El debate sobre la eutanasia se ha iniciado tantas veces, que de él bien podría decirse que es una cuestión que escapa a todo límite. Eutanasia, o la discusión infinita. Resulta curiosa la observación de cómo el ser humano navega -o se ahoga- en un mar de dudas, incluso cuando es su propia dignidad la que está en juego. Partiendo precisamente de esa dignidad, es arduo contemplar una respuesta diferente al sí cuando se pregunta por la eutanasia. En el presente artículo se desgranarán los motivos para defenderla a capa y espada.

Un breve viaje etimológico e histórico

Comprender y asumir la defensa de la eutanasia como un derecho innegable obliga a ceñirse, en primera instancia, a su significado etimológico. Procedente del latín y el griego eu y thanatos, bueno y muerte respectivamente; el concepto de eutanasia encierra la idea de buena muerte o muerte apacible. Si antes de continuar nos detenemos en este punto para reflexionar desde la honestidad, caeremos en la cuenta de que una muerte apacible es a lo que aspiraría cualquier ser humano al que se le formulara la pregunta adecuada. Pero hay que saber formularla, claro; y, sobre todo, deshacerse de prejuicios y deseos de dañar al otro. Tememos el dolor, de ello no cabe ninguna duda. Y temer el dolor, es desear abrazar una muerte suave y grácil.

Partiendo de esta primera consideración, es complicado pensar que haya tantos sectores en contra de la eutanasia; seres humanos, de carne y hueso todos ellos, que se ponen en pie para gritarle al resto del mundo lo que puede o no hacer. El ser humano condenándose a sí mismo a existencias que sólo están en circunstancias extremas, dolorosas y que han trascendido cualquier horror que pudiéramos imaginar.

La eutanasia no es un producto de la modernidad, del mundo contemporáneo y actual. Si tiramos del hilo, llegamos a las antiguas Grecia y Roma. No es un secreto a voces aquello de usar cicuta para acelerar la muerte. En Séneca, con Epicteto y Marco Aurelio podemos encontrar sendas defensas de la eutanasia. Séneca consideraba que no era sino el hombre quien debía decidir acerca de si soportar o no su existencia en el cuerpo. Del mismo modo, en Francis Bacon encontramos la utilización del término para referirse a ayudar a alguien a morir.

Sea como fuere, la evidencia resultante es que el ser humano debe ser dueño y señor de su existencia, de su cuerpo biológico; de aceptar o no las vicisitudes, patologías y dolencias.

¿Qué es la eutanasia? Definición y tipos

No es necesario ser un erudito para tomar un diccionario entre las manos y buscar el término eutanasia. Pronto descubriremos que, ampliando la noción que expresa la etimología, la eutanasia no es sino la provocación intencionada de la muerte de una persona que padece una enfermedad avanzada o terminal, a petición expresa de ésta, y en un contexto médico. Cabe puntualizar algunos matices introduciendo la explicación de cada tipo de eutanasia, algo que se hará en el espacio de los siguientes párrafos.

Un abismo incómodo se abre entre lo que pertenece al ámbito de las meras definiciones y el mundo que se extiende bajo el peso de la realidad. Desgraciadamente, no son pocas las personas que dan término a su vida después de habérselas visto con sonoros portazos y viajes al mercado negro. La muerte apacible se ha dado demasiadas veces en contextos no médicos y por ello, incluso menos apacibles. Los hospitales no son, desde luego, el lugar más apetecible del mundo, pero nada hay peor que morir -o matarse- a escondidas, como si uno no fuera más que un criminal. Hay un caso especialmente doloroso, o al menos, a mí siempre me hizo reflexionar sobre la condición humana y nuestros derechos. Leer la entrevista que Juan José Millás hizo a Carlos Santos Velicia1, me obligó a repensar de dónde procede el sadismo de los que nos obligan a vivir cuando vivir no tiene ningún sentido. Carlos, que tenía 66 años en aquel momento perdido ya en el año 2011, padecía un cáncer con nulas posibilidades de curación. Su vida se había convertido en un infierno de privaciones y dolores. El averno tocó a su fin cuando los voluntarios de Derecho a Morir Dignamente2 le entregaron el elixir para abandonar el mundo de un modo apacible y digno. Tras este doloroso paréntesis -y si han tenido el detalle de pasarse por la entrevista, aún más doloroso-, abordaré los diversos tipos de eutanasia de los que se puede hablar o al menos, algunos de ellos, porque la lista rozaría lo interminable. Si navegan por internet y lo hacen con tino, sabrán por qué lo digo.

Suele hablarse de eutanasia directa e indirecta. Dentro de la primera, encontramos dos tipos: la eutanasia activa y la pasiva. La primera de todas ellas (eutanasia directa) consiste en provocar de manera intencionada la muerte del paciente. Es conveniente señalar que estas definiciones se engloban en un contexto médico. La eutanasia directa es activa cuando la intencionalidad del equipo médico es la de acabar con la vida del paciente, para lo que se le suministran fármacos. En cambio, la eutanasia pasiva se refiere a la muerte producida por la omisión de terapias, medicamentos o tratamientos. ¿Y qué hay de la eutanasia indirecta? Ésta hace referencia a la muerte del paciente, sin que haya sido intencionada. Los hospitales españoles están plagados de habitaciones cuyos pacientes, ya desde el más allá, narran la misma historia cuando superan cierta edad: a sus familias se les comunica que ya nada puede hacerse y que, si están de acuerdo, les pautarán morfina hasta que abandonen la vida. Y lo harán sin dolor. Eso es eutanasia y no me apetece perderme buscando, sin descanso, su tipología. Es eutanasia, se mire como se mire. Se trata de buscar una muerte digna. ¡Cuántas familias hemos pasado por ello! Es una práctica comúnmente extendida; tanto, que hasta los clanes familiares más religiosos articulan un sí … lo he visto con mis propios ojos.

Cabría referirse a otra clasificación de la eutanasia, si se alude a la voluntad del paciente, dado que en los casos anteriores tenía que ver con las acciones ejecutadas por los médicos. En este caso, podemos hablar de eutanasia voluntaria cuando el enfermo toma la decisión, o terceras personas lo hacen cumpliendo la voluntad del paciente; involuntaria, en el caso de que un tercero tome la decisión sin el consentimiento del paciente; y finalmente, la eutanasia no voluntaria, que ocurre cuando un tercero toma la decisión sin consentimiento porque el paciente no puede expresarlo, debido a las circunstancias en las que pudiera encontrarse debido a la enfermedad.

En ninguno de los casos, la eutanasia debe entenderse en la misma línea que el asesinato, pues no se busca dañar, sino acabar con el sufrimiento. Partimos de un sentimiento de piedad y empatía, algo que nada tiene que ver con las oscuras intenciones de un asesino. Es imposible, del mismo modo, equiparar la eutanasia a la violación de los derechos humanos. Se trata de un procedimiento libre y autónomo, de carácter voluntario. Responde siempre a la intención del enfermo o de sus seres queridos. ¿Dónde puede hallarse la barbaridad de la que tantos hablan? Es imposible encontrarla, porque no tiene cabida en este contexto de reflexión y empatía.

A pesar de haber desgranado término a término, es necesario hacer un llamamiento a la ausencia de etiquetas y clasificaciones para centrarse en lo que verdaderamente importa: la enfermedad cortando las alas del individuo, el dolor y los ataques continuados a la dignidad humana. Hay demasiadas palabras para referirse a lo mismo: a la muerte digna cuando la vida no es vida. En todo caso, la realidad es la misma. Las etiquetas dependen, diría, del carácter autoritario del sistema, de las creencias sociales, incluso de la situación de la persona en sí. Lo verdaderamente abyecto es que el enfermo o enferma tenga que buscarse las habichuelas en condiciones deplorables. ¿Por qué es tan arduo hacerse con un elixir que nos permita abandonar una existencia colmada de sufrimientos indecibles?

La muerte no es un tabú, sino un remanso de paz y descanso.

Para finalizar este punto, es conveniente referir los países en los que la eutanasia -de un modo u otro- es legal: España, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Colombia, Canadá y Nueva Zelanda3.

El porqué de la muerte digna

No escogemos nacer. En esa primera afirmación de nuestra condena, reside la necesidad de poder tomar decisiones que comprometen la dignidad humana. Hemos sido arrojados al mundo, pero cada individuo debería poder ser responsable de decidir si continuar o no con su existencia. Vivir no es obligatorio, es algo que ha de responder cada ser humano de acuerdo a las circunstancias en que se halla inmerso. Diría que la vida es aún menos obligatoria cuando la enfermedad pone en jaque a la persona. Para comprender estas afirmaciones, no hay más que ser capaz de empatizar.

El individuo es el único responsable de sí mismo, me reitero. Ninguno de nosotros, al contrario de lo que pudiera argumentarse desde la tradición judeocristiana, debe nada por estar vivo. ¿Por qué deberíamos pagar la deuda de estar vivos, si no nos pidieron permiso para colocar nuestros pies sobre la superficie del mundo? Por descontado, el dolor y el sufrimiento no son pagos, rentas o condenas; tampoco pruebas de esfuerzo para alcanzar la plenitud en un mundo mejor. El dolor y el sufrimiento son, a todas luces, incómodos y horribles. La angustia, también. Estar obligado a vivir responde a la misma sensación del que ha sido encerrado en una prisión de alto riesgo. Es necesario ser capaz de sentir y empatizar desde lo verdaderamente humano, comprender que no todo se puede ni a cualquier precio. Hay padecimientos indecibles que tornan necesario el descanso eterno.

Todos y cada uno de los seres humanos que pueblan el mundo deberían tener acceso a la solicitud de eutanasia y en ningún caso, debería ésta desestimarse. Razones para desear la muerte hay infinitas. Obligar a permanecer no es ético. Aceptar la eutanasia es brindar ayuda, una de las formas más elevadas de compasión. ¿Han pensado, lectores, en cómo se sienten los enfermos, terminales o no? ¿Saben lo que es convivir con el angustioso sentimiento de ser y saberse una carga? ¿Alguien pensó en los seres queridos, en las familias, en los cuidadores y cuidadoras? ¿Qué hay de las facturas?

Recomiendo encarecidamente, leer la entrevista que hizo el diario Público a Salvador Pániker, filósofo español y ante todo, activista por la muerte digna. Pániker llegó a ser presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, luchando sin descanso por la legalización de la eutanasia. En la entrevista que he citado, Pániker afirmó realidades tan contundentes como que los enfermos temen más al dolor que a la muerte. Añado que este sentimiento no pertenece única y exclusivamente al farragoso terreno de la enfermedad, sino que es algo que comparte un elevado porcentaje de seres humanos; pero la muerte es un tabú casi infranqueable en las sociedades occidentales.

Salvador Pániker también se refirió a un caso muy concreto, que enlaza directamente con las conclusiones de la presente reflexión. Me refiero al caso de los que desean la muerte porque se sienten fatigados de vivir. Motivos puede haber muchos para que una persona sienta que no desea continuar con su vida. El hastío vital es una de tantas. Si quieren explorar esta cuestión, saquen tiempo para ver la película italiana “Miele”.

La muerte parece ser uno de esos tabúes incómodos. Sólo se puede hablar de ella bajo ciertas condiciones: las que interesan. En España, si la muerte tiene que ver con circunstancias controvertidas -o algo truculentas, según una sociedad un tanto anclada en el pasado- es de mal gusto. Tampoco es agradable referirse a la eutanasia argumentando por qué uno se ha referido a ella. Las alarmas se activan automáticamente, alguien deja escapar un chillido aterrador y se extiende, como un demonio alado, la pancarta que acusa al asesino. Pero el asesino empatiza más que el salvador. ¿No estarán cambiados los papeles?

Más allá de las consideraciones generales

¿Y si uno pudiera morir dignamente cuando el hastío vital ha ocupado la totalidad de sus días, de su existencia? Parece una propuesta arriesgada y lo es, pero no por ello debe desestimarse. Ningún ser humano decide si nacer o no, es algo que escapa a su poder; pero todo individuo debería poder abandonar la vida en el momento que quisiera. No me voy a extender más en este punto para que mis queridos lectores lo analicen y reflexionen al gusto. ¡Piensen, piensen sin miedo!

Notas al pie

[1] La entrevista puede leerse en el periódico español El País, en el siguiente enlace: https://elpais.com/diario/2011/11/27/eps/1322378842_850215.html

[2] Derecho a Morir Dignamente (DMD) es una asociación sin ánimo de lucro -fundada en 1984- cuyos fines son promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, elegir el momento de finalizarla y defender el derecho de los enfermos terminales a morir sin sufrimiento.

[3] Para más información, pueden comenzar consultando en la página web de Derecho a Morir Dignamente.

Bibliografía

El País (2011). Adiós a la vida. Consultado en: https://elpais.com/diario/2011/11/27/eps/1322378842_850215.html

Paniker, S. (2015). Cuaderno amarillo. Literatura Random House.

Paniker, S. (2015). Variaciones 59. Literatura Random House.

Paniker, S. (2015). Diario de otoño. Literatura Random House.

Paniker, S. (2015). Diario del anciano averiado. Literatura Random House.

Público (2015). Entrevista al filósofo y defensor de la eutanasia. Consultado en: https://www.publico.es/sociedad/entrevista-eutanasia-salvador-paniker.html

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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