¿Qué es la estética? Enunciar que es la rama de la filosofía cuyo propósito es la reflexión en torno a lo bello, es una respuesta que dice bastante sin que por ello ofrezca atisbo alguno de claridad, no otorga una conclusión más específica, puesto que el problema no es sencillo por ninguna frontera por la cual se le pretenda enfrentar, pareciera que no queda más que aceptar aquella sentencia otorgada por el Hipias Mayor de Platón: lo bello es difícil1.

Kant utiliza el término al inicio de su crítica de la razón pura, y lo refiere como la capacidad por medio de la cual se reciben los objetos de manera sensible2; es decir, que si se conjuntaran ambos conceptos, lo inmediato es pensar en que la estética se encarga de reflexionar o pensar en relación con algo bello que se percibe de manera sensible: lo cual puede ser el arte o la naturaleza, o cualquier otra cosa, pues lo bello no solo habita en la esfera del arte o de lo natural.

Al momento en el cual se ha agregado un concepto tan complejo de delimitar como lo es el arte, la ecuación toma una nueva trayectoria: el distinguir la teoría del arte de la estética; y si han de separarse es en tanto que operan en dimensiones distintas, si la estética se encarga de lo bello sensitivo, la teoría del arte se encargará entonces de las reflexiones en torno a las técnicas determinadas para alguna actividad humana, lo que resulta por demás ambiguo, pues no se analizan todas las formas que posean una técnica específica sino solo algunas enfocadas a sentidos muy concretos como lo son la vista y el oído, una delimitación más prudente en la nominación de ésta forma de hacer filosofía sería la de «Teoría de las bellas artes» Se obtiene entonces dos particularidades del quehacer filosófico, una que estudia lo bello y otra el arte bello, una el espectro total y otra una dimensión en concreto en una forma específica; tan aparentemente similares en la inmediatez pero tan distintas a la vez, y emparentadas y ligadas de una manera por demás evidente, como lo es en el concepto de lo bello, aquello a lo que, el ya mencionado Immanuel Kant, hace referencia como “… lo que, sin concepto, es representado como objeto de una satisfacción «universal3»”; aquí nace la reflexión y el propósito de las siguientes líneas y la pregunta pertinente para arrancar: si lo bello satisface o place, lo sencillo es suponer que causa agrado, ergo, el arte bello es agradable, pero ¿qué ocurre si la dimensión del placer no es exclusiva del reino de lo agradable? ¿Acaso no puede también, lo que causa desagrado, ser motivo de satisfacción de la misma manera universal? Pero de mayor importancia, he incluso anterior al planteamiento de estas preguntas, es ¿qué es lo desagradable?

Deberá entenderse por desagradable o desagrado, aquello que causa una molestia objetiva a los sentidos; con esto se quiere decir que el objeto de contemplación posee en sí mismo factores propicios que lo componen, no necesariamente arrítmicos o anti-armónicos: un olor demasiado penetrante, un sonido estridente o mal formado, un color chillante o la representación teatral de algo que puede tomarse por aberrante; pero si es molesto ¿cómo se obtiene el placer por medio de ello? Entiéndase por placer, aquello que, por medio de un objeto, imprime una sensación de «agrado» en el sujeto; he aquí una contradicción, entonces, algo desagradable no podría causar placer, al menos no atendiendo plenamente a las definiciones que se han proporcionado; pero en un plano empírico es indudable que existen manifestaciones de lo desagradable que causan placer en el espectador en su contemplación, como si se tratase de una suerte de satisfacción perversa, ¿cómo es esto?

Después de todo esto deberá entenderse entonces que las dimensiones filosóficas de la estética y la teoría del arte también se encargarán de atender lo desagradable, en tanto que, puede ser motivo de placer por medio de los sentidos y que puede estar presente, por paradójico que parezca, en el arte bello; pero ¿qué esto no atenta contra lo armónico y lo bello?, ¿Es, entonces, que así como hay un arte bello, hay arte feo? Theodor Adorno proporciona una aproximación para con estos planteamientos:

Lo que figura como feo es en principio lo históricamente más antiguo, lo que el arte ha expulsado en el camino de su autonomía, por lo que está mediado en sí mismo. El concepto de lo feo parece haber surgido en todos sitios al apartarse el arte de su fase arcaica: señala el retorno permanente de esta fase, enredada en la dialéctica de la Ilustración, en la que el arte toma parte. La fealdad arcaica, las máscaras de los cultos caníbales eran, en contenido, imitación del miedo, que difundían en torno a si como expiación4.

No debe confundirse, ni mucho menos entender, lo feo como lo mal realizado, pues a pesar de que también de esta forma se obtenga una sensación de desagrado, no hay propiamente una inmediatez a la experimentación de placer; Adorno refiere al ejemplo de las máscaras y con ello hace referencia también, al lugar de nacimiento de prácticamente cualquier dilema filosófico: Grecia. Con la tragedia, podría encontrarse las primeras manifestaciones del desagrado, que es motivo de placer, no solo por el uso de las máscaras, sino por la presencia misma de una mujer en escena (ya sea en carácter o de manera concreta); he aquí una conclusión, lo desagradable puede no necesariamente obedecer a aspectos sensibles sino incluso sociales o culturales, fenómeno que también ha de acontecer en lo agradable.

Cuando Aristóteles menciona que la tragedia imita a hombres mejores o iguales que nosotros5 da la fórmula primordial para el arte de forma desagradable; lo semejante o lo parecido es motivo de terror y compasión, desencadenado entonces el acto catártico, pero una purga, por mucho que sea su propósito el curar (al menos en el contexto griego en el cual la tragedia es propiamente una forma religiosa) siempre es desagradable; hubo, y aún lo hay, placer en ver las representaciones trágicas, ya sea con Sófocles, Esquilo o Eurípides, hay algo que motiva al espectador, y se encuentra en ver padecer a otro, en el acto perverso de ver cómo es que el otro es atormentado, o asesinado incluso; hay una forma de placer a ver a Edipo arrancándose los ojos tras copular con su Madre; en ningún momento se refiere a algo mal hecho, la tragedia posee una técnica propia en la forma que se compone, y en la forma en la cual se representa y aún así es manifestación clara de algo que puede denominarse como desagradable.

No solo entre los griegos es este fenómeno, la forma cristiana por excelencia del hombre clavado en la cruz es el acto de sodomía más común, hay cierto grado de placer por ver a un hombre torturado a punto de morir, es difícil aceptarlo tal vez, pero muy sencillo contemplarlo. La cinematografía retoma éste elemento: el ciempiés, naranja mecánica, el silencio de los inocentes, american psycho, entre muchas otras manifestaciones, son obras que producen desagrado en gran parte de sus imágenes, violaciones, asesinatos, figuras escatológicas que proclaman una suerte de coprofilia en el espectador; el morbo desencadenado por ver aquello que es tan prohibido; Gadamer apunta un tanto a esta seducción, al hablar de Platón en su actualidad de lo bello, sobre las cualidades propias de la belleza:

Este es el camino de la filosofía. Él llama bello a lo que más brilla y más nos atrae, por así decirlo, a la visibilidad del ideal. Eso que brilla de tal manera ante todo lo demás, que lleva en sí tal luz de verdad y rectitud, es lo que percibimos como bello en la naturaleza y en el arte, y lo que nos fuerza a afirmar que «eso es lo verdadero6».

Pero no se debe de olvidar, que, así como lo que resplandece es motivo de seducción, la oscuridad también seduce y atrapa, por muy terrorífica que parezca. Se ha referido hasta aquí, más a situaciones desagradables manifestadas por el arte, pero se ha referido en la definición planteada líneas atrás, que el desagrado también puede devenir de las cualidades propias del objeto; las pinturas de Bacon, por ejemplo, refieren a formas de un carácter no agradable, son feas, pero esto en modo alguno quiere decir que sean mal hechas o carentes de técnica, los rostros son grotescos por momentos, asimétricos o de alguna otra forma, no son las formas típicas de las esculturas griegas o las pinturas de Fra Filippo Lippi por ejemplo, que son más de la forma agradable.

Sería complejo pensar en algo esencialmente desagradable o agradable: colores, movimientos, notas, etc. más bien puede pensarse en una relación rítmica o arrítmica que conlleve a alguna de las dos formas, así como hay una secuencia de notas en el Parsifal de Wagner que conlleva un agrado, se puede encontrar una secuencia arrítmica y estridente en el Black metal, y, sin embargo, ambas pueden conducir a la satisfacción de aquel que las contempla; la distinción radica en el sujeto al momento de experimentar y pensar su sentir; en el caso de lo agradable, el espectador desearía romper la malla que separa ese reino armónico de aquel desde el cual observa, ser aquel que observa el mar desde lo alto como lo dibuja Delacroix; hay un deseo de trasgresión cuando algo agrada. Pero en el caso de lo desagradable, el espectador personifica más bien a Perseo, aquella malla que desea romper, se vuelve más bien su escudo, es garante de protección, pero también la única manera de poder observar a la Gorgona sin ser víctima de ella; hay una paz al saber que no se es Heracles matando a sus hijos. Lo agradable y lo desagradable acontecen en el día a día, pero en el caso de este último se intenta desviar la mirada, resguardándose, no ser el agente inmediato de esa situación, ahí hay terror y no calma; pero cuando se está observando en el cine, en una escultura, pintura o en la misma literatura, ha paz al saber que «no es real», que está aconteciendo frete a los propios ojos, pero demasiado lejos para salir violentado, tan cerca y tan lejos, he ahí el motivo de desagrado y de placer, es satisfactorio saberse no ser la persona violada, pero lo es también el poder ser testigo; es motivo y propicio entonces, analizar a continuación a aquel quien observa las obras: el espectador.

 Se reconocerán dos formas de espectador, recuperadas de autores distintos en formación; uno más orientado hacia la filosofía y otro direccionado y posicionado de manera directa sobre la esfera del arte: Samuel Ramos y José Revueltas; el primero, propone una forma intelectualista, más próxima a una reflexión iniciática por parte de aquellos feligreses del arte:

El espectador que aquí vamos a considerar no es el transeúnte curioso que ocasionalmente se asoma a la obra de arte. Se trata, al contrario, del hombre que consagra una parte de su vida a la frecuentación de un arte especial, con amor y devoción. Sólo el individuo que posee ciertas disposiciones originales y las ha cultivado mediante la experiencia y el estudio disciplinado, puede llegar a ser un verdadero espectador del arte. La comprensión del arte no puede reducirse a la mera recepción pasiva de las impresiones estéticas. En cada obra particular el sentido estético no se ofrece al descubierto, sino que casi siempre se oculta y aún llega a revestirse de misterio7.

Como puede apreciarse en la cita previa, se concibe al espectador en tanto que es un agente activo, es una labor exigente y casi privilegiada el posarse frente a una obra de arte, implica un ejercicio hermenéutico de interpretación y apreciación de la propia obra, el develar hasta el más obscuro secreto que encierre a la obra por medio de preparaciones disciplinadas y continuas visitas a las obras, y  aun así puede leerse entre líneas el reconocimiento de otra forma de espectador, uno que llega ocasional o accidentalmente al arte y que de manera prudente aborda Revueltas:

El público es una entidad incondicionada que pretende una sumisión absoluta del espectáculo a sus exigencias, en los toros, en el box, en el teatro, en el cine: es la gente que busca divertirse de algún modo. El espectador es una entidad condicionada por su propia elección (y aquí considero como espectador incluso al que escucha música) y que acude al espectáculo -aun si se trata de una novela- con una cierta predeterminada sumisión, que no excluye la crítica porque es una sumisión inteligente que está segura de ser correspondida y pagada en la misma moneda. Hasta aquí el espectador es un ser libre que elige su propia sumisión, pero que deja de ser libre en cuanto se convierte en público: es decir, en cuanto se transforma en un amo que no puede dejar de mandar, que está obligado a mandar, que se enajena al acto esclavista de mandar8.

Hay una diferencia evidente entre ambas concepciones de lo que es, o debe ser, el espectador; la especialización en oposición al mero acto de disfrutar, es decir, con Ramos hay un agente activo de contemplación artística mientras que con Revueltas, tal vez no sea propiamente un agente pasivo, pero si un agente sumiso o predispuesto a la sumisión; pero en todo caso, ya que el motivo de estas líneas es la reflexión acerca de lo desagradable, se tomará por más auténtica la forma de sumisión del espectador propuesta por el guionista; sea por esnobismo o por el honesto ser activo de la contemplación artística, el primer tipo de espectador es más tajante respecto a lo que le desagrada, principalmente lo vulgar; de esta manera la sumisión es más auténtica «esto me gusta» o «esto no me gusta», sin necesidad de pensarlo, sino únicamente sentir. Además, ¿qué no las maneras trágicas son precisamente las que pertenecían al vulgo? Claro que también puede dársele la razón a Ramos, pues la comunidad puede no poseer un buen paladar para juzgar, no todas las culturas son Grecia, pero se sigue cayendo en el juego que se ha intentado describir, que tanto lo agradable como lo desagradable pueden ser objeto de una satisfacción o placer.

Se ha continuado sin responder a la pregunta por el cómo es que puede causar satisfacción a un espectador lo desagradable, queda claro que es en parte por la atracción a lo prohibido decantado por el acto perverso de la contemplación, pero ¿por qué? Se puede entender más fácilmente la proximidad del sujeto a las formas armónicas, sutiles, rítmicas, es difícil entender el cómo es que también llaman la atención y placen. Pues bien, antes de terminar estas líneas es propicio llevar la reflexión lo más cerca posible a una conclusión: es propicio retornar al autor al cual se ha designado como un posible padre del análisis de lo desagradable, al menos de manera indirecta; Aristóteles propone en su ética a Nicómaco que el placer “… Es el acto de un hábito conforme a la naturaleza9” quizá tanto en la previa cita como a lo largo de éste discurso se pueda tomar a lo humano, o más específicamente al espectador, como un ser demasiado hedonista, pero no hay nada de malo en que se busque el placer por medio de la contemplación, ¿cómo es que pasa esto? Simplemente, es una cuestión «evolutiva», la especie se aparea no por un motivo reproductivo, sino por buscar un placer por efímero que sea, el comer, el beber, descansar, o cualquier otra actividad se hace para experimentar una noción de placer, ligado en algunas maneras religiosas al concepto de pecado, pero para no moralizar el discurso se tomará por la búsqueda de lo naturalmente auténtico en el humano. Se puede apelar al cultivo del gusto para placeres más refinados, pero al final se obedece a la misma dimensión del placer, quizá a manera de aforismo se pueda arrojar la siguiente sentencia: «si puede causar placer a alguien es digno de apreciarse», cabe señalar, que para evitar malas interpretaciones de estas palabras, se está poniendo situaciones que suceden en la realidad, pero han sido matizadas en el arte, que si bien puede ser placentero observar una pieza o un cuadro de una violación no se está incitando en momento alguno a soltar el escudo de Perseo para enfrentar directamente a Medusa, no es una apología de lo perverso las líneas anteriores, en todo caso sería más que nada, una serie de pensamientos engranados que han permitido el pensar la otra cara del problema en torno a la teoría del arte y la estética, que hay algo que puede denominarse como desagradable y que es motivo de placer, sea esta una situación o una forma concreta; tal vez, después de todo, se haya escrito una apología de lo desagradable más no de lo perverso.

Notas

[1] Cfr. PLATÓN, Hipias mayor, 304e, p. 205

[2] Cfr. KANT Immanuel, A19, p. 72

[3] KANT Immanuel, Critica del juicio, p. 146

[4] ADORNO Theodor, Teoría estética, p. 93

[5] Cfr. ARISTÓTELES, Poética, 1448a, p. 37

[6] GADAMER G. Hans, La concepción de lo bello, p. 24

[7] RAMOS Samuel, Filosofía de la vida artística, p. 276

[8] REVUELTAS José, El conocimiento cinematográfico y sus problemas, p. 59

[9] Cfr. ARISTÓTELES, Etica a Nicómaco, VII, 1153a

Bibliografía

ADORNO Theodor, Teoría estética, trad. de Jorge N. Pérez, Editorial Taurus, Madrid, España, 1971

ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, trad. de Teresa Martínez Manzano & Leonardo R. Duplá, Editorial Gredos, Madrid, España, 2011

ARISTÓTELES, Poética, trad. de Teresa Martínez Manzano & Leonardo R. Duplá, Editorial Gredos, Madrid, España, 2011

GADAMER G. Hans, La actualidad de lo bello, trad. de Antonio G. Ramos, Editorial Paidos, Barcelona, España, 1991

KANT Immanuel, Critica de la razón pura, trad. de Mario Caimi, Fondo de cultura económica, Universidad autónoma metropolitana & Universidad nacional autónoma de México, Ciudad de México, México, 2008

KANT Immanuel, Critica del juicio, trad. de Manuel G. Morente, Editorial Austral, Barcelona, España, 2013

RAMOS Samuel, Obras 2, Filosofía y estética, Colegio Nacional, Ciudad de México, México, 2011

REVUELTAS José, El conocimiento cinematográfico y sus problemas, CONACULTA, Ciudad de México, México, 2014.

Artículo de:

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI.

Imagen | Pixabay

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