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Cierta noche, antes de irme a dormir, leía fragmentos de una ponencia de Adelaida Nieto. Mientras recorría sus palabras, se me venían muchas imágenes y situaciones a la mente. Después de todo, es común que, al leer, casi automáticamente relacionamos cada idea con algún otro pensamiento. Yo pensaba en la familia, en la educación, en la sociedad, en el mundo, en espiritualidad; en la violencia y en la guerra, y en la espera(nza) o búsqueda de la paz. De antemano con este escrito, me gustaría que ustedes también se asomen a la ventana de lo que yo leía aquella noche, así que les comparto un fragmento del texto de Adelaida (2003):

El hábito lector, para que se produzca el acto profundo de la lectura, debe transformarse en arte lector.  El arte lector  se produce no sólo leyendo textos escritos, sino leyendo el mundo que habitamos con su puntuación y su gramática, con sus matices plurales y diversos que conforman una unidad llamada: vida. Necesitamos disfrutar de las diferentes lecturas, necesitamos habitar una sociedad en la cual el arte lector acompañe siempre al hábito lector, porque el arte incluye la observación del entorno y la transformación del mismo con recursos de la imaginación, mientras el hábito sólo implica la repetición de actos iguales o semejantes

Como dardo que da en el banco, la siguiente idea se quedó dando vueltas en mi mente: leer “el mundo que habitamos con su puntuación y su gramática”.

Las guerras son textos del mundo cuyas gramáticas y puntuaciones, comúnmente, desconocemos. Esto debería ser algo menos común o general, pues tal desconocimiento puede llevarnos a su interpretación empobrecida, corriendo el riesgo de caer en los juicios mal fundamentados o, peor aún, en la indiferencia ante las consecuencias de los conflictos.

“De lejos ni se siente” 

Si solo leerlo en internet se convierte en un reto a la paciencia y la tolerancia, vivirlo, testimoniarlo, encararlo, será una experiencia insufrible. Interminables son las web dedicadas a la guerra: política, religiosa, ideológica, contra el narco, contra los buenos, contra los malos. Cada una aporta detalles diferentes; unas dicen más que otras; unas revelan un dato y otras lo esconden; unas mienten y otras anuncian la verdad. Encontramos miles de imágenes con los escenarios de la guerra, con los rostros de los combatientes y con las caras de quienes la sufren. Imágenes del sinsentido, fotografías de la desgracia.

Esa es la gramática que nos cuesta entender. Es la gramática que se rebela ante cualquier simplificación. Porque una bala no es lo mismo que una bomba, que un misil. No se leen igual. No se escriben igual. Porque cuando estalla una granada es imposible encontrar al sujeto y conocer el objeto directo, pero el verbo es el mismo: morir. En la muerte no hay grados, no hay escalas, los números resultan fríos. La gramática de la guerra busca insertarse en la conciencia, quiere hacer campo en la memoria para doler. Busca la compasión: cum-passio, compartir el sufrimiento. Es una gramática violenta, que no da tregua a su lectura, que no se puede interpretar tal y como está escrita porque siempre hay algo más.

Y la puntuación de la guerra es una que se sufre por el hambre y por las heridas. Una puntuación sangrante que se riega en las banquetas y en las casas, y en las escuelas, y en los hospitales, y en las calles, y en las tiendas, y ahí y allá y más allá y donde nadie se lo espera ¡Bum! Les llega el punto final a los niños, a las mujeres, a los ancianos, a quienes quieren la guerra y a quienes no creen en ella. ¡Bum! Cae la bomba y con suerte la vida les da un punto y aparte, pero ahora sin la pierna o sin el brazo o sin la mitad del rostro.

¡Tra! Riegan con balas tu casa y… puntos suspensivos que se extienden infinitamente, los más largos y más desesperantes… el suspenso que se acabará hasta saber si la familia… el padre, la madre o los hermanos, están vivos aún… ¡Tra! El estruendo al que nadie se acostumbra porque siempre suena diferente, en otro lugar, más cerca o más lejos: a veces dentro de la persona, y es la peor explosión.

Nosotros también tenemos un secreto cuando

el sol cae de los álamos:

nos arrebata un deseo de llorar por alguien que ha muerto en vano.

Está muerto.

Mahmud Darwish

Es difícil ser un lector del mundo. Adelaida Nieto lo sabe y lo propone, porque es un reto para los lectores de textos. La situación de la sociedad y del mundo nos reclaman el esfuerzo para dejar el analfabetismo ante el mundo. Leer es exponerse, disponerse a la vulnerabilidad y dejar que el texto nos sobrecoja, nos remueva las entrañas, nos incomode y deje en nosotros la congoja, esos sentimientos que nos llevarán a la empatía con el texto de la vida.

La literatura con tema de guerra nos sacude para leer y entender la guerra más grande y cruel, también la más pequeña pero significante. Y si no comprendemos la gramática y la puntuación de la guerra, vayamos y leamos a todos aquellos que la escriben, que la narran y que la viven. Ellos sabrán guiarnos. Pero nosotros ¿sabremos dejarnos guiar?

Bibliografía

Nieto, A. (2003, octubre). Leer es hacer el amor con la vida. Nodo50. Recuperado 5 de octubre de 2021, de https://www.nodo50.org/otro-norte/leer%20es%20hacer%20el%20amor%20con%20la%20vida.htm

Mahmud Darwish, “Aldeanos sin malicia”. 2003 en Poesía Árabe

Imagen |  Pexels

Artículo de:

Luis Ángel Barrera Morán (autor invitado):
Lic. en Literaturas Hispánicas. Estudios de Filosofía en el Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Diplomatura en Prácticas Filosóficas y Consultoría Filosófica por el Centro Educativo para la Creación Autónoma en Prácticas Filosóficas (CECAPFI).

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por autores invitados

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