero los mitos nos ilustran mucho más que desidia. Sin embargo, no solo la capacidad de conocer (el logos) sino también el deseo del mismo, es lo que nos distingue del resto de los animales.

Conocimiento, apetitos y emociones en el ser humano no van desligados. Aristóteles afirma que todo humano, por naturaleza, desea saber. La sed de conocimiento parece estar en la raíz de nuestra naturaleza.

… Si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vistas del conocimiento, y no por alguna utilidad. Y así lo atestigua lo ocurrido. Pues esta disciplina [la filosofía] comenzó a buscarse cuando ya existían todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornato de la vida. Es, pues, evidente que no las buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma.

Aristóteles, Metafísica, 982b

El deseo de saber

Ciertamente, en la naturaleza humana hay un cierto apetito fáustico que va más allá de la mera búsqueda de herramientas de supervivencia o adaptación. Desde la leyenda de Gilgamesh o el mito del Golem hasta la motivación de Frankenstein o el moderno Prometeo, hay algo más que la mera practicidad de hacer más cómoda la vida en esa búsqueda de conocimiento.

Acostumbrados a nuestro hablar actual, hemos perdido la perspectiva de la fuerza comunicativa y simbólica del mito. Los mitos son capaces de expresar todas las facetas de nuestra naturaleza. La palabra logos no expresa meramente lo que ahora entendemos por capacidad lógica -algo que compartimos con la inteligencia algorítmica de las máquinas-. Logos es inteligencia semántica; es percepción del mundo como pleno de significado. En el mito se aúna lo “racional-simbólico” –el logos que define al ser humano- y lo emocional; y a ambas naturalezas del ser humano se les suma el deseo. En los mitos referentes al conocimiento hay siempre algo de temor y desesperanza, porque de alguna manera sentimos que penetrar en ese terreno de lo semántico, en el reino del significado, es una profanación. Sufrimos una lucha interna entre nuestro apetito fáustico, esa necesidad de arañar el cielo y penetrar en sus entrañas, y el miedo a ese castigo divino, que no es sino el miedo a explorar lo desconocido.

Quizá pensemos que los mitos no son más que narraciones y miedos del pasado. Pero ese mismo sueño y ese mismo miedo han cobrado en nuestro tiempo un nuevo rostro visible. Hoy en día vemos avanzar una de las grandes obras de nuestra creación, la Inteligencia Artificial. La tentación de sentirnos como el Dr. Frankenstein, creadores de vida, nos sume en esa ansia de superación de nosotros mismos, pero a la vez nos aterra. Entre otras cosas, estamos reproduciendo el viejo mito del Golem en nuestra carrera tecnológica hacia la criatura que nos supere: el ciborg. 

Nuevos mitos
de la tecnología

El vertiginoso desarrollo tecnológico nos lleva a desembocar de nuevo en el reino de lo mítico. Las corrientes trans y post-humanistas, las novelas y películas apocalípticas donde el ser humano lucha por no ser destruido o sometido por su creación; todo un paraíso de lo numinoso, más allá de la ciencia, más allá del lenguaje lógico, manifiestan que ese apetito, ese miedo y esa forma de expresión nunca desaparecieron, sino que están a la base misma de nuestra naturaleza. ¿En qué consiste esta naturaleza, capaz de generar, junto con la ciencia, todo este otro tipo de universos?

Nuestra capacidad de pensar lleva de la mano nuestra capacidad de crear; somos también el animal tecnológico por antonomasia. La tecnología, de algún modo, es la materialización de nuestros sueños. Morfeo, el dador de formas, no solo se mueve en nuestra mente, sino y sobre todo en esa materia desde la que sigue imaginando posibilidades, sobre la que el hombre sigue trans-formando. Vivimos en el reinado de la tecnología. Pero la tecnología es un instrumento, y como todo instrumento se diseña hacia algún fin. El ser humano desea y sueña antes de ser ingeniero y materializar su sueño. La tecnología, como la ciencia, el arte, la ética o la política, son fruto de esa capacidad humana de generar formas en nuestra imaginación y de plasmar esas formas en la naturaleza y nuestro mundo. Lejos de quedarse en la fabricación pragmática de máquinas a nuestro servicio, nuestra imaginación intenta trasladar también las emociones humanas a ese mundo material y energético; intentamos crear seres como nosotros; tal vez para entendernos en ellos. Pero el mito del Golem parece que ya premonizaba la limitación actual. El Golem no tenía verdadera alma: no podía hablar. De igual modo, la Inteligencia Artificial nos supera en límites exponenciales en el terreno lógico, pero carece de nuestra semántica y de nuestras emociones. Disponemos de un lenguaje algorítmico y formal, que puede imitar nuestra naturaleza semántica pero no puede recrearla. En lo semántico, en la comprensión del significado (en esas dimensiones del espacio y tiempo míticos, que diría Mircea Eliade) es donde se manifiesta ese rasgo específico del animal que es el ser humano: su logos. El “sentido” se presenta como el color amarillo para G. E. Moore, que sitúa como ejemplo para explicar la naturaleza del bien, que no puede deducirse de nada ni comprenderse si el sujeto no lo conoce previamente. Por mucho que nos explicaran en términos físicos lo que son las ondas de luz, nada sustituye a la experiencia de ver los colores. Así como ocurriría con los valores morales, parece más evidente que ocurre con las emociones.

El sentido de la vida

Las posibilidades tecnológicas nos abren nuevas perspectivas en torno a la prolongación de la vida y el aumento de nuestras capacidades. Aunque volcáramos nuestras mentes en un ordenador sabemos, de algún modo, que lo que nos hace ser quienes somos no es un mero contenido de conocimientos, sino algo asociado al deseo y el sentimiento. El animal con sueños ahora sueña en virtual, pero aún no comprende lo que sueña. Morfeo parece seguir siendo un intruso en nuestra mente. La clave de lo que buscamos, por lo que fuimos castigados, es ese árbol de la vida. La planta de Gilgamesh, el Jardín de las Espérides…. En los mitos expresamos el deseo de vivir, pero a la vez el miedo a no entender el sentido de la vida. Quizá, antes de alcanzar la inmortalidad, el ser humano debe luchar por alcanzar su sentido.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

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por autores invitados

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