Acaso no haya pasaje de una obra filosófica más fructífero que el conocido como «mito de la caverna» escrito por Platón hace dos milenios y medio. Como cualquiera medianamente culto sabe se trata de un texto perteneciente al libro VII de su diálogo probablemente más representativo, República, título que proviene –traducción del latín mediante– del original en griego Πολιτεία, algo así como teoría sobre la Polis, la organización política de la antigua civilización griega. De aquí, ya se sabe, nuestro término «política» y derivados.

Algo esencial en la visión política que plasma Platón en el susodicho diálogo es el fuerte vínculo que encuentra entre el buen gobierno del Estado y el conocimiento de la realidad. La imagen de esos hombres sujetos a cadenas desde su nacimiento y encerrados en el fondo de una cueva sobre cuya pared se proyectan sombras sin cesar es una sencilla a la vez que insuperable alegoría de lo que es la condición humana, la búsqueda de la verdad, la liberación de la ignorancia a través de la educación y la trampa de la ilusión que supone un riesgo crónico al que todos nos hallamos sujetos.

Hoy día tiene más sentido que nunca revisitar ese sublime pasaje. Deleitarse con su meticulosa simbología, profundizar en su estructura conceptual, aventurarse a la busca de significados que enriquezcan su mensaje e iluminen nuestro entendimiento en el propósito siempre irrenunciable para el filósofo de comprender el mundo que le ha tocado vivir.

El nuestro es un mundo totalmente mediatizado por la tecnología digital. Me pregunto si esa tecnología nos encadena a lo profundo de la caverna platónica y nos sume en las sombras suplentes de la realidad o, por el contrario, es un instrumento útil para liberarnos poniéndonos en nuestro camino hacia el exterior a cielo abierto contribuyendo al discernimiento de la verdad. Últimamente, me lo pregunto particularmente respecto de esta nueva profecía high-tech que los gurús de Silicon Valley han dado en llamar metaverso.

A finales de 2021, Mark Zuckerberg, creador de Facebook, anunció el cambio de nombre de su grandiosa compañía. La decisión fue tomada después de un apagón temporal de sus redes sociales y tras que una exempleada suya, Frances Haugen, ingeniera y científica de datos, fuese contando a todo aquel que quisiera oírle –incluido el Senado de los Estados Unidos– lo que revelaban las decenas de miles de documentos comprometedores de la empresa que ella misma había filtrado; básicamente, que para sus responsables los dilemas éticos que según sus propios estudios revelaban en relación con la salud mental de los jóvenes usuarios de sus redes sociales y la manipulación de los estados de opinión mediante la difusión de noticias falsas eran minucias frente a la obtención de beneficios económicos. Estos precisamente se vieron mermados como resultado de todas estas turbulencias técnicas y mediáticas. Tocaba, pues, como todo buen informático sabe cuando el ordenador se cuelga, reiniciar el sistema. Y como conspicuo miembro del gremio que es Zuckerberg ha procedido en consecuencia y ha apretado la tecla de modificación del nombre: ¡Facebook ha muerto, viva Meta!

Me maravilla que sea tan fácil renacer en el mundo de lo intangible, con un simple cambio de nombre. Y me aterroriza pensar que tal perversa alquimia pueda conllevar una eliminación de la historia de lo que ha condicionado y aún condiciona poderosamente la vida de tantas personas, cuerpos tangibles que se miran en el espejo alucinatorio de las pantallas a través de las cuales lo intangible ejerce su hechizo.

El nuevo nombre pretende reflejar el viraje de las prioridades de la antes Facebook hacia lo que han bautizado como «metaverso», un mundo de realidad virtual cien por cien digital. A él quiere dirigir su flamante consejero delegado, el renacido Mark Elliot Zuckerberg, gran parte de sus inversiones en los próximos años.

El metaverso es el universo de lo intangible. Avatares personalizados incorpóreos que podrán hacer todo lo que hacen sus originales en el reino de internet, pero con una continuidad espacio-temporal propia tan consistente como la del mundo de lo tangible, y con vocación de autosuficiencia. ¿Es esta la liberación definitiva de la jaula espacio-temporal que lleva persiguiendo Homo sapiens desde los inicios de su aventura cósmica? ¿Supondrá un punto de inflexión en la relación de nuestra especie con el medio tangible en el que nuestros cuerpos inexorablemente tienen que vivir?

En ese denodado esfuerzo por domeñar la realidad (tangible) que en gran media define el devenir cultural de nuestra especie, el metaverso puede ser considerado el paso definitivo, resultado de la evolución de internet merced a las tecnologías inmersivas como son la realidad virtual y la realidad aumentada. He aquí una paradoja de índole nominal que surge al llamar «tecnología inmersiva» a la que nos tienta con desligarnos de la dimensión corpórea de nuestro ser. Porque el metaverso promete romper con las ataduras del espacio y el tiempo, con las distancias y las esperas en los desplazamientos –nunca más habrá que hacer cola para satisfacer al instante nuestros deseos–, esa tecnología en verdad es inmersiva, pues hará que nuestras mentes emerjan del seno de las cosas hacia el cielo de lo intangible. La ubicuidad estará más cerca de ser un don del que todos disfrutemos por la persistencia del metaverso al existir independientemente del instante y el lugar.

Han querido los hados que el rebautizo de Facebook haya coincidido prácticamente en el tiempo con la celebración de la COP26, la cumbre del clima. Ésta, orientada a afrontar un problema global del mundo natural, ese del que nuestros cuerpos dependen para existir, no ha conseguido ni de lejos sus objetivos, los compromisos que necesitamos para detener el calentamiento global. La promesa tecnológica del metaverso me hace preguntarme si se verá mermado el interés de las personas por las cosas del mundo tangible. Porque a mí me parece que tendríamos que tener puesta nuestra atención colectiva en los desafíos históricos a los que nos enfrentamos, que alcanzan ya una dimensión global y de especie, como ejemplarmente representa el cambio climático. Y, sin embargo, lo que parece ejercer una irresistible fascinación es todo ese paraíso digital «inmersivo», el cual tiene también su punto de pacto con el diablo, que incluye la concesión a los gigantes tecnológicos del libre acceso a nuestros cerebros así como un cierto riesgo de dejación de responsabilidad respecto de nuestros destinos personales y colectivos que otros podrían tomar en sus manos.

El metaverso podría verse como el triunfo de lo intangible. Ese triunfo es manifiesto en la economía global, caracterizada por su absoluta financiarización. Este proceso ha sido dotado de un poder incontestable merced al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación que han permitido que el dinero mute en un ente abstracto que está muy por encima en valor que muchos bienes materiales de primera necesidad (el nombre de una moneda digital lo dice todo: ethereum, «etéreo»). Aquí parece irreversible el delirio.

Diríase, en fin, que el ciudadano del siglo XXI renuncia a sus referencias materiales en el mundo de lo tangible, que cada vez percibe más hostil, para construirse una identidad fantasmagórica conforme progresa la inmersión en el mundo de lo intangible, olvidando así que los seres humanos somos sistemas físicos, partes del Universo, cuerpos en definitiva en los que cabe reconocer las huellas de la historia del cosmos y de la vida.

Cabe percibir en lo expuesto una ontología dualista (lo tangible versus lo intangible), y cabe la tentación de ver cierta equivalencia con la de la filosofía de Platón condensada en la referida alegoría de la caverna. Hay en ella una moraleja filosófica de eterno valor: quien confunde la realidad con la apariencia puede fácilmente convertirse en esclavo, el mayor de todos, el que tiene su cárcel en su propio pensamiento. Es interesante visto desde la actualidad que el idealismo platónico no reconozca el valor de los cuerpos concretos, que pareciera cercano a ese desprecio por lo intangible que yo detecto en la seducción digital a la que diríase que complacientemente se somete el ser humano del siglo XXI. Sin embargo, sospecho que esa huida de la materia no coincide en su meta con la mirada del alma tal como la entendía el sabio ateniense; nada obliga a que el camino del éxito comercial tenga que pasar por el amor a la verdad.

Imagen | Pixabay

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#Epistemología, #Ontología, #platón, #tecnología

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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