Cerrar ciclos es de humanos. Algo demasiado humano. Nos obsesionamos por celebrar los finales de algo o los inicios, y el Año Nuevo es quizá el ejemplo más claro de esta manía. ¿Por qué lo hacemos? Quizá porque anhelamos que al dejar detrás algo, en este caso un año, el venidero será mejor.

Propósitos, buenos deseos e incluso el arranque de nuevos proyectos son marca de la casa de todos nosotros, albergando la ilusión de que cambiar un dígito en el almanaque hará la diferencia aunque no siempre es así. Si algo nos ha demostrado el 2020 y este mismo año que dejamos atrás, es que los planes, los propósitos e ideales no siguen nuestra voluntad; a muchos nos costó dejar de lado todas aquellas metas o ilusiones que se enmarcaban en la víspera del 2019. A otras muchas personas, desafortunadamente, les tocó decir adiós apresuradamente a sus seres queridos, incluso sin la oportunidad de darles un abrazo de despedida.

La víspera del 2022 engloba el deseo mundial de retornar a la normalidad, a la verdadera. Quizá lo logremos, quizá no. El virus que paralizó al mundo en 2020 no se ha cansado de decirnos, una y otra vez, que las reglas las marca él. Y nosotros, como una especie más de este enorme punto azul en el Espacio, no somos más que testigos de lo que algo microscópico puede hacer. Seguimos y seguiremos siendo espectadores de la Naturaleza, de esa fuerza que, por más humanos que seamos, no podemos controlar.

Ojalá podamos aprender algo de esto. Ya lo he dicho antes: dudo que las lecciones de esta pandemia perduren en el tiempo, aunque una parte de mí, en lo profundo de mi ser, espera que me equivoque. Sería extraordinario que este parón que sufrió el mundo –y que sigue teniendo, al menos de forma parcial– sirva como catarsis para llevarnos a cuestionar sobre nuestro actuar: no tantos planes, no postergar demasiado, vivir el hoy, viajar cuando podamos, salir más.

Y es que es increíble que ahora valoremos una ida al cine, una cena con unos amigos, el poder viajar al mar. Cosas que dimos por sentadas tantas miles de veces y que, tras sernos arrebatadas, no solo añoramos sino que ahora atesoramos. Bien dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero ¿tenemos que caer en este bucle?, ¿qué más cosas debemos de perder para poder apreciar?

No me respondas, querida/o lectora/o. Tú lo sabes, mejor que nadie. Sabes que existe alguien -o algo- a lo cuál no le das aún el peso necesario. Algo -o alguien- a quién no colocas en su justo lugar. Alguien -o algo- que dejas de lado por otras cosas, te dices, más importantes.

Esa es mi invitación en este cierre año. No quiero caer en clichés, pero sin duda son necesarios. Explora un poco en tu interior y encuentra aquello o aquellas personas que, en dado caso de una nueva pandemia, añorarías no tener. Reflexiona sobre qué extrañarías tener lejos, o qué te dolería no hacer. Una vez que lo encuentres, no esperes un nuevo parón mundial, y en lugar de gritar esta noche ¡feliz año 2022!, ve por ello, ve por ellos; no permitas que un virus te robe esos momentos, esos abrazos, esos te quiero.

Imagen | Pixabay

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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