Un virus entre nosotros: El COVID-19 como advertencia de una crisis climática

La pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto que, actualmente, las sociedades de todo el mundo se encuentran inmersas en más de una crisis, y éstas no han sido accidentales.

Según diversos científicos y filósofos, la propagación del virus al grado pandémico fue consecuencia, en gran parte, de la acción humana sobre la naturaleza: la destrucción de los hábitats naturales de murciélagos y pangolines, el calentamiento global que causó la extinción de diversas especies que antes anidaban a los virus (y cuya ausencia ha provocado la migración de éstos), así como el tráfico y el consumo de especies salvajes en los llamados “mercados húmedos” de China, fueron algunas de las causas que propiciaron el contagio directo del virus en los seres humanos.

Desde los años setenta se había advertido que una de las consecuencias de la creciente explotación y deterioro de la naturaleza, así como del calentamiento global, eran las epidemias. Aún con ello, parece ser que las poblaciones -y, más que nadie, las grandes empresas, los gobiernos y las potencias mundiales, que son los principales responsables de la contaminación- no tomaron en serio esta advertencia.

Cuanta mayor es la destrucción de la biodiversidad, más riesgo de pandemias [habrá] porque se alteran las cadenas ecológicas, tróficas, y se reduce el control establecido por la propia naturaleza1

A más de dos años del comienzo de la pandemia me parece no sólo posible, sino necesario, hacer un análisis crítico del escenario en el que estamos situados como especie, como cohabitantes de una ciudad, de un país, del mundo y como individuos. En México, ya habíamos sido testigos de una epidemia hace poco más de una década (el virus de la influenza AH1N1, conocida y recordada como la “gripe porcina”), pero sus efectos no fueron tan severos a nivel sanitario y social; y fue más bien un proceso breve y local del que no derivaron grandes crisis. En cambio, el COVID-19 se extendió como la pólvora en tiempo y espacio: hay quienes creen que fue gracias al turismo internacional que se propagó tan rápido, otros se lo atribuyen a la falta de regulaciones gubernamentales en distintos países (tales como el cierre de fronteras y el toque de queda), otros piensan que fue la negligencia y la renuencia a adoptar medidas sanitarias por un sector de la sociedad civil. Habemos algunos más que pensamos que fue un poco de todo. Sea cual sea el motivo, la incidencia de los seres humanos es innegable: no en el surgimiento del virus, sino en su propagación global.

Reflexionar para accionar

Aunque las medidas sanitarias que promovieron los distintos gobiernos han sido muy variables tanto a nivel nacional como internacional, también han surgido fenómenos en común: el alza de los contagios durante los primeros meses, la saturación de los hospitales y las crisis económicas fueron algunas de las constantes en todo el mundo, y me parecen claras muestras de lo deteriorado que está nuestro sistema político y económico a nivel global. La pandemia del COVID-19 ha agudizado problemáticas que ya se encontraban ahí, pero eran menos evidentes: las crecientes cifras de trabajadores informales, de personas desempleadas, de personas sin hogar, el aumento de la violencia intrafamiliar y de la violencia de género son sólo algunos ejemplos. Aunque el desempleo, la pobreza y la misoginia no son fenómenos nuevos, también es cierto que las crisis económica y laboral derivadas de la pandemia, así como la situación de encierro durante la cuarentena, generaron condiciones de absoluta inestabilidad, empeoraron y acrecentaron todos aquellos problemas que ya operaban a escala social e individual.

Creo que, como primera reflexión, debemos detenernos a cuestionar si nuestro modo de relacionarnos con la naturaleza, con el resto de los animales y con las demás personas es el adecuado, atrevernos a soltar la indiferencia de quien cree que “nada debe”, y dirigir una mirada crítica a nuestras propias acciones, pero, principalmente, a las de aquellos que poseen los medios necesarios para producir y para contaminar a nivel masivo, de quienes escriben las leyes y de quienes detentan el poder político.

Dicho todo esto, y aunque parecería que el panorama actual es desolador, creo también que la pandemia del COVID-19 ha dejado buenas e importantes lecciones en muchos de nosotros. Desde mi experiencia, y haciendo un breve recuento: he notado que hemos encontrado en la educación digital y remota una valiosa alternativa cuando se dificulta el contacto físico; que el internet se ha convertido en un medio de comunicación y de contacto a veces imprescindible (y negar dicho servicio es una práctica de segregación); que el tema de la salud mental ha sido cada vez más difundido y valorado de manera social; que, en momentos de urgencia, la ciencia y la medicina tienen la capacidad de crear vacunas en tiempo récord; que cada vez más mujeres notamos lo incómodo e innecesario del uso continuo de prendas de raíz patriarcal como son los sostenes y los tacones (optando ahora por la comodidad); que muchos de nosotros sabemos más que nunca que nuestras vidas son frágiles, nuestras acciones son importantes porque inciden en la vida y salud de los demás, y que aquella rutina que antes nos parecía tediosa puede llegar a convertirse en nuestro más grande deseo nostálgico.

El virus de la injusticia y la violencia ya estaba entre nosotros, y, peor aún, nosotros mismos nos hemos convertido en un virus para los animales, los ecosistemas, nuestras sociedades y nuestra propia especie. Tuvo que llegar el COVID-19 para visibilizar, a partir de una situación límite, lo destructivo y violento de nuestras dinámicas de consumo y de socialización. De nosotros depende si queremos conformarnos con nuestro papel de “virus”, observar de brazos cruzados las diversas crisis (ambientales, económicas y sociales) y esperar la llegada inminente de próximas pandemias, o bien, posicionarnos desde la sensibilidad y la empatía para plantear diálogos esclarecedores a nivel político, así como proponer proyectos transformadores y revolucionarios que pongan un freno a nuestras dinámicas de violencia e injusticia sistémicas.

Nuestro futuro como especie depende de ello.

Notas

[1] Palou,  Neus. (2020, 8 de abril). “La pérdida de naturaleza provoca un aumento del riesgo de pandemias” .  España, La Vanguardia.

Bibliografía

Palou,  Neus. (2020, 8 de abril). “La pérdida de naturaleza provoca un aumento del riesgo de pandemias” España, La Vanguardia. Obtenido de: https://www.lavanguardia.com/natural/20200408/48388757096/informe-wwf-pandemias-perdida-habitats-naturaleza-trafico-especies-efectos-soluciones.html

Sagols, Lizbeth. (2020) “Colapso climático, el Covid en la antesala.”, México, Theoría: Revista del Colegio de Filosofía. Obtenido de: http://revistas.filos.unam.mx/index.php/theoria/article/view/1399http://revistas.filos.unam.mx/index.php/theoria/article/view/1399

Imagen | Fotografía tomada por la autora

Artículo de:

Renata Ávila Schiaffini (autora invitada):
Estudiante de la carrera de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Sus ramas favoritas son la Ética, la Filosofía Política y la Filosofía de la Historia; las estudiándolas desde una perspectiva feminista, con formación e identificación desde el feminismo decolonial, marxista, radical y con el ecofeminismo.

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por autores invitados

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