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San Agustín de Hipona fue un obispo, santo, y Doctor de la Iglesia nacido en el año 354 en Tagaste, África del Norte. Su padre Patricio era pagano y su madre Santa Mónica fue cristiana, por lo cual fue educado bajo  esta  doctrina.  Tuvo  también un hermano llamado Navigio, y dos hermanas de las cuales se desconocen sus nombres.

Sus primeros estudios se sitúan en Tagaste, pero durante el año 365, a los 11 años aproximadamente, continúa en Maura  (hoy  Mdaurouch,  Argelia).  Del año 371 al 374 empezó sus estudios en Cartago en donde se dedicó a la retórica y filosofía principalmente. A los 15 años estudió en su ciudad natal en donde su educación era muy estricta. Se destacó frente sus compañeros  por  sus  habilidades de oratoria y observación. También durante el año 371 fallece su padre, que un año antes había realizado su conversión.

Por medio de sus Confesiones sabemos que durante el tiempo que residió en Cartago llevó una vida bastante disipada, bastante alejado de todas las enseñanzas y deseos de su madre Mónica. Durante esa época mantuvo una relación con una mujer, teniendo un hijo llamado Adeodato.

De los 19 a los 28 años perteneció a la secta herética de los Maniqueos, los cuales creían en una dualidad radical: el Bien y el Mal. Ambos principios eternos vivían en una  constante lucha.

Su gusto por la Filosofía empezó cuando a los 19 años se vio profundamente conmovido al leer Hortensio de Cicerón. Al principio de su camino por la verdad no se adhirió al cristianismo sino el maniqueísmo; posteriormente lo dejó, ya que dicha creencia no logró darle las respuestas a su mente inquieta.

Fue en Milán en dónde empezó a vislumbrar su etapa de conversión; mediante Ambrosio de Milán pudo conocer los escritos Neoplatónicos y las epístolas de Pablo de Tarso. En el 387, el 24 de abril, sucede su bautismo y el de su hijo  Adeodato. De ahí en adelante llevará una vida casta y ascética.

Después de la muerte de su madre -acaecida en el mismo año de su bautismo- regresa a Tagaste en donde funda el primer monasterio, donde permanece 3 años. El segundo monasterio lo funda cuando es ordenado sacerdote en Hipona por el obispo Valerio.

Finalmente en el año 397 es nombrado obispo titular de Hipona. Ese mismo año empieza la redacción de sus Confesiones. Muere el 28 de agosto del año 430 durante el asedio de la ciudad. Después del traslado de su cuerpo a distintos lugares, fue enterrado en el monasterio de San Pietro in Ciel d’ Oro.

El tema central del presente ensayo es exponer la concepción del mal en San Agustín y poder dilucidar en qué medida ésta puede ayudarnos a entender parte de nuestra realidad actualmente; tal como lo hizo en el contexto histórico de San Agustín. Con esto también se tocará lo que dicha concepción implica en un terreno ético y político.

Ahora bien, la tesis principal sobre la que versará más específicamente el problema del mal, es la afirmación acerca de que el mal existe en un sentido moral y no ontológico. Se ofrecerán ciertos fundamentos encontrados en sus obras acerca del origen del mal, su existencia moral e inexistencia ontológica.

Mi objetivo es demostrar que el mal, de acuerdo con San Agustín, no posee una sustancia y por lo tanto carece de un origen ontológico, de lo cual podemos traducir al mal más bien como una ausencia de bien que se origina por la perversión de la voluntad. Esta demostración será posible mediante una serie de argumentos encontrados en tres obras diferentes: sus Confesiones, La Trinidad, y La dimensión del alma.

Empezaré por explicar cómo es que Agustín concibe al hombre. Se considera prudente dar una breve explicación acerca de la naturaleza humana debido a que es en ella en donde surge el problema del mal, se utilizarán argumentos encontrados en La Ciudad de Dios. Después de tal exposición se explicará por qué Agustín rechaza al Maniqueísmo por encontrar fallas en lo concerniente al problema del mal. Posteriormente vendrá el propio cuestionamiento de Agustín acerca de lo que es el mal y finalmente, la solución que él da a este problema.

Desarrollo

El primer pensador que después de siete siglos posteriores a Aristóteles se plantea la cuestión antropológica en primera persona es San Agustín. Con él, el estudio acerca del hombre adquiere otro tinte; ya no es visto como un objeto a estudiar, ahora es el hombre que se piensa a sí mismo. El hombre introspectivo, el  que se piensa a sí mismo y su relación con el mundo y con Dios.

Conviene recordar que toda su filosofía está profundamente influida por Platón y Plotino, por lo que será inevitable relacionar parte de lo que dice respecto al hombre con estos grandes pensadores. Agustín vio en la Filosofía un arma para poder defender aquello en lo que creía, es por eso que parte de sus escritos se ven influidos por el Neoplatonismo y el estoicismo.

En el libro XIX de La Ciudad de Dios, San Agustín se pregunta por la naturaleza del hombre en tres posibles maneras: el hombre como formado de un cuerpo, el hombre formado de alma, o el hombre como la unión de ambas. El hombre resulta ser la conjunción de dos elementos que son el alma y el cuerpo. De entre los dos, se podría decir que el alma es mejor que el cuerpo, pero a diferencia de Platón que mostraba un desprecio hacia el cuerpo, San Agustín explica que no se puede ver al cuerpo como algo malo, puesto que también es creación de Dios. Recordemos que todo lo que Dios crea es bueno dado que Dios es pura bondad. El alma en este sentido es más importante debido a que es en ella en donde reside la racionalidad o intelecto. El cuerpo sirve a manera de instrumento del alma; es ella quien lo gobierna. El alma es de naturaleza simple por lo cual no puede disgregarse, y está hecha a imagen y semejanza de Dios.

El cuerpo es perecedero y corruptible, en el se origina las pasiones y deseos; y por tanto el pecado. Sin embargo el hombre siempre debe de verse como la unión de estos dos elementos, no deben   separarse.

San Agustín de Hipona fue uno de los más grandes defensores de la doctrina cristiana, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre teología y filosofía. Dentro de gran parte de sus obras podemos observar un tema de vital importancia tanto para él como para toda la historia del cristianismo, incluso de la humanidad: el mal.

El maniqueísmo fue una secta religiosa fundada por un persa llamado Mani, considerado el gran profeta que traería la salvación. Creían en un dualismo radical acerca de Dios en el que había dos principios eternos que vivían en una constante lucha: el Bien, asociado con el reino de la luz, y el Mal, asociado con el reino de las tinieblas.

Afirmar que hay dos principios opuestos resulta muy problemático para Agustín pues si Dios constituye una dualidad y el Mal podía ejercer algunas veces un daño sobre el Bien, que es Dios, entonces Dios es corruptible. Además de que él no concebía cómo es que ellos preferían creer que el mal procedía de Dios y no de ellos mismos.

Una vez que Agustín rechazó la explicación que daban los maniqueos al mal, empieza entonces a preguntarse de dónde proviene éste. No le queda duda alguna de que el mal no procedía de Dios, pues Dios es la misma bondad y nada malo puede emanar de Él.

¿Quién puso esta voluntad dentro de mí? ¿Quién sembró esta semilla de amargura en mí, habiendo sido hecho por mi Dios, que es la dulzura misma? Y si la puso el diablo, ¿quién hizo al diablo?

(Rodríguez, 2016, p.140).

Ahora bien, si el mal en definitiva no proviene de Dios ya que Él es infinitamente bueno y en su bondad no puede desearlo; ¿Qué respuesta da al mal? ¿Qué es el mal y de dónde proviene?; dirá que el mal es inexistente en un sentido ontológico, es decir que no posee una sustancia. Si decimos que posee sustancia habría dos alternativas imposibles debido a la naturaleza divina: el mal o procede de Dios, o existe con independencia a la voluntad de Dios.

Si el mal procede de Dios, luego, Dios es corruptible. Si el mal existe con independencia a la voluntad de Dios, entonces no es todopoderoso. Pero, ¿cómo se puede negar la existencia del mal si es muy evidente que lo padecemos en la cotidianidad? Lo que pasa en realidad es que el mal existe pero no en un sentido ontológico; sino en uno moral y uno físico.

Sucede que el mal físico nos resulta de esta manera porque hay cosas que creemos malas porque no convienen a otros, pero estas mismas si resultan favorables en otras situaciones; por lo cual no se puede decir que son enteramente malas.

Por otro lado, el mal moral es la desviación de la voluntad humana hacia las cosas inferiores. Esto se da porque Dios nos creó libres y con ellos tenemos la capacidad de elegir. El mal moral es una perversión de la voluntad humana.

En su obra La dimensión del alma menciona que el hombre también es bueno y que tiende al bien, ya que tanto su alma como su cuerpo fueron creados por Dios y ambos poseen una sustancia. El cuerpo del hombre es bueno, ya que Dios lo ha creado; el alma del hombre es buena porque Dios la creó, y además porque está hecha a imagen y semejanza de Dios.

Me parece semejante a Dios, porque si no me engaño, hablas del alma humana.

(Cuevas, 2017).

El alma es una sustancia dotada de razón que rige al cuerpo, y se hace mejor en tanto que se hace más virtuosa. Si el alma es virtuosa va creciendo (en un sentido metafórico, como Agustín explica), y por el contrario, si va recibiendo vicios entonces decrece más no perece pues es inmortal

Es por medio de la razón que podemos elegir entre vicios o virtudes; el vicio es aquello que nos conduce al pecado y a las cosas inferiores, y la virtud es la que nos hace mejores y nos acerca más a Dios. El hombre conoce a partir del alma, y la manera en que Dios nos permite llegar a Él es por medio de ella.

Esta concepción del mal puso en una situación bastante problemática al hombre de aquella época. En la concepción maniqueísta cuando el hombre obraba mal no era en absoluto su culpa, más bien significaba que dentro de la lucha entre el Bien y el Mal, en ese determinado momento el Mal había vencido. En otras palabras, no existía la culpa en el hombre.

Una concepción como la de San Agustín, hacía consciente al hombre de que cuando obraba mal era enteramente su culpa puesto que él había tomado la decisión de obrar así. Esto obviamente genera un cambio en la conducta del individuo, cambio del que nosotros también somos herederos. Tanto de lo que creen en un dios y están adheridos a una determinada religión, como los que no. Quizás hay momentos en los que actuamos y dañamos a alguien sin siquiera saberlo, pero también hay veces en las que actuamos de una determinada manera y sabemos en la totalidad que obramos mal, que hacemos daño a alguien o a nosotros mismos, incluso que va en contra de nuestros propios principios.

En el momento en el que el individuo toma consciencia de esto se modifica su conducta –sea por evitar un sentimiento de culpa o por cualquier otra razón- y dado que es un ser social es inevitable que con dicho cambio no se modifique a su vez el entorno del que se ve rodeado, es decir, la sociedad.

Debido a que Dios en su infinita grandeza es bondadoso,   todo   cuanto creó es también bueno, ya que en Él no existe maldad alguna. La maldad no posee una sustancia en sí; sin embargo,   podemos   decir que existe pero no en un sentido ontológico, sino moral. Existe como una corrupción de la voluntad de los hombres, como ausencia de Dios en los corazones de los hombres. Esto no quiere decir que los hombres sean malos; no pueden serlo, ya que también ellos fueron creados por Dios. Lo que sucede en cambio, es que los hombres gracias a que poseen razón y ésta da paso a la libertad, pueden elegir entre una virtud o un vicio. Si eligen la virtud entonces su alma crece y se acerca más a Dios. Si eligen ir por el camino del vicio y de las cosas inferiores entonces su alma irá decreciendo y se verá cada vez más lejos de Dios y de la verdad.

Bibliografía

Arias L. (2013). La Trinidad, San Agustín.

Cuevas, E. (2017). La dimensión del alma, San Agustín.  

Rodríguez, P. (2016). Las Confesiones, San Agustín. Alianza.

Chuaqui, T. (2005). La Ciudad de Dios, San Agustín.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Aranza Sánchez Romero (autora invitada):
Lic. en Filosofía (Universidad La Salle), maestrante en Psicoanálisis. Le gusta escribir y enseñar, imparte clases de Filosofía y participa activamente en distintos medios digitales para la difusión de la filosofía.

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