Sobre la superación de sí a partir del camino del creador en el Zaratustra

La modernidad trajo tras de sí una marejada de nuevos problemas, entre los cuales la gran mayoría aún permanecen sin solución. En general, los filósofos han tratado de dar respuesta a cada una de las cuestiones que aquejan a nuestros tiempos sin que por ello se logre dar un camino a seguir claro o, al menos, un sostén a partir del cual el hombre pueda aferrarse. 

Entre las discusiones de interés se encuentran diversos temas, como lo son la filosofía del lenguaje, la lógica o la filosofía política. Sin embargo, uno de los ámbitos filosóficos más importantes de la actualidad es la ética. Con base en ella se conducen los hombres y con se mueven las más grandes sociedades. En gran medida, la ética representa un centro del cual se sostiene la dinámica social y la conducta humana. 

El tema que abordaré en este trabajo atañe a la ética trabajada por Nietzsche. Esta representa uno de los abordajes más problemáticos de la filosofía de los últimos tiempos. La importancia del tema radica en el hecho de que el alemán ataca de manera directa los problemas éticos que aquejan al hombre moderno. 

Mi objetivo es mostrar cómo es que se da la superación de sí a partir del pasaje titulado El camino del creador, ubicado en la primera parte del icónico texto llamado Así habló Zaratustra, con la intención de proponer dicha superación de sí como un regalo de Zaratustra, que representa un camino para llegar al superhombrePara lograr mi objetivo, me serviré de la siguiente metodología: en primer lugar, explicaré el significado de la muerte de Dios con respecto al Prólogo del Zaratustra; en segundo lugar, hablaré sobre la propuesta central del pasaje Las mil metas y la única meta; en tercer lugar, explicaré la propuesta central del pasaje El camino del creador, en el cual podremos encontrar un bosquejo importante sobre la superación de sí. Finalmente, expondré las conclusiones. Huelga decir que todos los apartados están relacionados. 

Prólogo al Zaratustra: 
la crisis moral a partir
de la muerte de Dios  

La muerte de Dios es un lugar común en discusiones acerca de la filosofía de Nietzsche, no obstante, la mayor parte del tiempo se lleva a cabo de manera errónea o tergiversada. Podemos encontrar, en reiteradas ocasiones, alusiones a la muerte de Dios en las páginas del Zaratustra, así como en algunas otras obras de Nietzsche, como lo es Más allá del bien y del mal. En este sentido, el Prólogo al Zaratustra no es la excepción.

La primera vez que Zaratustra alude este lugar común, la encontramos al final de su encuentro con el ermitaño. El protagonista del texto nietzcheano afirma: “¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!” (Discurso preliminar, 2, p.19). Como toda alusión nietzscheana, lo primero que se debe afirmar es que Dios funciona de manera simbólica y no tanto literal. Dios no es únicamente la deidad cristiana que conocemos comúnmente. Considero que en esta primera interacción, Nietzsche pretende referir, en boca de Zaratustra, a la contraposición entre comunidad y soledad. 

Encontramos aquí tres grados de alejamiento social: el menor es la vida en comunidad, en donde todo el ‘vulgo’ convive; posteriormente sigue la soledad del ermitaño, que es una soledad no real y meramente aparente; finalmente, la soledad de Zaratustra en la montaña es una soledad real y profunda, que aparta al hombre de cualquier vestigio de civilidad. Lo interesante de la comparación entre la soledad del ermitaño (aparente) y la soledad de Zaratustra (real) es que, si bien el primero se encuentra alejado de la sociedad, aún permanece bajo el yugo de la tradición y la costumbre, el Dios al que hace referencia el ermitaño representa un enlace con la comunidad.

Por otro lado, Zaratustra se ha desprendido completamente de ese yugo: Dios representa a la moral y la ética modernas. Su muerte hace eco a la muerte de los valores comunes, los cuales se dan en la dinámica social. Mientras que el ermitaño pretende estar alejado de los hombres, vive bajo la concepción social de la ética y la moral, se rige bajo la tradición cristiana, dominante en su entorno social. La soledad del ermitaño es únicamente física, sin ser por ello una soledad profunda. 

Posteriormente, la importancia de la muerte de Dios adquiere su pleno significado en el pasaje que narra la muerte del funámbulo, es decir, la sexta entrada del Discurso preliminar. Podemos divisar su profundidad cuando Nietzsche, en boca de Zaratustra, afirma: “Por mi honor, amigo […], no existe nada de eso de lo que hablas: no hay ni demonio ni infierno. Tu alma morirá antes que tu cuerpo. Así pues, ¡ya no temas más!” (Discurso preliminar, 6, p. 28). Dios no representa ya únicamente una tradición y enlace con el ‘vulgo’, pues refiere a toda la profundidad ideológica, filosófica y normativa bajo la cual se rige la civilidad moderna. 

Platonismo y cristianismo:
el alma como problema

No está de más mostrar que Nietzsche hace referencia directa a dos de las mayores doctrinas filosóficas de la historia: el platonismo y el cristianismo. Con respecto al primero, considero que el alemán ataca, en este pasaje específico, la propuesta de un alma inmortal, la cual, como observamos en el Fedón, dota de una vida ‘más allá’ de la física. Esta alma inmortal, (como afirman muchos estudiosos y entre ellos Mircea Elíade en sus diversos volúmenes del Tratado de historia de las religiones), dio a los hombres una manera mística de ver el mundo, regida por la metafísica y el rechazo de lo corporal. 

Por otro lado, el cristianismo aboga por las doctrinas platónicas acerca del rechazo de lo material, de lo físico. Entre sus promotores se encuentra Tomás de Aquino quien defiende lógicamente la existencia de Dios y sus implicaciones. De igual manera, las ideas de Agustín de Hipona y Plotino hacen eco en la manera de ver el mundo y su comprensión del hombre. 

No abordaré con mayor detalle las doctrinas expuestas con anterioridad inmediata, debido a que la extensión y limitantes de mi trabajo no me lo permiten. Sin embargo, considero vital señalar que tanto el platonismo como el cristianismo, contribuyeron directamente en el rechazo de lo corporal, lo material y lo corruptible. Ambos afirmaron que existe ‘algo’ más allá de la vida terrenal, una vida que se rige por la inmortalidad del alma: Nietzsche se opone arduamente a estas propuestas, y lo vemos representado en el pasaje que narra la muerte del funámbulo. 

A grandes rasgos, la muerte de Dios hace referencia a dos terrenos: el primero es el alejamiento de la tradición y la comunidad. Cuando Dios muere, muere también el apego humano hacia el pasado y hacia la normatividad que rige su entorno, su dinámica social. En segundo lugar, cuando Dios muere, muere también toda ideología ética, axiológica y filosófica que alguna vez dominó occidente. Los valores morales y éticos postulados por el Medioevo son, para Nietzsche, decadentes, y deben morir como lo hizo Dios. La muerte de Dios es equivalente a la muerte de los valores cristianos. El hombre es arrojado al mundo sin algo más que su propia corporalidad, está solo, como en su momento lo estuvo Zaratustra. 

Las mil metas y la única meta:
la puerta hacia la superación de sí

El pasaje en cuestión aborda un tema central de la ética moderna: el equívoco de las palabras ‘bien’ y ‘mal’. Dentro de los debates que atañen a la bondad, los dilemas éticos se ven oscurecidos por las inmundicias del lenguaje. Lo que algunos llaman bien, otros lo llaman mal. 

Lo anterior se observa claramente cuando Zaratustra afirma que “Muchas cosas que este pueblo llamó buenas, otro las llamó burla y escarnio […]. Jamás un vecino ha comprendido al otro: siempre se asombraba su alma de la maldad y demencia del vecino” (De las mil metas y la única meta, p. 75). En este pasaje, se hace patente la diversidad de concepciones de bien y de mal, generadas por el contexto social, político y económico bajo el cual los humanos se desarrollan. 

El conflicto latente hace referencia al título del pasaje: las mil metas. Existen tantas definiciones de bien y de mal como países, comunidades y contextos. Es completamente imposible homologar el significado a uno solo, pues las costumbres acarrean tras de sí una carga semántica realmente difícil de omitir. Para Nietzsche, en boca de Zaratustra, las ‘mil metas’ entorpecen la evolución moral del hombre, pues “en verdad, los hombres se han otorgado todo su bien y todo su mal” (De las mil metas y la única meta, p. 75). 

La tradición como
multiplicidad de metas

Considero que, en este sentido, Zaratustra no alude únicamente al ámbito espacial de moral, es decir, al entorno geográfico en el cual habitan los hombres. También hace referencia al ámbito temporal de pensamiento, es decir, a las diferentes concepciones de moral a través de la historia, por este motivo argumenta en contra de la erudición y la tradición, cuando afirma que “no solo la razón de milenios –también su demencia irrumpe en nosotros. Ser heredero es peligroso” (De la virtud que hace regalos, 3, 98). 

Nietzsche ataca no solamente a las múltiples concepciones de bien y mal contempladas por los múltiples entornos sociales, sino que también ataca todo el equívoco de significado generado por las diferentes doctrinas filosóficas. La noción de ‘bien’ de Platón difiere de significado con respecto a la de Aristóteles, que a su vez difiere de la de Santo Tomás de Aquino. 

Posterior a la fuerte crítica de las múltiples metas, es decir, las múltiples concepciones de bien y mal existentes en torno a las diversas esferas de pensamiento filosófico y social, Nietzsche postula, a través de Zaratustra, que hace falta unir las múltiples metas en una sola: “sólo falta la cadena de las mil cervices, falta la única meta. Aún no tiene la humanidad una meta” (De las mil metas y la única meta, p. 76). Esta afirmación, en el mismo tenor, no representa un intento de sistematización y consistencia, sino de redirigir la voluntad humana a un único objetivo en común: la única meta a la cual el hombre debería aspirar es el superhombre. No obstante, a pesar de que esta es la meta principal, no se niega que puedan existir múltiples metas que se ramifiquen a partir de ella. 

Cuando el hombre logre unificar todas las metas en una sola, logrará ‘tender el puente’ que lo ayudará a transitar desde el hombre hacia el superhombre; a su vez, la transición mencionada implica la superación de sí. Sin embargo, en este instante emerge un problema realmente peculiar: “Pero dime, hermano mío: si aún le falta la meta a la humanidad, ¿no será que aún le falta —ella misma?” (De las mil metas y la única meta, p. 77). La humanidad debe encontrarse a sí misma antes de encontrar la meta única: “aún no os habíais buscado: cuando me encontrasteis a mí, […] Ahora os digo que me perdáis y os encontréis a vosotros; y sólo cuando todos me hayáis negado, regresaré con vosotros” (De la virtud que hace regalos, 3, 99). 

Para que la humanidad se encuentre a sí misma, es necesario abandonar todo lo que influye sobre ella, la llamada ‘mentalidad de rebaño’ surgida y fortificada por la tradición y los preceptos morales dominantes. Para lograr ese cometido, es necesario volverse creador y no seguidor. El creador destruye su yugo, abandona su tradición y se despega de toda normatividad heterónoma. Para que la humanidad se encuentre a sí misma, para que pueda superarse a sí misma, es necesario que siga el camino del creador: sólo así podrá hacer suyo el regalo que Zaratustra trajo consigo, el superhombre. 

El camino del creador: 
el camino hacia la superación de sí

Hermano mío, ¿quieres dirigirte a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que conduce a ti mismo? Detente un poco y escúchame. 

«Del camino del creador» (pág. 80)

Considero que este pasaje es central en el desarrollo de mi objetivo, debido a que aquí es donde Nietzsche, a través de su personaje literario, propone con fuerza y habilidad la ‘caracterización’ de quienes comienzan a emprender el camino que dirige directamente hacia el superhombre. El camino del creador es el camino que dirige a la superación de sí. A partir del camino del creador se unificarán las múltiples metas, los múltiples caminos que, como diría Parménides, vuelven bicéfalos a los hombres. 

La palabra creación, de suyo, es complicada y sumamente difícil de delimitar, casi imposible de definir. A ella nos dirige, en primera instancia, la Génesis bíblica, que relata cómo Dios creó el mundo. En esta instancia, considero prudente afirmar que Nietzsche dirige sus críticas, entre otros, a Descartes y Aristóteles, principalmente. El francés, en sus Meditaciones, recuperaba el argumento de que toda idea de perfección precisaba un ente superior, pues todo lo que genera otra cosa, la genera según su naturaleza, es decir, yo no puedo crear algo que no esté dentro de mis límites de perfección. 

En este sentido, logramos divisar oposición de Nietzsche a la postura cartesiana de la potencia creadora: mientras que para Descartes el hombre tiene una capacidad creadora completamente limitada, Nietzsche basa el camino del superhombre en su enorme potencia creadora. Naturalmente, huelga afirmar que el término ‘creación’ no refiere, necesariamente, a una creación ontológica, sino que posa sus fauces sobre el ámbito ético. 

Por otro lado, la alusión hacia Aristóteles es claramente visible: estamos frente a un duro ataque a la metafísica tradicional y, sobre todo, a las bases aristotélicas que postulan un motor inmóvil y, por lo tanto, la poca capacidad creadora de todo ente corruptible que haya sido, a su vez, generado. En este sentido, recupero la siguiente pregunta Nietzscheana: “¿Eres una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que gira por sí misma? ¿Puedes obligar a las estrellas a que giren en torno a ti?” (Del camino del creador, p. 81).

Postulo, en el mismo tenor y a partir de la anterior argumentación, que el tránsito del hombre al superhombre encuentra su fundamento en la superación de sí, que se da, a su vez, a partir de que el hombre se encuentra consigo mismo en su soledad. Solamente a partir de esta soledad, el hombre es capaz de seguir el camino del creador, un camino reservado a Dios, que ahora está muerto junto con la tradición y los valores normativos de la civilidad. 

El creador, por supuesto, precisa enfrentarse a su propia soledad, a ir en contra de la llamada ‘mentalidad de rebaño’ que tanto daño ha hecho a los valores éticos del hombre moderno. Estas consecuencias pueden encontrarse en el pasaje homónimo, por ejemplo, en la afirmación de Zaratustra que dice a la letra: “La voz del rebaño continuará resonando en tu interior. Y cuando digas: «Ya no comparto la misma conciencia que vosotros», será una queja y un dolor” (Del camino del creador, p. 80).

La superación de sí y
el encontrarse consigo mismo

La superación de sí se da en el momento en que el hombre, al encontrarse consigo mismo en su soledad, es capaz de seguir el camino del creador, abandonando la mentalidad de rebaño. Este camino se abre en el momento en que el hombre se aleja de la tradición moral y normativa que rige su entorno social, es decir, cuando ‘acepta’ la muerte de Dios. La creación, reservada para Dios, el motor inmóvil, ahora es posible para la potencia corruptible, rechazada por el platonismo y el cristianismo, pero recuperada por Nietzsche. 

Naturalmente, la soledad no es fácil de enfrenar, por lo que las consecuencias, además de la mencionada anteriormente acerca de la resonancia de la voz del rebaño, son bastante grandes. Todo creador es libre: “quiero oir tu pensamiento dominante, y no que ha escapado de un yugo” (Del camino del creador, p. 81). El pensamiento dominante, en este sentido, es aquel que ha abandonado la obediencia, el que ha elegido el mandato, aquel que ha perdido ‘la servidumbre’: “Aún hoy sufres por los muchos, tú, el que está solo: todavía hoy tienes tu valor entero y todas tus esperanzas” (Del camino del creador, p. 81), así comienza el creador su camino, enfrentándose a su ‘pasado’ y luchando en contra de su costumbre. 

La superación de sí comienza, según considero, a partir del siguiente fragmento, postulado tan poéticamente por Zaratustra: 

¡Solitario, tú recorres el camino que conduce hacia ti mismo! Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios. […] Tienes que arder en tu propia llama: ¡cómo querrías renovarte sin antes haberte convertido en cenizas! […] Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo y por eso desprecias como sólo los amantes saben despreciar. […] Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; y sólo después te seguirá la justicia cojeando. […] Vete a tu soledad con tus lágrimas, hermano mío. Amo a quien quiere crearse por encima de sí mismo y por ello sucumbe.

(Del camino del creador, p. 81).

La superación de sí comienza con el desprecio de sí, con el emprender el camino de la soledad que es, a su vez, el camino que sigue el creador para abandonar el yugo de la servidumbre. Para Nietzsche, el creador ocupa el lugar que alguna vez ocupó Dios, de la mano de la tradición, que ahora es rechazada. El camino del creador, la superación de sí, es la antesala que permite el acceso al puente tendido entre el hombre y el superhombre: debes arder en tu propia llama, convertirte en cenizas, superarte a ti mismo a través de tu propio ocaso.  

Conclusiones

A través de mi texto, recorrí tres de los más importantes pasajes de la primera parte de Así habló Zaratustra. A manera de síntesis, puedo exponer que la superación de sí precisa tres pasos vitales para ser consolidada: en primer lugar, es necesario atender a la noción de la muerte de Dios. Esta noción trae consigo la destrucción de los valores normativos que rigen a la civilidad y la sociedad, cuando Dios muere, mueren también la tradición y el yugo que esclaviza al hombre. La muerte de Dios regala la posibilidad de abandonar el rechazo de lo corporal y lo corruptible, es necesario aceptar la mortalidad, lo terrenal. 

En segundo lugar, a partir de la muerte de Dios, se encuentra la aceptación de una única meta común, con la intención de eliminar la enorme multiplicidad de metas que se han establecido los pueblos del mundo. El término ‘meta’ es sinónimo de ‘bien’ y ‘mal’: existen tantas concepciones de bien como pueblos, cada contexto tiene su propia comprensión de lo que es bueno y de lo que es malo. En este sentido, Nietzsche propone que, si la humanidad pretende unificar esa multiplicidad de metas, es necesario encontrarse a sí misma. Es aquí cuando la superación de sí encuentra su punto clave. 

Para que un hombre pueda superarse a sí mismo, es necesario que se encuentre a sí y que abandone al rebaño, que abandone el yugo y la servidumbre. En este sentido, para que el hombre pueda superarse a sí mismo es necesario que siga el camino del creador, que es el camino de la soledad. En resumen: la muerte de Dios posibilita la nueva formación de valores morales, sin embargo, estos valores morales no podrán consolidarse si no se establece una única meta: el superhombre. Para llegar al superhombre, que es la meta única a la cual debe tender todo individuo, es necesario seguir el camino del creador, que es el camino de la soledad. 

En este sentido, la superación de sí se da a partir del desprecio de sí, emanado del encuentro consigo mismo. Cuando el hombre ha abandonado la servidumbre, la esclavitud del cristianismo y las cadenas de la moralidad de rebaño, está en posición de ser creador de sus propios valores, de forjar un carácter que esté más allá del bien y del mal, pues este es un animal de muchas cabezas. Para que se dé la superación de sí, es necesario arder en la llama, reducirse a cenizas. Es necesario despreciarse a sí, porque solo el que ama desprecia, y solo el amante es creador. La superación de sí es un acto de amor, un análogo al acto creador de Dios, que crea por amor. 

Fuentes

[1] Aristóteles. (2014a). “Metafísica”, en Aristóteles I. (Trad. Tomás Calvo Martínez). Madrid: Gredos-RBA. 

[2] Cano, Germán. (2014a). “Friedrich Nietzsche, crítico de la moral”, en Nietzche I. Madrid: Gredos-RBA

[3] Elíade, Mircea. (1964). Tratado de historia de las religiones. Tomo I. (Trad. A. Medinaveitia). Madrid: Ediciones cristiandad. 

[4] Nietzsche, Friedrich. (2014b). “Así habló Zaratustra”, en Nietzsche II. (Trad. José Rafael Hernández Arias). Madrid: Gredos-RBA. 

[5] Nietzsche, Friedrich. (2014a). “El Nacimiento de la tragedia, en Nietzsche I. (Trad. Germán Cano). Madrid: Gredos-RBA. 

[6] Nietzsche, Friedrich. (2014b). “Más allá del bien y del mal”, en Nietzsche II. (Trad. Carlos Vergara). Madrid: Gredos-RBA.

[7] Nietzsche, Friedrich. (2014c). “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, en Nietzsche III. (Trad. Joan B. Llinares). Madrid: Gredos-RBA. 

[8] Platón. (1998). “Fedón”, en Diálogos III. (Trad. C. García Gual). Madrid: Gredos. 

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Artículo de:

Bryan Iván González Islas (autor invitado):
Mexicano. Pasante de Filosofía y estudiante de Derecho por la UNAM. Coordinador del Seminario de Investigación en Filosofía del Lenguaje y del Seminario de Investigación en Filosofía de la Ciencia. Miembro activo del Proyecto Delfos: Filosofía Aplicada.

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por autores invitados

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