Las jerarquías son importantes a nivel profesional. Es evidente que en una empresa se necesita de un jefe-líder, que no solo dé la cara, sino que esté detrás de las cosas organizando y gestionando. Aunque claro, en la organización de empresas, podemos encontrar modelos como el orgánico, que difiere un poco de esto, en donde la horizontalidad premia versus las estructuras tradicionales.

No podemos argumentar que un modelo es mejor que el otro. Sin duda, cada organización, como nosotros mismos, somos diferentes. Y lo que te funciona a ti, puede que no me funcione a mí, pero una cosa es que existan o no jerarquías, y otra muy diferente, la calidad humana de los integrantes de la organización.

Hay un vicio muy fuerte en las empresas que siguen una estructura tradicional: los niveles. Los empleados son catalogados de acuerdo al lugar que ocupan. Cada uno de ellos tienen ciertos derechos/privilegios y gozan de un trato específico.

Y eso no está bien.

Lo anterior también se refleja en las Universidades. Los catedráticos con ciertos años en las casas de estudios pesan más que los maestrantes o doctorantes recién ingresados, que llegan con toda la energía, pero que se topan con un sistema que les da voz únicamente a aquellos que tienen cierto rango o nivel.

Sí, podemos argumentar que los méritos o experiencia deberían de pesar más y que el lugar se gana mediante esfuerzo, sudor -y lágrimas-. Y quizá sí, esa parte de la ecuación suena interesante, y es muy justa si podemos llamarle de alguna forma, pero hay un pero interesante:

Cuando te denigran o te tratan como menos.

Una cosa es que para tener voz en una discusión, por ejemplo, te tengas que ganar ese curul, pero otra, muy diferente, es que al momento de hacértelo saber, te remarquen que no puedes hacerlo porque hay niveles, porque existen jerarquías, porque simplemente no tienes acceso a esa zona privilegiada.

Muchas veces los títulos nos vuelven petulantes. El adjudicarse con bombo y platillo que somos doctores, doctoras, doctorantes, maestrantes… nos hace perder la pisada. Tanto papel y tanto estudio pueden hacer, que en algunos casos concretos, el humo llegue a la cabeza y nuble nuestra manera de ser.

Claro. Es admirable, respetable y digno de reconocer que seas un doctor o una maestra en tu profesión. Pero eso no debería de pesar más que tu nombre. Y, sobre todo, no debería de influir en tu trato hacia los demás.

Ser el rockstar de tu carrera no te hace más ni mejor ser humano. Tener una colección de papeles, lindamente enmarcados, no te convierten en un dios. Lo que realmente te convierte en Alguien, así con mayúsculas, es tu trato con los y las demás.

Tanto conocimiento, tanta sigla delante o detrás de nuestros nombres nos perturban. Tanto saber nos hace muchas veces creer que hemos llegado al culmen, que los demás no son nada y que nosotros tenemos todo lo que ellos y ellas no tienen.

Pero bien nos decía un sabio griego1: “solo sé que no sé nada“. O, si nos modernizamos un poquito, un francés2 sentenció: “daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro“.

Que nunca se nos olvide.

Notas

[1] Sócrates.

[2] Descartes.

Imagen | Unsplash

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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