Miércoles 25 de marzo de 2.020:

Narro la existencia siendo presa de mi propio pensamiento. Atrapada en la vorágine de pensar(nos) cuando nada nos queda de humanos. Dos líneas de reflexión nacen, se abren aquí: el humano humanizándose y el humano que se deshumaniza. El existencialista evoca a Hesse cuando, con deseo, mira de soslayo a la cuchilla que duerme en un lateral de la bañera. Haller se obligó a esperar a los 50, a mí me quedan muchos años para eso y es tan terrible el mundo, que el agua por la muerte enrojecida poco podría solucionar.

Hace bastantes años me dio por escribir un relato que versaba sobre la crisis existencial de un adolescente (¡qué kafkiano asunto!) que -nunca se supo por qué- se descubre atrapado en un bucle temporal: una suerte de remolino que atrapa y destruye el tiempo como es comúnmente conocido; una danza siniestra que obliga al individuo a vivir el mismo día, una jornada que se concibe eterna. El tiempo es estirado hasta la saciedad, como un chicle viejo. Elasticidad y sorna. Hace años lo escribí sin tener ni idea de las emociones -desbocadas- que producen los vaivenes laberínticos de este tipo de remolinos. La sensación -la extraña sensación- de estar viviendo un día eterno; de no encontrar(se) el inicio, ni saber dónde está el final. Los dedos -mis dedos- avanzan, corretean veloces sobre el teclado mientras asumo la primera realidad en este estado de irrealidad: el infierno sólo ha abierto sus puertas. Ni ha empezado, ni es posible que llegue a término. Es imposible vislumbrar los agradables rayos que, en toda obra artística, imagen o pensamiento, simulan que el túnel se acaba. Que la vida se abre a ser, nuevamente, vida. La sensación -la extraña sensación- produce taquicardia, una que no se estudia en los anales de medicina. Ni antigua, ni moderna. Es un movimiento de rasgos taquicárdicos a medias, pues no salta de un lado a otro con la típica -y esperada- rapidez, sino que es resbaladizo, trata de hacerlo, pero sólo lo consigue a trompicones; como agua tratando de escapar de unas de esas cañerías que si vomitan, expulsan suciedad y lodo. ¡Ah, los lodazales …! Ni el corazón vuelve a ser músculo ya, ni el músculo desea o sabe moverse.

Si tuviera que resumir los primeros días de cómo mi vida fue confinada -y por ende, entiendo que el hecho de existir no es hecho, porque no existe; pues mi existencia está en pausa o quizás en un limbo sibilino-, creo que me limitaría a hablar sobre taquicardias, pero no soy médico. Soy filósofa. Informática a medias. Puedo hablar de angustia y también ahogarme en un mar de aguas binarias. Líneas solitarias son las mías, líneas que esconden una fatalidad de la que mucho había yo hablado, de la que poco -muy poco- he sabido. No basta un mero resumen para cumplir con la idea del trabajo bien hecho; con la comprensión del dolor en unos párrafos raquíticos, pequeños, incapaces de dar cuenta de nada. Entiendo que lo que tengo que narrar en el muro de mi celda, de la prisión que es hoy la vida, la historia del punto -de mi punto- de inflexión.

La libertad, ese individualismo que caracteriza al ser humano occidental, ha desaparecido de la noche al día. Y me atrevería a decir que sin previo aviso: me hallaba yo habitando en la sociedad y el tiempo de las gentes sensibles, pero no en el sentido filosófico de la palabra. Ha sido un tiempo de no atreverse a actuar por miedo a toparse con una turba enfurecida. Era imposible prohibirle cosas al pueblo español sin que éste cayera rápidamente en la charlatanería del que poco ha hecho por madurar. Eso sí, los rumores siempre han llenado, hasta colmarlas, las plazas y plazuelas del corazón humano; y la tragedia, con su panem et circenses, estaba servida. El plato se enfriaba y hemos llegado a él cuando ya han anidado los gusanos, las alimañas.

Si pienso en ello -detenidamente o no-, la única imagen que se materializa casi al completo es la de un desagüe de fauces hambrientas, voraces. La boca del lavabo se está tragando una pequeña pieza de bisutería barata. Una piececilla que será irrecuperable. El pendiente o sortija -¡quién sabe lo que era, quién sabe qué fue lo que cayó por el desagüe!- viaja hacia un destino que no conoceremos.

Entregada -no sin tantas veces detestarlos- a mis quehaceres diarios, un buen día me vi desprovista de todo lo hasta entonces conocido, sintiéndome por ello enormemente estúpida. No creí -ni creo- ser víctima de nada, ni tampoco mi estado es el de una persona incapaz de soportar el encierro, en compañía o soledad. Se trata de algo más bajo: sucio el sentimiento de zarandeos trasnochados, de botellas rotas. Repulsiva aceptación de la estulticia. ¿Por qué? No pocos poemas he dado yo a luz sobre las variopintas angustias vitales; también he caído en el lirismo de la primavera y su decadencia, creo que desde una perspectiva románticamente pueril. ¿Culpa, se trata de un sentimiento embargado por la culpabilidad? Sí, es lo que se siente al perder el control de una vida que se considera de la propiedad de uno y no de los juegos de la sociedad, de los gobiernos o el Estado.

La sociedad. El gobierno. El estado. Llegó todo ello en su máximo esplendor -y no lo critico, sólo destaco lo que me mantiene en la duermevela del shock-: las prohibiciones y las sirenas, al mismo tiempo que el pueblo miraba para otro lado, hacia el de alimentar el mal y el ego; las colas en los supermercados y otra vez las sirenas, pero unas más terribles que lo seres mitológicos, los que de verdad ceñían su conducta a las creencias realmente contenidas en la tradición del mito. No me asustaba nada de eso. Lo que me asusta es estar profundizando en las cuestiones que creía conocer. ¡El humano y la certeza siempre caminando en la senda del error …! El viaje a ser. La inexistencia de la posibilidad de retorno. Estoy aprendiendo a matar al individuo para entregarme, entonces, a la realidad.

Puntos de inflexión, en mi vida, ha habido unos cuantos. Di non retorno, también. Y es que, en toda existencia los hay. Forman éstos parte del juego, del sádico entrenamiento que nos encamina sólo a la muerte. Más o menos identificables -mejor o peor-, más o menos profundos. Dotados de análisis filosófico o sin hallarles nombre, pero los hubo. O eso creía, ¡vaya si lo creía! Descubrí también, cuando las puertas del averno que yo iba a ser comenzaron a abrirse tímidamente, que estaba ante un acontecimiento histórico: la primera crisis existencial. Una sin precedentes, como la realidad que se nos había dibujado -¿con tinta o sangre? ¿con pluma o cuchillo?-. Es la primera vez que mi existir se erige sobre y ante el vacío; lo que se está levantando es el punto de inflexión, el mismo que está dispuesto a patear todas y cada una de mis creencias, de las certezas que han conformado la vida de un individuo -yo- muy cercano a la tercera década de vida. Comienza a angustiarme vivir y como la vida me está produciendo un pesar que pronto será incontrolable, a menudo siento que la mejor opción es chamuscarse junto al cigarrillo. El cigarro que siempre ha sido incómodo, el cigarro que hoy es un grito de libertad.

Más tarde

La semana pasada salí al jardín cuando ya estaba atardeciendo y me asusté sobremanera. No llegaba a estar oscuro todavía, aunque la tónica general de los últimos días había sido un cielo plagado de unas nubes que, existiendo sumido en el pesimismo, presagian catastróficos finales. Podía ya sentirse la humedad que nos recuerda que la noche se acerca, pero lo que no se sentía era vida, vida real. Pero la humedad sí era real y entendí que me conectaba con la vida anterior, con todo lo que había sido antes. Extraño. Un silencio, cercano a lo sepulcral que se nos venía encima, me envolvió. Entonces, me asusté y un sentimiento de melancolía me inundó por dentro. No cantaban los coches ni las gentes, ni los perros ni los pasos. Pocas eran las luces, ésas que siempre solían verse. El mundo estaba silencio y parecía que no giraba, pero sí seguía girando. ¿Qué me dio más miedo, el silencio o el girar eterno? Sin duda, el movimiento constante, cíclico; ajeno al ser humano, libre de cargas. La naturaleza seguía abriéndose paso y no pocos murciélagos me sobrevolaron mientras daba rienda suelta a mis pensamientos. Uno de los frutales del jardín había echado hojas nuevas cuando nadie le estaba mirando, y aparecía reluciente, renovado y jovial. Fue cuando tuve ganas de llorar: ese árbol seguía siendo sin necesidad de que yo o el resto continuasemos. Los pájaros seguían cantando, supuse que también ajenos. Puede ser que a lo lejos también ladrara algún perro, aunque de eso no estuve ni estoy segura. Todo, todo continuaba existiendo y, sin embargo, yo sentía -y siento- que había dejado de existir para el mundo.

Jueves 26 de marzo de 2.020

El lunes salí a la calle. Tenía que realizar unas gestiones bancarias. El lunes, sí, el lunes atravesé los confines y los muros de un jardín que comenzaba a ser extraño, a pesar de que he respirado gracias a sus árboles alrededor de veinte años. Imaginé que podría sentarme bien volver a pisar el firme suelo de la realidad, para no perder el contacto con la normalidad y la vida, pero no fue así. Bajo mis pies sentí un barro que el ojo humano no captaba: la realidad no era real. Cerrar la puerta hizo que el corazón pegara un salto incómodo ahí dentro y quedó como una tortuga patas arriba, luchando por volver al estado natural de las cosas. Me invadieron el pánico y el silencio. Alcancé a vislumbrar      la carretera de siempre, pero que ya no era la misma. Apenas sí era transitada. La veo desde mi ventana si afino la vista y sabe Dios que escapan las lágrimas. Pocos eran los coches, de los poco afortunados. Vehículos cayendo al mundo a través del cilindro de un cuentagotas gigantesco. Y demoníaco. Empecé a sentirme una extraña en un lugar desconocido. Se van desdibujando -desfigurando- mis ideas, conceptos y creencias, las certezas. Lo que se creía verdad. Caminé con prisa. Caminé mirándolo todo no porque hubiera olvidado lo que me rodeaba, si no por miedo a ser identificada como un elemento que estaba donde no debía estar. Lo del lunes no fue un paseo, fue no perder de vista mis manos, entalladas en unos guantes de látex. Las personas que me crucé ya no eran humanas: todos jugábamos al juego de no conocernos, de no mirarnos, de no saludarnos. Representábamos una obra de teatro que narraba la historia del último hombre sobre la faz de la tierra. Pero yo sí me sentí humana y real: todos iban con mascarilla, todos ellos tras el uniforme. Yo no. Soy de esas decenas y centenas de personas que no han tenido acceso a una mascarilla, ni a más protección que unos guantes que hoy ya son difíciles de encontrar. ¿Jugarse los pulmones por unos guantes? La vida es extraña.

No tardaron en acudir a mí las ganas de llorar, de prorrumpir en sollozos; pero me contuve, porque aún creo que ciertos protocolos deben ser cumplidos, que en la calle no se deben hacer según qué cosas. Como aún quedaba el camino de vuelta, decidí llorar cuando estuviera acercándome a terreno seguro; así podría hacer lo que me viniera en gana con esos sentimientos que en mi garganta se agolpaban feroces. Fue raro, muy raro. No se escuchaban voces y por un momento, creí que ni siquiera el canto de los pájaros o el sonido del mapa. España era -España es- un país que había dejado de existir.

Siempre me ha gustado viajar en moto, simplemente por la amplia magnitud de las sensaciones, por el alcance de nuestros sentidos. Establecí hace muchos años la teoría de que uno no conoce realmente una carretera si no la ha olido, si la brisa no ha entrado atravesando el casco de protección; algo que no es sinónimo de bajar la ventanilla de un turismo. La carretera sólo puede ser conocida si el viento te golpea a ti y no al coche, si eres tú el que, con tu cuerpo, toca el aire. El olor de las coníferas -¡carreteras de montaña …!- no es el mismo dentro que fuera. No. Algo parecido ocurre con la realidad, con la existencia: la realidad no es real si no la reflexionas ahí fuera, la existencia se detiene si el mundo no es consciente de ella.

Han vuelto a mí las compulsiones, los pensamientos incontrolables: las metálicas tapas de lata, los insectos que ascienden y se cuelan en mi cama. Las cuchillas cerca de la cara interna de mis muñecas y el filo de unas hojas amenazando con cortarme las venas.

Publicado originalmente el 17 de marzo de 2021 en Lichtung und Abgrund.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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