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Marx (2003) comienza el apartado sobre “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto” en El Capital con una cita bastante interesante.

Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas y reticencias teológicas

Aunque esta pequeña descripción equivale al tratamiento de la mercancía como fetiche, a su vez, podría ser la descripción de la obra de arte, pues ésta mantiene las mismas características: se instala como objeto de reticencias teológicas y metafísicas. Sin embargo, ¿es posible que la obra de arte escape de su posición de objeto-fetiche dentro del sistema capitalista? ¿La obra de arte puede servir a otros propósitos que no sean las de satisfacer las necesidades fetichistas dentro del mercado?

La imagen de un objeto nos puede ayudar a pensar en ello. La representación que nos hacemos de un par de zapatos, por ejemplo, es distinta según el lugar en el que lo ubiquemos. En este caso, nos interesa la forma en la que se inserta en el modo de producción capitalista, en tanto que mercancía-fetiche y su posible inserción en otro campo, el político.

Aquí tenemos dos imágenes que nos presentan la posición que juega un mismo objeto en distintos ámbitos: uno como objeto-obra de arte y otro, que a pesar de ser objeto-obra de arte, nos remite a algo más. Veamos de qué se trata.

Objeto-mercancía

Cuando imaginamos un par de zapatos dentro del modo de producción capitalista pensamos, primero, en su utilidad y, luego, lo pensamos como producto de un trabajo. Ambos aparecen ligados en el objeto como mercancía pues, la mercancía, originariamente, es un producto de trabajo que satisface determinada necesidad humana, por tanto, tiene un valor de uso, es útil. Las mercancías al satisfacer –cada una de ellas– diversas necesidades humanas, se diferencian unas de otras cualitativamente porque cada producción laboral es distinta; por ejemplo, la producción de un zapatero es distinta a la de un panadero y, a su vez, los zapatos de un zapatero A son distintos de otro zapatero B pues cada uno le imprime cualidades particulares al producto de su trabajo.

Dando un paso más, dentro el modo de producción capitalista hay un cambio pues al basarse en el intercambio de mercancías y dejar de lado la producción para satisfacer necesidades de primer orden (alimento, vivienda, etc.), para concentrarse en la producción dirigida al mercado y, por tanto, en la acumulación de capital, las cualidades concretas de la mercancía desaparecen, sus diferencias y, por tanto, su valor de uso.

De este modo, impera el valor de cambio de la mercancía pues ésta se intercambia como un más o un menos respecto a algo común, es decir, a diferencia del valor de uso donde lo que vale es la cualidad, el valor de cambio vale por la cantidad (Marx, Karl, 2003).

Objeto-obra de arte

Ahora bien, una obra de arte también tiene un valor de uso que cambia con su inserción en el intercambio y acumulación de capital dentro del modo de producción capitalista.

La obra de arte es producto de un trabajo concreto: el productor de las obras de arte, es decir, el artista. El artista produce por una necesidad, la de expresar y comunicar. El artista transforma la materia y la dota de ciertas cualidades que, a su vez, testimonian cierta relación con el hombre. Así, la utilidad de la obra de arte se refiere tanto a sus cualidades como a la satisfacción de una determinada necesidad humana: la satisfacción de una necesidad espiritual. Además, por ser producto de un trabajo concreto (personal y específico), la obra de arte es única e irrepetible.

El trabajo artístico impreso en la obra de arte, en consecuencia, también lo es; por ello, no se puede comparar dos trabajos artísticos entre sí y establecer una relación cuantitativa e indiferente a los aspectos cualitativos y singulares de cada uno de ellos. Tampoco se pueden envolver en el estándar de tiempo de trabajo pues cada trabajo artístico tiende a durar, según cada productor, horas distintas, y de manera particular, el artista, de una obra a otra, puede usar horas y hasta meses. Pese a ello, lo que interesa de una obra de arte no es su producción sino algo más. La obra de arte tiene un valor superior porque además de utilizar, probablemente, mayor tiempo de trabajo, el trabajo realizado se hace “de una vez y para siempre”. En este sentido, lo que le pertenece a la obra de arte más íntimamente es su unicidad y su irrepetibilidad.

La masificación de los productos, es decir, el trabajo seriado no tiene el mismo valor que la obra hecha sólo para una ocasión, por eso la obra de arte se fetichiza. Su inserción en el mercado se da por un halo que la rodea, una especie de energía que envuelve a la obra de arte dotándola a los ojos del que la contempla de objetividad metafísica y que sustituye la objetividad meramente física de la presencia material de la obra1.

La obra de arte en tanto que fetiche tiene una relación ritual con los individuos. El ejemplo más claro es el del coleccionista, quien adquiere obras de arte vendidas por millones, aunque cualquier individuo tiene esta relación ritual con las obras de arte, en un museo o en lugares diseñados para su contemplación, siendo ésta una relación que no permite actitud activa del individuo frente a la obra sino que éste último permanece pasivo y en una actitud alienante.

En este sentido, la imagen “Tres pares de zapatos” de Van Gogh nos deja ver estas características de la obra de arte como fetiche pues el óleo está expuesto en el Museo Van Gogh para el deleite de muchos y su contemplación y podría ser subastada por varios millones, como en el caso de otro óleo del mismo pintor “Los campos”, el cual fue subastado por más de 24 millones de dólares. Y ante la obra de arte, por sus características auráticas –su unicidad e irrepetibilidad– se tiene una relación ritual en la que el individuo contempla el halo que la rodea conservando una actitud pasiva frente a ella.

Ahora bien, es preciso hablar de las condiciones en las que se presenta la obra misma, esto es, el tiempo y el espacio de la obra de arte antes de pasar a la segunda imagen pues encuentro que así como se presentan las condiciones de la obra, también se presenta el modo en que nos relacionamos con ella. Esto con el fin de hallar una posible respuesta a la pregunta lanzada al comienzo de este ensayo: la posibilidad de que la obra de arte escape de su posición de objeto-fetiche y sirva para la praxis política.

Notas

[1] Esta conceptualización refiere a la caracterización que hace Walter Benjamin en su La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica del “aura”: “Un entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar” (Benjamin, 2003, p. 47). Esta descripción la formula Benjamin para explicar la relación ritual que se tiene con la obra de arte en dos sentidos: la percepción espacio-temporal de la obra. Una lejanía que no corresponde con la cercanía espacial es la sensación que tenemos ante la obra eterna, única, irrepetible, en una palabra, autónoma.

Bibliografía

Benjamin, Walter (2003) La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica.  México: Itaca.

Buck-Morss, Susan (1998) “¿Qué es arte político?” En Tiempo privado en espacio público. China: Palace Press Internacional.

Gómez Aguilera, Fernando (2004) “Arte, ciudadanía y espacio público”. On the W@terfront. Número 5, recuperado de http://www.ub.es/escult/Water/N05/W05_3.pdf

Marx, Karl, (2003) “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. El capital. El proceso de producción del capital. Tomo I, Vol. 1. Buenos Aires: Siglo XXI.

Imagen | Wikipedia

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por Erika Tellez

Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anahuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

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