El orden mundial conformado tras la Segunda Guerra Mundial saltó por los aires en apenas unos pocos años de finales del siglo pasado. Los dos acontecimientos más señeros fueron la caída del Muro de Berlín en 1989 y la implosión de la Unión Soviética en 1991. En 1992 el politólogo norteamericano Francis Fukuyama quiso lanzar su profecía al mundo en plena vorágine de acontecimientos históricos. En su libro publicado aquel año bajo el título de El final de la historia y el último hombre declaraba la llegada de la humanidad al punto omega de la historia, lo que equivalía a la culminación del progreso político universal. La democracia liberal había vencido al comunismo.

La derrota del imperio soviético constituía la inapelable sentencia de la historia. Quedaba definitivamente claro quiénes habían estado desde un principio en el «lado correcto de la historia». Las democracias liberales, con su capitalismo de la mano, eran las flamantes triunfadoras. No como resultado de un devenir que era uno de los muchos destinos alternativos por los que habría podido transcurrir el desarrollo de las civilizaciones, sino porque era el modelo éticamente correcto en el que debe plasmarse la convivencia política de los seres humanos. La pugna ideológica arrastrada desde el siglo XIX, hija de la revolución ilustrada, dejaba de tener sentido ante la evidencia teleológica de la historia.

Con la caída de la Unión Soviética se diluía la pesadilla finisecular del holocausto nuclear. Como por arte de birlibirloque volvía a existir futuro para la humanidad, al menos y en principio para los países que llevaban décadas instalados en la prosperidad. En 1992 la candidatura de Bill Clinton a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica asumió como seña de identidad la toma de conciencia de la importancia de la economía en la vida concreta de los ciudadanos. James Carville, el director de su campaña, lo expresó de forma sucinta con la frase: “la economía, estúpido”; de gran éxito luego en su versión popularizada: “¡es la economía, estúpido!”. Fue una de sus bazas frente al candidato George W. Bush, que traía como credencial su éxito sin duda histórico frente a la hidra comunista. Hecha añicos la tomada por utopía comunista –y de paso deslegitimada toda utopía– ya no cabía duda alguna de cuál era el camino a seguir por los Estados consolidados según el modelo fraguado en el crisol de la así llamada civilización occidental; a saber: el definido dentro de las coordenadas de la democracia liberal y el capitalismo global. Así la historia dejaba de ser el factor decisivo en el debate político para serlo la economía.

El decretado final de la historia de la década de los noventa del siglo pasado incluye todas las carencias de cualquier oráculo. Francis Fukuyama sentenció el fracaso del pensamiento utópico paradójicamente desde una perspectiva utópica de la historia. La tesis del politólogo estadounidense supone la teologización de la historia al marcar en ella un alfa y un omega. La historia queda conclusa y la modernidad esclerotizada, pues la genuina modernidad es asunción consciente de la realidad de la historia al tiempo que apertura a la innovación. Veo cierta similitud con la mentalidad rectora durante siglos en la Edad Media cuando se trataba a toda costa de mantener un estado de cosas refractario a la idea de progreso. Entonces se gestionaba lo dado dentro de un marco fuera del cual cualquier propuesta estaba condenada al desprecio cuando no a la persecución. El dogma entonces era de índole religiosa. Actualmente, y dado que ni se imagina la posibilidad de innovaciones ideológicas, hemos retrocedido a ese modelo de política medieval, en el sentido de que se reduce la cosa pública a mera gestión de lo dado quedando muy atenuado, cuando no anulado, el componente de transformación de la realidad. Ésta se rehúye; es más, se procura ocultar tras un velo de imágenes de alta definición y de un discurso retórico plagado de animales metafísicos tales como nación, Dios o PIB. El dogma en nuestros días es de índole eminentemente económica.

La amnesia histórica ha diluido en las últimas décadas el efecto moral de los grandes acontecimientos vividos a lo largo del siglo XX, los que nos llevaron a reconocer los límites de la humanidad. Los que nos llevaron a experimentar la confrontación dialéctica entre los dos sentidos que cabe reconocer en la idea de humanidad: la humanidad es un ser, pero también es un deber ser; es una condición (la condición humana es tal o cual, se dice), pero también una exigencia, y así se habla de lo humano y de lo inhumano en términos de imperativo ético.

De resultas de esa amnesia hemos perdido el sentido de lo que vitalmente somos. Me preocupa que esa inclinación al delirio, que es elemento estructural de nuestro ser en el mundo por gozar de inteligencia creadora, potencialidad prodigiosa que nos ha permitido transfigurar nuestra existencia en tantos aspectos, haya desviado nuestra atención de las circunstancias que configuran el mundo real, en el que –queramos o no– nuestra vida se desenvuelve.

Predomina una mirada alicorta, no censurada por una ciudadanía rendida a la cosmovisión del ombligocentrismo que parece haber hecho dejación de su responsabilidad ciudadana en aras del disfrute sin límite de las mil y una delicias de su avatar consumidor, y de la entrega de su libertad a cambio del placebo de su integración como feligrés en la irracional diversidad de identidades de rebaño. Seguramente ese fin decretado de las luchas ideológicas, esa sentencia finisecular de anatema contra las utopías para encumbrar en la jerarquía axiológica el principio de libertad puramente abstracto, propio del fantasioso y ahistórico homo economicus, pudo ser de aplicación para los sistemas heredados de la efervescencia revolucionaria de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Pero la victoria tras la Guerra Fría pronto se ha revelado un mero espejismo; el proyecto de integración europea ha quedado arrumbado en la cuneta de la historia mientras estábamos distraídos con la promesa del hipercapitalismo globalizado de un falso amanecer para el conjunto de la humanidad. La guerra ha vuelto a Europa con los mismos siniestros ademanes del siglo XXI. Vuelve el temor al apocalipsis nuclear. Del final de la historia al retorno de la historia.

Por el camino hemos abierto las puertas a un pensamiento refractario a los ideales de la Ilustración y que ha legitimado de alguna forma la conversión de la verdad en mercancía averiada, en amargo producto que nadie en realidad busca salvo como etiqueta de quita y pon para manipular las apariencias a conveniencia. La exacerbación del tribalismo político con la proclamación de la cuestión de la identidad como potente asunto recurrente da cobertura ética a esa perversa práctica corruptora del espíritu democrático.

La amnesia histórica ha hecho el resto y así podemos volver a empezar donde lo dejamos en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La contestación a la pregunta de a dónde nos dirigimos quedó relegada hace décadas sine die. Frivolidad que ha mutado en delito por el que nuestros hijos ya deberían estar pidiéndonos cuentas, sobre todo ante la evidencia del desastre ecológico causado por quienes hemos despilfarrado por encima de las posibilidades del planeta.

Tengo la sospecha –que en ciertas ocasiones se aproxima a la condición de certeza– de que los que nacimos en las décadas de lo que se ha dado en llamar el baby boom hemos tirado al retrete de la historia la oportunidad de orientar el futuro de la humanidad hacia un horizonte de progreso ético global; que trocamos el efecto moral recibido de la posguerra del siglo pasado por un narcótico proceso de creciente ensimismamiento, encandilados por una promesa de prosperidad material sin límite de la mano de una tecnología que logra con demasiada facilidad la captura de nuestra atención. Y así hemos alcanzado un punto de desvinculación respecto de la realidad peligroso.

Imagen | Unsplash

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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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