Quizás la mejor manera de entender el concepto que una palabra encierra es acudiendo a su etimología; etimológicamente la palabra «democracia» tiene su precedente en la palabra latina democratĭa y esta a su vez del griego antiguo dēmokratía, vocablo éste compuesto por los términos dḗmos traducido como «pueblo» y krátos cuyo significado puede entenderse por «dominio» o «poder». O sea que podemos afirmar que la democracia sería la forma de gobierno en la que el poder recae en manos del pueblo.

Pero para poder comprender cómo fue el surgimiento de la democracia, lo primero que debemos dejar claro es que no se trató de un proceso rápido ni sencillo. Es más, habría que remontase varios siglos atrás desde su nacimiento para ver los diversos motivos que finalmente desembocarían en ese cambio de mentalidad que propiciaría el reparto del poder de unos pocos al démos.

Concretamente, habría que remontarse a aquellos tiempos de la historia griega, denominados por la historiografía como el Período Arcaico (XII-IX a.C.), para poder vislumbrar los cambios sociales que se produjeron y que finalmente, transcurridos nada menos que seis siglos, traerían como consecuencia los primeros gobiernos democráticos.

Fue en el mencionado Período Arcaico cuando en toda la Hélade se produciría un movimiento de poblaciones que no respondía a la colonización propiamente dicha, sino a la búsqueda de tierras fértiles que sirvieran para paliar las duras condiciones de esas zonas y que, a pesar de las malas condiciones en las que las infraestructuras se encontraban –éstas no serían eficientes hasta la posterior entrada de los romanos y sus construcciones–, consiguieron entrar en el mar Egeo, creando algunas ciudades en el Asia Menor.

Sin embargo, sería ya posteriormente, en la Época Arcaica (VIII-V a.C.), cuando hay que hablar de proceso de colonización, con la creación de nuevas polis en lugares distantes y de nueva influencia, y mediante el dominio de otras ciudades que previamente habían sido vencidas pero aún no se encontraban bajo dominio heleno. También de esta época serían las llamadas Kerukías, que consistían en porciones de tierra de territorios colonizados mediante la guerra y que se repartían entre los soldados vencedores.

Así pues, las grandes colonizaciones que se producirían en la Época Arcaica y en la Clásica (V-IV a.C.), tendrían como causa diversos factores. En primer lugar, el acaparamiento de las tierras cultivables por parte de la aristocracia, impidiendo uno de los dones más anhelados por los griegos como es el de la autosuficiencia económica. En segundo lugar, el constante aumento de la población que aumentaría más si cabe la demanda de tierras de cultivo. En tercer lugar, el préstamo que los pobres debían solicitar a los ricos que, en muchas ocasiones debido a la coyuntura económica que debían padecer, eran incapaces de devolver y que, con el paso del tiempo, se había convertido en una forma de esclavitud, es decir de pérdida total de la libertad personal por esa imposibilidad de devolución del crédito. En cuarto lugar, la lucha constante contra otros pueblos para la adquisición de nuevas tierras mediante la guerra y los cambios estratégicos que las campañas militares habían experimentado, permitieron emerger un nuevo tipo de soldado, los «hoplitas», que llegarían a formar en poco tiempo cierta clase media que también demandaría derechos y exigencias de apertura.

Todo lo anterior dio como resultado una explosión en cuanto a colonizaciones. Las nuevas adquisiciones se centrarían primeramente en Italia y Sicilia, creando lo que se llamaría la Magna Grecia. Posteriormente, en el siglo V, la colonización se dirigiría nuevamente hacia el mar Egeo. De todo este proceso colonizador surgirían polis tan importantes como Siracusa en Sicilia, conocida también por los viajes que Platón realizaría en el momento de mayor esplendor de la ciudad; en el norte del Egeo surgirían las no menos importantes Calcis, Tasos, Corcira; y en la costa de Asia Menor Éfeso, Mileto, Samos, Quíos, Clazómenes…

Es en este contexto en el que se comenzaron a dar movimientos socio-políticos que propugnaban por una quiebra del orden social establecido, movimientos de disenso que darían lugar a luchas, revueltas, rebeldes e insumisos.

Ante esta expectativa, es Aristóteles quien nos informa de que en situaciones de confrontación como la que se estaba produciendo en la Hélade, las polis buscaron las figuras de los mediadores con el objetivo de evitar revoluciones que podrían acaban en un baño de sangre. Será ahí cuando surgiría la figura de Solón (640-558 a.C.), aristócrata que sería requerido para mediar en una nueva revuelta.

El papel que Solón desempeñará en el advenimiento de la democracia en Grecia es el de asentar las bases para que casi un siglo después, llegue el triunfo definitivo de esa democracia. Como legado más importante, Solón estipularía la obligatoriedad de publicación escrita de las leyes, medida que acrecentaría la presencia organizativa de una sociedad civil cada vez más plural, así como la de prohibir la responsabilidad personal con la consiguiente pérdida de libertad para los casos de imposibilidad de devolución de un crédito. Sin embargo, no tomaría medidas de mayor calado que facilitaran ese cambio radical que la sociedad helena necesitaba. Para entender el ambiente en el que Solón se estaba desenvolviendo, baste como ejemplo lo que Plutarco narra en la Vida de Solón:

Tras la publicación de las leyes, algunos acudían a diario a casa de Solón con elogios y críticas o para aconsejarle que en las ya escritas introdujera o eliminara cualquier detalle que se les ocurría; y eran todavía más los que iban a informarse, preguntarle y pedirle que les explicara y aclarase cómo era cada norma y la intención con que se había puesto. Por eso, como se daba cuenta de que no hacerlo era impensable y que hacerlo suscitaba envidias hacia él, decidido a acabar de una vez por todas con estos problemas y librarse del carácter pendenciero y buscapleitos de los ciudadanos […], puso como pretexto para sus viajes el negocio de la navegación y se embarcó, tras pedir a los atenienses ausentarse del país diez años. Esperaba que en ese tiempo aquéllos se acostumbrarían a las leyes1.

Como anécdota histórica, señalar que fue en este viaje cuando Solón, primero llegando a Egipto, pasó algún tiempo filosofando con Psenopis de Heliópolis y Sonquis de Sais, que eran los sacerdotes más ilustrados y sería de su boca de donde oyó la famosa historia de la Atlántida que, según Platón nos dice en sus diálogos de Timeo y Critias, Solón se propondría transmitir a los griegos por medio de un poema. Después de su estancia en Egipto, navegó a Chipre donde fue acogido con gran deferencia por uno de los reyes del lugar, pasando allí el resto de su tiempo fuera de Atenas.

Pero centrándonos nosotros de nuevo en Atenas, tras la marcha de Solón, las exigencias socio-económicas y políticas y el nuevo papel que juegan los sujetos emergentes apuntaría a una transformación cada vez más radical y reflexiva. La evolución sería tan arrolladora que varios nobles se convertirían en líderes de la polis, mostrándose dispuestos a ayudar a los estratos más bajos de la sociedad. Quizás el caso más famoso en Atenas fue el de Pisístrato (560-510 a. C.), aliado con familias humildes que exigían el cambio tan deseado. Pero dentro de estos movimientos sociales, el más efectivo para los intereses de la polis, sería Clístenes, también figura de la aristocracia que mediante un golpe de estado en el año 508 tras haber perdido las elecciones, puso en práctica, una vez en el poder, medidas de gran calado para afianzar el camino hacia la tan deseada democracia.

Clístenes, con una perspectiva laicista, dividiría el año en diez meses, desacoplando de esa manera los fastos litúrgicos, sin prohibirlos ni oponerse a los mismos. En cuanto a la organización política de la polis, aumentó a diez las tribus, de las cuatro aristocráticas ya existentes, pasando los ciudadanos a formar parte de una de esas tribus. También dividió el Ática en tres regiones, que correspondían a las tierras del interior, de la costa y de la ciudad, y, de ese modo, haciendo que las tribus de la ciudad de tradición aristocrática pierdan el control que hasta ese momento habían tenido. Creó la Ekklesía o Asamblea, compuesta por seis mil ciudadanos, que vendría a restar poder a los nobles dado que podían formar parte de ella todos los ciudadanos varones mayores de dieciocho años y nacidos en Atenas. El Areópago, órgano por excelencia de la nobleza, pasó a desempeñar labores de órgano consultivo en cuestiones menores. Se instituyó la elección de diez estrategos para el ejército. Clístenes incidiría mucho en la isegoría, o derecho igual a hablar por parte de cada ciudadano.

En definitiva, el ágora pasó a ser un lugar de discusión, argumentación y decisión de las cuestiones generales. Aun así, dada la permanencia de algunos órganos aristocráticos y la fuerza que aún mantenían, no se puede hablar de democracia plena.

El tiempo posterior a Clístenes aún traería consigo enfrentamiento entre la aristocracia, que seguía manteniendo cargos de importancia, y los defensores de un avance hacia la democracia total. Valga como ejemplo de ese enfrentamiento el producido entre el aristócrata conservador Cimón y Efialtes, estratego de una flota ateniense en el Egeo y que se convirtió en el representante y cabecilla de los demócratas de Atenas en el año 465 a. C. Tres años después, en el año 462 a.C. Cimón, acudió a Esparta encabezando un contingente de cuatro mil hoplitas en ayuda de la ciudad, pero poco tiempo más tarde fueron los propios espartanos quienes rechazaron su ayuda acusando a Cimón de haber tenido supuestas afinidades con los enemigos de Esparta. Este hecho supondría para la ciudad de Atenas un profundo sentimiento de vergüenza, al considerar ese hecho un desprecio por parte de Esparta. La Asamblea juzgaría a Cimón por ello y traería consigo la pena de destierro.

Con Cimón en el destierro, el movimiento antiaristocrático encabezado por Elfiantes, llevaría a la Asamblea la proposición de dejar prácticamente vacío de poder al Areópago, reducto de poder de gran importancia para los nobles, quedando reducido a casos de homicidio y crímenes religiosos, repartiendo el resto del poder entre el Consejo de los 500, auténtico órgano ejecutivo de la Asamblea, la propia Ekklesía y los tribunales populares.

Así pues, será el año 462 a.C. el que podrá ser calificado como el del triunfo final y definitivo de la democracia. Efialtes, un año más tarde sería asesinado, sin que se conociera a su autor, y Pericles, su aliado político, durante varias décadas llevaría a cabo el período de poder más destacado, estableciendo el momento más álgido del poder y la gloria de Atenas.

No es de extrañar pues que, después de tantos siglos de lucha y sufrimiento, los griegos se identificaran moralmente con su ciudad como una obra común, de modo que como afirmaría el historiador Tucídides: «Una ciudad son sus hombres y no unos muros ni unas naves sin hombres»2. Los atenienses mantendrían un recelo continuo respecto de los que se consideraban técnicos de la política, observarían con temor la formación de élites y actuaron siempre contra el poder ostentado por algunos dirigentes. En resumen, supieron valorar siempre el enorme esfuerzo que les había supuesto llegar hasta ese momento cumbre en la historia de la humanidad.

Notas

[1] Plutarco, Vidas paralelas, Solón 26, 6. Editorial Gredos.

[2] Tucídides, Historia del Peloponeso, Libro VII, 77. Editorial Gredos.

Bibliografía

Aristóteles. Constitución de los atenienses. Editorial Gredos.

Quesada Fernando. Ciudad y ciudadanía. Editorial Trotta.

Plutarco. Vidas Paralelas, Solón. Editorial Gredos, Tomo II.

Tucídides. Historia de la Guerra del Peloponeso. Editorial Gredos, Tomo IV.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

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