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En 1986, Susan Sontag publica un relato titulado «Así vivimos ahora» (Sontag, 2018). En él, una serie de personas hablan sobre un enfermo sin nombre que ha contraído una enfermedad que tampoco se llega a nombrar, nadie parece saber a ciencia cierta qué está pasando, las cosas se saben según tal o cual personaje: “dijo Úrsula…”, “según Ira…”. Todo se conoce por terceras personas, y los personajes viven acosados por un temor que todo lo invade: “bueno, en estos días todos andan preocupados por todos, dijo Betsy; al parecer así nos ha tocado vivir, así vivimos ahora.

El temor no es experimentado sólo por las cosas que no pueden nombrarse, sino porque difumina las fronteras entre las dos ciudadanías: el reino de los sanos y el reino de los enfermos, así, una de los personajes dice:

Mi ginecólogo dice que todos pueden contraer la enfermedad, todos los que tengan vida sexual, porque la sexualidad es una cadena que nos une a cada uno de nosotros con muchos otros a los que ni siquiera conocemos, y ahora la gran cadena de la vida se ha convertido también en una cadena de muerte.

Han pasado 35 años desde la publicación de «Así vivimos ahora», el conocimiento científico acerca del VIH se ha vuelto más robusto, sin duda, gracias al trabajo de miles personas alrededor del mundo que han volcado sus energías políticas en desmitificar el vivir con VIH. Sin embargo, lejos de los círculos interesados, y ya no digamos científicos, la mayoría de las personas siguen pensando que vivir con VIH, por ejemplo, es sinónimo de sida, o peor aún, que ser VIH+ es sinónimo de muerte. «Así vivimos ahora» pese a todos sus lugares comunes y las palabras huecas que acompañan en todo momento a sus personajes, es un claro ejemplo de cómo, a pesar de todo el avance en investigación y conocimientos científicos las personas se aferran a su lenguaje desgastado, a sus metáforas más arcaicas.

La función más cínica de las metáforas consiste en romper la conexión entre lenguaje y realidad, en permitir un abismo entre, por ejemplo, acontecimiento y fotografía. En el ámbito de las patologías corporales, las metáforas provienen, sobre todo, de dos campos: la religión y la política. En religión, las enfermedades fueron entendidas como producto de la cólera de los dioses, posteriormente, como castigos merecidos, para finalmente, filtrarse esa misma lógica en el lenguaje psicológico y explicar los padecimientos patológicos como afecciones mentales que se traducen en dolores corpóreos. Cabe señalar que el VIH, al ser un virus que se transmite frecuentemente por actividades sexuales, las metáforas religiosas se escabullen con mayor peso en todos los ámbitos, pues aun hoy día, se cree que las relaciones homosexuales son una desviación en la conducta natural del ser humano, por lo tanto, el vivir con VIH es sólo un castigo por las prácticas atípicas, desviadas y faltas de moral.

La política ha hecho un uso desmedido de metáforas patológicas para explicar fenómenos sociales complejos, por ejemplo, el uso del cuerpo sano como sinónimo de un Estado óptimo, o la imagen del cáncer para atacar a opositores políticos, movimientos de resistencia o migrantes, en otras palabras, el cáncer para la política siempre es el otro. Sin embargo, la forma más grave de metáfora ocurre cuando el lenguaje bélico se transporta al lenguaje médico. Es usual, sobre todo en estos tiempos, pensar a los organismos virales o bacterianos como intrusos indeseables, referirse al cuerpo como un campo de batalla, o hablar de medicamentos y vacunas como armas de ataque, sin mencionar la descripción que se hace de las médicas, enfermeras o cualquier especialista de la salud como héroes, guerreras o combatientes, acuñándoles indirectamente valores y tareas que sobrepasan sus posibilidades.

«Así vivimos ahora» se publicó en una época en donde era necesario llamar a las cosas por su nombre, a la fecha, parece que esa necesidad sigue en pie, pero, ¿cuál es el riesgo real de la metáfora?, ¿es tan peligroso y urgente desgastar, criticar y abandonar cualquier tipo de pensamiento metafórico? Ya en su «Poética», Aristóteles había definido la metáfora como un intercambio de nombres ajenos percibiendo y fundando cierta semejanza antes insospechada, las metáforas, según el filósofo, son la materia prima del entendimiento en casi todas sus facetas; lo enigmático resulta de la unión significativa de términos inconciliables. Para Aristóteles, así como para toda la tradición occidental, las grandes metáforas sólo pueden ser logradas por la fuerza creativa extraordinaria que poseen ciertas mentes artísticas. (1457b-1459a) El error en esta reflexión consiste en dejar de lado la base o fundamento de la metáfora: la empatía.

La empatía, entendida en sentido amplio, lejos de toda la psicología simplista, no sólo es la capacidad de poder entender al otro, la empatía es la predisposición para tratar de entender y explicar cualquier situación externa; la empatía logra sintetizar las facultades racionales y las sensibles. Así, si podemos imaginar, podemos entender1. Por lo tanto, las metáforas se fundan en el intento de dar cuenta de la mayor cantidad posible de realidad. No es gratuito que Nietzsche hubiera encontrado el fundamento de la verdad precisamente en el pensamiento metafórico (Nietzsche, 2012)2. Sin embargo, es indispensable distinguir al objeto, a la cosa de la metáfora, de la misma manera que se tiene que distinguir lo fotografiado de la fotografía, pues una metáfora, aunque fundamenta una idea original de verdad, no la justifica. La metáfora posee un sinfín de significados, y entre sus poderes más siniestros se cuenta el de disimular la maldad bajo otros nombres, encubre el dolor y la perversidad tratando de entender.

Hace miles de años, Confucio escribió que abusar de la metáfora lleva a la destrucción de la sociedad, porque la tiranía empieza con el lenguaje (Confucio, 2019). Es una advertencia que no ha perdido valor por mucho que se repita. Es señal de una liberación el reapropiarse de metáforas que tiempo atrás eran motivo de vergüenza y sinónimo de muerte, las personas celebran el ser una loca, un marica, un torcido, un sidoso. Por supuesto, el hacer de suyo el lenguaje no garantiza políticas públicas eficientes, no aleja a la muerte en cada paso que se da al que vive disidente, no obstante, el poner el jaque las metáforas que reinan en el imaginario del VIH y tantas otras experiencias, es una muestra de resistencia ante las groseras fantasías de la religión, la guerra, y la psicología new-age. Eliminar el artificio implica no aceptar las negligencias políticas, profundizar en el abordaje de nuestras angustias sentimentales, inventar maneras más dignas de hacerle cara a la muerte3.

Notas

[1] Un argumento similar está presente en Hannah Arendt, quien afirma que todo pensamiento político es representativo, es decir, a través de una “mentalidad amplia” es posible formar una opinión y un discurso considerando los puntos de vista más diversos. Ver Arendt, H. (2016). Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. (A. Poljak, Trad.) Barcelona: Austral.

[2] Afirma Nietzsche: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realizadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.”

[3] Este ensayo es una continuación o respuesta al texto “Más allá de la metáfora” aparecido en la Antología Seropositiva vol. 1 de Inspira Cambio A.C. ver en https://inspiracambio.org/orgullo-inspira/ensayo-mas-alla-de-la-metafora/

Bibliografía

Aristóteles. (2011). Poética. Madrid: Gredos.

Confusio. (2019). Analectas. Madrid: Edaf.

Nietzsche, F. (2012). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid: Tecnos.

Sontag, S. (2018). Declaración. Cuentos reunidos . Barcelona: Penguin Random House.

Artículo de:

Daniel Juliette (autor invitado):
Estudiante de filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ensayista interesado en temas de estética, arte y política.

Imagen | Freepik

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por autores invitados

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