¿Quién fue Catalina de Siena? El papel de la interioridad. Parte 2 de 3

Tras haber hablado en la primera parte sobre el papel que cumple el entendimiento, y en cierta medida la voluntad, en el pensamiento de Catalina de Siena según la doctrina de la Verdad de su Diálogo vamos a retroceder dentro de la obra a una doctrina que trata anteriormente y que versa del rol que juega la interioridad para llegar a Dios: la doctrina del puente.

El símbolo del puente en Santa Catalina de Siena está haciendo referencia a ese esquema neoplatónico de la realidad en el que el alma humana está conectada a la materia, pero tiene que regresar a Dios de nuevo. En Santa Catalina —y en el cristianismo—lo que divide al hombre y a Dios es el pecado, entonces hay esa barrera que tiene que cruzar el hombre para poder lograr la unión con Dios y para ello construimos ese puente ascendente para reunirnos con Dios, a su vez este puente tiene tres escalones que representan los estados del alma.

El primer escalón

El primer escalón es todavía estado de imperfección, pero a través de él podemos acceder al segundo que ya tiene un estado de perfección. Consiste en lo siguiente: «Los movidos por el temor servil han subido y han hecho en las potencias del alma una unión imperfecta. Es que el alma, habiendo visto la pena que seguía a la culpa, sube y congrega juntamente para la memoria para traerle el recuerdo del pecado; el entendimiento para ver el castigo que por esa culpa espera, y por ello la voluntad se mueve a odiarlo. Aunque ésta sea la primera ascensión y unión, conviene ejercitarla con la luz del entendimiento (…) no mirando solamente la pena, sino el fruto de la virtud» .

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 155-156)

Al igual que podemos caer en el error, también podemos vernos interrumpidos en nuestro camino de ascenso a Dios. Volviendo a la comparación con Platón, es como si el prisionero se liberara de sus cadenas, pero no terminara de salir de la caverna, en el primer escalón sería un prisionero que al ver los hombres que proyectan las sombras se asusta y se queda allí o vuelve a su situación inicial y es que, si nos ponemos a pensar en ese prisionero que se libera, está en una situación muy difícil, de darse cuenta de que todo lo que conoce es un engaño y explorar un ámbito que no conoce sin saber lo que se va a encontrar. Una de las críticas de Nietzsche1 respecto al cristianismo es precisamente esa negación del sufrimiento, el remitirse a una deidad y a un mundo espiritual en el que no haya sufrimiento, pero lo cierto es que podemos ver como en Santa Catalina —y en muchos otros autores cristianos—el sufrimiento es algo inevitable y, en muchas ocasiones, necesario para poder llegar a la unión con Dios en la que sí que hay una ausencia de sufrimiento. También es cierto que Santa Catalina comete también el “error” más grave para Nietzsche: la racionalización de nuestro sufrimiento.

Nosotros tenemos que subir el primer escalón con la luz del entendimiento para asumir la pena que sabemos que nos vamos a encontrar, tanto por el entendimiento como por la voluntad. Como se ha establecido en el primer apartado, la luz de la razón es la que nos va a llevar a conocer la voluntad divina y precisamente de esto se trata, de orientar nuestra voluntad correctamente, hacia el fruto de la virtud, no a evitar el sufrimiento, pues como también hemos visto, a veces es Dios mismo el que lo causa para que el alma pueda seguir verdaderamente ascendiendo por el puente, según Santa Catalina.

Resumiendo, el primer escalón se puede subir de manera perfecta procediendo al segundo escalón, o de manera imperfecta: «Esto sucede porque su amor no era pleno, sino como la imperfección con que me aman, esto es, por amarme por propia utilidad, por el amor con que se aman a sí mismos» (Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 157). El hecho de que se haga tanto énfasis en la intención a la que está orientada la acción recuerda ligeramente a Kant y la distinción entre realizar una acción “por deber” y “conforme al deber”, con esa contraste entre hacer el deber esperando una recompensa y simplemente por el hecho de ser deber. Si esperamos una utilidad —que Dios me conceda lo que deseo, evitar el castigo de la culpa, por ejemplo— nuestra acción no estará orientada a la virtud y, por tanto, no podremos seguir ascendiendo. Si antes hemos hablado de la vía del eros y del conocimiento para el ascenso al Bien-Uno, a Dios, ahora estamos hablando de la vía moral.

También es importante señalar, que todos empezamos desde ese primer escalón, con temor servil y es superándolo cuando accedemos al segundo. Es decir, al igual que en Aristóteles, ninguno nacemos virtuoso —porque tenemos la tara del pecado original— y es practicando la virtud como nos convertimos en virtuosos: «Te explicaré primero cómo se ha llegado a la amistad. Al principio, el alma es imperfecta por hallarse con el temor servil. Por la práctica y la perseverancia llega a amar el deleite y propio provecho (…) Este es el camino que anda el que desea llegar al amor perfecto» (Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 161).

El segundo escalón

Es en el segundo escalón, el de la amistad, cuando habla de la celda del conocimiento de sí, dice:

Toda perfección y toda virtud procede de la caridad. Esta es alimentada por la humildad, que, a su vez, tiene su origen en el conocimiento y desprecio de sí mismo, esto es, de los propios sentidos. Quien esto alcanza ha debido ser perseverante y estar en la celda del conocimiento de sí (…) ejercitándose en extirpar todo afecto malo, temporal o espiritual, por la reclusión en su intimidad.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 162).

Al igual que Santa Teresa tiene sus siete moradas, Santa Catalina tiene la celda interior como vía mística para llegar a Dios. Básicamente, es lo que ya hemos hablado de la humildad en La doctrina de la verdad, adentrarse en nuestra celda interior es el paso necesario para iniciar la vía de ascenso a Dios, para reconocer la humildad que podemos conocer por la primera luz a través de la cual se producía el conocimiento de lo sensible y nos revelaba nuestra propia miseria, que nuestro entendimiento es pobre y limitado.

La celda interior no es sólo la del conocimiento de sí, sino que también es la celda de Dios, porque al entrar en la primera celda irremediablemente la segunda, no puedo estar en la celda del conocimiento de mí sin estar en la de Dios. Cuando nos conocemos, experimentamos una atracción a Dios que no podemos parar2 y con ello hace referencia a San Agustín (Caram, 2004). Ya no es sólo que a través de la humildad que se deriva del conocimiento de uno mismo podamos llegar a la unión con Dios, como podríamos inferir del apartado anterior, sino que estas celdas realmente son una sola porque ambas están en nuestro interior: «Tarde te he amado, oh belleza, antigua y nueva hermosura, tarde te he amado; y tú estabas dentro de mí cuando yo estaba fuera, y te buscaba fuera de mí» (Confesiones, Libro X, 27).

Hay algo respecto a la celda interior del conocimiento que no se menciona en el Diálogo, pero que sí que nos cuenta su discípulo Raimundo de Capua (2002) en su biografía de la santa:

Comprende, hija mía, qué eres tú y quién soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, recibirás las bendiciones de lo alto. Tú eres lo que no es; Yo soy el que es por excelencia. Si tu espíritu se penetra profundamente de esta verdad, el enemigo no podrá engañarte y evitarás todas sus acechanzas; nunca consentirás en hacer algo que sea contra mis mandamientos y adquirirás sin dificultad la gracia, la verdad y la paz.

Raimundo de Capua

La demostración de nuestra propia fragilidad, de nuestra propia miseria, y por tanto de la necesidad de humildad viene de que, al contrario que Dios, no somos ser pleno, nuestra esencia no implica nuestra existencia. Por eso remite nuestra imperfección a nuestra realidad corpórea, la parte de lo que somos que es temporal y nos sitúa en un espacio y en un tiempo, su presente no es la eternidad como sí es la de Dios; esta separación entre nosotros que “no somos” y Dios que “es” viene precisamente de esa separación del pecado (Dominicos, 2010), la separación con el ser. Aun así, encerrándonos mediante nuestra voluntad y libertad en la celda del conocimiento en sí, tenemos que aspirar a volver a llenarnos de ser liberándonos del vicio.

Tercer escalón y conclusión

Nos queda el último escalón para llegar a Dios, el del amor libre y puro, al que se pasa por medio de la oración; la cual, aunque suene a algo muy teológico está muy ligada a la introspección. De hecho, se va a identificar ese tercer escalón con la boca, porque es a partir de la boca como pronunciamos la oración:

Así ocurre con el alma. Primeramente [,] me habla con la lengua que está en la boca del santo deseo, es decir, con la lengua santa y continua oración.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 185)

Podemos inferir que hay una íntima relación entre el lenguaje que hace posible la oración con la interioridad y el entendimiento. En el segundo escalón ya hemos descubierto la humildad por medio de nuestro entendimiento dando ese primer paso para llegar a la Verdad y ya nos hemos encerrado en nuestra celda interior, podríamos preguntarnos: ¿qué nos falta para llegar al tercero?

Nos falta profundizar en esa interioridad por medio del lenguaje, pues con el lenguaje pensamos y hablamos, de hecho, distingue entre una oración verbal y una oración mental:

Cualquier otra oración que el alma comience, que no sea el oficio, debe comenzar vocalmente, para terminar en la oración mental. Y, en cuanto el espíritu se halle preparado, debe abandonar la vocal por la mental, por la razón expuesta. La oración hecha de este modo lleva a la perfección.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 170)

Esto no es otra cosa que la vida contemplativa de Aristóteles que lleva a la felicidad, para Santa Catalina ya hemos reunido todos los “ingredientes” que necesitamos para poder ejercer la función más importante, la meditación, el pensamiento, sobre todo pensar en Dios que es Verdad, que es Belleza, que es virtud, ser y perfección. A través del pensamiento en él, podemos llegar a esa unión a la que tanto aspiramos, al último escalón de un amor puro, y esto lo hacemos a través del lenguaje que es representado por la boca, pero teniendo en cuenta la limitación de que Dios es inefable. Por ello, debemos dar ese paso de la oración verbal a la mental3.

La doctrina del puente es uno de los apartados más largos de toda su obra, es muy extensa, por eso se ha considerado mejor delimitar estos puntos que son los más fundamentales, dejando otros fuera como la iluminación de los doctores de la Iglesia, que es muy filosóficamente relevante y muy interesante, junto a otros temas que mezclan teología y filosofía. Por el momento, vamos a pasar a la visión de Santa Catalina de Siena sobre el ser humano, su ética y su antropología.

Notas

[1] Me parece interesante añadir que las comparaciones entre Nietzsche y Santa Catalina podrían ser muy numerosas, ya que tratan temas muy similares como el sufrimiento, el castigo, el cuerpo, la pena, etc. desde puntos de vista muy distintos y podría ser algo en lo que indagar.

[2] También comentado en La doctrina de la verdad.

[3] Esto es mi interpretación personal de su doctrina. Llego a esta conclusión porque es cierto que, en la oración, o la meditación, o cualquier proceso de ese tipo, tendemos a una divagación del pensamiento, y es en esa divagación donde solemos tener ideas e incluso revelaciones, sobre todo si uno está muy inmerso en el pensamiento. Precisamente a ese grado de concentración es a lo que creo que se refiere la autora.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Julia García (colaboración):
Estudiante del Doble Grado en Filosofía y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Con interés en la filosofía de la ciencia y la naturaleza; en 2021 realizó un año de Física Teórica en la University of Birmingham en Inglaterra.

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