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Cada curso de filosofía que imparto a mis alumnos de bachillerato es distinto. Odio repetirme año tras año, así que procuro modificar los materiales de clase y las actividades que programo para hacerles filosofar. Porque de eso se trata en mi opinión, de que piensen según los cánones conformados por la tradición de la filosofía. Entiendo que todos tenemos las capacidades innatas necesarias para convertirnos en filósofos, como también para acabar siendo científicos. Sólo se trata de adquirir los hábitos, es decir, el método que disciplina tales capacidades de tal manera que terminan siendo válidas para producir un discurso filosófico o científico. A fin de cuentas, un ámbito del saber se constituye como tal cuando define el contorno de realidad del que se ocupa mediante un lenguaje propio, es decir, mediante un sistema de conceptos que precisa, clasifica y permite que lo que hasta ese momento no podía ser reconocido como un objeto de estudio pueda ser pensado a partir de entonces.

En ese propósito docente, paradójicamente, me sirvo de la imagen narrativa. Digo que es paradójico porque pretendo que el estudiante acceda a pensar con cierto nivel de abstracción a partir del visionado de una historia contada cinematográficamente. Pero es que me temo que hay que rendirse ante la evidencia de que la cultura en la que los jóvenes se crían actualmente es eminentemente audiovisual, no literaria. Y es muy cierto que la mayoría de ellos –por no decir todos– ignoran los más básicos rudimentos de la gramática que articula la totalidad de los mensajes del formato que muestran todas las pantallas que abrumadoramente nos atosigan por todas partes; pero es que los textos escritos, según me dicta lo que observo desde hace ya más de una década, constituyen una clase de mensaje cada vez más lejano para los que ya nacieron con la revolución del Smartphone en marcha.

Por tanto, utilizo el cine para motivar a mis estudiantes a la reflexión filosófica. Procuro luego, una vez que he conseguido que ellos le encuentren sentido a las cuestiones filosóficas que se pueden plantear implícita o explícitamente a través de lo que se narra, establecer un puente con la tradición filosófica mediante los textos escritos por filósofos del pasado y el presente.

La primera película que vemos este curso es El planeta de los simios (Planet of the apes), la original de 1968 protagonizada por el singular Charlton Heston. La he escogido porque creo que plantea cuestiones muy pertinentes dado el momento histórico por el que atraviesa la humanidad, que yo me atrevería a definir como de encrucijada. Es cierto que si echamos una mirada al pasado y, sobre todo, si reparamos en los testimonios de personas significativas de etapas anteriores del devenir de nuestra especie encontraremos en ellos expresiones equivalentes en las que se advierte del momento crítico por el que se atravesaba en aquel entonces. Diríase que se mire donde se mire en la historia siempre eran momentos difíciles para casi todo el mundo. Pero los desafíos de la actualidad son globales; quiere decirse que atañen a toda la humanidad como especie y exigen decisiones y acciones colectivas que implican un cambio de paradigma en muy poco margen de tiempo. Y soy consciente de lo que digo: cambio de paradigma; no valen modificaciones que dejen intacto la esencia del modelo que en la actualidad rige los designios del conjunto de los seres humanos, no importa lo recóndito del lugar donde vivan. El paradigma del capitalismo global de naturaleza extractivista alcanza en sus efectos hasta el último rincón del planeta. Además, el alcance en la dimensión temporal de sus más graves efectos no parece tener límites. Las consecuencias de nuestros errores pueden ser terribles para las generaciones futuras.

He aquí una de las grandes cuestiones que se presentan nada más empezar la película a la que me refiero: la idea de la humanidad como un todo, la noción del ser humano como una especie, esencialmente semejante más allá de diferencias culturales, históricas, identitarias, etc. El astronauta de la película que interpreta el mencionado Charlton Heston es presentado como un misántropo, como un cínico incluso. Un hombre descreído, que aparentemente ha perdido la fe en la capacidad de sus semejantes para progresar moralmente no sólo intelectualmente. Este es otro problema filosófico que, a través del discurso inicial de Taylor –que así se llama el astronauta– se hace manifiesto y cobra sentido para el alumno que lo oye: hemos demostrado nuestra inteligencia instrumental (la racionalidad instrumental que decían los filósofos de la escuela de Frankfurt) sin duda alguna, pero no hay certeza a la hora de probar que somos capaces de progresar en el plano moral. Aquí tropezamos con la idea de progreso, y es obligado preguntarse desde la perspectiva crítica que el ejercicio de la filosofía exige, cuestionar si tal idea, ya lejos de su momento de alumbramiento tras su gestación en el seno de la mismísima Ilustración, ha contraído la malsana condición de mito; lo que quiere decir que con el tiempo ha pasado a ser una de esas ideas en el sentido que decía el filósofo español José Ortega y Gasset. Cuando una idea pasa a ser creencia –decía– deja de ser pensable, críticamente pensable, para formar parte del subsuelo inconsciente desde el que interpretamos la vida otorgándole un sentido1.

Justamente una de las ideas batidas por las sucesivas olas de la posmodernidad ha sido la de progreso. Quizá el pensador más representativo de esta postura iconoclasta es el británico John Gray. Y no le falta razón, como demuestra en libros como Falso amanecer, un contundente alegato contra la fe ciega en el progreso económico proclamado por el credo del capitalismo neoliberal. En frente está Steven Pinker que tanto en su libro Los ángeles que llevamos dentro y En defensa de la Ilustración ofrece argumentos para renovar la confianza en el potencial del proyecto ilustrado.

¿Cabe una postura intermedia? En mi opinión sí, la que representa la mirada del historiador israelí Yuval Noah-Harari, el cual también ejerce de filósofo en sus exitosos libros. Sobre todo, en el más reciente traducido al castellano que yo sepa, que lleva por título 21 lecciones para el siglo XXI. En él abunda en la condición de encrucijada bajo la cual se vislumbra el devenir de la humanidad en el presente siglo. El problema –nos advertía ya en su anterior libro Homo Deus– es el ser humano. Seguramente es el reto principal, la clave a partir de la cual afrontar nuestro destino, el mandato ancestral del oráculo de Delfos en el templo de Apolo del que Platón se hizo eco en los albores de la tradición filosófica: «conócete a ti mismo». Sin una perseverante aplicación a esta ardua tarea cualquier verdadero progreso resulta improbable.

Seguramente es una de las más sustanciosas moralejas de la película El planeta de los simios. La humanidad tiene de sí no una idea realista sino un espejismo que distorsiona su capacidad para tomar decisiones sabias sobre su destino.

Notas al pie

[1] Ortega y Gasset, J. (1977). Ideas Y Creencias: Y otros ensayos de Filosofía. Alianza Editorial.

Imagen | Pixabay

[cite]

#antropología filosófica, #autoconocimiento, #filosofía de la educación, #Historia de la filosofía

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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