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La magia en la palabra: rastreando la tradición mágica occidental. Parte 1 de 2

La magia es un fenómeno extendido en todas las culturas. Lejos de ser meras formas de acción basadas en creencias infantiles sin fundamento, hay todo un bagaje cultural detrás de los corpus mágicos de cada cultura. Y, por supuesto, hay todo un corpus o sistema de creencias que han dado lugar a las llamadas “ciencias ocultas” que forma parte de la cultura occidental (a distinción de los rituales mágicos de otras culturas). Estos sistemas de creencias cobran cuerpo escrito de forma patente durante el helenismo, época en que la cultura griega se expande y fusiona con tradiciones orientales, y tienen su origen, principalmente, en Egipto.

Las raíces egipcias de
la magia occidental

Este sistema de creencias se manifiesta en un conjunto de ritos y signos, pero en él ocupa también un lugar preeminente la magia por la palabra. Según señala Ghyka: “Para la religión egipcia (…) ciertas palabras tenían un valor de encanto efectivamente mágico. Estas palabras de poder o hékau se mencionan ya en el siglo XVI antes de J.C., en un capítulo especial del Libro de los Muertos [Capítulo que trata del empleo de las palabras de potencia para llegar hasta Osiris en el Otro Mundo]. (…) Estas palabras de paso las encontramos en los misterios, las tablillas funerarias pitagórico-órficas…” (Ghyka: El número de oro, pp. 196-97. 134). En este reino de las palabras mágicas la diosa por excelencia es Isis, diosa de los misterios y la magia, y Thoth-Hermes, dios del conocimiento, la palabra y la escritura, y también guía de las almas en el otro mundo.

Las cadenas de pertenencia
de la creación

El poder del lenguaje se deriva de la creencia en que la creación se produjo siguiendo el influjo de lo que se puede llamar “cadenas de pertenencia”. Para los egipcios, cada momento va ligado también a un espacio, y en ese momento espacio temporal se van creando los seres. Aquellos que pertenecen a la misma cadena tienen asociación o influencia unos en otros, pues comparten la misma esencia. De este modo, se crean un animal, una piedra, una planta… Y también un sonido asociado.

La comunión de los sonidos
articulados con el cosmos

Ese poder de asociación hace que las fórmulas sean efectivas, oídas por los dioses. No sólo en cuanto nombran objetos, sino en sí mismos, las letras y los sonidos tienen poder. Generan armonía, comunión entre los elementos, a partir de la analogía que establecen entre ellos. Recordemos que el ser humano es el único que tiene logos (así lo definió Aristóteles, el animal con logos, lo que solemos traducir como “animal racional”). Con ese logos, el ser humano capta la esencia de las cosas, puede recrearla en su mente y en la mente de otros, y no solo las distintas esencias sino su conexión y armonía con cualquier otra parte del cosmos. En el “Discurso Sagrado”, texto atribuido tanto a Pitágoras como a su hijo Telauges, se dice lo siguiente sobre la esencia eterna del Nombre: “principio infinitamente sabio de la unidad del cielo, de la tierra y de la naturaleza intermedia, raíz de la permanencia (διαµονάς) de los seres mortales, de los dioses y de los dáimones”. (Citado por Festugière, La révélation de Hermes Trismegiste, I, p. 338.)

Lenguaje y creación

Sin las palabras, todo son impresiones sensibles, variantes y caóticas, carentes de unidad. Colores y líneas, ruidos informes. El ser humano capta la unidad, la mismidad de las cosas, a través del lenguaje. Consciente intuitivamente de esa capacidad, explora toda su potencialidad, juega a cambiar el mundo, a recrearlo, a ir más allá de él, como un niño con sus juegos. Y analiza con curiosidad todo ese potencial que encierra el lenguaje. Si podemos construir mundos con él, ¿no será el lenguaje la esencia misma de la creación?

El cosmos y el caos
en los sonidos

Empecemos por acercarnos a los sonidos mismos. En los sonidos articulados hay algo similar a la separación entre el cosmos y el caos. Desde antiguo ha existido una estrecha relación entre encantamiento, poesía y música –ambas son sonidos estructurados–. Los pitagóricos, según cuenta Plutarco, se entregaban antes de dormir a ciertos acordes de lira y perfumes “bajo cuya influencia el éter se transforma y el cuerpo, mecido plácida y dulcemente por la emanación, adquiere una disposición tendente al sueño y afloja y suelta como a nudos las penas y tensiones originadas por las preocupaciones cotidianas, sin producir borrachera; y a la parte imaginativa y susceptible de sueños la pule como un espejo y la hace más pura (…) hechizando así y cuidando la parte pasional e irracional del alma” (Plutarco: De Iside et Osiride, 383F-384A. Versión de F. Pordomingos Pardo y J. A. Fernández Delgado, en Madrid, Gredos, 1995). Es sabida la contraposición que hace Platón -con toda probabilidad un pitagórico iniciado- entre la música de la lira, ordenada y armónica, y la música de la flauta, más tendente a la excitación y a la irracionalidad; por ello era la utilizada en los ritos dionisíacos, donde las bacantes se entregaban al desenfreno.

Los Hermetica

El cosmos y la armonía, el orden, la proporción se oponen a caos, lo infinito y desordenado, lo salvaje. Esa oposición es algo más que una percepción del ser humano: es una necesidad, es parte de nuestra supervivencia generar un orden, un sentido desde el que comprender y movernos por el mundo.

Los más célebres tratados esotéricos de las ciencias ocultas en la antigüedad occidental se encuentran recogidos en el denominado Corpus Hermeticum. Los Hermetica (“teóricos” y “técnicos”, tal y como los clasifican los expertos Festugiere y Walter Scott, son un producto de la cultura grecoegipcia surgida durante el helenismo, que recogen tanto prácticas mágicas como tratados de acercamiento a la divinidad (los que se constituyen en “filosóficos” son los que forman el Corpus Herméticum). En un pasaje de esta obra CH XVI leemos:

A los que lean mis libros, la composición de éstos les parecerá lo más simple y claro siendo así que, por el contrario, es oscura y retiene en lo oculto el significado de las palabras; y será mucho más oscura todavía cuando los griegos, con el tiempo, decidan traducirlos de nuestra lengua a la suya, cosa que dará lugar a una máxima distorsión de lo escrito y a una total oscuridad. En cambio, expresado en su lengua patria, el discurso mantiene diáfano el pensamiento (noûs) de las palabras. Pues la cualidad misma de la voz y la (propia entonación) de los nombres egipcios conservan en sí mismas la eficacia (o energía activa) de las cosas dichas.

Este fragmento revela esa creencia en el poder mágico de la palabra. La creación misma se habría dado por medio de sonidos generadores. Habría algo así como el “nombre verdadero” de las cosas -especialmente de los dioses a los que se intente invocar-, y es ese nombre verdadero el que posee el poder de manipular la realidad, de hacer de dioses o démones nuestros servidores -en los “tratados técnicos”, más populares y vulgares- o de captar la energía de elementos que podemos poner a nuestro favor, por ejemplo, en amuletos o talismanes.

Hacia las lenguas sagradas

Que la música y las palabras se han usado para intentar cambiar el curso de la realidad, ya sea del hombre ya sea de la naturaleza, es algo que aparece en cualquier forma de cultura. Como Indagando en las fuentes culturales de la cuenca oriental mediterránea, encontramos también varios mitos griegos relacionados con la curación por cantos, como son Orfeo o Museo –su hijo en algunas versiones, de tanta influencia en la tradición pitagórica y también en los Misterios de Eleusis–.

Ritmo, aliteración, repetición… El mero sonido parece acercarnos a la creación de todo; el lenguaje, en cuanto semántica, va disociando, según evolucionan las distintas lenguas, esos “sonidos naturales”, mágicos, de su contenido; el significante del significado. Por ello las lenguas más antiguas se consideran sagradas. La tradición egipcia, así como la mesopotámica, se van a ir convirtiendo en fuentes de ensalmos, fórmulas de conjuros y evocaciones de dioses y démones. Quizá porque el misterio del lenguaje, de su origen, nos lleva a creer que alguna debió ser la lengua verdadera, la primera, aquella en que Dios hablara a Adán y con que éste nombra a los animales. Hay filosofía en toda esta tradición mágica. Y hay magia en la filosofía. La búsqueda de la verdad mantiene abierta su puerta no solo a lo racional y demostrable, sino también a lo numinoso. Porque la filosofía, como dijo Aristóteles, es fruto de ese asombro ante el mundo, y también nos asombramos, tanto como lo deseamos, de nuestro propio asombro.

Imagen | Unsplash

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

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por autores invitados

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