La adopción es uno de los actos altruistas que más admiro. La crítica que más se oye entre quienes adoptan es la burocracia y el tiempo que pasa entre la solicitud y la adopción. Esa burocracia y dilación en el tiempo sirven a dos finalidades. Una es garantizar que el menor es adoptado por una persona o familia responsable y que será criado y educado en unas condiciones dignas y adecuadas. Otra es servir de filtro a las decisiones precipitadas y en caliente: quien pasa por esa burocracia y durante tanto tiempo es porque realmente quiere adoptar.

Reflexionando sobre lo anterior me surge una duda terrible: las razones que justifican la burocracia en la adopción, ¿no la justificarían también en el caso de la paternidad/maternidad biológica? ¿No habría que garantizar lo mismo para cualquier menor, independientemente de que sea hijo natural o adoptado?

A este respecto se me ocurre la siguiente hipótesis: imaginemos un mundo futuro (o paralelo) en el que, gracias a la biotecnología, todo el mundo desde que nace fuera estéril reversible. Es decir, que por defecto nadie pudiera tener hijos, pero que, si quisiera, pudiera revertírsele la esterilidad temporalmente de forma que pudiera tener hijos durante ese periodo de tiempo (por ejemplo, un año). Después volvería a su estado de esterilidad reversible hasta que quisiera tener otro hijo. Para revertir la esterilidad, los aspirantes deberían demostrar lo mismo que quien quiere adoptar: que su decisión no es producto de la calentura del momento y que reúne las condiciones psicológicas y económicas básicas para criar y educar a un menor de forma digna y responsable (supongamos que dichos requisitos se simplificaran de forma óptima, es decir, reduciéndolos a los mínimos pero suficientes; y que en principio se hacen con criterios puramente técnicos y no ideológicos, étnicos o de otro tipo). Un escenario así ¿sería una distopía o una utopía?

Una medida como la planteada supondría, de entrada, una reducción drástica de la natalidad. No solo porque algunas personas no pasarían los trámites, sino porque otras posiblemente desistieran de iniciarlos siquiera. Esta consecuencia me parece un argumento a favor. La sobrepoblación es uno de los principales problemas ecológicos y urge reducirla o por lo menos estabilizarla antes de que su crecimiento geométrico nos lleve a las peores consecuencias. Por otro lado, se reducirían totalmente los embarazos no deseados y a prácticamente cero los abortos.

En cuanto a quienes no quisieran pasar los trámites por la pura pereza o desidia, simplemente, estarían demostrando que tampoco tienen mucho interés en algo tan serio como tener un hijo. Con esto no prejuzgo que no quieran tener hijos, opción que me parece tan respetable como tenerlos: alguien puede decidir no tener hijos para dedicarse a sí mismo o a otra causa (como la religiosa, por ejemplo, caso de sacerdotes y monjas).

Un argumento en contra vendría a indicar que el mero hecho de tener hijos es de por sí mejor que no tenerlos, aunque sufran. Aquí no compartimos ese argumento: la calidad de vida nos parece tanto o más relevante que la mera cantidad de vidas. Un mundo con millones de niños que sufren no nos parece mejor que uno con muchísimos menos niños pero felices. Peter Singer se ha dedicado a este asunto en su Ética práctica al distinguir las posiciones que llama “posición total” y “posición de la existencia previa” (Singer, 1995, Ética práctica, Cambrigde University Press, pp. 128-131).

En el caso de quienes no superaran los requisitos (similares a los de la adopción), no traerían al mundo hijos que vivirían en condiciones indignas. Bien porque no están capacitados psicológicamente o no reúnen las condiciones económicas mínimas. En el segundo caso llegamos a otro argumento en contra: una medida de ese tipo afectaría, principalmente, a los más pobres y con menos recursos para criar hijos dignamente. Es decir, que los pobres no tendrían hijos o que tenerlos pasaría a ser un privilegio de la clase media y alta.

Los estándares de calidad de vida son cada vez más altos y eso conlleva que las familias que quieren tener hijos, y también una calidad de vida para esos niños y los propios padres, tengan que limitarse a uno o dos, y además posponer su paternidad hasta cierta edad relativamente avanzada. Lo anterior hace que estas familias tengan pocos hijos con padres relativamente mayores, pero más maduros y estables económicamente. Los pobres, por el contrario, suelen tener más hijos y a edades más jóvenes (e inmaduras), muchos de ellos no deseados, criados en peores condiciones y con menos recursos. Hijos que, a su vez, reproducen el mismo modelo de paternidad/maternidad y de pobreza.

Al respecto hay que decir, para empezar, que dicha crítica es aplicable a la adopción, y que para ser tomada en serio debería ser coherente y exigir que la adopción no “discriminara” a los pobres. Por otra parte, la esterilidad reversible no es incompatible con otras medidas frente a la pobreza o tendentes a garantizar una calidad de vida básica y universal (el Estado del bienestar o una renta básica universal, por ejemplo). De esa forma, todo el mundo podría superar los requisitos económicos para tener hijos. Pero, aun sin esas medidas, la propia esterilidad reversible podría ser ella misma una medida contra la pobreza al no reproducirla: al no traer al mundo más niños pobres. Una medida que enlazaría con las propuestas antinatalistas del feminismo anarquista que proponían en su día la llamada huelga de vientres.

Ya que hemos mencionado el anarquismo, otra crítica podría incidir en el excesivo poder que se daría al Estado al dejar en sus manos una medida como la esterilidad reversible. Cierto que sería un poder que, en manos de un Estado dictatorial o racista, por ejemplo, sería horrible. Pero, en la práctica, peligros similares están latentes o en potencia en cualquiera de las competencias que se le conceden al Estado. Recordemos que al Estado se le encomienda el monopolio de la violencia en su misma definición, por ejemplo, y los excesos que se podrían derivar de ahí (y que de hecho se han derivado: el nazismo, por ejemplo). De modo que la cuestión no sería tanto la propia esterilidad reversible cuanto los medios de control al Estado y la profundización de la democracia para evitar sus excesos.

No pretendo aquí defender la esterilidad reversible como un objetivo o ideal a alcanzar, aunque solo sea porque técnicamente fuera imposible, sino tan solo como un trasfondo para reflexionar sobre la paternidad/maternidad y el estatuto moral de hijas e hijos y su dignidad.

Durante siglos, y todavía en los países más pobres, los menores han sido tratados indignamente como medios para otro fin en lugar de dignamente como fines en sí mismos (en términos kantianos). Salvo en nuestros días, en cualquier otra época del pasado los numerosos hijos se tenían como una especie de seguro de vejez para los padres, de modo que alguno de ellos sobreviviera lo suficiente para cuidarlos cuando fueran mayores. Las familias tenían muchos hijos porque sabían que muchos de ellos morirían en el propio parto, en su más tierna infancia o en la juventud. Los que nacían con cualquier enfermedad o discapacidad se dejaban morir de infralimentación por sus propias madres o se les mataba directamente. Hijas e hijos se usaban como moneda de cambio para alianzas matrimoniales y pactos entre tribus, especialmente las hijas con las que se negociaban las dotes. Niñas y niños eran prácticamente desatendidos, estaban expuestos a todo tipo de riesgos y eran “cuidados” por hermanos o primos mayores que les sometían a todo tipo de “ritos de iniciación” a base de burlas, humillaciones y golpes.

Sin llegar a los extremos de esas otras épocas, todavía hoy en día multitud de niñas y niños malviven en condiciones indignas (mal)criados por familias irresponsables (padres muy jóvenes, adictos, delincuentes…). Al mismo tiempo, hemos avanzado en la comprensión de los niños como personas con dignidad, esto es, con un valor intrínseco, en sí mismos. Con derechos por el mero hecho de ser niños y que hay que entenderlos como tales: no como adultos en potencia ni adultos más bajitos (frente al adultocentrismo predominante en el pasado y todavía en la actualidad). Hoy en día cada vez somos más conscientes de la importancia que tiene el tipo de apego y la forma responsable y respetuosa de criar y educar a niños felices. Una forma de hacerlo que los capacite como personas dignas y capaces de desenvolverse de forma autónoma en nuestra sociedad y de ser ellos mismos. Los requisitos de la adopción buscan garantizar unos mínimos para ese objetivo. Si eso nos parece razonable, ¿por qué no hacer algo para que todo niño, adoptado o biológico, nazca y crezca con esas garantías mínimas (aunque solo sea concienciarnos de su importancia)?

Artículo de:

Andrés Carmona (colaborador invitado):
Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Coautor del libro Profesor de Secundaria, y colaborador en la obra colectiva Elogio del Cientificismo junto a Mario Bunge.

Imagen | Pixabay

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