Dicen que es mejor una verdad que duela a una mentira que ilusione, pero a veces parece que es muy difícil llevarlo a la praxis. Bien sea porque decir una mentira piadosa –como se les conoce– es mejor que lastimar a alguien o, como ocurre en las fechas decembrinas, porque toda la sociedad –o una gran parte– decide el ser cómplice de una fantasía

En dos mil catorce salió una aplicación para teléfonos móviles que me hizo pensar: la App en cuestión se llamaba SantApp y tenía la virtud de que por medio de algunas configuraciones personalizables, te permitía crear una experiencia completa para hacer creer, a un niño o hasta tres, que detrás de la puerta se encontraban Santa o los Reyes Magos dejando sus regalos. En 2021, con otras aplicaciones incluso puedes hacer videollamadas con estos personajes o recibir mensajes personalizados.

Recuerdo que cuando probé dicho programa (apagué luces y puse el móvil a modo para vivir la función) hubo algo que, sin duda, desencadenó esta reflexión: la reacción, tan diferente, de una amiga y la mía.

Ella (creyente) comentó que era una linda manera de mantener viva la creencia en Santa Claus y que, en resumen, la idea era fenomenal. Por su parte, a mí aunque me gustó dije que de haberlo podido escoger, optaría por de niño haber sabido de antemano que los que llevaban los regalos al pino eran mis papás.

No soy una especie de Grinch, pero creo que formar y crear ilusiones –fantasías– no es algo bueno, sino todo lo contrario; como alguien que intenta analizar las religiones de una manera objetiva, creo que la fe (en cualquier credo, pero sobre todo en la vertiente cristiana) de la mayoría de las personas no tiende nunca a madurar (a una experiencia-conocimiento teológico-práctico), puesto que desde los inicios de la formación doctrinal, cuando se es niño o niña, se educa por medio de las alegorías bíblicas, como la de Creación o el Arca de Noé.

Pedagógicamente hablando se dice que usar metáforas para explicar a una deidad y a su respectivo poder o actuar es la manera más fácil de acercarse a ella –por esa tendencia “natural” del ser humano a antropomorfizar todo– pero, siendo crudos, cuando uno se topa con la realidad -de que no existe Santa o que Adán y Eva son un elemento literario, sin más- muchos suelen entrar en una especie de shock de credo.

Las ilusiones se mantienen del aire y aunque la justificación menciona que es sano que los niños esperen mágicamente algo, desde mi humilde opinión, es un poco contraproducente sobre todo cuando se aplica dicha ilusión a los mitos del Antiguo Testamento bíblico.

Si se ha visto a lo largo de los años que decirle a los niños que Santa no es real no causa en ellos un complejo digno de ser tratable por un psicoanalista, quizá decir que Job es un personaje creado para expresar la confianza a la divinidad ante las adversidades no cause más que un “ahh” si se dice a una edad temprana, evitando así muchos problemas futuros.

Volviendo a la Navidad; SantApp no es más que una readaptación o modernización de la ilusión de que alguien mágico trae obsequios. En la página web del desarrollador se emplea como slogan: dicen que la tecnología está robando la inocencia a los niños. Esta vez contribuirá a devolvérsela.

Leerlo me genera espanto. Suena a timo, a que se burlan de los pequeños.

La inocencia… un buen sinónimo a esa frase es ingenuidad y esa palabra (ingenuidad) suele calar mucho y es porque de verdad vivir en un cuento de hadas no es sano, ni bueno. Y mantenerlo tampoco. Si viviéramos en una sociedad que luchara por cada vez más alejarse de la fantasía para poner los ojos y pies en la Tierra el mundo sería muy diferente: enfocarnos en lo que puede ser o nos gustaría que fuera (con utopía) hace que las personas o añoren el pasado o persigan el futuro, pero que no vivan en el ahora.

Es curioso que aunque cada vez se hace menos rentable la religión –como institución– y pese a que las creencias se vuelven cada vez más tenues, la necesidad natural del ser humano de creer en Algo (ya sea trascendente o intrascendente; divino o mundano) conduce a los adultos a intentar refinar dicho instinto en los más pequeños ya sea con el Ratón de los dientes, Santa Claus o con Caín y Abel.

Nos negamos, en pleno siglo veintiuno, a aceptar al mundo tal cruel es: crudo aunque con el poder en nuestras manos para disfrutar de cada momento al máximo; hacerlo, dentro de la realidad, podría permitirnos vivirlo y disfrutarlo plenamente sin tanta crisis existenciales.

Publicado originalmente el 23 de diciembre de 2014 en el bLog de miguE. Ha sido re-escrito para enmendar errores gramaticales y temporales. 

Imagen | Unsplash

#filosofía en la red, #navidad, #reflexiones, #santa claus

por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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