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Cuando María Zambrano postuló su razón poética en los años 70 del siglo XX, es posible que solo recogiera un sentimiento ya compartido por muchas personas respecto a las limitaciones de la filosofía. Por ello, quiso impulsar el uso de otros lenguajes para la explicación del mundo y, sobre todo, para la formulación de preguntas. Hay cuestiones que no pueden surgir del discurso epistemológico ni del metafísico; ni siquiera del ámbito moral. Hay problemas y dudas que proceden de nuestra trascendentalidad. En una Modernidad agnóstica y laica, definitivamente triunfante sobre la muerte de Dios, ¿dónde colocamos esa trascendentalidad?

La poesía puede ser un lugar adecuado, y muchas veces está imbricada en viejas disputas filosóficas ante las cuales ofrece soluciones «poéticas», que no se corresponden con la racionalidad práctica ni con la discursiva. A este respecto, me gustaría hacer una breve presentación de la poeta estadounidense Mary Oliver (1936-2019), en quien podemos encontrar una poderosa llamada a los temas de la filosofía presocrática y también del periodo helenístico. Estas referencias no son conscientes o premeditadas por parte de la autora, pero es inevitable encontrarlas y reconocer en sus palabras una forma contemporánea de volver a las mismas preguntas.

Sus poemas ofrecen una concepción verdaderamente precristiana del cosmos, en la que este se ve inscrito en una temporalidad circular, inmutable, de eterno retorno, tal y como lo concebían los griegos. Es quizás esa certeza con la que sus versos niegan la linealidad temporal y finalista judeocristiana la que nos ha hecho sentirnos acogidos a muchos durante estos tiempos inciertos y surrealistas que nos ha tocado vivir, ya que a todos nos resulta necesario a veces dotar a la realidad de un orden y un sentido explicativos. Sin promesas de un Después/Más Allá mejor, la belleza debemos encontrarla aquí y ahora, y seguirá estando después de nosotros, puesto que el mundo no se acaba nunca. Este es un mensaje poderoso que se desarrolla de diferentes maneras a lo largo de su obra.

Para empezar, la principal creencia fuertemente arraigada en la obra de Mary Oliver nos remite inmediatamente a la Física estoica (indisolublemente unida a su ética). Es la idea de un orden superior e inteligente, que gobierna el mundo y dota a cada uno de sus seres de un lugar y una finalidad (el Logos).

Quizás sea su poema más famoso (y más bello), «Gansos salvajes», el más claro representante del estoicismo de la autora:

GANSOS SALVAJES

No tienes que ser buena.

No tienes que recorrer el desierto de rodillas, arrepintiéndote.

Solo deja que el suave animal de tu cuerpo ame lo que ama.

Háblame del dolor, del tuyo, yo te hablaré del mío.

Mientras tanto, el mundo sigue.

Mientras tanto, el sol y las claras piedritas de la lluvia
recorren los paisajes, caen
sobre los prados y los árboles frondosos, las montañas y los ríos.

Mientras tanto, los gansos salvajes, allá arriba, en el cielo azul y limpio,
emprenden rumbo de vuelta a casa.

Seas quien seas, por más sola que te sientas,
el mundo está ahí para tu imaginación, llamándote,
como los gansos salvajes, rudamente, emocionante:
anunciando una y otra vez
tu lugar entre todo lo que existe.

Traducción de Michelle Renyé

El estoicismo, que se concibe hoy en día como una imperturbabilidad de ánimo fundada en nada (y, por lo tanto, sin sentido), explicaba, en realidad, que todo tiene un lugar y un tiempo, que somos parte de un proyecto mucho más grande y que cada acontecimiento y cada ser juegan un papel preciso e insustituible. La aceptación de todo ello nos conduce a la felicidad. Por ello, dice Oliver:

Para vivir en este mundo

debes poder hacer

tres cosas:

amar lo mortal,

sujetarlo

a tus huesos sabiendo

que te va la vida en ello

y cuando llegue el momento de dejarlo ir

dejarlo ir.

Oliver también defiende un sorprendente hilozoísmo: todo vive, siente y tiene inteligencia. Es un rasgo netamente presocrático, que podemos rastrear en Tales de Mileto, Anaxágoras y muchos otros.

Regando las piedras

Cada verano recojo unas pocas piedras

de la playa y las meto en un jarrón de cristal.

De vez en cuando les echo agua,

y ellas beben. No hay ninguna duda

acerca de esto; pongo papel de aluminio sobre la jarra, muy apretado,

y aun así el agua desaparece. Esto no quiere decir

que hayamos tenido una conversación, o que

posean la misma clase de sentimientos que yo, pero

debe de significar algo. Sean lo que sean

las piedras, no están en el agua simplemente

sin hacer nada.

Algunos amigos se niegan a creerlo,

aunque lo han visto. Pero

a otros los he visto caminar

por la playa sujetando unas pocas piedras,

y las miran más de cerca ahora.

De vez en cuando, lo juro, incluso he podido oír

a uno o dos de ellos diciendo “Hola”.

Lo cual, creo, no hace daño a nadie,

¿verdad?

Traducción de Laura Zorrilla

Un tercer tema importantísimo en la obra de Mary Oliver es la celebración del asombro. Aquí es fácil pensar de nuevo en Tales («Todo está lleno de dioses»), pero, en general, en la misma esencia de la filosofía, que nació como una actitud de asombro ante la naturaleza y un intento de dotarla de una explicación racional. Sin embargo, Oliver no quiere explicar la naturaleza (de hecho, renuncia a entenderla), sino que propone algo mucho más radical y trascendente: simplemente, amar la maravilla.

«El cisne»

¿Lo has visto tú también, flotando, toda la noche en el río oscuro?

¿Lo has visto por la mañana, elevándose en el aire plateado ─

una brazada de blancos capullos,

una perfecta conmoción de seda y ropa blanca al apoyarse

en la esclavitud de sus alas, un banco de nieve, un banco de lirios,

mordiendo el aire con su pico negro?

¿Lo has escuchado, con sonido de flautas silbando

una estridente música oscura ─como lluvia que apedrea los árboles─ como una catarata

que apuñala los negros alféizares?

Y, por último, ¿lo viste justo debajo de las nubes ─

una cruz blanca fluyendo a través del cielo, sus patas

como hojas negras, sus alas como la extendida luz de un río?

¿Y sentiste en tu corazón cómo pertenecía a todo?

¿Y has también adivinado finalmente para qué sirve la belleza?

¿Y has cambiado tu vida?

Traducción de Hilario Barrero

Realmente convivimos con misterios demasiado maravillosos

para ser entendidos.

Cómo la hierba puede nutrir

las bocas de los corderos.

Cómo los ríos y las piedras siempre son

leales a la gravedad

mientras que nosotros soñamos con elevarnos.

Cómo dos manos se tocan y ese lazo

nunca se rompe.

Cómo las personas llegan, desde el placer o desde las

cicatrices del daño,

hasta el consuelo de un poema.

Deja que me aleje, siempre, de quienes

creen que tienen las respuestas.

Dame siempre la compañía de quienes dicen

“¡Mira!”, y se ríen con asombro,

e inclinan la cabeza.

Traducción de Laura Zorrilla

Esta renuncia a entender o explicar la naturaleza puede entenderse como antifilosofía. Pero también puede verse como un complemento, a través del cual podemos expresar sinceramente nuestra trascendentalidad y nuestra identidad. Al fin y al cabo, decía Zambarano, necesitamos esperanza, y esta raras veces se encuentra en la filosofía.

Mary Oliver fue una poeta, y en su ejercicio práctico (llamado literatura) es posible atisbar la vivencia de corrientes filosóficas, que dejan de ser meras teorías para convertirse en verdad sentida, pensamiento vivido.

Notas

[1] Poema de Mary Oliver traducido por Michelle Renyé: https://www.mujerpalabra.net/conoce_a/pages/mary_oliver.htm

Bibliografía

Fraile, G. (1956). Historia de la filosofía. Grecia y Roma. Madrid: BAC.

Oliver, M. (2017). Devotions: The Selected Poems of Mary Oliver. New York: Penguin Press.

Zambrano, M. (2001). Filosofía y poesía. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Laura Zorrilla (autora invitada):
Licenciada en Filología Románica y estudiante de Filosofía (UNED). Ha sido editora y correctora de textos durante muchos años. Trabaja para el Instituto Cervantes en la ciudad de Mánchester (Reino Unido).

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por autores invitados

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