Filosofía de las redes sociales y sus posibles efectos en la sociedad del siglo XXI

El presente artículo pertenece a la Ponencia de la Mesa 2 de nuestro evento por el día de la filosofía llevado a cabo el 20 de noviembre de 2021. Puedes ver las 3 mesas en nuestro canal de YouTube.

Actualmente, nos encontramos en un mundo globalizado e hiperconectado en el cual quienes tienen acceso al internet se encuentran experimentando la transformación constante de las redes sociales y con ellas la manera en que nos relacionamos con los otros y nos informamos sobre el mundo, en fin, la forma en que nos comunicamos.

Comunicarse implica explicitarle al otro mediante un juego de lenguaje (Wittgesnstein, 1988) que ambos comprenden lo que se está pensando o sintiendo respecto de algo. Sin duda es una condición necesaria tanto para la convivencia en sociedad como para la supervivencia humana. Y las redes sociales han creado un mundo de posibilidades para “dialogar” con el otro a través de diversos juegos de lenguaje. Este cambio sin duda nos afecta de sobremanera porque, como dice Gadamer, “estamos tan íntimamente insertos en el lenguaje como en el mundo” (Gadamer, 1988).

Ahora bien, para poder continuar con mi exposición, me gustaría aclarar a que me refiero y que cosas englobo cuando digo “redes sociales”. Principalmente tomo a “Boyd y Ellison (2007), quienes definen una red social como un servicio que permite a los individuos construir un perfil público o semipúblico dentro de un sistema delimitado,  articular una lista de otros usuarios con los que comparten una conexión, y recorrer su lista de las conexiones y de las realizadas por otros dentro del sistema(…)” (Flores, Morán y Rodríguez, 2009), así las redes sociales, que podemos caracterizar de forma generalizada como efímeras y a veces hasta superficiales, implican un espacio dentro del internet donde los seres humanos interactúan y se expresan de diferentes maneras y en distintas plataformas. De hecho hay una gran variedad de redes sociales e incluso “pueden ser clasificadas: según su público objetivo y temática, según el sujeto principal de la relación, según su localización geográfica y su plataforma” (Burgueño, 2009).

Nosotros con el fin de analizar las consecuencias y efectos de las redes sociales en el mundo actual nos centraremos solo en siete, las que actualmente son más relevantes en su ámbito particular: Twitter, Instagram, YouTube, TikTok, WhatsApp, Facebook y LindedIn. Las tres primeras tienen un rango de edad bastante amplio, la cuarta es usada más que nada por adolescentes, la quinta es usada prácticamente por cualquiera, y las últimas dos mayormente por personas ya adultas.

El uso que pueden dársele a las redes sociales es verdaderamente amplio, ya que además permitirnos comunicarnos y generar vínculos, también pueden servirnos como un ámbito para lo laboral, comercial o publicidad, como un espacio para la libertad de expresión o para aprender y enseñar, incluso para hacer política, activismo o divulgación, mismo para entretenerse, informarse o difundir información5. Y es que, con esta diversidad de usos, muchos de los cuales pueden ser vitales y realmente útiles para el día a día, se puede observar que las redes sociales traen con ellas una nueva forma, no solo de relacionarse con el otro, sino de construirse a uno mismo en un entorno virtual y situarse en lo colectivo (Prete y Redon, 2020).

Consecuencias y
efectos de las redes sociales

Viendo la manera en que utilizamos y consumimos las redes sociales en nuestra cotidianeidad, creo prudente analizar y tener en cuenta las consecuencias que se derivan de ello y sus posibles efectos en la sociedad y vida diaria de las personas.

Para señalar cualquier efecto o consecuencia, debo hablar de la “identidad digital”, es decir el perfil virtual público o privado creado ya sea desde el anonimato o no. Con este perfil seremos usuarios y podremos acceder a lo que las distintas redes nos ofrecen.

Diversidad,
libertad de expresión y
educación

Entre las posibilidades que nos ofrecen, me gustaría destacar primero aquellas que implican efectos positivos tanto individual como colectivamente. Una de ellas es el permitirnos tener un espacio para hacer uso de nuestra libertad de expresión, internet se volvió uno de los lugares predilectos a nivel mundial para que las personas expresen sus opiniones y se descarguen emocionalmente. Y lo más provechoso de poder expresarnos con tranquilidad en las redes sociales es que, además del diálogo e intercambio mutuo de argumentos que se puede formar con ello, nos permite leer y escuchar una gran variedad de ideas y pensamientos, mirar a la diversidad de personas y culturas en su máximo esplendor.

Sin embargo, sería una mentira decir que en todas las publicaciones donde se da el diálogo, se da siempre de una forma respetuosa y amable donde las partes están siendo autocríticas buscando enriquecerse para llegar a un mutuo acuerdo. En realidad, dependiendo del tipo de publicación, los usuarios participantes y la red social donde se esté dando, varias veces ese “debate” se transforma es una disputa por ver quién tiene la razón o “verdad absoluta”. Incluso puede suceder que las personas involucradas terminen por bloquearse o quizá cancelarse (hondaré en ello en un apartado más adelante).

Otra de las consecuencias que probablemente pueda llegar a tener efectos positivos a largo plazo es el uso educativo de las redes sociales. Se quiera o no, internet tiene una gran capacidad de almacenamiento y distribución de información, y con ello no faltan usuarios, redes específicas y páginas enteras que se dediquen a subir contenido educativo o divulgativo, incluso muchos de los conocimientos del sentido común que los niños y adolescentes aprenden hoy en día son sacados de allí, ya sea para hacer tareas, o porque lo buscaron por curiosidad o simplemente se lo toparon en sitios como YouTube, Twitter, Instagram o TikTok.

Y es que las redes actualmente se encuentran tan presentes en nuestras vidas que provocaron un “crecimiento exponencial en los entornos de formación, donde los centros las incorporan, no solo para tareas administrativas y de información a las familias, sino también los docentes como herramientas e instrumentos, para transmitir información y crear entornos de trabajo colaborativo.” (Marín-Díaz y Cabero-Almenara, 2019). También está demás decir que las redes “van dibujando no solo un nuevo perfil en la forma de entender la práctica educativa, sino también en las relaciones que se establecen entre los estudiantes y de estos con sus profesores” (Marín-Díaz y Cabero-Almenara, 2019).

Pero como todo, el posible uso educativo de las redes sociales también lleva consigo sus propias problemáticas, desde tener que analizar y debatir las mejores metodologías para su uso correcto, hasta la posibilidad exponer a los estudiantes ante la sobreinformación sin haberles enseñado previamente a cuestionarla y filtrarla. Sin embargo, considero que el utilizar las redes, e internet en general, para la enseñanza, siempre y cuando se hagan a la par con mejoras tecnológicas y pedagógicas, puede llegar a tener buenos resultados y facilitar el proceso de aprendizaje tanto para los estudiantes como para los profesores.

Sobreinformación y Fake News

Si bien estuvimos teniendo en consideración a los usos reconfortantes y positivos de las redes sociales, no debemos hacer caso omiso a las problemáticas. Una de las consecuencias más visibles que se pueden observar es la de la “sobreinformación”. Como ya comentamos anteriormente, Internet es una gran fuente de información y las redes sociales tiene el efecto de bombardearnos con ella, algo que produce en nosotros, por un lado una saturación o frustración ante tal cantidad que llega y se va con rapidez, como una ansiedad y una adicción provenientes de habernos acostumbrado a ello.

La sobreinformación nos lleva a un estado de “Infoxicación”, esto es la “intoxicación intelectual producida por un exceso de información, que, paradójicamente, no ayuda sino distorsiona” (Caldevilla, 2013, p.34). Por lo que esta sobreinformación trae consigo varios efectos negativos y todos estarán relativamente relacionados con la desinformación proveniente de lo que llamaremos “Fake News”.

Las fake news son aquellas noticias falsas que se propagan por el internet y su mayor fuente de distribución masiva son precisamente las redes sociales. Ante el acostumbramiento de la rapidez e inmediatez que conlleva el uso de una red social (sobre todo en Twitter, Facebook e Instagram), los usuarios tienden a adoptar una postura pasiva acerca de cualquier post que hable sobre una determinada “noticia” o difunda una determinada temática actual. Esta actitud provocada por el exceso de información y la inmediatez de los medios virtuales “no les permiten a las personas evaluar críticamente la información que se publica porque no hay un periodo de tiempo necesario para la reflexión o revisión de las fuentes” (Estrada-Cuzcano, Alfaro-Mendives y Saavedra-Vázquez, 2020), en resumidas no les permite reposar para procesar los contenidos ni tampoco chequear la verosimilitud de los mismos.

Entonces, ante la sobreinformación los usuarios suelen toparse con fake news, las cuales los exponen a una “desinformación”, esto es “información intencionalmente engañosa o al menos confusa, información que probablemente fomenta falsas creencias, genera daño y es peligrosa; va en contra de la calidad de la información” (Estrada-Cuzcano et al., 2020). Frente a esta exposición las personas tienden a no cuestionarse la información encontrada por lo que tampoco investigan sus fuentes y autores, ni se fijan en otro portal de noticias ni buscan el posible material de origen, sino que simplemente la mayoría suele reproducir la fake news en sus redes, fomentando así su distribución.

También es interesante notar en relación a los conceptos que estuvimos viendo hasta ahora, el surgimiento de la llamada “posverdad”, que al parecer estaría siendo utilizada y difundida mayormente por los usuarios de las redes sociales. La posverdad es, según la RAE, una distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. En otras palabras, es información que, en vez de basarse en hechos objetivos como tal, decide apelar a un discurso emotivo que prime los sentimientos y las creencias de los usuarios.

Donde más se puede observar, aunque no de forma exclusiva, el fenómeno de las fake news y las posverdades es en Twitter, red social que a pesar de tener pocos caracteres es usada por las personas principalmente como sitio de descarga emocional o de opinión, no siempre del mejor modo. Pero es allí donde vemos que los internautas prefieren quedarse con aquellos discursos que le son convenientes y conformes a sus propias ideologías. De hecho, según Toribio Pineda Camargo (2020), las redes sociales en general se han convertido en un entorno digital en que las personas encuentran solo creencias u opiniones que coinciden con las suyas, de modo que sus puntos de vistas se refuerzan con sus similares y no se consideran opiniones alternativas; mucho menos conocimiento (Pineda, 2020).

Con lo anterior mencionado incluso según Caldevilla Domínguez, D (2013), podría decirse que “la consolidación de Twitter como agente global de las relaciones humanas, con una potentísima influencia en el ámbito económico, político o cultural, ha provocado la amplificación de los riesgos de “Sobreinformación” e “Infoxicación” de manera exponencial, como si de una epidemia vírica se tratara.”

Cultura de la cancelación

En relación con Twitter (también estarán involucradas otras redes como YouTube e Instagram), se presenta además otro fenómeno muy interesante, la “cultura de la cancelación” que, si bien se hizo bastante popular en este siglo, realmente siempre hemos convivido de algún modo con ella.

La “cancelación” es una práctica que se realiza de forma masiva y sistemática que consiste en retirar el apoyo moral, financiero, digital y social, atacando o simplemente descalificando, a fenómenos, figuras o entidades públicas después de que hayan hecho o dicho algo considerado como objetable, inadecuado u ofensivo (Cuello y Disalvo, 2021).

Por lo que la cultura de la cancelación implica intentar hacer desaparecer o invalidar a una persona, una entidad o una cosa o incluso una idea, para lograr con ello que algo sea rechazado, degradado y evitado masivamente, siempre en base a que ese algo o alguien este incumpliendo con determinados valores o con lo considerado como “políticamente correcto”.

¿Qué consecuencias puede traer un fenómeno cultural como la cancelación? Por un lado, pone sobre la mesa cuestiones acerca de lo moralmente correcto, lo que implica una serie de valores éticos y buenas intenciones, y es ahí donde “se puede observar positivamente que hay un proceso cada vez más agudo de socialización de herramientas críticas para desmantelar formas de desigualdad incrustadas en los lazos sociales” (Cuello y Disalvo, 2021). Por lo que hay un paso importante en la lucha en contra de las injusticias, la intolerancia, los discursos de odio y la discriminación, mismo de poner en cuestionamientos actitudes o costumbres que antes veíamos normalizadas y hoy quizá sean objetables.

Sin embargo, también hay un “lado más oscuro en el silenciar a un individuo y con ello invalidar el prisma de opiniones, debates y razonamientos, y también, en tergiversar la historia universal. La teoría de la comunicación indica que todo acto de cancelación que se ejerce desde el poder político y comunicacional se asocia a estos factores: censura, omisión informativa, desinformación, falsos contenidos, mentira, deshonestidad, autocensura, flaqueza deontológica.” (Burgos y Hernández, 2021).

Y desde este punto de vista, este fenómeno cultural se vuelve arbitrario, todo es cancelable si no pertenece a tus parámetros morales, y si es cancelable debe ser censurado o denigrado. Y de hecho algo que puede observarse claramente en las medios digitales es que, el cancelado o lo que es cancelado, es presentado como “culpable”, incluso sin haberse verificado aún aquello sobre lo que se le acusa.

Así es como el movimiento de la cancelación, que se presentaba como una especie de justicia social por mano propia, termina siendo injusta, no solo porque en muchos casos se omite la objetividad y se termina por hacer una censura a la libertad de expresión, lo que implica a su vez reducir la diversidad, sino también porque la mayoría de las veces no se respeta el derecho a la presunción de inocencia.

Además, quienes participan en aquella presión social de cancelar, la mayoría de las veces lo hacen por inercia les basta con saber que están siendo políticamente correctos, y que otros lo avalan por ello. De hecho, en el estudio de Burgos y Hernández Díaz (2021), definen peyorativamente al “cancelador” como aquel que “lo hace motivado por emociones y no por la razón. Gobernado por la venganza y no por evidencias. Se escuda detrás de la democracia, de la libertad de expresión, finge ser un sujeto moral, habla de justicia y de Estado de derecho, retórica para cautivar a adeptos. Influencia y tendencia. Globaliza contenidos injuriosos. Lesiona reputaciones. Le quita el brillo a la pluralidad de las ideas y con ello a la diversidad cultural.”

Si bien creo que esa definición es quizás un poco exagerada en cierto sentido, eso no le quita mérito en exponer de ejemplo a muchos de los canceladores que uno se puede encontrar en las redes sociales. En conclusión, podemos decir que si bien la idea principal de la cultura de la cancelación de buscar hacer justicia y deconstruir conceptos de lo ya conocido, es bastante luminosa, la sistematización de este movimiento masivo como algo que busca vigilar, censurar y castigar lo que no está conforme con sus esquemas morales, puede tender a ideas peligrosas que atente con derechos humanos fundamentales, como lo son la presunción de inocencia y la libertad de pensamiento y expresión.

El aporte de la Filosofía

A estas alturas probablemente se estén preguntando que se supone que puede hacer la filosofía ante los efectos negativos que conllevan un uso determinado de las redes sociales. Y ante ello les respondo que lo que mejor puede hacer la filosofía es difundirse, hacerse patente con sus principios más característicos que considero engloban al espíritu filosófico.

El primer principio que propongo sería el “Pensamiento Crítico y Autocrítico”, con el uso de un criterio propio para cuestionarse y poner en duda lo que leo y escucho, se podría solventar las problemáticas de la sobreinformación, la educación y la desinformación, porque lo que implica este principio es hacer uso de un tipo de razonamiento basado en una mirada crítica y de investigación de lo que nos topamos en las redes sociales. Y mismo el caso de los debates, nos permite examinarnos a nosotros mismos, nuestras creencias y opiniones, haciendo una autocrítica que nos deje, al momento de dialogar, considerar nuevas y diversas ideas.

El segundo principio que la filosofía puede aportar es el del “Debate argumentativo y la Comunicación respetuosa”, el cual implica precisamente tomar una actitud objetiva y respetuosa al momento de entrar en un debate en internet, donde si bien se trate de opiniones, se puedan usar argumentos y también se escuche verdaderamente a todas las partes y a sus ideas.

 En la filosofía el diálogo con los otros ha sido fundamental, ya Hanna Arendt lo decía “Una filosofía de la humanidad se distingue de una filosofía del individuo por su insistencia en el hecho de que no es un individuo hablándose a sí mismo en diálogo solitario, sino los seres humanos hablándose y comunicándose entre sí, los que habitan la tierra”. Es en la conversación e intercambio mutuos donde la filosofía puede florecer aún más, y a la dinámica de las redes sociales le sería muy útil aplicar aquel principio, para conseguir con ello una comunicación más efectiva y humana en la virtualidad.

El “Respeto a la Diversidad”, es otro principio base importante porque una de las cosas que caracteriza a la filosofía es el hecho de que posee subjetivas y variadas formas de interpretar las cosas. Esa coexistencia de diversas posturas y corrientes filosóficas, que a veces incluso son contradictorias, permite una visión más amplia de las posibilidades. Esa visión en las redes sociales muchas veces es invalidada o simplemente omitida, pero la filosofía ya ha demostrado que comprender las diferencias es la mejor forma de encontrar nuevas preguntas y respuestas, y además “Solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo” (Aristóteles). No importa si no se está de acuerdo con las ideas de alguien, sino la capacidad que se tiene de entender al otro y su diversidad, e intentar con este otro conseguir o una nueva idea o una conclusión en conjunto.

Por último, el principio del que más se habla pero se malinterpreta, y que junto al anterior nombrado puede ser útil para solucionar los problemas que conlleva la cultura de la cancelación por ejemplo, es el de la “Libertad de Pensamiento y Expresión”. Una de mis frases favoritas acerca de este principio es de Evelyn Beatrice Hall, una escritora que buscaba representar el pensamiento del filósofo Voltaire, y que nos dice que podemos no estar de acuerdo con lo que dicen los otros, pero hay que defender su derecho a decirlo (Hall, 1906), ya que como mencione anteriormente, en la filosofía el respeto hacia el otro es una base fundamental para el crecimiento creativo y recreativo de la misma, los filósofos y filósofas con sus distintas posturas coexisten, ellos pueden tener puntos de vista muy diferentes, opuestos, o incluso refutarse entre sí sus teorías, pero nunca se las censura, la libertad es necesaria y fundamental para los análisis, los debates y las reflexiones sobre del mundo, incluyendo a las que se hacen en internet.

Estos principios nombrados son solo algunas de las bases que más rescato del espíritu filosófico, uno con el que se puede hacer un uso de las redes sociales mucho más consciente y crítico, incluso menos tóxico, más provechoso para aprender, informarse y expresarse, porque con una mirada filosófica podemos evitar o al menos a enfrentar las consecuencias negativas de las que estuvimos hablando.

En conclusión, considero que la filosofía como una forma de pensar basada en la duda, el razonamiento crítico, la libertad de pensamiento y expresión, la búsqueda de conocimiento y el respeto a la diversidad, nos puede llevar a un mejor manejo de las redes sociales y a una mejor manera para relacionarnos e informamos con ellas.

Mira la ponencia:

Bibliografía

Burgos, E., y Hernández, G. (2021). La cultura de la cancelación: ¿autoritarismo de las comunidades de usuario? Comunicación – Centro Gumilla, (193), pp.143–155. https://comunicacion.gumilla.org/wp-content/uploads/2021/04/COM_2021_193.pdf

Burgueño, P. F. (2 de marzo de 2009). Tipos y Clasificación de Redes Sociales | Pablo F. Burgueño | Abogado y profesor especializado en blockchain, ciberseguridad, eGames y marketing online. https://www.pablofb.com/2009/03/clasificacion-de-redes-sociales/

Caldevilla, D. (2013). Efectos actuales de la “Sobreinformación” y la “Infoxicación” a través de la experiencia de las bitácoras y del proyecto I+D avanza ‘Radiofriends’. Revista de Comunicación de la SEECI, 0 (30), p.34. https://doi.org/10.15198/seeci.2013.30.34-56

Cuello, N., y Disalvo, L. (20 de septiembre de 2021). El virus de la cancelación. Revista Anfibia. https://www.revistaanfibia.com/virus-la-cancelacion/

Estrada-Cuzcano, A., Alfaro-Mendives, K., y Saavedra-Vásquez, V. (2020). Disinformation y Misinformation, Posverdad y Fake News: precisiones conceptuales, diferencias, similitudes y yuxtaposiciones. Información, cultura y sociedad, (42), pp.93-106. https://doi.org/10.34096/ics.i42.7427

Flores, J. J., Morán, J. J., y Rodríguez, J. J. (2009). Las redes sociales. Boletín electrónico de la Unidad de Virtualización Académica – UVA Universidad de San Martín de Porres – USMP. http://files.andresalvarez.webnode.es/200000092-d07c9d2704/redes_sociales.pdf

Gadamer, H. (1988) Verdad y método II, “Hombre y lenguaje”. Salamanca, Sígueme.

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Prete, D. A. y Redon, S. (2020). Las redes sociales on-line: Espacios de socialización y definición de identidad. Scielo. https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?pid=S0718-69242020000100086&script=sci_arttext&tlng=e

Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones filosóficas, UNAM.

Artículo de:

Belén Romero (autora invitada):

Estudiante de Filosofía en la UBA y creadora de contenido de divulgación, arte y escritura en redes sociales.

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Imagen | Pixabay

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