Cuando se habla de las múltiples cosas que la literatura, en sus diferentes manifestaciones, produce en el espíritu humano, casi siempre, pensamos en la exaltación de lo bello y sublime, o de lo horrorosamente real. Pero en muy pocas circunstancias nos detenemos a reflexionar si eso que yace allí escrito es el padecimiento del autor o de la autora. Tal es el caso de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, quien a través de sus cuerpos poéticos nos expone todo el drama sobrehumano causado por la profunda melancolía y las incesantes imágenes al azar que dejan huella en su cabeza. En efecto, para un sujeto con este tipo de condición le es casi imposible acceder al disfrute de la ficción plasmada en letra, pues su vulnerable discernimiento entre lo verdadero y lo falso le llevan al borde de la muerte. Empero, desde la óptica de Alejandra se nos muestra otras tantas formas de vivir desde la locura siendo consciente de esta. La poeta nunca niega su estado, no es indiferente. Aun así, señala que la poesía es su mal y su cura: cuando escribe siente que vive, cuando escribe siente que muere. Es decir, la escritura poética es el vehículo entre la frontera de la cordura y de la enfermedad.

Es un extraño caso, sin lugar a dudas, pero para poder acercarse a la obra de esta autora es menester despojarse de los significados tradicionales, de los prejuicios. Sí, ella misma nos indica que está enferma, no enseña algunos fragmentos de las cartas dirigidas a su psicoanalista y a algunos colegas, como a Cortázar. Sin embargo, es precisamente esa inusual forma de enfrentar la enfermedad, sentenciada por la institución, lo que la hace valiosa y digna de algo para decir. Habla desde el lugar de la disputa entre la vida y la muerte, nos conduce por los senderos del infierno humano para cegarnos con las delicias de un paraíso soleado. Es así como el sufrimiento de una mujer puede congregar a todo un universo para aleccionarlo sobre la historia de la humanidad.

En la poesía de Alejandra no hay sinsentidos, hay, más bien, sentido en el sinsentido. Nos denuncia la inutilidad del lenguaje, la vacuidad de las palabras, de los colores, de las intenciones. En sus versos da cátedra sobre lo efímero que es el amor y sobre lo eterno que es el dolor. Pizarnik, con la tinta manchada en el papel, demuestra que es posible estar rodeado de miles, tenerlo todo y estar sumido en la más absoluta soledad. Pero ¿no es eso, acaso, el ente humano? ¿Soledad, decepción y desesperación? Sí, son categorías nocivas y negativas para las personas, pero es porque nosotros lo hemos querido así. Hemos despreciado la belleza que subsiste en ellas y que nos otorgan la fuerza necesaria para sentirnos vivos. Desde luego, hemos relegado la experiencia vital a los discursos perfectos, alegres y optimistas, pero hemos olvidado que en el odio y en la tristeza también nos autoafirmamos, nos reconocemos y distinguimos como seres vivientes.

En últimas, leer a Pizarnik es penetrar los más recónditos deseos de su alma, en donde una mujer, vulnerable e inestable para los ojos del mundo, con sus gritos de dolor exclama por más hálitos de vida. Una mujer que se propuso escribir para convertirse en la cariátide del templo de los frágiles y hacerlos escudriñar entre sus mentes, mediante cada palabra y signo, la búsqueda del ejercicio de la compasión y la solidaridad para con la condición propia y para el resto de los excluidos.

Artículo por:

Laura Juliana Gamboa Bonilla (Semillero de Investigación Filoepos):
Estudiante de filosofía y de licenciatura en educación básica primaria de la Universidad Industrial de Santander (Colombia). Directora de estudiantes de pregrado del Semillero de Investigación Filoepos; integrante del Semillero de investigación Paideia e integrante del grupo de extensión de Software Libre, CUSOL.

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por Semillero de Investigación Filoepos

El Semillero de Investigación Filoepos es un semillero adscrito al grupo de investigación Politeia, de la Escuela de Filosofía de la Universidad Industrial de Santander. En él se pretende suscitar espacios de diálogo y reflexión en torno a la filosofía política, el feminismo y el género y la filosofía contemporánea, todo en conjunción con el contexto literario, para todos aquellos estudiantes de filosofía (o áreas afines) que se interesen en estos temas. Además, el semillero es también un espacio dialógico con otros campos del saber, tales como el derecho, la medicina, la informática, etc.

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