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El presente artículo pertenece a la Ponencia de la Mesa 3 de nuestro evento por el día de la filosofía llevado a cabo el 20 de noviembre de 2021. Puedes ver las 3 mesas en nuestro canal de YouTube.

El inicio de la vida filosófica es por lo general atropellado, se presenta de manera violenta pero con tal grado de transgresión en nosotros que no se acepta el seguir la vida alejados del amor por el conocimiento. De manera gradual se va haciendo propio ese lenguaje antes extraño, a tal grado que esos nombres y apellidos que jamás se hubiese imaginado que existían se vuelven más cercanos como si de amigos se tratasen, se adoptan maestras y maestros de otras latitudes y tiempos. Y de esa forma, la vida filosófica se vuelve tan necesaria como si de respirar se tratase.

Sin embargo, a pesar de esa naturalidad que se ha adoptado con esa nueva vida, cada vez que se planta frente a nosotros la pregunta «¿Qué es filosofía?», se trastabilla un poco la voz y el pensamiento; la respuesta se tiene claro está, se vive a diario y aun así es difícil recoger las palabras precisas para definirle y otorga a quien pregunta, una respuesta que englobe todo aquello que la filosofía es, y entonces: ¿qué dice nuestra respuesta a los otros? ¿cómo explicamos que la filosofía tiene y no utilidad, que es tanto un fin en sí misma como algo práctico a lo demás? Y la problemática, como suele suceder en estos casos, no termina ahí, sino que ahora surge la problemática por el qué entiende el otro, una vez propuesto nuestro discurso, por filosofía.

Un filósofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias.

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.

¿Qué es filosofía? El amor al conocimiento, ¿a cuál conocimiento?, ¿aquel que busca respuesta a los problemas de lo bello, lo bueno y lo verdadero? ¿Dónde se deja ahí al geógrafo, al contador y al gastrónomo? ¿Ese conocimiento no es tan «elevado» para amarlo? ¿Acaso entonces la filosofía es la pregunta sobre ciertos temas y no otros? Y de responder afirmativamente a esta última pregunta, puede inferirse de manera casi inmediata que cualquiera puede preguntarse por la manera más apropiada de gobierno, por los juicios de gusto o por si es válido o no juzgar con base en la moral.

Distíngase entonces dos tipos de filosofía, la académica y la no-académica. La primera de estas es aquella que nos muestra la tradición, el surgimiento, método y tópicos que han tratado diversos personajes a lo largo de una gran cantidad de textos, esa que se nos enseña en las escuelas sin más. Por otra parte la filosofía no-académica sería ese amor por el conocimiento que no se posa forzosamente en una tradición y cuyo único propósito es saciar las necesidades de conocer, y una puede ser sin la otra aunque lo ideal sería apreciarlas en su conjunto; y ya sea por humildad o por alguna otra razón, reconocemos que un «filósofo» o «filósofa» es la conjunción de ambas formas y que ese título es difícil de adquirir. Luego entonces resulta preciso preguntar ¿Qué hace a un filósofo, filósofo? ¿Cuál es el perfil que este debe tener? Y con esto no se pretende enunciar una serie de cualidades según las cuales se le puede asignar o no a alguien el título de «filósofo», ni mucho menos otorgar una respuesta como si de un examen vocacional se tratara, sino indagar sobre las posibles exigencias que debe tener un amante del conocimiento para con su labor, para consigo mismo y para con los demás. Para iniciar con la siguiente elucubración de palabras sólo se pide al posible lector u escucha que tome por falso todo lo que se dirá, esto no con el fin de restar seriedad a las palabras sino con el de ejercer la debida crítica al discurso aquí presentado.

Es propósito, dado que el análisis no es en grado alguno sencillo, recurrir al auxilio de uno de esos viejos maestros, y aquel cuyo disgusto atraviesa la mayor parte de la historia de la filosofía es Friedrich Nietzsche. Se ha dicho tal vez ya demasiadas veces lo intempestivo que resulta ser la pluma de este autor para con aquellos cuyo pensamiento no resulta adecuado para él. No es una sino varios los nombres que desfilan por el odio nietzscheano: Sócrates y Platón son los más golpeados por el filósofo alemán, seguido a ellos, Kant, Pascal, Rousseau, Descartes, todo filósofo hedonista, prácticamente todo filósofo inglés e incluso a aquel a quien alguna vez considero casi un padre Arthur Schopenhauer. ¿Qué importa esto respecto a lo dicho al perfil filosófico y análisis propuesto en líneas anteriores? Una de las principales molestias de Nietzsche es que la filosofía resulte únicamente un diálogo para con fantasmas, y el causante de esto a ojos del filósofo alemán es la academia que es la representante y albacea de la tradición, enseñando lo que pensaron los otros y con ello, de tener algún cuestionamiento sólo se necesita aproximarse a determinado autor, de tal suerte que todo el ejercicio filosófico resulta, como se ha dicho, un juego fantasmal de constante retroceso: “El pensar de los filósofos no es, de hecho, tanto un descubrir cuanto un reconocer, un recordar de nuevo, un volver atrás y un repatriarse a aquella lejana, antiquísima economía global del alma de la cual habían brotado en otro tiempo aquellos conceptos: – filosofar es, en ese aspecto, una especie de atavismo del más alto rango.” (Nietzsche, 2013, §20).

Debe librarse a todo estudiante de filosofía de dicho atavismo con el propósito de que no se vuelva un simple glosario de filósofos antes que profesor. Y el problema no es retornar a los autores, sino la desfachatez con la cual nos presentamos frente a ellos: descontextualizándolos, leyendo a conveniencia, sacando la «cita citable» para cumplir con el ensayo pedido para aprobar una materia. El problema aquí es, entonces, el pretender que la filosofía no sólo es un atavismo sino que es sólo lectura, repetición ad infinitum de lo dicho por otros y otras, a grado tal que un estudiante de filosofía puede llegar a responder sin la mínima identidad, parafraseando los textos leídos pero sin haberlos pensado: “El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que «revolver» libros – el filólogo corriente, unos doscientos al día -, acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia. Si no revuelve libros, no piensa. Responde a un estímulo (un pensamiento leído) cuando piensa, – al final lo único que hace ya es reaccionar.” (Nietzsche, 2011, §8). Y dicha idea se rescata en otros textos del filósofo1; cien lecturas no vuelven a alguien filósofo como tampoco lo hacen cien escritos, aunque de manera opuesta, el desconocimiento total de lo dicho por otros tampoco es la vía. Se puede apreciar una constante hasta este punto, el problema no es el desarrollo que ha tomado la filosofía sino la rigurosidad dogmática de la cuál ha sido presa.

Pero ¿cómo es posible que «la madre de todas las ciencias» sea dogmática cuando es por antonomasia la figura emancipadora de la ignorancia cual Eva en el jardín del Edén? Y nuevamente se dirá que no ha sido culpa suya sino de nosotros «sus hijos» y lo que hemos hecho de ella. ¿Cómo es un dogma filosófico? Sin más, aquella idea férrea a la cual no se le cuestiona por haber sido pronunciada por una «autoridad», y pasa de generación en generación (puede observarse que persiste el atavismo); fenómeno que se adhiere a la formación de una manera tan natural y a primera vista eficiente que no tiene porque dudarse que se está siguiendo el camino idóneo. En el caso del pensamiento nietzscheano y su pretensión de ser un «platonismo invertido» incluso llega a cuestionarse por si es correcto o no el enunciar a la filosofía como «la búsqueda de la verdad»: “Suponiendo que nosotros queramos la verdad: ¿por qué no, más bien, la no-verdad? ¿Y la incertidumbre? ¿Y aun la ignorancia? – El problema del valor de la verdad se plantó delante de nosotros, – ¿o fuimos nosotros quienes nos plantamos delante del problema? ¿Quién de nosotros es aquí Edipo? ¿Quién la esfinge?” (Nietzsche. 2013, §1).

Y todo aquel o aquella que le mostrase atención a lo dicho, habrá caído ya en cuenta que posiblemente los errores de atavismo y lectura antes descritos, quizá se han cometido ya en este discurso y de estarlo no hay reparo en algún en decir: «también yo me he equivocado». Pero en todo caso la crítica ha sido tan bien lograda que incluso se es capaz de someter a las líneas aquí escritas al mismo análisis al cuál se pretende llegar. Dicho lo anterior aún quedan más preguntas en el tintero y se debe proseguir con aquella que nos cuestiona a nosotros pues ¿Quiénes somos nosotros, mujeres y hombres que dedican su vida a la filosofía?: «¿Cómo serán ustedes?» se pregunta Nietzsche en varias ocasiones en su texto «más allá del bien y del mal». No basta con realizar la crítica hacia la forma en la cual se ha venido realizando la filosofía por parte de algunos académicos sino que en su calidad de maestro, Nietzsche, se preocupa por el cómo la generación venidera habrá de realizar la filosofía. El filósofo alemán nota que su tiempo aún no puede ser partícipe de la nueva forma de proceder que plantea: “Hay que aguardar para ello a la llegada de un nuevo género de filósofos, de filósofos que tengan gustos e inclinaciones diferentes y opuestos a los tenidos hasta ahora, – filósofos del peligroso «quizá», en todos los sentidos de esa palabra. – Y hablando con toda seriedad: yo veo surgir en el horizonte esos nuevos filósofos.” (Nietzsche, 2013, §2). Una nueva estirpe filosófica que tienen el «quizá», que ya no hay esa «Verdad» a la cual perseguir incesantemente. Y puede parecer un tanto pretencioso asumirnos como esos «filósofos del pasado mañana» de los que se habla en la cita previa, aunque resulta más sencillo cuando se observa a ciertas figuras y el cómo es su compromiso y vivencia de la filosofía: “Va pareciéndome cada vez más que el filósofo, en cuanto es un hombre necesario del mañana y del pasado mañana, se ha encontrado y ha tenido que encontrarse siempre en contradicción con su hoy: su enemigo ha sido siempre el ideal de hoy.” (Nietzsche, 2013, §212). Claro que con esta cita podemos hacer a un lado la tan molesta misoginia nietzscheana, pues no es por demás claro y evidente que la elaboración filosófica ya no es, ni debe serlo, realizada predominantemente por un solo género. Aún con eso debe atenderse al tipo de necesidades que ve el filósofo alemán para con «los filósofos del pasado mañana».

«No estoy dispuesto a seguir viviendo de acuerdo con las condiciones en las cuales se me presenta el mundo, algo se debe hacer… algo puedo hacer» ese pensamiento acompaña a toda filósofa y filósofo de todo tiempo. ¿Y cómo debe ser entonces el amante del conocimiento, una vez se ha llegado a esta parte del discurso? Se habló ya que incluso la filosofía posee dogmas, sea pues esa la primera exigencia que se le debe hacer: “El filósofo tiene hoy el deber de desconfiar, de mirar maliciosamente de reojo desde todos los abismos de la sospecha.” (Nietzsche, 2013, §34). Y dicho eso puede recurrirse a una descripción más poética tal vez, aunque n por ello deja de ser menos exigente ni menos profunda:

Un filósofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar de acontecimientos y rayos; acaso él mismo sea una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gruñidos y aullidos y acontecimientos inquietantes. Un filósofo: ay, un ser que con frecuencia huye de sí mismo, que con frecuencia se tiene miedo a sí mismo, – pero que es demasiado curioso para no «volver a sí mismo» una y otra vez…

(Nietzsche, 2013, §292).

Y atendiendo al inicio de este discurso, se debe decir la mayor de las veces, los primeros acercamientos con la filosofía uno no tiene ese aire romántico con el cuál se ha descrito al filósofo o incluso con otras descritas en su texto «Aurora»2, la primera vez que nos presentamos ante este nuevo andar lo hacemos sin nada más que nuestra ansia de conocimiento, pero, y permítame el posible lector y escucha romantizar un tanto el concepto «madre», la filosofía nos acepta aún y con esas carencias como si a sus ojos fuésemos ya lo suficiente para acceder a ella, el único requisito que es absolutamente necesario para llegar a ella es el estar dispuestos.

No puede terminarse este discurso sin antes apelar a las exigencias que se han descrito; entonces preguntemos con la desconfianza que se nos ha exigido: «¿Cuál es la trampa en todo esto señor Nietzsche?». La propuesta del filósofo alemán a resultado hasta el momento idónea, salvo por un detalle casi imperceptible, aunque seguramente alguno ya se habrá percatado: cuando se han enunciado las exigencias a tener por el filósofo, se puede percibir alrededor de ello un aura aristocrática, y con esto Nietzsche cae presa también del atavismo antes mencionado: “La especie aristocrática de hombre se siente a sí misma como determinadora de los valores, no tiene necesidad de dejarse autorizar, su juicio es: «lo que me es perjudicial a mí, es perjudicial en sí», sabe que ella es la que otorga dignidad en absoluto a las acosas, ella es creadora de valores.” (Nietzsche, 2013, §260).

Si hay una cosa, aunque en realidad no es una sola sino varias, que molesta a Nietzsche, ese es el espacio común. Tanto en su vida cotidiana como intelectual la preponderancia y amor por la soledad está presente, su poesía no hace más que mostrarnos figuras solitarias, claro que la definición de aristocracia antes citada podría parecer criticar más a la moral, como es costumbre del autor, a más de uno le parecerá incluso que esta imposición tiene tintes cristianos pero no es del todo de ese modo; Nietzsche considera aún una noción bastante antigua de sabiduría, esa que tiene por figura a aquel ser que se refugia de la comunidad en la cueva o la montaña, y en esa reclusión regresa al mundo posteriormente con el propósito de emancipar al mundo de sus cadenas como si se presenciara el descenso de Prometeo del Olimpo con el fuego:

Pero los auténticos filósofos son hombres que dan órdenes y legislan: dicen: «¡así debe ser!», son ellos los que determinan el «hacia dónde» y el «para qué» del ser humano, disponiendo aquí el trabajo previo de todos los trabajadores filosóficos, de todos los sojuzgadores del pasado, – ellos extienden su mano creadora hacia el futuro, y todo lo que es y ha sido convertido para ellos en medio, en instrumento, en su martillo.

(Nietzsche, 2013, §211).

¿Y por qué estos y no otros?, ¿por qué se le debe atender a aquel «emancipado»?, ¿por qué alimentar la idea de una regulación del conocimiento realizado por unos cuantos desde una suerte de atalaya intelectual ya sea llamada academia, Liceo, Enciclopedia, Ateneo y demás? La noción aquí capturada se encuentra dibujada en diversas mitologías y religiones, el conocimiento es algo a lo cual se accede en soledad, en la tradición judeocristiana que tanto repudió el filósofo alemán las imágenes de Jesús en el desierto, Moisés bajando de la montaña con los mandamientos o conversando con un árbol en llama, los mensajes oníricos, etc. Desde el mundo griego las figuras son similares aunque recaen mayormente en al figura del poeta que de un momento a otro se ve poseso por las Musas, pero el momento es en soledad.3 Pero en todo caso recuérdese lo que se ha dicho respecto al primer contacto con la filosofía, no se llega a ella como si se fuese una suerte de héroe predestinado a estudiarla, se llega desde muchas y variadas fronteras, desde la colectividad de un pueblo; cualquiera puede dedicarse a la filosofía y eso no dota de un aura elevadora para sobreponerse por encima de otros. No debe permitirse volver a la filosofía una aristocracia, de pasar esto a la larga la comunidad se desentiende de ella y la mirará con todo el desinterés merecido, pues ya los «filósofos», cómodos entre sus libros, se habrán encargado de volverla algo inasequible para todos.

Parrhésia, es una palabra en griego para designar una honestidad radical, una franqueza en grado tal que resulta molesta. Se percibe en el aire una filosofía no aristocrática y de este tipo, una que invita a lo colectivo, una que cada vez más se presenta menos dogmática y molesta precisamente porque resulta ser brutalmente honesta, que se ha desprendido un tanto ya del atavismo y les permitió a otras voces que permanecieron relegadas un foro en el cual escucharles. ¿Será esta la mejor forma de realizar filosofía? Despojándonos de la «Circe filosófica» que representa la moral, se dirá que no es ni mejor ni pero, sino simplemente diferente, con lo que ello implica diferentes formas de referirse a los problemas, diferentes criticas desde luego y ante todo, y es lo primordial, nuevas y nuevos amantes del saber que se saben emergentes de un pueblo y a el vuelven, que les es permisible y hasta cierto punto obligatoria la soledad, pero no por ser filósofos, sino por el simple hecho de ser humanos, que prepara textos a la mesa de todos y no de unos cuantos. ¿Debe entonces preferirse lo político a la estética según lo dicho? Radicalmente debe decirse «¡No!», quien a partir de lo dicho interpretase eso solo recurrirá al mismo problema aristocrático pero ahora con la monopolización de un solo tópico, no se trata de interesarse por un solo tema ¿dónde ha quedado entonces la curiosidad y hambre de conocimiento con la cual nos hemos presentado a la filosofía?, no se es un ser único y privilegiado que emerge de una caverna una vez se ha soltado de las cadenas y tiene que liberar a otros, no puede pretenderse tal arrogancia y pensar que se es la única vía, no se es algo ajeno al vulgo sino que se pertenece a él y en favor a él nuestra labor no es dirigirlos sino acompañarlos las más de las veces.

Mira la ponencia:

Notas

[1] Revísese «Del leer y el escribir» en Así habló Zaratustra: “Quién conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía – y hasta el espíritu olerá mal.” (Nietzsche, 2013).

[2] Revísese el primer libro de Aurora, el parágrafo 43: “El pensador necesita imaginación, arrebato, abstracción, espiritualización, sentido inventivo, presentimiento, inducción, dialéctica, deducción, crítica, agrupación de materiales, pensamiento impersonal, contemplación y síntesis, y no en menor grado justicia y amor a todo lo que existe.” (Nietzsche, 2017).

[3] Giorgio Colli recoge estas nociones de la sabiduría en ascetismo o de tintes iniciáticos apartándose del mundo en el primer tomo de La sabiduría griega, a la vez Nietzsche, en su amor por Dioniso, tiene en mente los ritos iniciáticos de Eleusis y aún más la siguiente cita de Píndaro: “¡Feliz el que, después de haberlos visto, desciende a la tierra; feliz el que conoce el fin de la vida, y conoce el comienzo que otorgan los dioses!.” (Píndaro, 1982).

Bibliografía

Colli G. (2008). Sabiduría griega. T. I¸ (D. M. Fernández, Trad.). Editorial Trotta.

Nietzsche, F. (2013). Así habló Zaratustra. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza editorial.

Nietzsche, F. (2017). Aurora. (E. Ovejero Maury, Trad.). Ediciones Milla.

Nietzsche, F. (2013). Ecce Homo. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza editorial.

Nietzsche, F. (2013). Más allá del bien y del mal. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza editorial.

Píndaro. (1982). Odas y fragmentos. (A. Ortega y M. A. Márquez, Trad.). Editorial Gredos.

Artículo de:

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI, miembro fundador de la revista de divulgación filosófica Párpados

Imagen | Pixabay

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