Deleuze, Nietzsche y la filosofía de la diferencia

En un capítulo de “Diferencia y repetición” (La diferencia para sí misma) libro en el cual Gilles Deleuze busca afirmar una nueva forma de pensar, el filósofo francés se centra en la diferencia para constituir así una filosofía novedosa que se nutre de la creación de problemas y deja de lado la representación como paradigma que subordina a la diferencia para hacerla coincidir con lo establecido, y que, en última instancia no es otra cosa que la intelectualización del sentido común. Para cumplir su misión, Deleuze tiene que discutir con rivales de peso como Hegel, Kant, Aristóteles y el mismísimo Platón. Aunque, a su vez, cuenta con un compañero de ruta muy especial: Friedrich Nietzsche. El maestro alemán, del eterno retorno, habría sido el primero en delinear un proyecto de afirmación de la diferencia. Esto lo hace fundamental para el ejercicio crítico deleuziano, que se efectúa en este libro importantísimo para la Filosofía del porvenir.

En las primeras páginas de este que es el primer capítulo de “Diferencia y repetición”, aparece una breve introducción a la problemática de la representación mediadora, que subordina a las diferencias y las hace formar parte de un concepto “englobador” que se supone las abarca en su realidad. En verdad, las condena, porque no hace otra cosa que reducirlas a su mínima expresión y limitarlas a la “dictadura de lo mismo”: “se dirá que la diferencia está mediatizada, en la medida en que se llegue a someterla a la cuádruple raíz de la identidad y de la oposición, de la analogía y de la semejanza” (G. Deleuze, p.63, 2017). Es decir, que algo sería pensable (para el pensamiento representativo y mediador) solo a partir de:

A) Su posibilidad de ser señalado en su realidad de objeto.

B) Su contrariedad con respecto a otro término con el que mantiene una relación íntima debido a su supuesta mutua pertenencia al interior de un concepto general.

C) La posibilidad de ser comparado en una suerte de similitud entre caracteres que tendrían una función similar en seres distintos.

D) La semejanza de carácter con otro término al interior de un concepto general. Hay ejemplos de dichos de la vida cotidiana que pueden servirnos para ilustrar el mecanismo de esta cuádruple raíz que Deleuze menciona: “un feminismo de verdad tiene que ser de está manera o no es feminismo”, “ellxs no crean nada nuevo sólo son lo contrario de lo que proponemos”, “esto nos pasa siempre, sólo que hoy en vez de éstos amigxs tenemos a éstos otrxs”, “la hija es más como la madre que como el padre, su personalidad se le parece más”.

Estos ejemplos son muestras inocentes y un tanto burdas de las formas en las cuales el pensamiento representativo puede manifestarse para someter a todo lo que aparece a la “dictadura de lo mismo”; una forma de adecuar la realidad a términos cómodamente asimilables. Hasta allí delineamos solo algunos ejemplos que bien podrían ser intercambiables con otros. Ahora pensemos en consecuencias, conscientes o inconscientes, que son derivables de aceptar este tipo de proposiciones: en el ámbito político, se pueden ver nefastas consecuencias cuando una ideología con mucha historia en un país asume que todo lo creado, lo que surge como acontecimiento, debe de responder necesariamente a los parámetros que la misma ideología sostiene como pilares fundamentales del obrar político; esclavitud silenciosa que nos brinda la representación política clásica, dónde el gran caudillo(poco importa si fue general, soldado, héroe nacional o “abanderada de los humildes”) dijo la palabra santa que debe guiarnos a la felicidad colectiva.

Si realmente queremos pensar la diferencia debemos hacerlo abriéndonos a la realidad de lo absolutamente catastrófico o sublime, lo absolutamente impensable que deviene pensable a través de lo propio del acontecimiento disruptivo en sí, y todas sus conexiones con múltiples situaciones que son a su vez parte del acontecimiento como tal. Por eso decimos que hay momentos de repetición, pero éstos siempre se articulan a través de diferencias. Así es como la pandemia del coronavirus no es reductible a otras pandemias de la historia universal. Aunque podamos leer libros dónde se cuenten historias de dramas sobre enfermos y contagios (“La peste”, de Albert Camus), o leamos testimonios de personas del pasado afirmando padecimientos que ahora nos resultan conocidos. Toda posible repetición aparece en conjunción con algo que se le impone, diferencias que rompen todos los circuitos de lo “ya visto anteriormente”.

En el ámbito familiar, el árbol genealógico da cuenta del delirio de la familia como morada de la mismidad. Se quiere pensar que nuestros antecesores nos definen, las diferencias se ven como meros accidentes. Pero sucede que aquellas son las que se presentan como lo verdaderamente singular de nuestras vidas. Las diferencias asustan. Se las suele ver como monstruos que nos cuentan verdades que pudieron haber sido nuestras si tan solo hubiésemos tenido el valor de asumirlas. Sabemos que hay pocas cosas tan dolorosas como las oportunidades perdidas.

Aquí entra Nietzsche y el eterno retorno, esa formulación que nos abre mundos nuevos y devenires infinitos. El nombre de la doctrina puede confundir en un primer momento, pero el filósofo francés se nos anticipa y provee una explicación de su funcionamiento: “el eterno retorno no puede significar el retorno de lo idéntico, puesto que supone por el contrario un mundo (el de la voluntad de poder) en el que todas las identidades previas son abolidas y disueltas. Retornar es el ser, pero solo el ser del devenir. El eterno retorno no hace volver lo mismo, pero el volver constituye el único mismo de lo que deviene” (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.79). Entonces, hay de hecho una repetición fundamental e inevitable: la repetición de lo diferente que nos ofrece oportunidades, creaciones, posibilidades, cambios, etc. Allí tendremos que ver con que nos quedamos, siempre abiertxs a los devenires del futuro. En este momento corresponde que nos hagamos una pregunta: ¿estamos en lo cierto cuando afirmamos la inevitabilidad del eterno retorno? Creemos que sí. Una singularidad cualquiera en tanto habitante del mundo real va a enfrentarse necesariamente al eterno retorno y, quedara en ella la posibilidad de lograr hacer una selección de aquello que es capaz de afirmar de su vida, en contraposición a aquello que decide expulsar.

Nos encontraremos ante situaciones de todo tipo, que a su vez nos ponen cara a cara con distintas opciones: devenires feministas, militantes, anárquicos, artistas, musicales, filosóficos, poéticos, etc. Siendo reduccionistas podríamos decir que hay un eterno retorno nietzscheano (el que describimos anteriormente como “abierto a los devenires”) y un eterno retorno de lo mismo (se elige la certidumbre y la costumbre por sobre todo los demás; eterno retorno infructuoso, ya que es imposible poder quedarse en el mismo lugar, estableciendo siempre las mismas conexiones, con las mismas personas y en las mismas situaciones). Éste último es un eterno retorno fracasado, destinado a ser humillado por la necesaria dinámica de todo lo vivo. Acá no se trata de hacer un juicio ético sobre aquellxs que eligen ésta última opción. Pero actuaríamos de mala fe si no les recordásemos, junto a Deleuze, la advertencia de Nietzsche sobre las consecuencias de esa elección: “¡no sentirán! ¡no tendrán más que una vida fugitiva!” (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.99). Podríamos agregar por nuestra parte: ¡no serán más que asnos! ¿Asnos? Sí. Estamos hablando del asno de Zaratustra, el que no puede sostenerse sobre sus propios pies, necesita que lo carguen continuamente con pesos injustificados en su espalda porque la realidad es que, enfrentado a su propia singularidad deseante, no hace más que huir.

Prefiere el abandonamiento de si y la santa queja que lo abriga de todo lo inconmensurable. Ésta es su afirmación: “[…] el asno de Zaratustra dice sí; pero para él, afirmar es llevar, asumir, cargarse. Lleva todo: los fardos con los cuales se lo carga (los valores divinos), los que él mismo se carga(los valores humanos) y el peso de sus músculos fatigados cuando ya no tiene que llevar -la ausencia de valores-” (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.97). El último paso es el colmo; el asno no puede disfrutar ni siquiera de un buen descanso, desde el momento en que se sienta en su catre lo invade la angustia. ¡Necesita más valores humanos! ¡más valores divinos! No puede pensar en la creación propia. No está dentro de lo que percibe como “correcto”.

Finalmente, llegamos a Platón, y aquí vemos que la cosa cambia, la representación que somete diferencias a la mismidad no existe, sino más bien hay una idea que valida sus copias. Idea tramposa que desde su invisibilidad señala a lo real como copia y lo distribuye según méritos donde la única intocable es ella misma….curioso modus operandi de la idea platónica: su incidencia en la realidad tiene como condición necesaria no formar parte de la realidad misma: “la idea no es aún un concepto de objeto que somete el mundo a las exigencias de la representación, sino más bien una presencia bruta que no puede ser evocada en el mundo más que en función de lo que no es <representable> en las cosas” (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.105). La idea no hace más que suscitar una competencia entre las copias, y a su vez, esa misma competencia confirma a las copias como tales, incapaces de buscar su propia verdad por fuera de la idea. Pero Deleuze encuentra un personaje de un diálogo platónico que nos ofrece una operación anti platónica. Ese es el “sofista” y su operación es el simulacro (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.115). Pero ¿no nos suena contradictorio hablar de “simulacros”? ¿No es que buscábamos escapar de aquello que nos somete a un fundamento, como lo es la idea platónica? El filósofo francés está al tanto de estos posibles malentendidos: “por simulacro, no debemos entender una simple imitación, sino, más bien, el acto por el cual la idea misma de un modelo o de una posición privilegiada resulta cuestionada, derribada. El simulacro es la instancia que comprende una diferencia en sí, como(por lo menos) dos series divergentes sobre las cuales juega, abolida toda semejanza, sin que pueda desde entonces indicarse la existencia de un original y una copia” (G. Deleuze, Diferencia y repetición, p.118).

A modo de conclusión podríamos reflexionar sobre las posibles consecuencias que puede tener un pensamiento de la diferencia. Políticamente, y sobre todo apoyándonos en lo dicho sobre el simulacro del sofista, está claro que deberíamos repensar constantemente las estructuras de los grupos políticos y sociales para evitar estancamientos jerárquicos y, además, valorar a las distintas colectividades según un criterio que se enfoque en los efectos prácticos de sus intervenciones, abandonando la sumisión hacia el fundamentalismo ideológico de los grandes relatos del pasado. Asumir una historia previa a nuestra existencia no impide que busquemos la transformación mediante el simulacro. Será cuestión de que nuestra actividad busque combinar elementos lo suficientemente heterogéneos como para metamorfosear “lo dado” y hacerlo irreconocible. Por otro lado, el simulacro nos deja también puertas abiertas a la creación propia en el ámbito político, y en cualquier tipo de ámbito, al fin y al cabo. La creación verdadera no se pregunta si hay un modelo a seguir o un líder que muestre el camino. La creación como objeto de lo absolutamente singular mueve piezas, se deja influenciar, realiza combinatorias, etc. La creación es colectiva, nunca es meramente individual. Lo esencial de todo esto es que la misma logra parir nuevas proposiciones y acciones en nuestras cabezas y manos, en nuestros corazones y nuestros pies. Nuevas formas de ser, andar y hacer, disponibles desde el momento en que se inicia nuestra apertura a la multiplicidad que nos habita. Sólo queda que nosotrxs, como habitantes activos de nuestros propios presentes, nos hagamos cargo de la hermosa tarea de construir nuestros futuros.

Notas al pie

[1] Deleuze, Diferencia y Repetición, p.63 a 118, 2017

Imagen | Cortesía de Ramiro Pelosi

Artículo de:

Sacha Molinero Dávila (autor invitado):
Argentino. Estudiante de Filosofía y amante de la misma en todas sus manifestaciones.

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por autores invitados

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