Recuerda, recuerda ese 5 de noviembre: pólvora, traición y complot, nadie podrá decir que tan espantosa traición en el olvido quedóGuy Fawkes es el nombre que se recordará en estas líneas, no por su acérrima fe o su memorable habilidad en batalla, sino por la idea que representa: La violencia no posee un correlato de maldad. Entiéndase por violencia aquella acción que se dispone en contra de algún orden establecido, en este caso, el horizonte de aquello que puede llamarse «lo violento» abarca desde una huelga de hambre, un cartel, un discurso o hasta el pintar paredes y romper vidrios; aunque de ello no se sigue que la violencia surja netamente desde un discurso de odio; la violencia, en las acciones de revolución social, deviene del hartazgo.

Fue el 5 de noviembre de 1605 cuando el hartazgo de varios miembros del pueblo inglés se haría presente. «La conspiración de la pólvora» salió a la luz, un grupo de extremistas católicos pretendieron hacer volar el parlamento inglés con el propósito de dar muerte al rey Jacobo I; no había un odio per se en contra de él sino de aquello que él representaba: persecución a los católicos y la severa represión que se dirigía a los mismos. La historia de siempre tal vez, pero no por eso menos escandalosa, el gobierno imponiéndose sobre las voluntades de cierto sector.

Y posiblemente alguien mencionará que hay cierta hipocresía al sentir lástima hacia este colectivo católico, y basta con recordarle al catolicismo los crímenes y persecuciones similares que su misma iglesia ha cometido de manera gravemente mayor, pero el propósito de estas líneas no es ese, sino recordar la idea que Guy Fawkes y otros representaban: Los gobiernos deben arrodillarse ante su pueblo… Leviatán es el pueblo.

Guy Fawkes no pudo llevar a cabo su plan y fue condenado a la horca por alta traición, pero incluso eso le privó el gobierno, que le negaba a él el libre desarrollo de su fe. Antes de llegar a la horca decidió saltar de la estructura de madera rompiéndose así el cuello, negándole al rey la satisfacción de darle muerte, misma que encontró el 31 de enero de 1606.

La figura del «terrorista» fue puesta en el lugar histórico que el poder le obligó a tener, tratándolo como el gran perdedor; hoy día, en Reino Unido cada 5 de noviembre se conmemora la Guy Fawkes Night o Bonfire Night, festividad dentro de la cual se queman representaciones de aquel hombre y se regocija el pueblo en la idea de que se detuvo una amenaza. Nadie puede asegurar cuál habría sido el porvenir de Reino Unido de tener éxito la conspiración de la pólvora.

Pasarían un puñado de siglos para que la humanidad volviese a poner la mirada en el nombre de Guy Fawkes, o mejor dicho su rostro, enunciado de una manera aún más puntual, lo que Alan More y David Lloyd dibujaron en las mentes del colectivo recordando el rostro de tan célebre personaje.

Alan More comenzó en 1881 a escribir el comic «V for vendetta», obra que a la postre ganaría su estatus de ser de culto; con dibujos del ya también mencionado David Lloyd, este cómic resignificó el 5 de noviembre y a Guy Fawkes presentándonos al peculiar «V», un hombre que no posee un nombre tal cual, un rostro ni mucho menos una historia, un ser que sólo tiene por motivo la venganza que se le ha negado por los crímenes acontecidos hacia su persona y regresar la voz al pueblo.

Sea coincidencia o no, a la par de que More termina de escribir su obra y se comienza su publicación periódica, la dama de hierro, Margaret Thatcher realiza una reforma al artículo 28 donde se buscaba la no propagación de las conductas homosexuales en las aulas de clase; nuevamente el gobierno se ve presa del miedo ante la creciente ola de contagios por VIH y la ignorancia propia de la época que ligaba a esta comunidad de manera criminal con dicha enfermedad. Cierto es que ninguna persona fue arrestada durante el periodo en el que dicho artículo estuvo en función, pero ¿era acaso necesario la noción de prohibir algo?, ¿afecta acaso en algo la vida sexual de un grupo al desarrollo de un país? La crítica al poder cuasi fascista de la dama de hierro se encontró en los puestos de revistas, en viñetas coloridas y llevaban por reflexión: «un gobierno que somete es un gobierno que debe ser sometido».

Y claro, no hubo movimientos tan violentos sobre el artículo 28 y éste encontró su revocación doce años después, lo suficientes tal vez para que una generación aprendiese por parte del gobierno ciertos tabúes contra la comunidad homosexual.

Pasaron otros pocos años para tener nuevamente un impacto del rostro que More y Lloyd habían moldeado y fue de la mano del director James McTeigue y las hermanas Wachoski que una adaptación fílmica se haría posible; nuevamente entra en el corolario colectivo el rostro de Guy Fawkes y prácticamente a partir de esta adaptación cinematográfica no habrá manifestación alguna en la cual su máscara no sea portada.

¿Y qué implica esa máscara? La noción de la violencia, de una figura arqueta que para posicionar ciertos valores debe destruir los anteriores. Y puede parecer que todo este recuento no es más que una apología del delito y es cierto. Que algo sea permitido o no por la ley, sea esta estatal, moral o de cualquier otra índole, no implica que sea apoyada en lo que todo un pueblo considera lo correcto, o incluso no todo un pueblo sino tal vez un colectivo; si el estado es el conjunto de individuos organizados que interactúan entre sí para hacer posible un desarrollo íntegro de cada uno de sus integrantes sin afectar a terceros, entonces el estado en su forma institucional de órgano legislativo y ejecutivo debe proveer las condiciones para el desarrollo íntegro de cada persona perteneciente a un estado; y de lo contrario, de encontrar renuencia, las manifestaciones tienen derecho y hasta cierto punto obligación de derrumbar figurativa y literalmente los monumentos que se yerguen a la sociedad y se postulan como cadenas a un pasado decadente.

Y de no lograr un cambio inmediato la manifestación encuentra consuelo en que su lucha logra aparcar en la charla popular, siendo tal vez juzgada pero en todo caso ya no resultando indiferente. Que en todo caso debe tenerse siempre presente que una manifestación no es el trabajo de un día sino un acto masivo y público que hace consciencia de que todos los días alguien mantiene el espíritu de lucha activo y pretende acabar con la apatía gubernamental que puede ser xenofobia, clasismo, racismo, machismo, etc. Cualquier forma de opresión de un gobierno o ya incluso una sociedad que busca posicionarse por encima del resto y obligar a otros a tener cierta escala de valores.

El 5 de noviembre no debe recordarnos pues, el cómo un hombre fracasó en su intento por dejar de ser perseguido por poseer una creencia religiosa. El 5 debe recordarnos que como se menciona popularmente «la violencia promueve la violencia», pero la violencia del hartazgo, la violencia que se vuelve la roca contra el vidrio o la pintura en una estatua, la violencia que se vuelve discurso y se vuelve también arte, la violencia que lanza un grito exigiendo que las condiciones en las cuales se vive cambien, la violencia que dice que posiblemente haciendo explotar un edificio no se cambia el mundo, pero con las suficientes personas intentando derrumbarlo no solo se destruye sino que puede construirse algo mejor.

Artículo de:

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI.

Imagen | Pixabay

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