A la pregunta de si somos violentos por naturaleza muchas personas responderán sin dudar que sí. Lo entiendo, vivimos rodeados/as de violencia; miremos donde miremos allí está ella.

Otra postura para defender esa posición sería el eterno retorno a la frase “es que siempre ha sido así”. Pensemos ahora, a día de hoy, en nosotros y nosotras (los humanos), e intentemos ejemplificar algún tipo de violencia que no sea aprendida.

Nuestra sociedad es, sin duda, cruel. Crecemos con la equivocada idea de que debemos discriminar a alguien (quien quiera que sea) bien sea por la clase, la etnia, el sexo, la especie, la orientación sexual… dependiendo de los privilegios que tengamos o creamos tener, dispondremos de una lista programada de seres sobre los que creemos tener derecho a sentir algún tipo de desprecio. Esta discriminación conllevará, sin duda, a aquella violencia de la que hablábamos. “Determinados colectivos pasan, en la sociedad actual, a la categoría de cosa, que el poder clasifica de distintas maneras: edadismo, diversidad funcional, problemas mentales, drogadicción, prostitución, inmigración, género, especie, etc., son (estos colectivos) arrastrados al olvido y, al encontrarse en el suelo de la jerarquía ficticia, pierden su fin, su ser y

su vida, por una exclusión desmedida que es impulsada por el poder para beneficio de unos pocos y bajo la trinidad del dinero, la tradición y el miedo1”.

Veámoslo de otra manera ¿crees que podrían darse asesinatos machistas si no fuera por la “tutela” del patriarcado?, ¿crees que se comprarían y abandonarían animales si no fuera por la imperancia del especismo en nuestra sociedad?; de nuevo, ¿crees que se daría la explotación laboral sin una creencia de superioridad de un individuo frente a otro?

Más allá del ¿somos buenos o malos por naturaleza? me angustia la pregunta de si somos o no violentos “necesariamente”. Considerando que la maldad equivale a la violencia, lo entiendo. De no ser así, la bondad o la maldad pueden depender, de algún modo, de los ojos con que se miren; pero, ¿qué hay de la violencia?, ¿alguien puede negar que es violento degollar a un animal? Puede que, pensando únicamente en comer un filete, alguien quiera responder que no, ¿y si fuera tu “mascota”?

Imaginemos ahora una sociedad en la que no tenga cabida ningún tipo de discriminación, ¿habría violencia?

Más allá de las utopías más o menos comprometidas, pensar en la integración de todos y cada uno de los individuos podría ayudarnos a no ser tan violentos, o a no creer que lo somos “por naturaleza”. Naturaleza, por su parte, que es explotada y destruida; y que de nada le valen los argumentos que pretenden justificar y normalizar un estilo de vida caótico. Naturaleza que no es responsable de una cultura de la exclusión, ni de una sumisión ciega a esos valores.

Analicemos, pues, esos pequeños o grandes actos que nos hacen violentos/as, busquemos sus causas y el tipo de discriminación que hace que sigamos el camino de la eterna crueldad. Si tanto presumimos de una supuesta racionalidad, utilicemos la razón para derrocar el círculo de la violencia en el que hemos convertido a este mundo.

Mi intención aquí no es imponer una idea inamovible, sino intentar cuestionar esta realidad extremadamente cruel; y, de nuevo, intentar comprenderla para no perder la esperanza de que, algún día, nos aproximemos a una sociedad sin discriminación. Y, por ello (supongo), sin violencia.

“El poder, mediante un proceso de cosificación, anula tanto a animales humanos, como no humanos; con el fin de que olvidemos esa realidad de la que se ha encargado sea extremadamente abusiva, para adquirir algún privilegio y, que neguemos los hechos, aunque formen parte de nuestros día a día, y pensándolo un poco resulten evidentes2”.

Sabemos que “cargamos” con una cultura que guía nuestro comportamiento; pues bien, ésta también guiará la violencia que seamos capaces de soportar y/o someter. Es importante para todas las personas sentirse parte de un grupo, pero más importante es cuestionar lo que conlleva. Si la cultura normaliza la violencia, será una de nuestras tareas preguntarnos por qué lo hace y a quién le interesa que la situación no cambie. Si nos doblegamos a ella ciegamente, o bien someteremos a alguien mediante actos violentos, o nos someterán (o, casi siempre, ambas). Acostumbrados y acostumbradas a esta cultura de la exclusión, pocas veces ponemos en duda nuestros valores; sin embargo, ¿qué significaría que lo hiciéramos?

“¿Debemos conformarnos con nuestra cultura de la exclusión de animales humanos y no humanos?, ¿puede una cultura cambiar?, ¿realmente es insignificante el comportamiento de quienes no estamos conformes con la sociedad en la que vivimos? […] ¿por qué vamos a pensar que nuestros pequeños cambios no sirven para nada?, ¿Por qué vamos a creer que nuestras decisiones constantes a lo largo de la vida no suponen ninguna transformación?, ¿por qué vamos a dejar de luchar por un mundo diferente?3”.

Notas

[1] Fano Muñiz, Andrea. ¿ALGO, O ALGUIEN? La necesidad de cuestionar la visión del poder. Barcelona. El Grillo Libertario. 2021. Página 49.

[2] Op. Cit. Página 48

[3] Op. Cit. Página 91

Artículo de:

Andrea Fano Muníz (autora invitada):
Nacida en Asturias (España). Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) Actualmente cursa un Grado Superior de Formación Profesional en Integración Social.

Síguela en: twitter

Imagen | Pixabay

[cite]

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por autores invitados

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