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Las personas somos capaces de tener lucidez de nuestro entorno. Somos, en su mayoría, conscientes de lo que sentimos, de lo que vemos y vivimos; pero ¿realmente somos enteramente conscientes de lo que hacemos, decimos y pensamos?

Personalmente, diría que no.

La consciencia es parte de nosotres, pero también somos humanes con alma que aprenden a la par de lo que sus ojos ven y sus corazones sienten, no solo de lo que nuestros cerebros racionalizan.

Al final, somos una fábrica de mezclas entre la percepción (que llega de lo que vemos y no de lo que es) y de lo que existe enteramente. Pensemos en el ejemplo de un plátano: se supone que sabemos que el plátano es amarillo (o eso nos han dicho) y eso es una afirmación entera, que no se presta mucho a lo volátil. Sin embargo, si el plátano nos sabe bien o no, depende enteramente de sensaciones que caen en lo subjetivo, lo cual las vuelve irracionales y convierten a ese juicio en una realidad no absoluta aunque se haya mezclado con la primera afirmación que decía que el plátano es amarillo.

Con este ejemplo nos podemos maravillar con las diferentes maneras de obtener conocimiento. Diferentes, porque es probable que, aunque ambas trabajan a la par en esta fábrica de recabación de ideas, lo que sentimos con el corazón es adverso a lo que nuestra racionalidad entiende. Esto propicia a que sea imposible que las emociones y la racionalidad no se mezclen entre sí para crear su nuevo producto de aprendizaje. Lo que hace que, aunque el trabajo en equipo entre el cerebro y el corazón es maravilloso, nos condenemos a vivir dentro de una realidad volátil y depender de nuestras percepciones, prejuicios y paradigmas por la irracionalidad que crece de su colaboración. Nada es enteramente real y cada persona vive su propia realidad volátil.

Además de esta hermosa catástrofe de irracionalidad entre nuestro sentir y pensar, el conocimiento conseguido, tiene diferentes formas de nacer; métodos que existen y trabajan sin nosotres darnos cuenta. Hay veces que percibimos y luego actuamos, o actuamos y luego percibimos. A una de estas formas de reacción se le llama a priori (antes del suceso) y se refiere a tener una expectativa o aprendizaje de lo que va a suceder antes de que algo se suscite.

A las ideas de un suceso que nacen antes de que este hecho se lleve a cabo, también se le llama “prejuicio”; que, como su nombre lo indica, es un juicio a priori al suceso.

Juzgar algo antes de que suceda puede ser muy peligroso o muy fructífero, ya que puede ayudarnos a prepararnos constructivamente para lo que sucederá o hacernos una expectativa que destruya a alguien. Sin embargo, no existe la posibilidad de vivir sin estos juicios y menos sin estereotipos, ya que esta forma de desarrollar nuestras ideas en la cabeza se construye inconscientemente por estos mismos conceptos que nos plantearon para “ser la mejor versión y la más aceptada de nosotres mismes”. Los prejuicios tampoco son del todo malos, de hecho, creo que son un foco de alerta a un límite que puede, en muchos casos, ayudarnos. 

Un  ejemplo muy claro es cuando una mujer es perseguida en la calle. En la mayoría de los casos, las mujeres no paramos el paso para fijarnos en el aspecto físico de  la persona, que suele ser un hombre (o al menos eso se ve según el estereotipo). Cuando se está en estas situaciones no nos esperamos a ver las intenciones de la persona por todo el antecedente del acoso callejero que las mujeres vivimos a diario. La verdad… actuamos con prejuicios, pero si no lo hiciéramos, quién sabe dónde nos encontraríamos la mayoría de las mujeres que logramos salir bien libradas de la misoginia callejera.

Por esto considero que los prejuicios pueden ser una herramienta a nuestro favor, pero hay que saberla utilizar correctamente y siempre con respeto, educación y tolerancia, porque, así como funcionan como algo bueno, también pueden ser armas con las cuales podemos destruir a otras personas que podrían encontrarse en minorías. Así como la comunidad LGBT+ o algunos grupos religiosos, como los judíos o musulmanes, que han sido marginados por “mayorías”.

Por otra parte, se han observado casos de discriminación, donde por el simple hecho de ver a una persona musulmana, la gente se empieza a sentir incómoda sin ni siquiera conocer a la persona del todo y eso cae en un prejuicio que destruye. Pero ¿realmente es nuestra  culpa  tener  estas  ideas? Creo que principalmente no,  sin  embargo, depende de nosotres usarlas como herramientas y no como armas para respaldar discursos de odio. Por otro lado, los grupos minoritarios no tenemos mucha opción.

Grupos sociales donde las personas de la comunidad LGBTTIQ+ nos desarrollamos dicen “que es moda, no es algo natural y por ello no deberían de adoptar” y hablan a partir de prejuicios sin conocer realmente el panorama. Situación que afecta  de gran forma, ya que la dignidad humana es  juzgada con estereotipos de  la  comunidad y  a partir de ello arrebatan oportunidades, como el formar una familia.

De esto nadie tiene la culpa, todes crecimos con prejuicios y los seguimos desarrollando. Nadie es male o buene, pero sí está en cada une respetar, tolerar y cuidar a quiénes nos rodean, sean mayoría o minoría. Por más difícil que esto sea, es importante ser conscientes de lo que somos, de lo que decimos y de lo que pensamos, ya que hay veces que nuestra intención no son dañar, pero aún así lo hacemos. Esto porque vamos por el mundo pensando que somos un tiro de moneda al aire. Pensando que, al actuar o expresarnos, nada está garantizado, pero, aún así, en cada acción y decisión tomada se apuesta asegurando todo.

Aún así nos toca pensar, ver más allá de nosotres, de nuestras expectativas y nuestros miedos; de nuestro dolor y sensación. Nos toca abrir nuestro corazón, cabeza y ojos a las demás realidades mientras entendemos que la realidad es absolutamente volátil y nadie vive exactamente lo mismo que otra persona.

Artículo de:

Andrea Alegría (autora invitada):
Alumna de 5to de bachillerato (Ibero, CDMX). Participa en una comisión estudiantil llamada Tabú, donde busca incidir en la comunidad mediante el activismo en el feminismo y la comunidad LGBT+.

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Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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