El campo del saber político: una mirada desde la filosofía de lenguaje y su función discursiva

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Hay un discurso sobre los individuos, sobre el sujeto. La palabra agente que menciona O´Donnell (2010), de raíz etimológica latina, “agere“, quiere decir: llevar a cabo; vemos aquí una importante discusión: si el individuo es portador de derechos obligaciones y ejerce una influencia de lo que se le ha considerado un régimen democrático es por su participación en la política a través de sus acciones (llevar a cabo); por ello O´Donnell (2010) nos menciona que este sujeto se reconoce así (como agente) porque es un ciudadano que aporta algo a la política.

Se entiende al discurso “no como conjuntos de signos (de elementos significantes que envían a contenidos o a representaciones), sino como prácticas que forman sistemáticamente los objetos de los cuales hablan“. (Foucault, 2006, p.81).

Por lo que, O´Donnell ha considerado que estas prácticas discursivas son auto-referenciales y con ello, también se ha construido el nacionalismo que es un discurso de la identidad, de “lo nacional” (O´Donnell, 2010, p.115) sin embargo, hay que precisar cómo estamos entendiendo el discurso:

El discurso está constituido por un conjunto de secuencias de signos, en tanto que se les puede asignar modalidades particulares de existencia. El término de discurso podría quedar fijado: un conjunto de enunciados que dependen de un mismo sistema de formación y así podré hablar del discurso clínico, del discurso económico, de la historia natural.

(Foucault, 1969, p.181).

En otras palabras, el discurso sería un conjunto de enunciados que dependen no sólo de la existencia de signos, sino del contexto histórico en el que se forman y desarrollan: el discurso es dependiente de las condiciones y reglas que está en función de las relaciones de poder o sistema de su formación.

Si un discurso es un conjunto de enunciados y está construido con base a una relación hipotética que se cree existe en la realidad, llevando esto a lo político, el acto que realiza el productor del discurso político es el acto de nombrar la realidad a través del lenguaje, por lo que tanto él como los destinatarios, considerarían que determinado discurso nombra la realidad política que existe en lo fáctico.

A partir de lo anterior podemos decir que tanto el lenguaje, como el discurso son conformados por un conjunto de signos, que se articulan entre sí para producir un sentido a partir de una o más referencias, constituyéndose como sistemas de “autoridad” en función del lenguaje, mismo que es reconocido como saber.

Finalmente, Foucault (1969) trata al discurso como una formación, por lo que el nombre más apropiado para el autor es el de formaciones discursivas: Una formación discursiva no es, pues, el texto ideal, continuo y sin asperezas, que corre bajo la multiplicidad de las contradicciones y las resuelve en la unidad serena de un pensamiento coherente; tampoco es la superficie a la que viene a reflejarse, bajo mil aspectos diferentes, una contradicción que se hallaría a la vez en segundo término, pero dominante por doquier. Es más bien un espacio de disensiones múltiples; es un conjunto de oposiciones diferentes cuyos niveles y cometidos es preciso describir.

El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre “iguales” individuales o colectivas, se trata de un modo de acción de algunos sobre algunos otros. Parafraseando a Foucault hay algo llamado el poder que existiría universalmente, en forma masiva o difusa, concentrado o distribuido. Sólo existe el poder que ejercen “unos” sobre “otros”. Además la relación no substancial de poder, no es negativo, también es un momento de toda creación.

El discurso emite un lenguaje, un lenguaje edificado por medio de la palabra, en las formas discursivas. La acción política en el lenguaje es la construcción de los monumentos o conceptos de los cuales se desprende su propio estudio como democracia, poder, justicia, etc.

También es necesario distinguir las relaciones de poder de las relaciones de comunicación que trasmiten una información por medio de un lenguaje, un sistema de signos o cualquier otro medio simbólico. La comunicación es siempre, sin duda una cierta manera de actuar sobre el otro o los otros. Pero la producción y la circulación de elementos de significado pueden tener como objetivo o como consecuencia ciertos efectos de poder, éstos últimos no son simplemente un aspecto de las primeras. Las relaciones de poder poseen una naturaleza específica, pasen a no pasen a través del sistema de comunicación”

(Foucault, 1988, pp.11-12).

La verdad como construcción de la realidad del sujeto; se forja a través de las prácticas que los diversos campos del saber, reproducen (en los juegos de lenguaje)   desde   la comunicación, la psiquiatría, la medicina, la política etc.

Discursos que no tienen “el poder” sino en una construcción histórica–cultural que se fundan en el reconocimiento y legalidad en la historicidad,   perpetuando   así una forma de relación de poder entre lo que allí se dice y el sometimiento de un individuo a lo dicho.

El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre “parejas” individuales o colectivas, se trata de un modo de acción de algunos sobre algunos otros. Lo que es decir, desde luego, que no existe algo llamado el Poder, o el poder, que existiría universalmente, en forma masiva o difusa, concentrado o distribuido. Sólo existe el poder que ejercen “unos” sobre “otros”. El poder sólo existe en acto aunque desde luego, se inscribe en un campo de posibilidades dispersas, apoyándose sobre estructuras permanentes. Ello también significa que el poder no es una especie de consentimiento. En sí mismo no es renuncia a una libertad, transferencia de derechos, poder de todos y cada uno delegado a unos cuantos (lo cual no impide que el consentimiento pueda ser una condición para la existencia o el mantenimiento de la relación de poder), la relación de poder puede ser el efecto e consentimiento permanente o anterior, pero no es por naturaleza la manifestación de un consenso.

(Ibid).

Siguiendo a Laclau (1996), el poder que se ejerce o desea, es a través del discurso. El deseo de otro.1 Resulta difícil pensar en esto en función del discurso, porque éste no es exclusivo ni de la política ni del político, clínico etc., sino que pertenecemos a ello, como también el discurso por pertenecer al ámbito social está en relación con el poder: de ejercer una autoridad en la familia, en las instituciones educativas, en la comunidad, en grupos organizados, etc.

La función discursiva de nombrar:
dimensión moral en Nietzsche

A la función del lenguaje, Nietzsche la va a llevar a una dimensión moral, con relación a las categorías “bueno y malo”. Aparentemente estas concepciones pueden decir poco, pero nos hacen ver cómo en la historia occidental se constituyeron modos del lenguaje por los que reconocemos por ejemplo, los acontecimientos como buenos o malos, y quiénes son los que lo conforman.

La Genealogía de la moral de Nietzsche aparece ahí donde se trata de averiguar la procedencia del concepto y el juicio “bueno”. Así, dice Nietzsche:

Originariamente –decretan- acciones no egoístas fueron alabadas y llamadas buenas por aquellos a quienes resultaban útiles, más tarde, ese origen de la alabanza se olvidó, y las acciones no egoístas, por el simple motivo de que, de acuerdo con el hábito, habían sido siempre alabadas como buenas, fueron sentidas también como buenas: como si fueran en sí algo bueno.

(Nietzsche, 2002, p.21).

Si el concepto de “bueno” (el juicio “bueno”), desde nuestra perspectiva, inicia con la función de nombrar una acción como tal, para tratar de averiguar su sentido y aplicación en un contexto determinado, su origen en la concepción moral de lo útil debe buscarse relacionando lo moral con la lucha por el poder. Por ello, siguiendo a Nietzsche, en realidad empezó cuando la aristocracia nombró como bueno aquello que les era “útil” para sus intereses de poder, y lo que no les era útil (lo inútil), lo nombró como lo “malo”.

Pero con el paso de los siglos se olvidó la “utilidad” en relación con el poder, quedando únicamente dos conceptos: “bueno y malo” sin distinción alguna y que sólo por conveniencia se nombraba por los grandes aristócratas, qué era bueno y qué no:

Pues bien, en primer lugar para mí es evidente que esta teoría busca y sitúa en el lugar equivocado la fragua del concepto «bueno»: ¡el juicio «bueno» no procede de aquellos a quienes se «beneficia»! Antes bien, fueron los propios «buenos», es decir, los distinguidos, los poderosos, los de posición e intenciones superiores, quienes se sintieron y valoraron a sí mismos y a sus acciones como buenos, es decir, como de primer rango, por oposición a todo lo bajo, lo de intenciones bajas, lo vil y lo plebeyo.

(Ibid).

A lo largo de la historia se ha visto que quien tiene el poder políticamente hablando y la concentración de sus riquezas, “legislan” (en el sentido de nombrar que se menciona en el diálogo el Crátilo), y forman a partir de sus propias conveniencias las categorías de “bueno” y “malo”. En la Genealogía de la moral menciona Nietzsche:

Bueno no está en modo alguno ligado necesariamente a acciones “no egoístas”. Antes bien, sólo cuando los juicios aristocráticos de valor declinan es cuando la antítesis “egoísta” “no egoísta” se impone cada vez más a la conciencia humana, para servirme de mi vocabulario, es el instinto de rebaño el que con esa antítesis dice por fin su palabra. Pero aun entonces ha de pasar largo tiempo hasta que de tal manera predomine ese instinto, que la apreciación de los valores morales quede realmente prendida y atascada en dicha antítesis, hoy, el prejuicio de que “moral”, “no egoísta”, “desinteresado”, son conceptos equivalentes, domina ya con violencia de una “idea fija” y de una enfermedad mental.

(Nietzsche, 2003, p.23).

Así, la moral moderna, es decir, la que separa en bueno y malo las acciones, ha quedado “introducida”, si se me permite la expresión, en la conciencia del hombre moderno: desde que Nietzsche nos menciona (en su Genealogía de la moral) que los aristócratas pusieron como “bueno lo útil y lo malo como lo no útil”, se fue canonizando la idea de que dichas distinciones eran únicas. Esta idea pasó a formar parte de la conciencia moderna, según Nietzsche, y se ha quedado en nuestra mente contemporánea como algo antinómico, es decir, siempre que hacemos la distinción de algo “bueno”, lo oponemos a lo “malo”. Por eso “bueno-malo”, “sabio-bárbaro”, son relaciones dicotómicas fijadas en la mente del “hombre moderno”, que puede decirse es hasta una “enfermedad mental”, porque las asumimos como ideas canónicas y que Nietzsche es claro en ello.

Sin embargo, ¿qué pasaría si no existieran dichas distinciones?, ¿serían lo bueno y lo malo juicios de validez, ambos verdaderos y falsos a la vez? Respondo desde la mirada política a estas preguntas con un sí, porque la asignación del nombre no depende sólo de la convención, sino también de la referencia al contexto, pero es el poder político el que instituye con ello, una moral.

En ese sentido, como dice Nietzsche, la aristocracia del siglo XIX (o anteriores), designaba por medio de las leyes, qué juicios son válidos para unos y cuáles para otros no lo son (y en qué contextos), en relación con los nombres de bueno y malo. Aunque la conciencia individual, bajo su propio criterio, pueda cuestionar estas categorías, lo cierto es que lo “bueno” y lo “malo” dependen mucho no sólo del contexto histórico, sino también de quiénes dicen lo que es bueno y lo que es malo y dan “porqués” o razones que legitiman como conocimiento.

En la Genealogía de la moral (2002), Nietzsche hace referencia a lo siguiente:

Establecer que el concepto “bueno” es en esencia idéntico al concepto “útil” y “conveniente” de tal modo que en los juicios “bueno” y “malo” la humanidad habría sumado y sancionado cabalmente sus inolvidadas e inolvidables experiencias acerca de lo útil-conveniente, y de lo perjudicial-inconveniente., Bueno es según esta teoría lo que desde siempre ha demostrado ser útil por lo cual le es lícito presentarse como “máximamente valioso” en sí. También esta vía en sí es razonable y resulta psicológicamente sostenible.

(Nietzsche, 2002, p. 24).

De allí que pase a ser “malo” aquel discurso que, aunque sostenga sus ideas con una argumentación coherente, no entra dentro de las pretensiones del sistema político y es descalificado por considerársele perjudicial o inconveniente por parte de la autoridad, aunque dicho discurso dijera la “verdad”.

Hipotéticamente podría   decir   que   el argumento de Nietzsche más allá de decir que lo bueno tiene una “utilidad”, que lo “bueno y lo malo” es un asunto político-estratégico, determinado en función de lo que conviene al poder que se diga y que no se diga, pues las sanciones de los actos a partir de las distinciones bueno – malo, son implementadas por los aristócratas-políticos. Nietzsche (2002) da una explicación de los alcances que tiene el aristócrata con el plebeyo y la relación entre lo bueno y lo malo y el poder político, lo que llega hasta lo que él llama la “inversión de los valores”. Así, Nietzsche menciona:

Los “bien nacidos” se sentían a sí mismos cabalmente como los “felices”, ellos no tenían que construir su felicidad de manera artificial y a veces persuadirse de ella, mentírsela, mediante una mirada dirigida a sus enemigos (como suelen hacer los hombres cargados de resentimiento), y asimismo, por ser hombres íntegros repletos de fuerza y en consecuencia necesariamente activos, no sabían separar la actividad de la felicidad, pues ellos formaban parte de ella por necesidad (de aquí procede euprátein: obrar bien, ser feliz), todo esto en contraposición con la felicidad al nivel de los impotentes, de los oprimidos de los llagados por sentimientos venenosos, y hostiles, en los cuales la felicidad aparece esencialmente como narcosis, aturdimiento, quietud, paz, relajamiento de los miembros, algo pasivo.

Mientras que el hombre noble vive con confianza y franqueza, frente a sí mismo, como “aristócrata de nacimiento”, una raza de tales hombres resentidos acabará necesariamente por ser más inteligente que cualquier raza noble, venerará también la inteligencia en una medida del todo distinta, a saber, como la más importante condición de existencia. Mientras que entre los hombres nobles la inteligencia tiene un delicado matiz de lujo, de refinamiento, falta de inteligencia.

(Nietzsche, 2002, pp.39-40).

Luego entonces, el medio del que se vale el poder político para definir lo que es “bueno” y lo que es “malo” es el lenguaje, y en específico esto inicia con la función de nombrar, ¿cómo se instituye que las acciones entren en estos conceptos? Las categorías “buenas y malas” según Nietzsche, son construcciones históricas que inician con el lenguaje y que se imponen en forma de patrones de conducta: lo noble, lo bello, lo bueno, la felicidad, etc. Así, quienes detentan el poder emplean la función de nombrar a partir del uso del nombre, como una forma de control político que Foucault, siguiendo a Nietzsche, lo considerará como una relación de poder. Desde Marx, y pasando por los sociólogos franceses como Bourdieu, el motor de las sociedades es lo económico, lo que sostiene al poder político. De esta manera quien tiene poder económico tiene el privilegio de hacer leyes, reglas morales, privilegios y restricciones, para mantener su poder.

Lo anterior puede explicar, por ejemplo, que robar tenga un significado de un acto “malo” cuando “alguien” roba por comida, medicinas, o cosas que no puede comprar para su sobrevivencia por no tener trabajo. Claro que el hecho de no tener trabajo no es causa de robar. Pero lo que quiero decir es que no tiene el mismo significado cuando las instituciones financieras internacionales, o los mismos Estados, intervienen en la economía de los países, y con sus decisiones hacen que se pierdan muchos empleos y  generan  pobreza que puede llevar a ese “alguien” a robar para sobrevivir, porque aceptar que esas decisiones pueden ser nombradas como actos “malos”, significaría poner en riesgo los privilegios  del poder, en tanto que se tenga lo económico como la justificación de los mismos (como lo antes mencionado en cuestión de lo bueno y lo malo).

No es que diga que no existen los actos buenos o malos pues eso sería dejar de ser personas con moral. Sino que señalo, en la definición del concepto de “bueno” o “malo”, se emplea el lenguaje con significados distintos porque el poder utiliza la función de nombrar para hacerlo.

Esto es lo que se deja entrever en Nietzsche: el  hombre  forma  conceptos  y  también  es partícipe como se aprecia en Foucault, en la formación de discursos. Esto ocurre sobre todo en el “hombre político” que forma discursos a  partir  del  lenguaje,  con  el  interés  de  dominarlo para imponer una realidad, mediante el acto de nombrar. Lo importante de reconocer todo esto del lenguaje, el poder y la función de nombrar, no es decir que “el hombre político” sólo dedica su vida a la política para buscar el bien común y la armonía entre los individuos, lo que ha sido  un ideal occidental de la  política  en el transcurso  de la  historia.  Es decir,  no  es que sólo sean hombres “voluntariosos” capaces de sobreponer sus intereses  por  encima  de  los demás, pero tampoco ver los intereses del hombre político con una visión maquiavélica que nos haga pensar que todos sus intereses son de dominación. Lo que quiero decir es que usan el lenguaje en ejercicio del poder  para  estructurar  e  imponer  una  concepción  de  realidad social, sosteniéndola con los conceptos que forma y de los que se sirve para manejar el poder.

Y la función de nombrar la sostiene, la idea de que el hombre es una mediación, se ubica entre la naturaleza que lo rodea y la realidad que crea  a  través  del  nombre,  como  puede interpretarse de Platón en el Ion. Lo que se asemeja a la idea de Nietzsche que dice en Más allá  del bien y el mal,  parafraseándolo:  “entre la  bestia  y Dios está  el hombre”.  Así,  el resultado de la construcción o formación histórica que el hombre hace con “el nombrar” por medio del poder es “la realidad estructurada” como un lenguaje. Realidad, que se nos muestra ante nuestros ojos.

En Ser y Tiempo, por ejemplo, Heidegger trata al sujeto desde el lenguaje, primero, como un ser “arrojado al mundo”, en estado de yecto, quien lo primero que ve es lo que se le “aparece” en el mundo. Luego entonces Heidegger construye las categorías necesarias para entender la “naturaleza ontológica” de este ser llamado Da-sein, categorías como: “ser para la muerte”, “ser-en-el-mundo”, etc., y que lo vinculan ontológicamente con el mundo en todo momento, formando relaciones de diversos tipos con lo que trata en lo cotidiano y con lo que experimenta a su alrededor. Y por ello resalto que para Heidegger, en un segundo momento, el lenguaje es una categoría ontológica que significa dicho mundo, y en ese sentido es una forma de autoconstruirse como individuo, y construir lo que le rodea, creando un sentido a la  naturaleza:

El habla es de igual originalidad existenciaria que el encontrarse y el comprender. La comprensibilidad es siempre ya articulada, incluso ya antes de la interpretación apropiadora. El habla es la articulación de la comprensibilidad. Sirve, por ende, ya de base a la interpretación y la proposición. Lo articulable en la interpretación, o más originalmente ya en el habla, lo llamamos el sentido. Lo articulado en la articulación del habla lo llamamos en cuanto tal el todo de significación. Éste puede resolverse en significaciones. En cuanto éstas son lo articulado de lo articulable, son siempre algo con sentido. Si el habla, la articulación de la comprensibilidad del “ahí”, es un existenciario original del “estado abierto” más este resulta constituido primariamente por el “ser en el mundo”, también el habla tendrá esencialmente una específica forma de ser “mundana”. La comprensibilidad “encontrándose” del “ser en el mundo” se expresa como habla. El todo de significación de la comprensibilidad obtiene la palabra. A las significaciones les brotan palabras, lejos de que a esas cosas que se llaman palabras se las provea de significaciones.

(Heidegger, 1971, pp.179-180).

La política, aunque pueda ser ejercida por cualquiera, su uso y las decisiones en ella, son determinadas por medio del lenguaje desde una mirada de poder y no sólo en el sentido lingüístico (sin la mirada de poder). En Nietzsche podemos observar que lo “bueno” siempre se premiará como lo heroico, lo fuerte, triunfador, y su contrario “malo”,  como  el  plebeyo,  el rebelde, incapaz, etc. En otras palabras, lo bueno y lo malo depende de la óptica o visión (de dominio sobre los demás). En la política moderna, como parece que en todas las épocas de la historia occidental, la justificación de quien domine siempre será la búsqueda del bien y para ello se vale del lenguaje, de la facultad de nombrar como anteriormente se ha mencionado.

Validando el argumento anterior y según Mauricio Swadesch (1950), en el siglo XII el discurso político era uso exclusivo  de  los  monarcas, quienes, cuando se dirigían a su nación, utilizaban una retórica muy  sutil,  creando  una  “armonía entre sus palabras”, que señalan un intelecto brillante, porque expresaban bien el sometimiento sutilmente entre sus líneas, ocultando que en realidad su lenguaje expresaba sus voces mesiánicas dirigidas al sometimiento.

El discurso político en México pareciera más el arte de la perfecta simulación, la censura mediática, la impunidad, la idolatría, etc. En el país se sigue esperando la aplicación del Estado de derecho, una libertad que rompa las cadenas de represión que no se han roto. En el 2012, se habló del fraude del 2006, y seguramente se hablará de este gobierno en turno, muchos años después. La dictadura de “lo que se dice” de un gobierno es poder expresarlo no en el momento, este es el verdadero pacto de la política en México.

Si el presidente de  México  menciona  que  no mentir, no robar y no traicionar al pueblo son sus ejes morales; ¿No acaso en las palabras no mentir, no robar, no traicionar, ya hay una mentira oculta (neurosis obsesiva), en reconocer que todo  lo  que se hace está bien  sin  equivocación  alguna?  La lucha social, se ha institucionalizado, “el pueblo manda” “los pobres primero” son el discurso de lo que he llamado2 el nacimiento del “discurso de la dictadura populista” y que será tema de otras investigaciones.

Notas

[1] Como lo hace el psicoanálisis que el poder, es el deseo del otro, desde Lacan, hay un deseo de “un algo” faltante y el sujeto está “en falta de” Desde la arqueología Foucaultiana, el poder se traduce en relaciones discursivas nombradas y creadas.

[2] Al igual que el nacimiento de La société infectée, de mi  autoría,  que  se  publicó  en 2021 en Enpoli entre literatura y política, 2020, pretendo realizar la investigación introductoria del nacimiento del discurso de la dictadura populista.

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Artículo de:

Eric Rodríguez Ochoa (autor invitado):
Docente, escritor e investigador de la Lic. en Psicología Crítica.

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por autores invitados

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