El propósito de este texto es considerar cómo el aspecto filosófico del juego es una oportunidad para reconciliarnos con el aspecto lúdico de la filosofía. Para lo cual, se verá que una actitud filosófica puede ayudar a reconfigurar tus espacios cotidianos como espacios donde se promueva el pensamiento filosófico a través de la formulación de preguntas y la problematización de las ideas, independientemente del rol que desempeñes o los entornos en los que te desenvuelvas. Pero antes de llegar a las propuestas, nos detendremos a considerar el abordaje que Johan Huizinga e Imma Marín realizan a propósito del juego, con lo cual espero consigamos otras luces que ilustren la importancia de la lúdica filosófica.

Entre Borges y Huizinga
o a qué estoy jugando

En el prólogo al Manual de zoología fantástica, Borges escribe:

Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo hay en su imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón surge en distintas latitudes y edades1

Me atrevería a sustituir la palabra dragón con la palabra juego y obtendría un texto con sentido pleno y, además, bastante apegado a la propuesta que Johan Huizinga hace en Homo ludens. En este texto, que oscila entre el estudio antropológico y la reflexión metafísica, Huizinga advierte desde los primeros párrafos que el concepto de “juego” es una categoría que se escapa a los alcances del estudio biológico, psicológico o sociológico, puesto que antecede a la cultura. Es más, la convicción de Huizinga es que la cultura humana tiene su fuente y desarrollo en el juego.

Huizinga y Borges no tuvieron nada que ver… ¿O sí? Como sea, el texto de Borges fue solamente un juego para entrar a las ideas ofrecidas por Huizinga, abrir un tiempo y un espacio peculiar ajenos al ritmo cotidiano de la vida corriente. Pero es quizás la cosquilla del texto borgiano lo que me lleva a leer y comprender la intensidad en la que Huizinga coloca el carácter nuclear, esencial y primordial del juego. Esta radicalidad en la composición del concepto como una función indeterminable por completo, constituida por lo irracional y lo espiritual, evidencia en el juego el carácter supralógico de nuestra situación en el cosmos.

Sin embargo, y a pesar de las dificultades que acarrea su separación de las grandes antítesis categóricas, el juego como factor de la cultura podría conocerse por una serie de características particulares enlistadas a continuación:

  1. Actividad libre
  2. No es la vida corriente
    • Opera en la tensión de lo que es <en broma> y lo que es <en serio>
    • Es una actividad recreativa, debido a la satisfacción que produce
    • Es inherente e imprescindible para la persona
  3. Limitado en espacio y tiempo
    • Crea mundos temporarios dentro del mundo habitual
  4. Crea orden; es orden
    • De aquí su conexión radical con el campo estético
  5. Tensión por la incertidumbre y el azar y la consecución de un objetivo
    • El orden y la tensión llevan a la consideración de reglas
  6. Posición de excepción y misterio

Son las características anteriores las que posibilitan, además, el acercamiento a la acción sagrada. Huizinga encuentra la homogeneidad que existe entre las formas rituales y lúdicas. Así se identifica, por ejemplo, que el campo del culto, la magia o la vida jurídica están permeados por el carácter abstractivo del juego. A diferencia del acercamiento que ofrecen la psicología o la biología, el autor reconoce que en el concepto de juego se comprende la tensión y unidad de fe e incredulidad.

¿Qué más tiene que ver Borges con Huizinga? Podría añadir la tensión entre ser y jugar. Citando a Schopenhauer, Borges escribe del niño que “mira sin horror a los tigres porque no ignora que él es los tigres y los tigres son él o, mejor dicho, que los tigres y él son de una misma esencia”. Por su parte, Huizinga acude a este tema desde la cancelación de la diferencia entre fe y simulación (abordada ya en la tensión de lo <en broma – en serio>) que se da en el juego ritual. Explica que, para el creador de un rito, el acto llevado a cabo se trata de un <ser>, mientras que para nosotros se trata de un <jugar>, y es así como puede unirse con el concepto de consagración y de lo sagrado.

Alto, lector. Llegado a este punto, me dispongo a recordar el propósito de Johan Huizinga:

[…] mostrar que el juego auténtico, puro, constituye un fundamento y un factor de la cultura.

Del juego y la vida o
¿alguien quiere pensar en las criaturas?

De tin Marín. Escuchar de Imma la frase “El juego es la poesía de la vida” fue una chispa. Por lo que tienen de primitivo, la poesía y el juego pudieron haber sido los dos lentes de unos mismos anteojos, de una misma forma de ver y comprender el mundo. Lo anterior, no solo por la capacidad que ambos tienen de crear mundos abstraídos de la realidad concreta, sino por la necesidad de romper con un orden lógico del tiempo, el espacio y el lenguaje para recrear posibilidades, narraciones alternativas de la realidad. La poesía y el juego, como necesidades vitales del ser humano, generan la visión caleidoscópica del universo que incitan al descubrimiento, la exploración y la experimentación, a una posesión estética de lo real. Poesía como facultad creadora, en palabras de Giambatista Vico; juego como ventana a la belleza, sin la cual la vida no se comprende, en la visión de Imma Marín.

Cúcara, mácara. La tensión entre el juego y la seriedad es la tensión que opera entre infancia y adultez. La persona que crece sin jugar es alguien a quien le han extirpado (o se ha extirpado a sí mismo) una parte esencial de su propia existencia. Según, Imma, este afán adultocrático de rociar todo con un halo de madurez y razonamiento se traduce en una invasión del juego en los niños. Que el juego sirva para aprender algo es una violación. Jugar no sirve para nada. Lo mismo que la poesía no sirve para nada. Pienso en la acción de ver la tele: quien ve la televisión lo hace por decisión personal. Aún no conozco a alguien al que hayan obligado a sentarse a ver caricaturas. La poesía y el juego deben ser puntos de partida, no metas. Si el juego no divierte, y encima es obligado, no es juego. Se tenía que decir y se dijo.

Este mero fue. Respetar los ritmos en el juego -lo mismo que en la poesía- y encontrar en él lo que tiene de satisfactorio son los principales objetivos de quienes se encargan de promoverlo y de hacer jugar, según Marín. Lo dice también Huizinga. Lo sostengo. Y si vamos a aceptar lo lúdico como parte inherente a la condición humana, entonces no olvidar que se necesita del otro para jugar, que el adulto tiene permitido jugar y que es una actividad buena y necesaria. Descubramos, pues, cómo el juego más divertido -y la poesía más hermosa- tienen en sí mismos la expresión más tierna del instinto de supervivencia, los rasgos más humanos, las capacidades vitales más humanizantes para “afrontar la vida con éxito, siendo quien eres” dice Imma.

Y así romper la tensión que imaginábamos entre infancia y adultez del principio y que ha condenado a los adultos a olvidarse de jugar. Aún más, que se cuela en los pasillos de la infancia pretendiendo que los niños jueguen para aprender, mientras todos sabemos que los niños just wanna have fun.

Un filósofo flotó sobre mí
y voló un auto con su rasho laser

Un juego de palabras, un chiste, una canción; la frase que escuché en el transporte público, las advertencias en la bolsa del pan, el encabezado del periódico: ¿Son filosóficos? Lo más probable es que en sí mismos no lo sean. O al menos no los hemos concebido así. En el transcurso de la vida cotidiana, tanto los objetos como los acontecimientos parecen elementos obvios insertados en la “normalidad” de nuestras vivencias.

A menos que experimentemos un severo caso de TOC, nadie se cuestiona el porqué de abrir y cerrar una puerta. Pero imaginemos que cierto día, después de girar la llave y dar por concluida la acción de asegurarla, avanzamos unos cuantos pasos y sucede algo que hace temblar nuestras ideas: aparece una pregunta. ¿Por qué tengo que cerrar la puerta con llave? Luego otra, ¿Me da seguridad? Y otra, ¿Qué es la seguridad? Y así, casi sin parar, ¿De quién me protejo? ¿Me protejo a mí mismx o protejo mis pertenencias? Las preguntas irrumpen intempestivamente en el orden cotidiano, lo desarreglan todo y lo dejan tal como no estaba. Tan sencillo que era cerrar la puerta y ya.

El caso anterior parece poco probable por varias razones: en primer lugar, porque cerrar la puerta es una acción más de una cadena de hechos cuyo propósito será otro mayor, como ir al mercado o a una cita con el médico. ¿Por qué entonces me arriesgaría a llegar tarde a la cita haciéndome preguntas innecesarias? En segundo lugar, porque acciones como asegurar la puerta son casi dogmáticas, puesto que, ¿quién en su sano juicio pondría en duda la seguridad propia, de su familia o de sus pertenencias? Con las sociedades en las que vivimos y con los tiempos tan difíciles, ¡Vaya locura la de preguntarse cosas! Lo mismo para otras situaciones: ¿Por qué nos cuestionaríamos la hora de la comida, el café con lxs amigxs o jugar con lxs hijxs?

Si nuestro objetivo es abrir los espacios de la cotidianeidad al ejercicio filosófico, necesitaremos indudablemente aplicar la lúdica como dimensión. Huizinga y Marín coinciden en que, para llevar a cabo el juego, el tiempo-espacio ordinario es reemplazado por un tiempo-espacio que enmarca la actividad. En la práctica filosófica parece haber la misma necesidad. Es decir, de sobra sabemos que asegurar la puerta de la casa no es una actividad filosófica en sí misma; sin embargo, si dentro del entorno cotidiano irrumpimos con las preguntas, generamos un acuerdo para problematizar un asunto que nos hubiera parecido dado por hecho. Nadie debería cuestionar la seguridad del patrimonio familiar, o por qué verduras y no pizza, o por qué estar limpios todo el tiempo; pero en esta dimensión lúdica nos disponemos a preguntar hasta llegar al fondo de un acto que en apariencia carece de matiz filosófico. Algo como decir: “Juguemos a filosofar tal asunto” y (sonidos de escarcha mágica) ya estamos filosofando.

Hagamos un intento rápido lanzándote las siguientes preguntas: ¿Por qué llegaste hasta este punto en la lectura del texto? ¿Por qué decidiste leerlo? ¿Qué hubiera pasado si no lo leyeras? ¿Por qué respondes o no a estas preguntas?

Filosofar, preguntar, cuestionar parecerían movimientos elementales, que vienen en el paquete de haber nacido humanos. Hemos oído en múltiples ocasiones que el ser humano es curioso por naturaleza, su trabajo le costó llegar a ser un sapiens. Pero la Filosofía es en su interior un acto de provocación, tiene su fundamento en una postura ante la realidad; se inquieta, pues lo ya-dado escuece, intriga. Luego, el filósofo no se contenta con respuestas rápidas; en su intento por ir a las causas últimas, cava más profundo en las ideas a las que estamos aferrados. Puede aparecer en cualquier espacio en tanto sea detonado el cuestionamiento, pero no uno cualquiera, sino aquel que nos lleve a problematizar. La función del filósofo en el mundo se parece mucho a la de un réferi que da rigurosidad a las caídas en la lucha libre: conoce ciertas teorías que orientan y dan calidad a un argumento, idea, cosmovisión u opinión, y orienta el diálogo, acompaña las preguntas y escucha con atención las respuestas.

Se trata de una puesta en marcha del pensamiento crítico, sí, pero sin olvidar que con cada problematización se activan también el pensamiento creativo y el cuidadoso, puesto que la pregunta parte de un punto de vista de la realidad y se dirige a la conformación de una nueva perspectiva de la misma. El juego, al llevarse a cabo, también requiere de las dimensiones del pensamiento: una actitud crítica ante las reglas implicadas, una postura creativa que da flexibilidad a su ejecución y un acuerdo sobre los límites que demarcan su inicio y fin. Jugar, al igual que filosofar, adquiere su efectividad en la libertad con que se realiza. Así, en la medida en que soy capaz de cuestionar mi entorno como un acto de voluntad, generador de placer, enmarcado en un tiempo-espacio elegido para ello, a veces sin otro fin que el de recrearme y disfrutar más las preguntas que las respuestas, aprenderé más a jugar con la filosofía y a filosofar en mis propios juegos.

Además, ¿no es interesante también pensar que los filósofos just wanna have fun?

Nota

[1] Borges, Jorge Luis; Guerrero, Margarita. Manual de zoología fantástica. Fondo de Cultura Económica de España (edición de 1998).

Bibliografía

Huizinga, J. (1984). Homo ludens. Madrid: Alianza.

Santiago, M. I. (2021). ¿Jugamos?. Cómo el aprendizaje lúdico puede transformar la educación [Libro electrónico]. Paidos.

M. (2021, 16 abril). Jugar no es optativo | Imma Marín [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=tTZBqd8Dnkg&feature=youtu.be

Imagen | Pexels

Artículo de:

Luis Ángel Barrera Morán (autor invitado):
Lic. en Literaturas Hispánicas. Estudios de Filosofía en el Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Diplomatura en Prácticas Filosóficas y Consultoría Filosófica por el Centro Educativo para la Creación Autónoma en Prácticas Filosóficas (CECAPFI).

#filosofía, #juego, #lúdica, #pensamiento crítico, #pensar

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!