En un capítulo de la conocida serie Star Trek, el capitán Picard advierte a Offenhouse -un hombre de negocios que despierta en su nave cuatro siglos después de haber sido criogenizado-, que su época ha dejado atrás, por fin, la necesidad, el hambre y la obsesión por acumular pertenencias. Offenhouse replica: “no lo habéis entendido, no se ha tratado nunca de poseer cosas, sino del poder1.”

Es posible que el poder sea el tipo de relación social que más evidenciemos en el día a día: está instalada en las instituciones educativas, en los centros de trabajo y en las oficinas de asistencia social. Sin embargo, apenas conocemos cómo se constituye ni cómo resistirlo.

Durante mucho tiempo, el análisis del poder se restringió a las formas políticas de gobierno, su administración y sus fines. Cabía la posibilidad de resistirse derrocando un régimen, pero esto se producía para que algún otro, de distinto signo, pudiera imponerse.

Dentro de la teoría marxista, el poder político aparece como poder enajenado en la forma de Estado y funciona como una herramienta de opresión. Friedrich Engels (Engels, 1986) describe cómo, históricamente, el aparato estatal surge como garante del orden amenazado ante la aparición de intereses antagónicos irreconciliables. El estado se sitúa por encima de la sociedad misma pero no actúa como árbitro neutral del conflicto, sino que toma partido para mantener los intereses económicos de la clase dominante2.

En esta concepción, resistir el poder político formaría parte de la lucha de clases. Por ello, la toma del poder por parte del proletariado es requisito indispensable para lograr una nueva sociedad en la que no haya división entre propietarios y trabajadores.

La resistencia al poder se vuelve problemática cuando consideramos su ejercicio como algo legítimo. Tener poder implica ser capaz de hacer, o mover a otros a que hagan algo, y, por tanto, requiere de los demás de un mínimo de voluntad para someterse.  Max Weber se interesó por este hecho estudiando el poder como estructura social. En su obra Economía y sociedad (Weber, 2002) se centra en un tipo específico de poder, el del dominio, para explicar cómo respondemos ante él.

El dominio es la probabilidad de encontrar obediencia ante una orden concreta. De este modo, el poder, funcionaría racionalmente en base a expectativas sobre la acción de los individuos. Obedecemos de acuerdo con criterios que legitimarían el poder: cierta voluntariedad o interés establecido, cierta creencia en que la dominación pertenece a un orden legal, o en ciertas regularidades que aseguren su continuidad (por ejemplo, patrones de desigualdad, tradición, etc.) Esta obediencia funciona adoptando el mandato externo como propio, es decir: independientemente de cómo consideremos esa orden -si nos parece justa o no-, esa orden guiará nuestra conducta.

Michel Foucault, daría una vuelta a la lógica del dominio y analizaría cómo opera la racionalidad del poder a un nivel constitutivo. Existe una trama histórica por la que se van entretejiendo sutiles técnicas de control más eficientes que las ejercidas por el aparato represivo tradicional y que tienen la particularidad de penetrar hasta lo más íntimo del sujeto3. A este tipo de mecanismo de disciplinamiento, que se desenvuelve en un nivel cotidiano, Foucault lo denominará subpoder.

El subpoder es un conjunto de operaciones que atraviesan a los individuos en su red de relaciones sociales, fuera de lo propiamente institucional y estableciendo un régimen normativo de sujeción. Es por ello por lo que, para Foucault, el poder crea sujetos: el sujeto no es un concepto vacío, ni algo dado -autofundado, como reclama la tradición cartesiana-, sino que se construye a través de relaciones materiales de poder que podemos ver en el día a día.

En su serie de conferencias, La verdad y las formas jurídicas (Foucault, 2010a) Foucault analiza cómo el subpoder se pone de manifiesto con la emergencia del capitalismo, preparando la inserción del individuo en el trabajo fabril. Para Foucault, no es casual que durante la industrialización se empiecen a implementar medidas de regulación de la vida y el tiempo de los trabajadores (leyes de vagos y maleantes, cartillas de trabajo, legislación dedicada a las festividades, etc.4); resulta una conveniente complicidad entre ley, moral y estatuto laboral.

Ese tejido precapitalista transforma la totalidad de la vida en vida para el trabajo5 y tiene por finalidad la fijación del sujeto como productor6. En este sentido no solo se sustrae tiempo al trabajador que se convierte en plusvalía7, como nos dice Karl Marx, sino que aparece todo un nuevo régimen del tiempo: el tiempo del obrero se convierte en tiempo de trabajo igual que los cuerpos se convertían en mercancía, en fuerza de trabajo.

Por otro lado, las instituciones de sometimiento (fábricas, cárceles, escuelas…) empiezan a adoptar un aire de familia como centros de un nuevo poder de vigilancia donde se premia, se castiga, se expulsa, se sanciona y se corrige: en suma, se disciplina. Es un encierro que tiene por finalidad, no la reclusión de los trabajadores, sino su inclusión y normalización en la nueva sociedad capitalista.

Hoy sabemos que el régimen de disciplinamiento neoliberal ha llegado a permear aún más, hasta educar nuestra voluntad, formándonos en emprendeduría, competencia y entusiasmo. La resistencia ante un poder que actúa al nivel más primario sigue siendo problemática pero no imposible; quizá la respuesta se encuentre en sustraerse a la misma dinámica del poder.

El poder tiende a ser reduccionista: genera sujetos mermados, funcionales. Resistirlo es más que ganar libertad ante la opresión, es optar por un redimensionamiento. Contra el poder (potestas), como nos dicen de alguna manera, Aristóteles, Spinoza, Deleuze o Negri, está la potencia (potentia), la posibilidad de cambiar, de llegar a ser lo que somos, a pesar de lo que han hecho con nosotros. Apelar a lo común, a lo humano, quizá sea la clave.

Notas

[1] Traducción propia del inglés. Star Trek: The Neutral Zone (1988). Se puede ver aquí, precisamente, reproducido este diálogo https://www.youtube.com/watch?v=XQQYbKT_rMg

[2] “Además, en la mayor parte de los Estados históricos los derechos concedidos a los ciudadanos se gradúan con arreglo a su fortuna, y con ello se declara expresamente que el Estado es un organismo para proteger a la clase que posee contra la desposeída”(Engels, 1986, p. 294)

[3] Foucault  denomina a esto nueva <<economía>> del poder: “procedimientos que permiten hacer circular los efectos de poder de forma a la vez continua, ininterrumpida, adaptada <<individualizada>> por todo el cuerpo social” (Foucault, 2010b, p. 385)

[4] Puede leerse en detalle sobre este asunto en Foucault (2010a)

[5]  Íbid.

[6]  “…una trama de poder político microscópico, capilar, enraizada en la existencia de los hombres se haya instaurado para fijar a estos al aparato de producido convirtiéndolos en agentes de la producción, en trabajadores”(Foucault, 2010a, p. 561)

[7] Foucault nos dice que sólo hay plusvalía si hay subpoder (Foucault, 2010a)

Bibliografía

Engels, F. (1986). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Planeta-Agostini.

Foucault, M. (2010a). La verdad y las formas jurídicas. En Obras esenciales (pp. 585–596). Paidós.

Foucault, M. (2010b). Verdad y poder. En Obras esenciales (pp. 379-392). Paidós.

Weber, M. (2002). Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. Fondo de cultura económica.

Imagen | Flickr

Artículo de:

Leticia Prado (autora invitada):
Titulada en Filosofía y Sociología Cultural. Sus intereses son la Ética, la Política y los Movimientos Sociales.

#Foucault, #poder, #resistencia

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!