El siguiente texto forma parte de la primera edición de la Revista.FilosofíaenlaRed.Com; puedes descargar la revista completamente gratis, dando clic aquí. 

Jean-Paul Sartre ha planteado el problema de la libertad y el individuo con fuerza y viveza, albergando en su sistema o pensamiento filosófico una auténtica reivindicación del yo y su incuestionable derecho de elección. La noción de libertad es, por ello, vital en la filosofía sartriana.

La sentencia más conocida del filósofo francés es ésa que afirma la libertad humana como sinónimo de condena. Pero también de responsabilidad y deber. La importancia de esta tesis radica más que en su popularidad, en el peso de su contenido.

Puede encontrarse en sus palabras una perfecta síntesis de ese existencialismo que Sartre defendió, incluso acaloradamente, de las críticas de los marxistas y los cristianos, otorgándole un poder renovador. La condena a la que Sartre se refiere es la mejor expresión de la filosofía de la libertad: una filosofía confeccionada por y para el ser humano, donde el individuo interpreta y juega su papel de protagonista escribiendo el guion en hojas que no han sido previamente tratadas. La condena que se enlaza -estrecha e íntimamente, como un entramado de vísceras y vasos  sanguíneos-  a  la libertad tiene que ver con la responsabilidad  humana,  cuestión  que se desgranará a lo largo de estas páginas. El ser humano vive encadenado a la losa de lo que decide:

“El hombre, al estar condenado a ser libre, lleva sobre sus hombros todo el peso del mundo; es responsable del mundo y de sí mismo en tanto que manera de ser”

Sartre, 1984, p. 339.

La filosofía de Sartre está profundamente determinada por la noción de conciencia, cuya importancia fue de gran  relevancia  en  el  desarrollo  de  su  pensamiento.  La  conciencia sartriana está, a su vez, influida por las concepciones de la corriente fenomenológica, a la que se acercó de la mano de Edmund Husserl y Martin Heidegger, que le influyeron en mayor o menor medida. Husserl fue considerado un genio  por  Sartre,  que  “admira  el  método descriptivo de la fenomenología husserliana y su intuición eidética dirigida a las cosas mismas” (López Sáenz, 2004, p. 84). Una parte reseñable de los esfuerzos de Sartre giraron en torno a la confección de una “ontología fenomenológica”, como señala López Sáenz (2004, p. 289).

Acercarse a la conciencia desde la perspectiva de Sartre es relacionarla con el mundo que puede -y en efecto, lo hace- limitarla y determinarla. Del mismo modo que este mundo no puede reducirse a la conciencia, el individuo es contingente y su destino es la muerte, “está allí arrojado en el mundo sin haber optado por ello, existe en un mundo espacio-temporalmente dado, con su cuerpo también dado” (López Sáenz, 2016, p. 290). Saber que el hombre ha sido arrojado al mundo -sin que se le haya preguntado previamente acerca de ello- enlaza con la mencionada condena a la libertad, que también obliga al individuo a decidir y le conduce al sentimiento de angustia.

Reflexionar sobre ese ser arrojados al mundo recuerda al individuo que nada sabe de aquel momento en que se nos preguntó o no si lo consentíamos. Nadie pregunta al hombre si desea o no nacer. El ser humano es un completo desconocedor de los entresijos  de  la  existencia que le es dada: nacer es equivalente a ser abandonado en el mundo, pero también es vivir atado a una continuidad de decisiones y encrucijadas, de sendas y caminos. La génesis -el nacimiento- de la existencia humana  no  es otra que la de haber sido arrojados al mundo.El existencialismo es un humanismo, es junto a El ser y la nada, una de las obras de Jean-Paul Sartre que mejor cristalizan el análisis y la reflexión sobre la conciencia humana en relación con el mundo en el que los hombres habitan. En El existencialismo es un humanismo propone y defiende fervientemente un humanismo que está caracterizado por el ateísmo. El individuo mismo es el único responsable de su vida y el sentido de ésta. El ateísmo, concebido como la  ausencia  de  un ser superior que determine el curso de las existencias, hace libre al individuo al ser responsable de sus actos. Puede verse en ello una suerte de carga si acudimos a la noción que aparece en la filosofía de Milan Kundera, aunque éste lo relacione con el nietzscheano peso más pesado. De algún modo, estamos ante ese peso, aunque lo observamos y tratamos de descubrir sus dimensiones desde otro enfoque.

En la filosofía de Sartre, el existencialismo es un ateísmo coherente. En aras de priorizar la existencia humana, no hay en su filosofía una aceptación rotunda de normas de carácter universal, como tampoco esencias cuya imposición venga de fuera. El existencialismo es un humanismo comienza  con  un  Sartre que se defiende de las críticas. Para alcanzar una óptima comprensión -en profundidad- de la filosofía sartriana, conviene referirse a esas críticas que se efectuaron contra  la  filosofía existencialismo, y hacerlo desde el prisma que lo hizo él. Uno de los juicios más notorios es haberle reprochado al existencialismo “invitar a la gente a permanecer en un quietismo de desesperación” (Sartre, 2009, p. 21). Esta sentencia parte de concebir las acciones humanas como un algo cerrado, lo que presupone que no haya ya nada que hacer en el mundo. Ante esa realidad, la filosofía termina por instalarse en una especie de comodidad que se torna burguesa. Será, entonces, una filosofía de carácter contemplativo. Esto último sugiere una interesante relación con la noción de vita activa presente en el pensamiento de Hannah Arendt. La vita activa siempre ha sido descrita por quienes han adoptado un modo de vida contemplativo,  es  decir, desde el punto de vista  de  la contemplación. De ella puede también decirse que está relacionada -o le corresponden- las condiciones básicas que han dado al hombre la vida en la tierra.

Algo similar acontece con la filosofía, que se abre  a  esa  posibilidad  de contemplación, de dejarse hacer y reflexionar sobre las cosas de la mera comodidad. Esto no es sino un privilegio al que solamente accede la vida burguesa. Se trata del enfoque marxista.

Otra de las críticas muestra su clara reprobación al existencialismo por haber hecho “hincapié en la ignominia humana, de mostrar en todas las cosas lo sórdido, lo turbio, lo viscoso, y de desatender un cierto número de alegres esplendores, el lado luminoso de la naturaleza humana” (Sartre, 2009, p. 21). Una de las características del existencialismo cuando adquiere el formato literario de la novela, es mostrar las realidades humanas  sin  rodeos  ni tapujos. Ejemplo de ello son obras como La náusea, El extranjero o La insoportable levedad del ser, entre otras. Las historias narradas por Hermann Hesse y la novela existencial española de Miguel Delibes, José Camilo Cela o Carmen Laforet cumplen análogamente con esos rasgas de desnudar al individuo y mostrar unas existencias que viven bajo el signo de lo incómodo. Sartre también camina y navega esos lodazales, que tantas veces maquillan las realidades impuestas. En sus creaciones, acude sin miedo a lo sucio y vulgar, sin que sea realmente necesario llevarse las manos a la cabeza. Una de sus grandes virtudes es la de haber detallado las dimensiones humanas tal y como son, algo que en la actualidad se deja manifiestamente de lado, donde el pesimismo y hasta el realismo están de capa caída, en favor de una falsa felicidad que se impone a cualquier precio. En su prosa, Sartre acude continuamente a personajes que existen bajo el yugo de indecibles condenas o torturas existenciales, así como los entornos y escenarios en los que se desarrollan sus historias narradas. Buena parte del contenido de todas estas obras es lo sórdido, turbio y viscoso que se le ha criticado al existencialismo.

El reproche de los cristianos tiene que ver con que los existencialistas niegan “la realidad y la seriedad de las empresas humanas, puesto que, si suprimimos los mandamientos de Dios y los valores inscritos en la eternidad, sólo queda la estricta gratuidad, pudiendo cada uno hacer lo que quiere y siendo incapaz […] de condenar los puntos de vista y los actos de los demás” (Sartre, 2009, p. 21).

Toda esta serie de críticas, reproches y comentarios de   desaprobación   impulsaron a Sartre a defender y sentar las bases del existencialismo en el que él creía:

“A estos diferentes reproches trato de responder hoy; por eso he titulado esta pequeña exposición: El existencialismo es un humanismo”

Sartre, 2009, p. 23.

En esta línea, defiende el existencialismo como la “doctrina que hace posible la vida y que, por otra parte, declara que toda verdad y toda acción humana implican un medio y una subjetividad humana” (Sartre, 2009, p. 23).

La filosofía de Sartre parte, nace de un profundo análisis del ser que, a su vez, distingue   tres   campos diferentes: el ser en-sí, el ser para-sí y el ser para-otro. El primero de ellos, el en sí, es el ser que se atribuye a las cosas, siendo su principal característica la invariabilidad, pues no se deriva de nada. En otras palabras, es todo lo que existe El para-sí es un no-ser, consiste en la nada y la nada es constitutiva de la conciencia. Sartre define esa nada   como   una compañera inseparable -constante- del ser humano y por ello, es el elemento del ser. Ahondando en la cuestión, la nada es también aquello que permite establecer la distinción entre el en-sí y el para-sí; y abarca la totalidad de la conciencia del hombre mientras éste vive, existe.

Jean-Paul Sartre dividió el existencialismo en dos corrientes o escuelas: los cristianos y los ateos. Entre estos últimos -los ateos- incluye a Martin Heidegger y a los existencialistas franceses. El análisis pertinente -en profundidad- es el de la corriente atea, ya que el mismo Jean-Paul se adscribe a ella, no obstante, también afirma que algo comparten estos dos enfoques: la consideración de que “la existencia precede a la esencia, o, si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad” (Sartre, 2009, p. 7).

Negar la existencia de un ser superior -de Dios- implica que hay un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto. Con esta afirmación, Sartre se refiere al ser humano. Primero existimos, luego nos definimos, o lo que es lo mismo: la existencia precede a la esencia. El comienzo de todo ser humano es algo similar a la nada; a una nada que, de manera progresiva, se materializa y toma forma. “El hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y después se define” (Sartre, 2009, p. 31). Los seres humanos somos no definibles, ya que comenzamos siendo nada. Solo somos después y somos tal y como nos hayamos hecho.

La ausencia de la divinidad, del ser superior, de Dios; sitúa al ser humano como el máximo responsable de su existencia. Hay, entonces, una clara aparición de la libertad en el marco del ateísmo: el individuo es quien, a todos los efectos, toma sus decisiones. Sin embargo, es también el individuo el que arrastra el peso o la carga de todas aquellas elecciones, de los caminos que se han andado y los que no, de las decisiones que se harán a lo largo de la existencia. Por ende, la libertad se concibe absoluta: si el individuo no tiene que rendirle cuentas a Dios, entonces está obligado a hablar consigo mismo, pues es el único responsable de lo que ocurra y lo que no en su vida, del poder y el alcance de las decisiones tomadas.

Romper con Dios, con su existencia, implica separarse de la idea o noción de naturaleza humana, puesto que no hay un ser superior para poder concebirla. Es en este punto en el que Sartre introduce la subjetividad.

Esa nada que ya ha sido mencionada, en la que aparecemos y la que progresa, es en la que el individuo dibuja, perfila, el curso de su existencia. Lo hace actuando, decidiendo o, en definitiva, viviendo.

Ser libre es sinónimo de actuar, pues todo hombre está obligado -siempre- a hacerse a sí mismo. El hacerse a sí mismo es una tarea que se desempeña de manera individual, sin ayuda externa. El hombre, para hacerse a sí mismo, tiene que atender a su conciencia.

“Si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es”

Sartre, 2009, p. 32.

Esto establece uno de los primeros pasos – y postulados- del existencialismo sartriano, que no es otro que el de poner al hombre en posesión de lo que es. Esta afirmación nos hace responsables totales de nuestra existencia.

Todo hombre es una libertad que él mismo escoge. Elige todas y cada una de las situaciones en las que se encuentra, lo que le convierte en el único responsable de ellas. Jean-Paul Sartre lo explica acudiendo al ejemplo de unos alpinistas que han de escalar una montaña. El ascenso, la roca misma, presenta sendas dificultades a aquellos que van a escalarla, pero no pone de manifiesto ningún problema para un abogado. Con ello, lo que está afirmando Sartre es que los únicos límites que conoce la libertad son esos que ella misma se impone.

Ser nuestra propia libertad obliga a que nos enfrentemos a la responsabilidad. La carga que soporta el individuo, el peso que lleva, no puede ser aliviada por nada ni por nadie, pues compete única y exclusivamente a cada individuo y sus particularidades. La carga incluye un deje angustioso: del mismo modo que nadie puede aliviarla, nosotros mismos no podemos culpar a los otros.

“Cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres”

Sartre, 2009, p. 33.

Si cada hombre es responsable, entonces la responsabilidad que cada uno asume se extiende a todo el mundo.

Ser libre se concibe comúnmente, señala Sartre, como la facultad de obtener el bien deseado. Pero nada más lejos de esa realidad: ser libre no es otra cosa que ser autónomo a la hora de tomar una decisión, de escoger. Todo, entonces, es una acción, incluso evitar actuar. Somos libres en la medida en que escogemos y este escoger no puede evitarse, ya que nuestro ser es una totalidad incumplida.

El concepto de angustia que aparece en la filosofía de Sartre es una de las nociones que mejor se presta a una reflexión de carácter atemporal, pues es inherente al ser humano y su condición. Cuando el individuo es consciente de su libertad – total y absoluta-, nace un miedo cercano a ese pavor que no se controla y es, a todas luces, poco sano:

“La angustia es la toma de conciencia de la libertad como captación de la propia nada. Proviene de la libertad absoluta que es esencia misma de la conciencia”

Sartre, 2016, p. 336.

Esta inconfortable evidencia se entrelaza, como una serpiente hambrienta, con el sentimiento de culpa que hace las veces de prisión.

El individuo -todos los seres humanos- lleva sobre sí una gran carga al saberse desprovisto de un ser superior al que recurrir para pedirle explicaciones o justificar el curso de sus realidades. No hay más ser responsable de las acciones y decisiones que el individuo que las ha ejecutado y tomado. No puede el hombre responsabilizar a Dios de los vaivenes de la existencia. Es una afirmación que aterra. En El ser y la nada, Sartre se refiere a la angustia como una sensación que se acerca al vértigo que invade al individuo cuando es descubridor de la libertad; es la realidad que se extiende, sin detenerse, cuando se sabe único responsable.

El peso de la responsabilidad empuja a todo individuo a tratar de hallar refugio en ese sentimiento de angustia, que poco consuelo le otorga al final. Sartre incide en la necesidad de ser capaz de dejar atrás los remordimientos, pero también las dudas y las excusas; pues no hay otro modo factible de tomar conciencia y realizarse en libertad. No obstante, no se trata de una tarea fácil.

Saberse arrojado al mundo, paralelamente, genera un profundo sentimiento de soledad que, enlazado a la angustia, sumerge al individuo en un mar de desolación. Esta angustia sartriana, según López Sáenz (2016) es algo que no viene de fuera, sino que está relacionada con la existencia consciente:

“El ser vive su libertad en la forma de la angustia; en ella toma conciencia de su ser y de su conciencia como eso que es, como huida de sí”

López Sáenz, 2016, p. 336.

La existencia es, no pocas veces, un intento -fallido o no- de despegarse de la angustia eludiendo la condición humana. En el momento en que la evidencia de la libertad pesa ya demasiado, no son pocos los que acuden a justificaciones de índole determinista. No hay nada que alivie más al ser humano que liberarse del peso de la responsabilidad, de ésa que juega su papel en primera persona: culpamos a la naturaleza y a nuestro carácter; pero también nos refugiamos en la creencia del sino y sus terribles designios, los secretos que nos guarda y deja escapar, como bestias voraces, en cualquier momento, sin preaviso. Pero la condición humana y el poder de decisión no responden a una suerte de sistema que predetermina las existencias como las castas hindúes, no.

El peso de la angustia se posiciona por encima del de las alegrías, y esto se erige como el postulado principal de la esencia de las realidades humanas. No obstante, es necesario despegarse de lo primero para acercarse al segundo y tratar de alargar la sensación que produce la alegría de saberse dueño de uno mismo. A pesar de no haber elegido nacer o de estar sometidos a una libertad que tantas veces podría calificarse de tirana por ese escoger continuo al que nos impulsa, Sartre encuentra en ella la herramienta con la que el hombre se inventa a sí mismo. Nos acerca la evidencia de estar tesis, paulatinamente, al sentido de la existencia, definido tanto por nuestros actos como por nuestras obras. El individuo parte de la nada para convertirse en un proyecto que se encamina a lo real y tangible. El ser humano tiene el poder de construir(se) tomando como punto de partida sus proyectos y el modo de desarrollarlos.

La filosofía de la libertad en la actualidad

El pensamiento de Jean-Paul Sartre ha logrado, sin lugar a duda, trascender la época original en la que se gestó una filosofía producto del aquel período tristemente determinado   por   las guerras, sus circunstancias y consecuencias.

Diversos debates de innegable actualidad tornan perentoria la necesidad de reflexionar sobre la noción de la libertad según Sartre, en aras de comprender el papel del individuo en el mundo y las sociedades, pasando por sus deberes y responsabilidades.

Uno de esos debates tiene que ver con la temática tratada por el filósofo Hans Jonas y el discurso que dio cuando recibió el Premio de la Paz que le entregó la prensa alemana en el año 1987. Técnica, libertad y deber pertenece a un contexto duramente caracterizado por la reflexión acerca de la energía nuclear, la bioética o la ingeniería genética, que Jonas analizó a través de sus terribles consecuencias para el planeta, a saber: el envenenamiento químico y nuclear, los experimentos en el marco de los laboratorios, que tantas veces rozan la imposible y superar los límites de la ética, que deberían ser más éticos. En su discurso, Jonas explicó lo que conlleva ser libre: un deber. Cuando los términos libertad y deber o responsabilidad forman parte de la misma frase u oración, hay que referirse -obligatoriamente- a una marcada influencia sartriana. La noción de libertad que hay en la filosofía de Hans Jonas es un sinónimo innegable de la noción que impregna el pensamiento sartriano. Se habla, por ende, de una libertad que es responsabilidad. El individuo debe ejercerla con responsabilidad, sobre todo cuando se trata de problemáticas que conciernen a todos. Si la libertad expresada por Sartre sigue jugando un papel protagonista en la actualidad, es porque problemas como los de carácter medioambiental precisan de la pronta intervención de actos responsables, de una razón que para Hans Jonas es la última esperanza de la humanidad. Hay en él un profundo interés por asegurar la pervivencia del mundo, pero también de la dignidad del ser humano.

Esta concepción de la libertad bebe, del mismo modo, de algunas consideraciones kantianas que debieran ser atemporales, como es el caso del imperativo categórico, pues los individuos realmente libres son aquellos que precisamente han ejercido de forma plena su capacidad de razonar.

Esa capacidad intelectual que se reserva al ser humano y tantas veces le sitúa por encima de cualquier otra especie, conduce a la nada cuando la libertad no se ejerce con responsabilidad. Retornar a la nada es una suerte de destrucción, porque la nada es el comienzo del individuo, que posee la capacidad y el poder para construirse a sí mismo mediante las decisiones que toma y las acciones que ejecuta. La responsabilidad de cada individuo no es por y para sí, sino que le hace responsable de todos. Cada responsabilidad asumida, cada existencia que se determina en favor del deber, se extiende a la totalidad del mundo.

En otra línea, cabría referirse al modo de clasificar la libertad que hay en la filosofía de Sartre. El filósofo francés estableció dos tipos, pudiendo hablarse de una libertad objetiva y de otra de carácter subjetivo. Se trata ésta de una cuestión de rabiosa actualidad, por ello se ha reservado esta interesante clasificación para el final del ensayo. La existencia del individuo actual se halla inmersa en un incómodo continuum de  días  extraños,  de  reflexiones  aceleradas  y comprensiones que no pocas veces son a medias. Es necesario plantearse, en el marco de un mundo asolado por una manifiesta desigualdad que no se supera, si todos los seres humanos somos iguales. Una de las características que Sartre atribuye a la libertad objetiva es precisamente esa igualdad ante ella: todos los individuos son libres y lo son del mismo modo. Analizar y reflexionar sobre esta afirmación -que parece descabellada- obliga a negarla sin dilaciones: no todos somos igualmente libres, no. No obstante, Sartre sostiene que se trata de una libertad que no establece ni se ata a excepciones, ya que es una realidad vivida por todos. Pero, ¿no porta la realidad una esencia particular para cada individuo?

La paradoja está ahí, la incomprensión también y probablemente conocedor de ello, Sartre responde con la noción de libertad subjetiva para reorganizar ese dilema y convertirlo en otra cosa. La libertad subjetiva es ésa que se refiere concretamente a las circunstancias de cada individuo. A su existencia, sí, pero también a la cotidianidad. La libertad subjetiva está determinada por las peculiaridades, que son tantas como individuos.

Otro de los enfoques de Sartre que está íntimamente conectados con el hombre actual -y el de siempre, porque la filosofía de la libertad es atemporal- tiene que ver con la particularidad   de   las   circunstancias concretas, individuales. La libertad del ser humano reside en el modo de hacer frente a las situaciones -del tipo que sean-, más que ese modo de concebirnos libres en tanto que podemos hacer lo que nos plazca en cualquier momento. Sartre insiste en que no hay por qué atarse a límites previamente establecidos. Este modo de concebir al individuo y su libertad, es capaz de poner en jaque el sistema de valores y sus formas, pues considera que, al haber sido creados por el ser humano y su determinación, sólo existen si él lo desea. Esta tesis emerge como un arma de doble filo: por un lado, abre la posibilidad del cambio al desechar aquellas consideraciones morales y/o éticas que ya no se ajustan a las necesidades y avances de la sociedad, pero, por otro, sientan las bases de una tremenda justificación de cualquier acto realizado en aras de la moral.

Bibliografía

Arendt, H. (2005). La condición humana. Paidós.

Bello, E. (1979). De Sartre a Merleau-Ponty. Dialéctica de la libertad y del sentido. Murcia: Publicaciones de la Universidad de Murcia.

Jonas, H. (2001). Técnica, libertad y deber, en Más cerca del perverso fin y otros ensayos, p. 121-152.

Kundera, M. (1985). La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores.

López Sáenz, M. C. (2016). Corrientes actuales de la Filosofía I. En-clave fenomenológica. Dykinson.

Sartre, J.P. (1979). La náusea. Losada.

Sartre, J. P. (1984). El ser y la nada. Alianza Editorial.

Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo. Edhasa.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

#Filosofía de la libertad, #filosofía en la red, #Libertad, #revista filosofía en la red, #sartre

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!