Fetiche y política en torno a un zapato. Parte 2 de 2

Lee la primera parte de este texto.

¿Es posible hallar una posible respuesta a la pregunta lanzada en la primera parte de esta reflexión? ¿Es posible que la obra de arte escape de su posición de objeto-fetiche y sirva para la praxis política? Veamos a dónde llegan estas consideraciones.

Arte político

La obra de arte se genera dentro de un tiempo y un espacio y genera un tiempo y un espacio. Por ejemplo, una obra fílmica puede jugar, a través del montaje, con el tiempo y el espacio a su antojo. En un segundo de diferencia de la secuencia fílmica, podemos pasar de la noche a la mañana, de la prehistoria al presente o a un futuro imaginario. La obra de arte también puede instalarse en un espacio y tiempo determinado, conviviendo con el tiempo y el espacio que nosotros recorremos —como por ejemplo una instalación en la vía pública—, de modo que el arte pueda ser insertado en la práctica cotidiana para que viva en el mismo tiempo y espacio con la gente.

El tiempo y espacio de la obra de arte pueden  desplegarse de dos formas distintas: como tiempo y espacio privados o como tiempo y espacio públicos.

Empezaré por el tiempo.

Se puede pensar, desde la perspectiva de los modos de producción capitalista, que hay un límite bien definido entre tiempo público y tiempo privado. Se entiende por tiempo privado aquel en el que el individuo usa su tiempo para sí mismo en el esparcimiento de la casa o de las relaciones personales,  fuera del tiempo marcado por el trabajo y relaciones extrapersonales, las cuales estarían dentro del tiempo público, un tiempo marcado por las relaciones con el capital. Este es un tiempo cronológico y progresivo, lineal y homogéneo.

Para las relaciones de producción capitalista y las relaciones de la sociedad moderna, este movimiento progresivo tiende a la idea de una mejora en el futuro y este mejoramiento se establece en el orden en el que el tiempo está regido por un pasado que ya pasó y un presente con miras al futuro para lograr mediante la novedad, una mejora continua.  Y aunque aparentemente, el tiempo privado sería ajeno a esto, en las sociedades actuales no es posible hablar de un tiempo privado y un tiempo público. Estos coinciden en lo mismo, el tiempo privado en el que el individuo pudiera olvidarse de sus relaciones con el capital, también está marcado por ellas pues el individuo llega a casa después de una jornada laboral de ocho horas mínimas para ser enajenado por las imágenes televisivas, radiofónicas o vía Internet.

Los anuncios publicitarios, las marcas comerciales que se consumen cada día, estereotipos dirigidos por los mass media alienan al individuo y lo convierten en continuo servidor del capital dirigiéndose principalmente por el consumo de mercancías. De esta manera, se disuelven los límites entre lo público y lo privado y se hace necesaria un tiempo que se oponga a este tiempo progresivo, homogéneo, cronológico, un tiempo como interrupción (Buck-Morss, Susan,1998); es decir, como ruptura para salir del tiempo como progreso.

Lo mismo pasa con el espacio. El espacio privado también es regido por convenciones sociales dirigidas por el capital. Cualquier espacio, sea público o sea privado se convierte en “el lugar de consumo y de producción masiva de las mercancías materiales e inmateriales, del ocio de las masas, y de la gestación y administración pública y privada, antes que el lugar de encuentro y comunicación” (Gómez Aguilera, Fernando, 2004). De igual manera, es necesario oponerle un espacio en el que sea posible romper con las convenciones impuestas por el capital, un espacio como desplazamiento, rompiendo con los lugares establecidos para realizar ciertas actividades: sitios para entretenimiento, para el trabajo, para el descanso.

Estas nociones de tiempo y espacio pueden sugerirse también para el arte. La obra de arte puede mantener las nociones de tiempo y espacio como progreso y emplazamiento, respectivamente, o bien, como interrupción y desplazamiento. Esto resultaría en una obra de arte que se postule como obra de arte para sí, como en el caso del “arte por el arte”, el cual respondería al arte como fetiche, o como obra de arte política, es decir, comprometida con su entorno.

La obra de arte para sí se concibe como arte puro, “rechaza[ndo] no sólo cualquier función social del mismo, sino incluso toda determinación que provenga de un asunto objetivo.” (Benjamin, Walter, 2003).   En este sentido, la obra de arte tiene un carácter parasitario. Al desprenderse de cualquier asunto externo a ella, imposibilita cualquier tipo de acción del perceptor y a éste no le queda más que la contemplación y una actitud pasiva, como ya se había mencionado.

Además, este tipo de arte se relaciona con un tiempo como progreso y un espacio como emplazamiento pues coinciden en que la obra de arte en su unicidad permanece en el tiempo con un valor único y eterno. Adquiere en ese tiempo progresivo y cronológico, lineal y homogéneo, la posibilidad de una fortuna crítica, lo cual ensancha su carácter fetichista también y un espacio determinado dado desde la prehistoria: una cueva, una iglesia, un museo o una galería.

Por otro lado, la obra de arte política es aquella cuya función es una práctica política. Siguiendo a Susan Buck-Morss (1998), el arte político es una política de vanguardia que encuentra en la vida cotidiana una misión militar, entendiéndose por vanguardia una posición militante del que va hasta adelante en un enfrentamiento que toma por sorpresa al enemigo. Este arte  sale del museo, de la historia del arte, de los círculos herméticos de la teoría para instalarse en la práctica cotidiana. Cambia la noción de tiempo progresivo, del tiempo lineal instaurado por la vida moderna capitalista y del espacio como emplazamiento, por un tiempo interrumpido, que incide sorpresivamente y un espacio de desplazamiento que se moviliza en los espacios prohibidos, apropiándose de ellos, “cuestionando la visión que tienen de ellos mismos”.

Con ello, el arte puede cuestionar e interrumpir los límites establecidos tanto de las instituciones, el poder capitalista, las culturas, los sexos, como de sí mismo. Por ello, se acentúa como un arte político pues se convierte en una práctica crítica contextualizada en un espacio y tiempo determinado que continua lo político por otros medios.

El arte político, por tanto, está comprometido con una transformación del modo en que percibimos nuestro entorno pues al conjugarse como un arte que interrumpe el fluir del tiempo monótono en que nos encontramos. Permite abrir un espacio desplazado de esa misma monotonía en el que cuestionemos si las cosas podrían ser de otro modo, en el que “podemos aliarnos con lo mejor de nosotros mismos, nuestro lado físico que percibe que el orden de las cosas no es lo que debería ser o podría ser” (Buck-Morss, Susan, 23).

Esta es la razón por la que la obra de arte política permitiría salir de la actitud pasiva que mantenemos con la obra de arte-fetiche y movernos a la reflexión y a la acción mediante el choque que imprime en las conciencias. Abriría la posibilidad de dar un primer paso hacia la praxis, hacia la posibilidad de un “futuro diferente” mediante la actitud intranquila, activo-política que despertaría.

Una obra de arte como “Estatua de la gloria y generosidad” correspondería a un intento de arte con tintes políticos, pues, si bien la obra tiene un contenido político de por sí: el zapato lanzado por el periodista Al Zaidi al ex presidente de Estados Unidos George W. Bush durante una conferencia de prensa en Bagdad como protesta ante la invasión estadounidense desde 2003 y la muerte de miles de iraquíes en consecuencia; está inserto en un espacio que interrumpe el devenir del tiempo cotidiano y lo politiza.

La obra fue inaugurada en los jardines de la fundación para la infancia en Tikrit, Irak, una organización que se ocupa de los niños huérfanos después de la invasión de 2003 y tal fue su incidencia que el gobierno de Tikrit ordenó quitar la obra tres días después de su inauguración pues prohibía colocar “objetos políticamente tendenciosos en tierras del gobierno”.

En este sentido, la obra refleja un cambio en la actitud contemplativa del perceptor y lo impulsa hacia una actitud activa y, por tanto, política.

Bibliografía

Buck-Morss, Susan (1998) “¿Qué es arte político?” En Tiempo privado en espacio público. China: Palace Press Internacional.

Al-Amari, Laith (2009) “Estatua de la gloria y la generosidad”.Tikrit.

Imagen | El mundo (esta no es una imagen libre de derechos de autor, sin embargo, se referencia su procedencia).

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por Erika Tellez

Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anahuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

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