Santa Catalina de Siena, junto a Santa Teresa de Jesús, fue nombrada doctora de la Iglesia Católica por el papa Pablo VI en 1970; sin embargo, a pesar de haber pasado más de cincuenta años desde el nombramiento, su nombre sigue siendo ignorado a la hora de hablar de filosofía medieval. En la persona de Santa Catalina de Siena se han juntado dos factores que hacen posible esta falta de reconocimiento y del consecuente análisis de su pensamiento que se podría llevar a cabo en el ámbito filosófico: es católica y mujer. No es ningún secreto que los autores cristianos, sobre todo medievales y que tienen la carga teológica que pueda tener Santa Catalina, han quedado ciertamente desprestigiados en nuestro panorama filosófico actual y, también es innegable, que el trabajo de muchas autoras ha quedado eclipsado a lo largo de la historia y que sólo ahora está empezando a salir a la luz.

Catalina Benincasa nació en Siena, la vigesimocuarta hija de un matrimonio de clase media-baja formado por Jacobo Benincasa y Lapa di Puccio di Piagente. A los seis años, mientras volvía a casa junto con su hermano menor, tuvo su primera experiencia mística, en la que vio a Jesús acompañado de San Pedro, San Pablo y San Juan Evangelista.

Dicen sus biógrafos que, a partir de este momento, Catalina deja de ser una niña y empieza a tener una inteligencia y unas actitudes muy maduras para su edad, dejando de lado los juegos y consagrándose a la oración y prometiendo desde entonces su consagración a Dios. Esta interioridad también nos debe llamar la atención, la mayoría de los autores que solemos estudiar tenían una excelente educación y solemos resaltar también a sus maestros —Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, por ejemplo—. Sin embargo, en este caso tenemos a una mujer sin educación, que ni siquiera aprendió a leer hasta que era ya terciaria. Si bien había discípulos suyos que aseguraban que había aprendido a escribir milagrosamente, lo más probable es que nunca aprendiera a escribir y se sirviera de secretarios para redactar El Diálogo.

El Diálogo es la única obra de Santa Catalina junto con algunas cartas que también hablan de temas teológicos y político-filosóficos ya que le tocó vivir una época ciertamente convulsa marcada por la peste negra y el Cisma de Occidente, tema que más le tocó tratar tanto a un nivel “académico” como biográfico, haciendo de mediadora y consejera, participando en el ambiente político manteniendo la separación de las dos espadas, el poder espiritual y temporal.

Aunque es verdad que el Diálogo está escrito en clave mística —es un diálogo entre Santa Catalina y Dios donde Él expone las respuestas a las preguntas de la Santa— se ve la influencia de los padres y Doctores de la Iglesia, en particular de San Agustín y Santo Tomás, junto con la influencia de otros autores anteriores como Bernardo de Claraval en su desarrollo de los temas del amor, las facultades del entendimiento y la voluntad y la interioridad entre otros. No sólo eso, sino que podemos ver antecedentes del pensamiento de Hume respecto a la ética o su teoría del conocimiento y también argumentos que luego se terminarán usando como crítica al desarrollo de algunos autores modernos.

Esta es mi invitación a leerla, tanto por la filosofía que encierra como por su valor literario, como por el hecho de que una mujer prácticamente analfabeta llegara a poder concebir todo su Diálogo, demostrando que la filosofía no es sólo para unos pocos, sino que todos podemos ejercerla.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Julia García (colaboración):
Estudiante del Doble Grado en Filosofía y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Con interés en la filosofía de la ciencia y la naturaleza; en 2021 realizó un año de Física Teórica en la University of Birmingham en Inglaterra.

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por autores invitados

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